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Algunas claves para el diagnóstico del abuso sexual infantil


Por Susana Toporosi - Publicado en Octubre 2005

¿Qué es el abuso sexual?
No se puede pensar el abuso sexual de niños y niñas si no se lo ve a partir del estado de dependencia que el niño tiene respecto del adulto, y del poder que esa dependencia le otorga al mismo, en una sociedad en la cual las desigualdades sociales instituyen modelos abusivos.
Es una intrusión de parte de un adulto que abusa de ese poder habiendo desarrollado una patología en la que no está instalada la alteridad con reconocimiento del objeto. Suelen ser sujetos que sufrieron en su infancia pasivamente lo que ahora realizan activamente, aunque ésta no es condición imprescindible.
Ocurre cuando ese adulto está solo con el niño, casi siempre en función de brindarle los cuidados que necesita. Estamos pensando en los abusos provocados por padres, madres, abuelos, abuelas, maestros, maestras, curas o cualquier otra figura que interviene en los cuidados ambientales que un niño o niña requieren dada aún su imposible autonomía.
El poder del adulto permanece mudo, no ruidoso, durante el transcurso de los cuidados habituales que el niño recibe pero se hace audible cuando hay violencia, intrusión, que siempre es física y psíquica en simultáneo. Es como si la dependencia comenzara a hacerse escuchar cuando no puede ser sostenida como tal, ya que el adulto deserta de su lugar de cuidador y lo requiere al niño para que le provea satisfacción intentando utilizar el poder que sabe que tiene sobre él para someterlo. Hay una distorsión de la dependencia.

 

¿Qué recursos utiliza el abusador para someter al niño?
Suele ocurrir que quienes abusan de un niño tienen instituido el poder absoluto de la palabra del adulto por sobre la de él habiendo sido generalmente ellos niños no escuchados por sus padres. Abusan con la certeza de que nunca nadie los descubrirá ya que el poder de su palabra alcanzará para desacreditar cualquier relato infantil, sólo por afirmar que “el niño miente o está inventando”. Pero jamás podrá un chico construir una fantasía ni un relato acerca de lo que ocurre en un encuentro sexual si no lo vio (observando relaciones sexuales) o no lo vivió como protagonista (sufriendo uno o más episodios de abuso) El efecto de la sexualidad vista por la televisión o la computadora, si bien provoca excitación, no parecería alcanzar para producir los efectos traumáticos que genera la visión directa de la sexualidad intrafamiliar, o con personas con las que existe un lazo libidinal importante. Tal vez no se ha reconocido lo suficiente el terror que produce en los niños la exhibición de la sexualidad de los adultos, combinado a su vez con el deseo de ver.
Una de las primeras sensaciones para el niño suele ser la confusión dados los mecanismos renegatorios que muchas veces utiliza para no tener que reconocer que se quedó solo ya que quien lo cuidaba a partir de ese momento lo abandona; y siempre lo vive como traumático, por más que a nivel del cuerpo registre excitación y placer en alguno de los episodios del abuso.
Es muy habitual las amenazas de muerte o de pérdida de amor de la madre, del abusador al niño, para evitar que lo cuente.

 

¿Por qué el abuso puede prolongarse por años?
El abuso sexual de un niño se interrumpe inmediatamente si hay algún adulto que tenga una buena conexión afectiva con él y que por lo tanto pueda reconocer los cambios que sufre por la situación traumática que atraviesa. Los niños que sobrellevan esa experiencia siempre presentan síntomas o trastornos que involucran al cuerpo. Los más habituales, aunque para nada exclusivos de esta problemática son: episodios de enuresis o encopresis, trastornos en el sueño, pesadillas, asco, masturbación compulsiva, hiperactividad relacionada con una excitación imposible de metabolizar. Hay siempre cambios bruscos en la conducta aunque el ambiente puede no registrarlo.
En los chicos víctimas de agresiones sexuales que se perpetúan en el tiempo se constata muy a menudo que alguno de los padres, generalmente el del mismo sexo, fue él mismo víctima de intrusiones sexuales infantiles de las que no se habló jamás. El hijo es entonces víctima del silencio que ha prevalecido en la generación de sus padres y que lo expone más al hecho. Parece como si se esperara que “tuviera que pasar” Como si los mecanismos que hubieran necesitado la madre o el padre para mantener silenciados los episodios infantiles frente a los otros y frente a sí mismos, mantuvieran toda su vigencia reflejándose en una imposibilidad de tomar contacto con los indicios del sufrimiento que atraviesa el hijo. Hay madres o padres que desestiman el relato infantil dejando a su hija o hijo en la mayor soledad y con la sensación de que no vale la pena seguir diciéndolo porque nadie le creerá. Comienza así una cadena revictimizante fatal que tiene como efecto la pérdida de confianza en el ambiente, quedando inmerso en un circuito en el cual si pide ayuda se siente culpable, si habla se siente acusado de estar mintiendo, no quedándole otro recurso que enfermar.
Otros padres, a partir de un abuso propio sufrido en su infancia, no pueden dejar de pensar que lo mismo les ocurrirá a sus hijos, y todo episodio de juegos sexuales se transforma en una sospecha de abuso, instalándose un clima paranoide; el chico no puede nunca quedarse a dormir en casa de un amigo o un familiar, y esto sirve de sustento para una intrusión permanente de los padres.

