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LA HOMOSEXUALIDAD A LA LUZ DE LOS MITOS SOCIALES

ALGUNAS PUNTUALIZACIONES ACERCA DE LOS CONSTRUCTOS "HOMOSEXUALIDAD" Y "HOMOFOBIA" PREVIAS AL ABORDAJE DE PACIENTES CON ELECCION DE OBJETO HOMOSEXUAL

CARLOS ALBERTO BARZANI
Lic. en Psicología

E-mail: carlos.barzani@topia.com.ar

Introducción

Uno de los objetivos de la actividad científica a lo largo de la historia ha sido abordar los “enigmas” que se le han ido presentando a fin de construir teorías que superen dialécticamente las anteriores, es decir, producir nuevas síntesis a partir del conocimiento existente1.

En referencia al área psicosocial en particular, la mayoría de los obstáculos con los que ha chocado y sigue chocando la investigación científica están conformados por afirmaciones y/o proposiciones pretendidamente científicas sustentadas por el prejuicio y la eficacia de discursos míticos. Tales discursos suelen estar sostenidos por dispositivos y/o estructuras de poder dogmáticas, provenientes ya sea de las distintas religiones, o bien de diferentes posturas ideológicas totalitarias.

En relación con la temática de la diversidad sexual se ha arribado a muy diversas conclusiones de acuerdo a los distintos recorridos y posturas filosóficas. Desde la más acérrima condena moral -llegando en muchos casos a castigarse con la muerte- pasando por un rotundo e irracional rechazo o por la psicopatologización hasta el reconocimiento y aceptación de que hay tantas formas de sexualidad como sujetos.

El objetivo de este trabajo es arrojar luz sobre algunos dispositivos, en gran parte sutiles, que sostienen el rechazo, la condena y/o la patologización de la homosexualidad y sus posibles efectos en la subjetividad de las personas homosexuales e indagar la presencia de la homofobia en la clínica psicoanalítica actual2. La relevancia de nuestro recorrido está justificada en el análisis de tres situaciones:

a.      bibliografía que aún sigue considerando la homosexualidad como una patología;

b.      psicoanalistas que realizamos nuestra práctica en esta sociedad y en este momento histórico, internalizando la homofobia social, con los consecuentes efectos sobre nuestras prácticas;

c.      sujetos cuya elección de objeto es homosexual y, por diversos motivos, demandan un psicoanálisis.

La postura sustentada en este trabajo es que la conducta sexual manifiesta no viene abrochada a determinada estructura u organización subjetiva. Por lo tanto, lejos de postular algún pattern psíquico ideal “normal” el trabajo se aboca a indagar algunas formaciones discursivas cristalizadas que funcionan como “obstáculo” tanto en el trabajo clínico como en la formación de los analistas.

2.         La homosexualidad y cierto Psicoanálisis

La categoría “homosexual” apareció a mediados del siglo XIX3; antes de esto la así llamada “sodomía” era una conducta capaz de ser practicada por cualquiera y no, como suele creerse, una categoría que califica a la persona (Cf. Barzani, 1998).

Muchas teorías se inventaron para dar cuenta de la homosexualidad centrándose en la pregunta por la génesis. Sin embargo, lo que todas ellas tienen en común es que siempre se ha partido del supuesto que esta conducta era patológica o al menos no era “normal”.

En la Argentina contemporánea podemos encontrar muchos ejemplos de esto que decimos.

