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Origen de la terapia familiar en la Argentina *


Por Florencia Macchioli - Publicado en Noviembre 2009

Edipo se vio sometido desde chico,

por un padre paranoico y una madre que no lo supo defender.

García Badaracco & Zemborain, 1979.

 

Pensar a la familia es una tarea compleja, tan compleja como pensar al sujeto o la cultura. Del mismo modo, abordar cómo piensan a la familia las disciplinas psi (incluyendo en este conjunto a la psiquiatría, psicoanálisis y psicología) supone sus dificultades respecto al modo de articular sus teorías sobre la familia y la sociedad. Una de las vías para sumergirse en esta variada trama consiste en hacer un poco de historia para analizar las aproximaciones, contextos, condiciones de posibilidad y mixturas que fueron factibles de realizarse durante los 60 y 70, época a su vez de grandes transformaciones familiares y sociales. Indagar qué de esto llegó hasta nuestros días o bien, qué quedó perdido en el camino y cuáles fueron los motivos. En este caso se abordará primero el modo en que los profesionales que comenzaron a atender familias reformularon el complejo de Edipo freudiano a partir de las dificultades clínicas que traía aparejada esta práctica. Segundo, qué efectos conllevaron estas reformulaciones en la concepción de familia normal y patológica para esta incipiente especialidad y el modo en que se mantuvo la idea de familia tradicional en sus concepciones.[1] 

En principio, podría decirse que la terapia familiar en la Argentina comenzó a tomar contorno a partir de la década de 1960, se diversificó durante los setenta y se institucionalizó y profesionalizó en los ochenta.[2] En sus inicios, se conformó desde la confluencia de diversas teorías, fundamentalmente el psicoanálisis local freudokleiniano, la teoría de la comunicación norteamericana y los desarrollos internacionales sobre psicoterapia grupal. El paradigma de la salud mental desde la segunda posguerra, entre otras cuestiones, dio lugar al desarrollo de temáticas grupales, sociales y preventivas, donde la familia cobró un rol protagónico como punto de anclaje en Europa, Estados Unidos y poco después en la Argentina.

Entre los 60 y 70 podría afirmarse que se configuraron cuatro modelos en el ámbito local, planteados en la investigación en curso: la “familia-grupo” a partir de las concepciones y prácticas de Enrique Pichon-Rivière en el cruce de la familia como grupo interno y dinámica grupal; la “familia-sistema” representada por Carlos Sluzki en su rol de difusor de la teoría de la comunicación humana norteamericana; la “familia-estructura” concebida por Isidoro Berenstein a partir del confluencia de Freud, Klein y Lévi-Strauss; y la “familia-múltiple” ideada por Jorge García Badaracco, a partir de un nuevo dispositivo clínico para la psicosis fundado en el tratamiento familiar.

Estos modelos, sin embargo se daban en un escenario donde la cultura “psi” del período debía lidiar con las transformaciones familiares y sociales que a partir de mediados del siglo XX se extendieron en la sociedad modificando las pautas de relación entre las generaciones, los sexos, la procreación y la crianza de los hijos, innovaciones que alteraron profundamente los modos de subjetivación hasta nuestros días.

 

Pichon-Rivière y el complejo de Edipo como grupo.

 

Cuando uno se refiere a alguna innovación en el campo psi argentino, Pichon-Rivière, figura faro de su época, es un alto ineludible. Su reformulación del complejo de Edipo, está íntimamente articulada a su esquema conceptual referencial y operativo (ECRO).

La familia para él se ubica en dos ejes. El primero refiere a las relaciones primarias que dicho grupo produce en el sujeto denominado “grupo interno” (representación interna que el sujeto genera de cada uno de sus familiares), donde retoma aportes fundamentalmente de S. Freud y M. Klein. El segundo corresponde a la dinámica grupal que se produce entre los miembros de la familia, recogiendo básicamente las contribuciones de K. Lewin. Este cruce da lugar al concepto de “portavoz”, como aquél que denuncia el acontecer grupal, las fantasías, ansiedades y necesidades del grupo, conjugando la verticalidad (la historia personal) con la horizontalidad (el aquí y ahora del grupo). Pichon plantea en su teoría de los grupos familiares que el sujeto que enferma es el portavoz de la ansiedad familiar.