¿Cómo realizamos un diagnóstico desde el psicoanálisis para detectar la presencia o no de lo traumático y sus efectos?
Los analistas de niños podemos ser convocados de modos diversos. Muchas veces somos requeridos desde la justicia para realizar un diagnóstico de situación y enviar un informe que incluye el pedido de confirmar o desechar el abuso.
Otras veces el abuso ya se ha confirmado, se realizó la denuncia judicial y somos convocados con un pedido de ayuda por el padecimiento del niño.
Es inevitable para el analista que entrevista a un niño presuntamente violentado, tratar de confirmar o desechar esa presunción. La sola sospecha de que ese chico puede estar atravesando un riesgo importante desafía al analista en su responsabilidad como adulto que posee un saber que puede ser usado para interrumpir una situacion victimizante. Es imposible entregarse al análisis si antes no se asegura haber intervenido para que el abuso se interrumpa.
Un niño que ha atravesado un abuso sexual siempre presenta una dificultad para relatar lo sucedido. Habitualmente hay una carga emotiva muy fuerte que casi no permite hablar ni aún cuando hay confianza con el analista. Un niño que ha sido atravesado por una experiencia de tal envergadura traumática, presenta siempre signos en el cuerpo que tienden a repetirse. Esto mismo constituye un elemento diagnóstico claro. El relato solo, sin implicación del cuerpo, podría ser a veces la repetición del discurso de un adulto. Cuando se ha producido una intrusión sexual, el cuerpo genitalizado del adulto lo transforma no sólo en una víctima, sino básicamente en un sujeto en el que se produce precozmente una genitalización. El chico puede quedar capturado compulsivamente lo cual lo lleva a hacerse a sí mismo lo que sufrió pasivamente con el intento de ligar la excitación. Pero la masturbación infantil no tiene buena resolución somática ya que no es orgástica con lo cual la sobreexcitación infantil es mayormente registrada como displacer.
Aunque el niño tenga en pleno funcionamiento los procesos simbólicos, cuando atravesó una experiencia que le resultó traumática no puede simbolizarla. No puede dibujar el abuso que sufrió, ni realizar un juego de esa situación. Lo que sí aparece en dibujos o juegos es algún trozo no metabolizado de lo visto u oído en la situación traumática. El analista puede registrarlo porque es disruptivo en el contexto en que aparece; parece provenir de otra escena que corresponde a algo percibido durante la situación que le resultó traumática. Son elementos que pueden servirnos para armar una construcción de aquello que vivió.
No toda conducta o expresión de un sujeto es un mensaje y está representando algo que hay que entender. Muchas veces estamos frente a conductas que son tan sólo trozos o marcas de una situación traumática vivida, y el sujeto no lo puede sustituir o simbolizar. Esto no implica que ese niño carezca de simbolización. Nuestro trabajo consistirá en poder discriminar si en los dibujos, juegos o relatos encontramos solo elementos simbólicos o también dichos signos de percepción.
Relataré dos viñetas clínicas de dos niñas de cinco años. Una, a mi criterio, de una falsa denuncia de abuso sexual y otra que corresponde a una niña abusada.

