MARIE LANGER
HABLA DE “LOS OBSTÁCULOS QUE TENEMOS LAS MUJERES”
Hace unas pocas semanas,
vino a verme en México un grupo de jóvenes investigadoras
de ciencias exactas, de Bioquímica. Venían para solicitar
mi participación en una mesa redonda sobre la creatividad
de la mujer. Entonces les pregunté que querían saber
en especial, o como querían que fuera mi intervención.
Ellas me pidieron que les explicara cómo había influido,
cómo había impactado en mi carrera, el hecho de ser
mujer; con qué obstáculos me había encontrado.
Antes, ya me habían preguntado eso. Mucho antes yo había
dicho que no me perjudicó ser mujer. Al revés: era
más fácil, porque había muy pocas mujeres profesionales
y, además, en el psicoanálisis se podía, etc.
Después, reflexionando un poco más, me di cuenta de
que no era tan simple la cosa.
Yo les quisiera contar ahora, lo que pensé entonces desde
mi lugar de mujer vieja a raíz del interrogante que me plantearon
esas mujeres tan jóvenes, tan lindas. Mujeres a las que les
tengo mucho respeto, porque son de ciencias exactas y ese es -o
era- uno de los terrenos casi exclusivo de los hombres. Fue así
que pensando un poco sobre el tema, modifiqué mi respuesta
y les dije que sí, que había tenido que desafiar obstáculos
externos pero que, principalmente, les quería hablar de los
obstáculos internos; porque los seres humanos somos muy complicados,
internalizamos las prohibiciones, los prejuicios sociales, que después
operan desde adentro. Freud escribió sobre eso y Frantz Fanon
-en Los Condenados de la Tierra- nos lo dijo respecto al colonizado:
el negro africano estaba colonizado desde adentro, tenía
al colonizador dentro. Nosotras las mujeres, también. Es
distinto en un sentido, pero el mecanismo de incorporación
de las normas del patriarcado es casi el mismo.
Los obstáculos que operan desde fuera a los que me refería
eran, sin duda, los que venían de la educación. Yo
fui criada a principios de siglo con ciertas obligaciones. Tenía
que ser linda; tenía que escuchar bien; no debía ser
demasiado deportista; y, sobre todo, “hay cosas que las mujeres
no deben saber”. Imperativos que ahora ya no presionan tanto como
antes. Recuerdo bien que más o menos a los diez u once años,
cuando ingresé a la secundaria, en el Real Gymnasium, leí
un libro muy famoso en ese entonces, que estaba editado por la editorial
Psicoanalítica. Era el, supuestamente, auténtico "Diario
de una muchacha adolescente". Todo allí era fascinante.
Aprendí mucho de ese libro. Claro, esa muchacha, la del Diario,
debía haber sido de dos o tres generaciones anteriores a
la mía, pero me quedó muy grabado. Entre otras cosas,
la descripción de una discusión que había sostenido
con su hermano. Su hermano iba al Gymnasium y estudiaba latín
-eso era lógico- y ella decía en un momento, en la
mesa: " yo quisiera también estudiar latín".
Y él respondía : "¡Uf!, un cerebro de mujer
no esta capacitado para el latín. ¡Imposible!".
Bueno, yo leí este libro. No quiero ahora acusar al libro
pero yo, en latín, era pésima. Era tan mala en latín
y era tan mala en ciencias exactas, en matemáticas, en física
y en química, que tenía que dar siempre exámenes
extras. Ahora bien, ¿porqué una mujer no podía
aprender estas cosas?. Yo estaba muy convencida de esa imposibilidad;
era así a pesar de que iba a un colegio de mujeres y había
otras chicas que si lo aprendían.
Otro obstáculo es el que se refiere al amor. ¿Recuerdan
las novelitas rosas que leen las niñas? O, qué leían
las niñas, antes. Pues bien: yo leí los autores alemanes,
lógicamente. Y allí la cosa era así: las niñas
pensaban en el amor, se enamoraban de alguien que (frente a mi perplejidad,
porque yo me crié en una época en que los hombres
se afeitaban todos) tenía barba, y bigotes que pinchaban
-muy emocionante- en el primer beso. Tal vez ahora a Uds. les parece
natural porque la mayoría de los varones van así pero
para mí era muy raro y muy excitante. Bueno, luego, se casaban
y ahí terminaba la novelita. Entonces yo, como otras chicas,
vivía obsesionada por el amor. Por eso no podía estudiar.