Sin ir más lejos, podemos consultar parte de la bibliografía con la que nos formamos los psicólogos y comprobaremos que en ella se cataloga la homosexualidad como “perversión” y/o patología. Se afirma, por ejemplo, que es “normal” que el hallazgo de objeto esté caracterizado por una “Búsqueda del goce sexual orgástico, al servicio de la reproducción” (Quiroga & otros, 1987:2, 136, etc.). Asimismo, se insiste en la necesidad de hallazgo de objeto heterosexual como condición para entrar dentro de los parámetros de “normalidad”4. Como veremos e intentaremos demostrar, esta es la posición que sustentan varias escuelas psicoanalíticas del país y es lo que muchas veces se transmite desde diferentes medios periodísticos y de comunicación. Es notable que mientras la OMS sostiene que la “la orientación sexual, per se, no puede ser considerada un trastorno mental” (OMS, 1992:367)  distintas instituciones y medios públicos continúen sustentando posiciones anacrónicas o sin fundamento científico frente a la temática de la homosexualidad.

A mi entender, el mecanismo de las escuelas mencionadas consiste en tomar como punto de partida lo que es “normal” para el establishment y, a partir de allí, intentan pesquisar por qué algunas personas se apartan de dicha “norma”.

El procedimiento demuestra claramente la eficacia del dispositivo de poder montado por el sistema machista y patriarcal, que se hizo “texto” en las teorizaciones de dichas escuelas, de modo que les impide visualizar el mecanismo que las atrapa y en el cual están enredadas. Lo que hace que desde puntos de partida particulares y restringidos, se pretenda llegar a conclusiones universales5.

3.         El poder y el imaginario social

Foucault enfatizó la capacidad del poder de producir comportamientos y no tanto la de inhibir las conductas; el poder es capaz de generar motivaciones para la acción. Estas motivaciones constituyen instrumentos más eficaces que las amenazas o sanciones. En este sentido, señala que la noción de represión es totalmente inadecuada para dar cuenta de lo que hay de productor en el poder. Porque si se definen los efectos del poder por la represión se da una concepción puramente jurídica del poder; se identifica al poder con una ley que dice no, privilegiando la fuerza de la prohibición. Ahora bien, si el poder no fuera más que represivo, si no hiciera nunca otra cosa que decir no, se lo resistiría. Lo que hace que se lo acepte es que no pesa solamente como una fuerza que dice no, sino que de hecho produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos, conforma sujetos; es preciso considerarlo como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir (Foucault, 1978:182-3). Esto no quiere decir que el poder no reprima, sino que aún en el caso en que sea ejercido con la intención de reprimir, es productivo (Díaz, 1993:40).

En referencia a los dispositivos de poder, Enrique Marí (1988) señala que los mismos exigen como condición de funcionamiento y reproducción del poder la confluencia de tres instancias articuladas entre sí. La “fuerza” como elemento constitutivo; el “discurso del orden” caracterizado como el lugar de emisión de los fundamentos, ya sean divinos o racionales, que permiten dar homogeneidad y legitimidad al sistema instituido así como las técnicas de coerción y sanción de las conductas no deseables a través de las cuales se produce la obediencia y el control social. Pero estas dos instancias exigen, además, el montaje de técnicas más sutiles: prácticas extradiscursivas, mitos, creencias, rituales, tabúes, que “hablan a las pasiones” y que en consecuencia hacen que los miembros de una sociedad sientan como propios deseos y necesidades que son impuestos desde el Poder. Este universo de significaciones - el imaginario social- disfraza el poder de forma tal que más que a la razón interpela a las emociones y sentimientos, suministrando también la forma que tendrán los comportamientos de agresión, de temor, de seducción e instituyendo de esta manera, las formas de relación social y estableciendo lo que las personas que conforman esa sociedad discernirán como lo bueno y lo malo, lo lindo y lo feo, lo moral y lo inmoral, lo cuestionable y lo imposible de ser siquiera pensado. Se anudan de este modo los deseos al poder.