 

Romina tenía 5 años y fue traída por su mamá a la consulta porque sufría por las peleas terribles de sus padres separados. La madre le temía mucho al padre, quien ya había tenido numerosas conductas de violencia tales como obligarla a tener relaciones sexuales cuando la iba a buscar a Romina a su casa.
La mamá pertenecía a una familia adinerada pero con muchos conflictos afectivos. Al poco tiempo de conocer a su profesor de inglés se habían puesto de novios y lo había invitado a vivir con ella en su departamento casándose a los pocos meses.
Durante el transcurso de las consultas, Romina iba expresando en sus cuentos y juegos el miedo que le infundía su papá y el recurso que ella utilizaba era conformarlo para aplacarlo. Cada entrevista se la notaba más desesperada.
A la cuarta entrevista Romina llegó al consultorio y tuve un gran impacto. Es como si otra Romina hubiera llegado. Apareció una voz ronca, monocorde y desafectivizada. Me hizo recordar a la protagonista de “El Exorcista”.
Dijo: “Yo quiero ir con mi papá. Laura (la mamá) me trata mal porque me chupa acá, mi vagina y mi cola. No porque me dijeron, porque yo lo vi. Que Laura me hacía esas cosas, me chupaba la cola. Esto se lo conté a mi papá. Yo le conté con mis propias palabras, le dije que Laura me chupa la vagina.
Terapeuta: -¿Qué es la vagina?
Romina: - La cucucha. Me lo hace todas las veces cuando estoy en la cama. Cuando estaba dormida. Cuando me despierto también. Le dije que no lo haga. No quiere que se lo diga a mi papá. Dice que es normal hacerle, tocarle la cola a una nena, chuparle. Mi papá no me hace eso, sólo para limpiarme sí me toca.
T - ¿Le contaste a tu maestra?
R – No, porque Laura se va a enojar.
T - ¿Y qué hace Laura cuando se enoja?
R – Dice que me va a cortar el pelo raíz. Laura no quiere que hable. La casa de Laura no es mi casa. La casa mía es de mi papito y mía. Yo quiero estar en la casa mía que está mi papito.”
Cuando me disponía a tener una entrevista con la madre para hablar de lo ocurrido, ésta me contó desesperada que el padre le había hecho una denuncia de abuso sexual y que Romina había quedado con él por decisión del juzgado.
En el breve lapso de 4 entrevistas yo había tenido la oportunidad de ver el derrumbe de Romina debido al intenso sufrimiento psíquico frente a las peleas de sus padres y el tironeo de que ella era objeto. No pudo más que enfermarse con un estado de alienación, tal cual lo describe Piera Aulagnier en Los destinos del placer, como un destino del yo y de la actividad de pensar cuya meta es tender a un estado aconflictivo. No podía ya seguir pensando con su propia cabeza atormentada, se alineó con los pensamientos del padre y no quería ver a su madre para evitar el conflicto.
Dado que el juzgado tenía que dilucidar si tal abuso había ocurrido o no, se reunió unos meses después con la psicóloga elegida por el padre después de la denuncia y, en otra instancia, conmigo. La psicóloga elegida por el padre consideró que el abuso había ocurrido ya que, según dijo, Romina había dibujado a su madre recostada sobre sus genitales chupándolos.
Cuando me entrevistaron pude demostrar, a través de los relatos y cuentos de esas semanas previas a la denuncia, cómo se había ido desmoronando y cómo había alcanzado un estado de alienación. Para demostrarlo me basé en que nunca un niño puede simbolizar una situación que le resultó traumática dibujando el episodio traumático. Se trató de un abuso emocional por parte del padre con consecuencias tan graves o aún peores que uno sexual.