En 1946 explica la concepción freudiana del complejo de Edipo bastante fiel a Freud. Sin embargo, desde mediados de los cincuenta, con la sistematización de su teoría del vínculo, el complejo de Edipo nunca será el mismo. Planteará que éste puede comprenderse como un triángulo con una serie de vínculos entre ellos (que incluye el vínculo prenatal madre-feto). Hay importantes diferencias entre la concepción de Freud y Pichon, fundamentalmente que el último extiende a una concepción externa al sujeto la representación familiar interna al incorporar los vínculos a cuatro vías (el hijo ama u odia al padre y se siente amado u odiado por el padre, lo mismo se reproduce en cada miembro del triángulo) e implanta en la teoría edípica la adjudicación y asunción de roles de la pareja parental. Freud para Pichon, es condición necesaria pero no suficiente.

En 1951, al volver de Europa, incorporó de modo sistemático en su obra a Klein, además de introducir a Lewin y Mead, confluencia difundida años más tarde en Teoría del Vínculo (1957). Interesado en varias cuestiones, sostiene: “La situación analítica es una situación de dos pero el objetivo básico es descubrir al tercero. Ver dónde está situado y qué funciones tiene. (...) El análisis empieza de esta manera a dramatizarse centrándose en la situación triangular, es decir, en el complejo de Edipo” (Pichon Rivière, 1985b: 97). Así, la situación triangular, complejo de Edipo para Pichon, remite desde 1960 al grupo familiar. Este desplazamiento lleva a concebir a la familia desde los dos ejes presentados. El primero, el grupo interno, incluye las ideas de Pichon desarrolladas en su Teoría de la Enfermedad Única. Esta teoría, entre otras cuestiones, plantea un modelo de constitución psíquica donde la familia ocupa un lugar protagónico. Por una parte, sostiene desde 1946 que la situación triangular que atraviesa la madre impacta en el feto a través del vínculo intrauterino; por otra, que el niño, inserto en el grupo familiar desde su nacimiento, queda incluido en un interjuego de vínculos positivos y negativos que se da en el triángulo madre-padre-hijo. El segundo eje, plantea la correspondencia entre grupo familiar y grupo operativo, sólo diferenciados por los vínculos de parentesco. Aquí, la familia como unidad de análisis, es concebida como una unidad de diagnóstico, pronóstico, tratamiento y profilaxis, a partir de las categorías del ECRO. En síntesis, la equivalencia complejo de Edipo-situación triangular-grupo familiar, cambia las reglas de juego, establece vínculos entre el adentro y afuera, a la vez que extiende la comprensión de lo individual a lo social.

 

Isidoro Berenstein y el complejo de Edipo como estructura

 

La operación intelectual de Pichon-Rivière, enmarcada en el movimiento de Salud Mental, a la par del cruce entre psicoanálisis y ciencias sociales, dio lugar a nuevas concepciones e intervenciones. De una de estas confluencias surgió la “estructura familiar inconsciente” postulada por Isidoro Berenstein, a partir del encuentro entre el psicoanálisis freudokleiniano local, la concepción de grupo familiar de Pichon-Rivière y el estructuralismo francés de Lévi-Strauss recepcionado en los sesenta.[3] Este modelo inició su sistematización en 1970 y alcanzó mayor visibilidad en Familia y Enfermedad Mental (1976a), uno de sus libros más destacados. Sin embargo, esa era sólo una parte del libro original que por problemas editoriales no se publicó en un solo tomo. La segunda parte, El Complejo de Edipo. Estructura y Significación (1976b), fue olvidada con el paso de los años.

Para Berenstein, en el complejo de Edipo converge lo individual y lo cultural a partir de la prohibición del incesto que, asegurada por la amenaza de castración, lleva de la endogamia a la exogamia. Planteará dos ejes de análisis para el complejo de Edipo. El primero, intrapersonal, asociado a las nociones de identificación y elección de objeto; el segundo, interpersonal, relacionado con la organización familiar. A lo largo del libro sistematiza distintos modelos del complejo de Edipo y formaliza las adquisiciones semánticas que se adquieren desde el nacimiento y que se reordenarían con el complejo de Edipo.