El poder es un tipo de vínculo propio de la condición humana promovido por la situación de indefensión del neonato. Este carece de “poder” -en la acepción verbal del término- esto es, carece de la capacidad para simbolizar sus necesidades, pulsiones e interacciones. Es esta ausencia de “poder” en el neonato, lo que determina un tipo de estructura vincular con el adulto, prototipo y génesis del poder como categoría social. Su sentido es evitar la angustia, es decir, la desorganización intersubjetiva del psiquismo. “En este vínculo se produce una operación por la cual, quien se halla en el polo estructurado es ordenado, dirigido, por el otro, quien por ello mismo ocupa el polo estructurante. El primero obtiene organización psíquica, pero a cambio de desresponsabilizarse, transfiere al otro el acto de pensar o dirigir su vida.” (Benbenaste, 1992:12)

Asimismo, como todo sujeto es objeto de este “bombardeo” desde que nace, ello lo conduce a percibir al mundo social como “dado”, como “natural”, incluyendo los parámetros que deciden las conductas y atributos que serán catalogados como masculinos o como femeninos; y cuáles serán “normales” y cuáles “anormales” o “patológicos”; perdiéndose así conciencia de que la sociedad fue “construida” por los seres humanos y por ende puede ser re-hecha por éstos.

4.         Freud, lo “perverso” y la relatividad cultural

Con relación al término “perverso”, en el Diccionario de la Real Academia Española pueden encontrarse las siguientes definiciones; perverso: del lat. perversus// Sumamente malo, que causa daño intencionadamente// Que corrompe el orden o estado usual de las cosas. Como bien señala Stubrin (1993:25), resulta sumamente ilustrativo y movilizante que en estas definiciones no encontremos el componente sexual, salvo que lo ubiquemos en “la corrupción del orden o estado usual de las cosas”.

Por el contrario en el Diccionario Vox latino – español encontramos; perversus: torcido, vuelto del revés. Si se descompone la palabra, per: a través de, por medio de, y versus: vuelta, giro. Esto es, a través de una vuelta, por medio de un giro. Tenemos, entonces que la perversión se trataría de una sexualidad que se expresa por medio de un giro, de un rodeo.

Intentaremos discernir, entonces, si los a-priori presentes en estas definiciones se hacen “texto” en el discurso psicoanalítico acerca de lo perverso.

Veamos a continuación cuál de ambos aspectos de la concepción de perversión están presentes en el texto freudiano. Repasemos la definición que hace de este término en una de las conferencias que dio en la Universidad de Viena en 1917; allí advierte sobre el “error” de considerar  la función de la reproducción como núcleo de la sexualidad dejando de esa forma prácticas como el beso o la masturbación fuera de ella:

(...) el carácter común a todas las perversiones es que han abandonado la meta de la reproducción. Justamente, llamamos perversa a una práctica sexual cuando ha renunciado ha dicha meta y persigue la ganancia de placer como meta autónoma. (...) de igual modo todo lo que se ha sustraído a él [el propósito de la reproducción], lo que sólo sirve a la ganancia de placer, es tildado con el infamante nombre de “perverso” y es proscrito como tal.” (subrayado mío) (Freud, 1917:289)

De este párrafo se desprende la visión que tenía Freud de lo “perverso” muy alejada del sentido peyorativo que se le atribuye socialmente hoy día, y desde luego en la época de Freud. (Freud, 1905:146)

Si la confusión y el “apriorismo” pueden entenderse en el lego, en el caso de los psicoanalistas pasa a ser grave, puesto que el término perversión termina siendo equivalente a “maldad” o a “desviaciones” de la conducta sexual “ideal”. Desde luego, aquí cabe la pregunta: ¿“ideal” para quién? Ideal para un sector determinado de los seres humanos. Se advierte entonces que la “concepción” se sustenta en un particularismo.