Viviana, de 5 años, llegó a la consulta con sus papás que estaban sumamente angustiados. Habían descubierto lo que les resultaba aún muy difícil relatar pero que ya había producido un cambio enorme en sus vidas: se habían tenido que mudar a una ciudad del interior teniendo que dejar todo.
Nueve meses atrás los padres de Viviana pensaban salir al cine e iban a dejar a los tres chicos, como de costumbre, en casa de los abuelos maternos. Viviana se negó a bajar del auto. El hermano prometió prestarle la computadora para convencerla pero ella no aceptó.
Así lo relató la mamá: “Parecía un capricho. Se prendió de mí, era como si estuviera poseída, loca, desquiciada. La alcé y me volví con ella reenojada.
Llegamos a casa, no hablaba nada. Pensé que algo pasaba. Se me caían las lágrimas. Como fue siempre la más pegada a mí pensé que era porque me iba a extrañar. A ella no le gustaba que yo me enojara con ella. A veces venía mi mamá a mi casa y ella no le contestaba, no le daba un beso ni con golosinas. Pensé: le debe pegar. La llevé al baño, le presté mis cremas y pinturas y le dije que necesitaba saber porqué ella no quería quedarse a dormir en casa de la abuela, prometiéndole que lo que me dijera quedaría entre ella y yo. Me dijo:
V – Porque la abuela me toca, con la tele prendida y la luz apagada.
M - ¿Qué te toca?
V – Me toca la pololó. (La mamá dice que le dice pololó a la cola)
El papá corrige, dice que le dice así a la vagina, no a la cola.
V – Y a mí me duele.
M – Pero, ¿cómo te hacía?
V – Además de tocarme la pololó, me metía el dedo en el culo. Un día me hice caca y pis. Me daba una sensación de hacer caca. A mí me duele y no quiero que me pase más”
Allí la madre sigue relatando que Viviana contó que ella dormía en la cama grande con la abuela. El hermano dormía en el otro cuarto con el abuelo.
Viviana, desde un tiempo atrás, había empezado a hacerse caca y pis encima. Había tenido 4 infecciones urinarias. La habían sometido a un cateterismo en que le inflaban la vejiga para entender porqué eran las infecciones. No quería ir más al jardín; se agarraba de la maestra así como de la mamá. Estaba amenazada por la abuela de que si le contaba a la mamá, ésta se enojaría muchísimo con Viviana.
Dado lo intrusivo de la abuela y su negación absoluta de lo que había hecho, habían decidido mudarse lejos para protegerse.
Los padres realizaron una denuncia judicial. La psicóloga a la que consultaron en la ciudad del interior a la que se mudaron, tuvo varias entrevistas con los padres y una con Viviana y envió un informe en el cual decía que nunca se podría saber si tal abuso ocurrió. Se basó en que la niña una vez había dicho que era mentiras y que quería volver a Buenos Aires a la casa de antes. A partir de ese informe la denuncia no prosperó y la causa se cerró.
Es muy habitual que los chicos que sufrieron un abuso intrafamiliar en algún momento se desdigan, por el deseo de que eso nunca hubiera ocurrido.
Los padres decidieron hacer otra consulta para ver cómo estaba Viviana, explicándole para qué venían, y llegaron a mi consultorio.
En la primera entrevista Viviana me dice:
V – Mi abuela me toca todas las partes del cuerpo, todas las cosas.
(El tiempo presente del verbo me hace pensar en algo que resultó traumático)
T _ ¿Ahora te toca, sigue pasando?
V – No, no la veo más. Duermo y sueño cosas feas, que un ladrón me agarra. Eso pasa a veces cuando mi papá viene a mi pieza a la noche a ver fútbol. Mamá ve otra cosa en su pieza.
Mete el dedo en un bloque de madera que tiene un agujerito.
V – Se me infló el dedo.
Tiene un chicle en la boca y me pregunta si sé hacer globos. Me insiste en que acepte un chicle y le enseñe a hacer globos con la lengua.
Tengo la sensación de que pasa del relato de lo que sufre a un terreno muy corporal; me pregunto por qué en esta primera entrevista ella abre su boca, saca la lengua e insiste con esta acción tan poco frecuente para un primer encuentro.
La referencia reiterada a algo que se engloba (pienso en las maniobras médicas al inflarle la vejiga), el dedo en un agujero, más que constituir un juego, parecen vivencias corporales traumáticas repetitivas que tratan de ligarse a algún sentido.
Me parece interesante cómo se visualiza en este caso el efecto que la experiencia traumática tuvo para Viviana en el cuerpo. No sabemos si las infecciones urinarias habrían sido provocadas por el tocamiento directo de la abuela que le introducía el dedo en el ano y luego en la vulva, o también por las actividades masturbatorias de la propia niña que una vez excitada por su abuela repetiría ella sobre sí misma.
Es muy interesante ver cómo el abuso se interrumpió al poco tiempo dado que la mamá pudo registrar los cambios bruscos de conducta y el sufrimiento de Viviana.
Podríamos decir entonces que un abuso sexual que se perpetúa en el tiempo denota la falla ambiental de por lo menos dos adultos: uno, el abusador, que siempre es alguien que está cerca del niño; y otro, el adulto más significativo que no registra los cambios del niño y su sufrimiento.

 

Susana Toporosi
Psicoanalista de niños y adolescentes
susana [dot] toporosi [at] topia [dot] com [dot] ar

 

Bibliografía:
Aulagnier, P. Los destinos del placer. Alineación, amor, pasión. Paidos, Bs. As., 1994.
Bleichmar S., “Seminario: La sexualidad infantil: de Hans a John/Joan”, 1999.
Eliacheff C. Del niño rey al niño victima. Violencia familiar e institucional. Nueva Vision, Bs. As., 1997.
Winnicott, D., Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Paidos, Bs. As., 1993.
 

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