Plantea que la resolución del complejo es una determinación inconsciente de los padres, cuya realización configura la relación de pareja y el vínculo de parentesco, donde se encuadra el hijo. Desde esta perspectiva serían los padres los que organizan el deseo y la hostilidad del hijo. Sin embargo, al tener en cuenta las disposiciones latentes del niño, se complejizan las variedades del complejo de Edipo respecto a las identificaciones y elecciones de objeto que éste genere. En esta última dimensión se desplegará la teoría de la significación de Greimas para leer en clave estructuralista al Edipo freudiano. En síntesis, el complejo de Edipo como estructura, trazará un compromiso entre los términos freudianos leídos desde la teoría de la significación intrapersonal, a la vez que planteará para la organización familiar interpersonal una matriz triangular que intercambia información positiva y negativa entre sus miembros. Sin embargo, aquí no introduce el cuarto término (el representante de la familia materna) dentro de las configuraciones posibles del complejo de Edipo, uno de los motivos más originales de su obra.

 

Jorge García Badaracco y el complejo de Edipo como estructura multifamiliar

 

También dentro del movimiento de la Salud Mental, encontramos desde sus inicios a García Badaracco, quien desde 1957 participó del recién fundado Instituto Nacional de Salud Mental. Este nuevo paradigma dirigía su mirada del manicomio a la comunidad, donde a partir de la prevención y promoción de la Salud Mental, proponía transformar los hospitales psiquiátricos en comunidades terapéuticas. Así como Pichon-Rivière inauguró muchas de sus primeras experiencias en el Borda, García Badaracco inició bajo el mismo techo nuevos espacios como la primera Comunidad Terapéutica de orientación Psicoanalítica (1962) o el primer Hospital de Día de Buenos Aires (1964), denominando su modelo como “Comunidad Terapéutica Psicoanalítica de Estructura Multifamiliar”. Entre sus múltiples y variados desarrollos, encontramos también una reformulación del complejo de Edipo a partir de interrogantes asociados a la clínica de la psicosis.

Desde la formulación freudiana, García Badaracco plantea que la psicosis se relaciona con las etapas anteriores a la resolución del complejo. Para afrontarlo se necesita haber desarrollado una relación objetal con la madre que permita esa preparación. Si la madre no alcanzó una resolución verdadera de su complejo de Edipo, reactivará sus propios aspectos no resueltos, estableciendo implícitamente una relación narcisística patológica con su hijo a modo de relación libidinal pregenital que detendrá el crecimiento del niño, y dará lugar a la constitución de la psicosis. Quedará atrapado en un vínculo simbiótico, donde la situación triangular madre-padre-hijo plantea casi desde el inicio un vínculo de simbiosis patológica madre-hijo, a la par de un padre ausente por estar excluido e imposibilitado para desarticular dicho vínculo. De tal modo, que la persistencia de la sexualidad infantil de los padres y la no resolución de su propia conflictiva edípica, dará lugar a la patología del hijo.

Cuando en 1979 García Badaracco redefine el complejo de Edipo, hace confluir el planteo freudiano con los aportes pichoneanos, diferenciándolos a su vez, de los aportes estructuralistas de Lévi-Strauss y Lacan. La unión de Freud y Pichon-Rivière le permite básicamente leer el complejo de Edipo freudiano en clave vincular, al que García Badaracco agrega la lectura intergeneracional: la no resolución del complejo de Edipo en una generación se repetirá en la siguiente.

Por otra parte, se encarga de diferenciarse del estructuralismo. Hace una crítica al modo en que el psicoanálisis interpretó la prohibición del incesto (refiriéndose explícitamente a Lacan) donde el papel del padre es instaurar la separación del hijo respecto a la madre como objeto incestuoso por la prohibición paterna. La resolución del complejo de Edipo es eficaz en tanto instancia prohibitiva que pone un tope a la satisfacción y une inseparablemente deseo y ley. García Badaracco entiende que esta formulación da cuenta de la forma prehistórica en que comenzó la cultura, en coincidencia con Lévi-Strauss, pero no sería el modo en que se produce la elaboración del complejo de Edipo en cada individuo. La relación primitiva del hijo con la madre es necesariamente simbiótica, narcisista y fusional. Devendrá incestuosa cuando el hijo, luego de la sexualización de la pubertad, siga buscando en su madre el objeto sexual sin haber podido canalizar los impulsos eróticos a un objeto exogámico.