Evidentemente, lo que se confunde es una práctica sexual “perversa” pasible de ser practicada por un neurótico, un perverso o un psicótico6 y la estructura subjetiva perversa que conceptualiza Jacques Lacan. Pero sin profundizar en sus desarrollos, puedo justificar mi afirmación en dos citas de Freud. La primera, del artículo sobre Leonardo da Vinci a quien considera un homosexual manifiesto (Freud, 1910:68, 82, etc.) y, a su vez, lo describe como un neurótico obsesivo (Freud, 1910:98, 125). La otra, de Tres ensayos de teoría sexual: “La psiconeurosis se asocia también muy a menudo con una inversión manifiesta” (Freud, 1905:151 nota). Las correlaciones que establece Freud entre homosexualidad y neurosis obsesiva, por una parte, y con la psiconeurosis por la otra, permiten ver claramente que  homosexualidad no es sinónimo de perversión.

Asimismo, es digno de hacer notar que Freud sí había podido visualizar el carácter relativo de lo cultural, y podemos corroborarlo:

*- Por un lado, en 1905 adjudica a Iwan Bloch el “mérito” (sic) de haber cambiado “sus puntos de vista patológicos por los antropológicos en la concepción de la inversión” (Freud, 1905:127; 1917:280).

Freud considera insuficiente un abordaje de la homosexualidad que se sustente solamente en la experiencia clínica, y refuta la hipótesis de la “degeneración” argumentando que la inversión fue un fenómeno frecuente en los pueblos antiguos en el apogeo de su cultura, y que en sociedades contemporáneas “salvajes y primitivas se halla muy difundida”7.

Se podrían mencionar cientos de culturas en las que las prácticas sexuales entre sujetos del mismo sexo forman parte de la vida cotidiana, pero lo relevante es que independientemente de la actitud de una cultura determinada con respecto a la homosexualidad la sexualidad de sus miembros estará “normatizada” y lo natural o normal variará de acuerdo a la singularidad de la misma. Estableciendo los tabúes, prohibiciones y reglas que regirán las prácticas, conductas y relaciones entre sus miembros.

También debemos ser prudentes en el uso de la categoría “homosexual” al describir las costumbres de otras sociedades, ya que como dijimos más arriba, la homosexualidad tal como la conocemos en la actualidad tiene su origen en la sociedad occidental a mediados del siglo XIX; y para que algo pueda ser aceptado o rechazado, prohibido, permitido o incentivado tiene que haber sido categorizado. Sin embargo, aunque los diversos tipos de contactos entre sujetos del mismo sexo en las diferentes culturas no puedan homologarse a la concepción de homosexualidad de occidente, eso no implica que las relaciones sexuales entre sujetos del mismo sexo sean o hayan sido inexistentes.

Mientras hace casi un siglo Freud estaba convencido de que no podía ignorar los estudios antropológicos, en la actualidad existen escuelas psicoanalíticas que parecen desconocerlos, tal como se registra en un número considerable de publicaciones y bibliografía de circulación frecuente consultada por esta investigación. Esto hace que insistan en preguntarse por qué algunas personas encuentran atractiva la actividad homosexual. Mientras que a la luz de dicha perspectiva cobra visibilidad una pregunta más pertinente: ¿Por qué en algunas sociedades tantas personas le temen y/o la consideran detestable y aborrecible mientras que otras la integraron a su forma de vida cotidiana?

*- Por otro lado, es esclarecedora la lectura de El Malestar en la Cultura donde encontramos pasajes como el que sigue:

Primero, desde un abordaje antropológico postula un mecanismo “universal” de funcionamiento, común a toda cultura humana.

“Por medio del Tabú, de la ley y de las costumbres, se establecen nuevas limitaciones que afectan tanto a los varones como a las mujeres. No todas las culturas llegan igualmente lejos en esto; la estructura económica de la sociedad influye sobre la medida de la libertad sexual restante. Ya sabemos que la cultura obedece en este punto a la compulsión de la necesidad económica; en efecto, se ve precisada a sustraer de la sexualidad un gran monto de la energía psíquica que ella misma gasta. Así la cultura se comporta respecto de la sexualidad como un pueblo o estrato de la población que ha sometido a otro para explotarlo. La angustia ante una eventual rebelión de los oprimidos impulsa a adoptar severas medidas preventivas.”(...)(Freud, 1929:102) (subrayados míos)