Pero también por ser mujer. Ahora bien, ¿qué
me pasó con las matemáticas en especial?. En el bachillerato
teníamos que dar -escrito- un examen muy duro y, si una fallaba
en el escrito, había que pasar al oral. Yo, unos meses antes
del examen, pedí a un estudiante de ingeniería, a
un hombre, que me explicara matemáticas. El estaba en el
Real Gymnasium donde las matemáticas tienen un alto nivel
y, bueno, las entendí en pocas semanas. Pensándolo
después, las estudié y las aprendí porque me
fecundó (simbólicamente, porque no hubo nada entre
nosotros) un hombre. Me fecundó con las matemáticas
que, de golpe, me resultaron fáciles. Súbitamente,
las matemáticas me resultaron sencillas en el bachillerato.
Lo recuerdo muy bien: había cuatro problemas por resolver.
Y yo los resolví en un tiempo récord. Los transcribí
en un papel que llevé al baño para esconderlo allí
en un lugar adecuado, cuestión que algunas compañeras
-menos fecundadas que yo- pudieran aprovecharse y copiarse. Así
es que me fue muy bien en matemáticas. Después, en
la Universidad de Viena, Facultad de Medicina: una mujer cada cinco
hombres. En la Universidad me fue muy bien, también, pero
gracias a que usé “malas artes”: usé artes de mujer.
Anatomía era allí la materia más importante;
era ‘‘la materia “filtro”. Teníamos dos años y medio
de Anatomía, y si una había pasado esta asignatura,
el empleado de la limpieza le preguntaba:
-Señorita, ¿ha aprobado anatomía?”
-Sí
-La felicito, doctora.
Este era el paso. Pero nuestro profesor de anatomía -aunque
era socialdemócrata- no quería que las chicas estudiasen
Medicina. Entonces, ¿qué hice yo?. Ahora me da vergüenza
contarlo pero fue así: me senté en la primera fila
en un auditorio grande y lo miré, y lo miré, y lo
miré. Así, así, así, y lo miré
durante dos años. Cuando fui al examen yo, para él,
era como una hija, una novia, no sé, algo así. Entonces
él me quiso ayudar. Comenzó el examen y yo me quedé
en blanco, pienso ahora que por toda esa situación tan conflictiva.
El era famoso porque suspendía a mucha gente y yo ahí...
Me preguntó una cosa, me preguntó otra cosa y yo,
nada. Entonces, para ayudarme, me hizo la pregunta femenina:
-Señorita, ¿si Ud. viaja en el tranvía y al
lado suyo hay una mujer al final del embarazo que, de golpe, comienza
con trabajo de parto qué hace usted?
Ahí, sí pude contestarle:
-Tomo al niño y corto el cordón.
-¿Dónde?
-Bueno, hay que poner una mano entre el ombligo del niño
y el corazón, y ahí se corta.
Eso lo sabía y, desde este momento, el examen fue de primera
y obtuve una excelente nota, a pesar del “blanco” inicial. Pero
lo obtuve con “malas artes”. “Malas artes”: artes femeninas.
Y no fue la única vez. Hubo otra situación semejante
a ésta pero que la justifico mucho más.
Entonces ya estábamos en el austrofascismo, con mucho antisemitismo.
Por un lado estaban los profesores antisemitas y por el otro, yo,
con un aspecto neutro, con un apellido neutro. No parecía
judía pero tampoco pasaba por aria pura. Entonces recurrí
a otro “arte femenino”. Había estudiado antes de los exámenes
pero no demasiado a raíz de la militancia política.
Así que me dejé crecer el pelo, me hice un peinado
muy alemán (consiste en dos trenzas alrededor de la cabeza)
con el que parecía una campesina. Y, ya se sabe, para los
nazis no había nada mejor que una campesina semirrubia con
ojos claros: esa sí que, seguramente, era una aria. Bueno,
me fue muy bien en los exámenes. Nunca desaprobé ningún
examen de Medicina.
Ahora bien, todo eso suena divertido, fue un triunfo para mí,
pero tiene sus consecuencias, porque si una adquiere las cosas así,
nunca cree del todo en sí misma, en su talento; una nunca
está segura sobre la legitimidad de lo que adquirió;
siempre queda la duda sobre si se lo regalaron o si es fraudulento.
Yo, por ejemplo, hasta hoy en día tengo dificultades con
ciertos problemas difíciles. Pregunté diez veces hasta
entender qué es la epistemología. Ahora lo sé.
Pero a una le queda un resto de todo eso: la idea de que a una se
lo regalaron porque trampeó, o porque era una chica linda.
No como a los hombres. Ellos saben que tienen derecho. Ellos dicen:
“lo estudié y me lo merezco”. En cambio las mujeres nunca
sabemos si nos merecemos el lugar en donde estamos o no, y ese se
constituye es uno de esos obstáculos internos a los que aludía
al principio.