Para García Badaracco “padres neuróticos o psicóticos crearán a su vez hijos neuróticos o psicóticos y por lo tanto el complejo de Edipo de los niños refleja con toda transparencia el complejo de Edipo no resuelto de los propios padres” (García Badaracco & Zemborain; 1979: 85). De algún modo, aquí se dibuja el escenario opuesto al freudiano: si antes la determinación provenía del mundo pulsional y el modo en que elaboraba las fases libidinales el niño, ahora la determinación proviene de los padres hacia el niño y el modo en que ellos la elaboraron en sus infancias.

 

La persistencia de la familia tradicional

 

De los tres modelos propuestos, puede recapitularse en primer lugar que los profesionales que realizaron un aporte original desde el psicoanálisis para el abordaje familiar debieron reformular varios conceptos a partir de las dificultades que la clínica grupal les presentaba. Y aquí el complejo de Edipo, que inscribe la organización familiar en el aparato psíquico, devino una cuestión central a resolver. Segundo, debieron ubicar cierta concepción de la familia por fuera del ámbito psíquico, pero sin perder esta conexión donde se trazaron diversos modelos que vinculaban la representación psíquica de la familia con la dinámica grupal familiar.

A pesar de que estos tres autores ubicaron al complejo de Edipo en distintas tramas intelectuales a partir de problemas clínicos, contrariamente a lo que podría suponerse, estas reformulaciones no parecen haber modificado en gran medida el modo en que se intervino en la familia. Al detenerse en los casos clínicos (en Pichon-Rivière son difíciles de encontrar, no así en los dos últimos autores, que generalmente ejemplifican sus desarrollos con historias clínicas), puede observarse que las intervenciones terapéuticas sobre la familia durante los sesenta y setenta reproducirían el modelo de familia tradicional argentina. Esto puede rastrearse en la función del terapeuta y qué considera como familia normal y patológica cada uno de ellos.

Para Pichon el grupo familiar es el sostén de organización social, donde la situacióntriangular básica (madre, padre, hijo) es universal, pero posee sus variables culturales. La tarea del grupo familiar es la socialización del sujeto, proveyéndole un marco adecuado para que logre una adaptación activa a la realidad en la que se modifica el sujeto y el medio en un interjuego dialéctico. La patología surge cuando hay una pérdida o estereotipia en la adjudicación y asunción de roles.

Para Berenstein, la estructura familiar parte de las relaciones familiares que se perciben empíricamente, pero se refiere fundamentalmente al modelo regulador latente de estas relaciones. Esta estructura supone la combinación de los integrantes de acuerdo a prescripciones para el pasaje de un estado al otro de la estructura en función del sexo y la diferencia generacional. Según el modo en que se ordene esta estructura podrá deducirse la normalidad o patología familiar. En la clínica, sus intervenciones se basan fundamentalmente en la interpretación de las prohibiciones y prescripciones de las reglas de intercambio (que incluye a la familia materna), las relaciones endogámicas y exogámicas, los sistemas de denominaciones, el tiempo y espacio familiar.

Por último, para García Badaracco la familia normal es una estructura transicional que posibilita que sus individuos se independicen, ofreciendo un contexto de maduración adecuado. El crecimiento individual produce a su vez cambios en los otros miembros que constituyen la dinámica familiar normal. Cuando esto no se produce surge la patología familiar, vía el enfermo como emergente. La función del terapeuta en este dispositivo clínico es la de cumplir una función paterna ausente en la familia, planteando que, cuando “la inclusión de la familia real se hace muy difícil, la Comunidad puede funcionar hasta cierto punto como una familia sustituta transicional” (García Badaracco. 1989: 187).

A pesar de que generalmente estos autores refieren a la familia en relación a la cultura, esto raramente es cuestionado en la clínica y nunca pensado críticamente respecto a los presupuestos del terapeuta sobre lo normal o patológico. No aparece cuestionado en ninguno de los aportes en qué sociedad, cultura, espacio y momento histórico teorizó Freud al complejo de Edipo, cómo fue pensado, con qué fines terapéuticos, cuál era el valor del problema en ese contexto específico.

Reformular el complejo de Edipo sin tener en cuenta estas cuestiones, llevó a que se desplazaran acríticamente las formulaciones freudianas, se combinaran con el kleinismo, el estructuralismo y otras hierbas y se aplicara el ungüento sin más a la intervención terapéutica familiar en la Argentina, cuando en realidad aquí los problemas eran muy otros a los de la Europa de la primera mitad del siglo XX.

La familia, regulada por normas, valores, tecnologías que la modelan en espacios y tiempos históricos concretos, obliga a repensar y cuestionar el estatuto de las prácticas, las teorías y fundamentalmente los presupuestos con los que los profesionales intervienen. Definir desde aquí qué es normal y patológico requiere problematizar algo más que el complejo de Edipo.

 

* Este texto presenta algunos desarrollos de la tesis de doctorado en curso: “Los inicios de la Terapia Familiar en la Argentina. Implantación, configuración y desarrollo de un nuevo campo disciplinar (1960-1979)”. Facultad de Medicina UBA – CONICET.

 

Florencia Macchioli

Lic. en Psicología.

Instituto de Investigaciones, Facultad de Psicología, UBA – CONICET.

famacchioli [at] yahoo [dot] com [dot] ar

 

Bibliografía

 

Berenstein, I. (1976a). Familia y enfermedad mental. Buenos Aires: Paidós.

Berenstein, I. (1976b). El complejo de Edipo. Estructura y significación. Buenos Aires: Paidós.

Carpintero, E. y Vainer, A. (2004). Las huellas de la memoria I: 1957-1969. Buenos Aires: Topía.

García Badaracco, J. & Zemborain, E. (1979). El complejo de Edipo a la luz de la experiencia clínica con pacientes psicóticos. Revista Uruguaya de Psicoanálisis, Vol. 59, 59-90.

García Badaracco, J. (1989). Comunidad Terapéutica Psicoanalítica de Estructura Multifamiliar. Madrid: Tecnipublicaciones.

Germani, G. (1962). Política y sociedad en una época de transición. Buenos Aires: Paidós.

Nocetti, J. C. (2002). Familia y psicoanálisis en la Argentina. Buenos Aires: Biblos.

Pichon-Rivière, E. (1970-1971). Del Psicoanálisis a la Psicología Social 2 tomos, Buenos Aires: Galerna.

Pichon-Rivière, E. (1985b). Teoría del vínculo, Buenos Aires: Nueva Visión.

Torrado, S. (2004). La herencia del ajuste. Buenos Aires: Capital Intelectual.

Vezzetti, H. (1998). Enrique Pichon-Rivière y Gino Germani: el psicoanálisis y las ciencias sociales. Anuario de Investigaciones, 6, Facultad de Psicología, UBA.

 

Notas

 

[1] La preocupación por la construcción de la familia argentina suscitó ensayos desde Alberdi en adelante. El pasaje de la familia rural a la familia moderna a partir del proceso de urbanización (división del trabajo entre el hombre como proveedor del sustento grupal y la mujer como encargada del ámbito doméstico y socialización de los niños, donde el matrimonio-institución aseguraba la estabilidad de sus miembros) llevó a distintas interpretaciones a mitad del siglo XX como las de Gino Germani sobre el estudio de la familia argentina en consonancia con su análisis sobre el fascismo y el peronismo (Germani, 1962; Vezzetti, 1998). La demografía llamó “primera transición” (del siglo XIX a mediados del siglo XX) a lo que se constituyó como la familia moderna y “segunda transición” (a partir de mediados del siglo XX hasta nuestros días) a la conformación de la familia postmoderna (Torrado, 2004). Este trabajo equiparará lo que se denominó “familia moderna” a “familia tradicional” para poner de relevancia la persistencia de un modelo anterior al que predomina actualmente.

[2] Esta temática está desarrollada en la tesis de doctorado en curso. Por otra parte, algunos aspectos de esta especialización fueron trabajados en Nocetti (2002) y Carpintero & Vainer (2004), entre otros.

[3] La estructura familiar inconsciente sería, sucintamente, el conjunto de cuatro lugares (madre, padre, hijo y dador) ligados por cuatro vínculos (alianza, consanguinidad, filiación y avuncular). El “dador”, es una categoría basada en el “avunculado” de Lévi-Strauss. Representa al hombre de la familia materna (hermano o padre) que entrega la mujer a otro hombre para constituir una nueva familia, pasaje que representa el paso de la naturaleza a la cultura, de la endogamia a la exogamia.

 

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