Luego, a la luz de las condiciones históricas que moldean la manifestación de estos mecanismos en las distintas épocas y culturas, describe la forma particular que adquieren en la cultura occidental del siglo XX:

“La elección de objeto del individuo genitalmente maduro es circunscrita al sexo contrario, la mayoría de las satisfacciones extragenitales se prohíben como perversiones. El reclamo de una vida sexual uniforme para todos, que se traduce en esas prohibiciones, prescinde de las desigualdades en la constitución sexual innata y adquirida de los seres humanos, segrega a buen número de ellos del goce sexual y de tal modo se convierte en fuente de grave injusticia.” (Freud, 1929:102) (subrayados míos)

La extensión de la cita es necesaria ya que, nos permite ver cómo la mirada freudiana no se queda en una simple descripción de lo “normal” y lo supuestamente patológico, sino que apunta a centrar el cono de luz en el mecanismo que subyace a esta clasificación particular, que en los prefreudianos había permanecido bajo un cono de sombra.

5.         El imaginario social y la homofobia: lugares en los que se textualiza

Con relación a los grupos humanos homofóbicos, cabe preguntarse acerca de la motivación de dicha hostilidad. Freud sostiene que la pulsión agresiva es inherente al sujeto humano, que existe “una predisposición al odio” (Freud, 1921a:97). Pero puntualiza que esta agresividad desaparece en la formación de masa, para ser reemplazada por la hostilidad a una minoría que sea diferente, en algún rasgo, a la comunidad de la masa. Llamó a este fenómeno “narcisismo de las pequeñas diferencias”, y postuló que allí se produce “una satisfacción cómoda e inofensiva de la inclinación agresiva, por cuyo intermedio se facilita la cohesión de los miembros de la comunidad” (Freud, 1929:111), siendo complementarios el amor y la solidaridad hacia los pares, y la agresión y el odio hacia los diferentes.

Para un análisis más profundo del odio y/o el rechazo hacia las personas homosexuales considero pertinente recordar algunas consideraciones que hace Freud acerca de la vida sexual de los seres humanos:

“En la vida anímica inconciente de todos los neuróticos (sin excepción) se encuentran mociones de inversión, de fijación de la libido en personas del mismo sexo” (Freud, 1905:151) (subrayado mío)

A raíz de que son inconciliables con la “conciencia moral”, el yo reprime estas mociones de deseo homosexual. Pero ante la emergencia de estas, la Proyección aparece como uno de los mecanismos de defensa posibles. Frente a estas excitaciones internas, que por su intensidad se convierten en displacenteras, el sujeto las proyecta al exterior, lo que le permite huir y protegerse de ellas, tratándolas como si no vinieran desde el interior sino desde el exterior. Entonces, como en una fobia, se establece un objeto fóbico exterior: el/la homosexual, desplazando un “peligro” interno hacia el exterior. Un peligro del que no se puede huir, hacia uno del cual se podría estar a salvo a través del establecimiento de medidas protectoras como puede ser el asco, el rechazo y cierto temor respecto del objeto fobígeno.

5.1       Discurso social

5.1.1   Apuntes para una mirada microfísica de la homofobia

Desde un punto de vista descriptivo, la homofobia puede definirse como la aversión y el temor a la homosexualidad y a los homosexuales.

Trataré ahora de ilustrar con ejemplos, algunos mecanismos a través de los cuales ciertos “mitos sociales” logran ser eficaces en el disciplinamiento social y, por lo tanto en la legitimación y naturalización del orden instituido 8.

En primer lugar, los mitos se reconocen porque repiten sus narrativas en forma insistente, reiterando la misma trama argumental con pequeñas variaciones y en forma difusa y reticular:

·         Hemos visto cómo diversas ramas psicoanalíticas califican la homosexualidad como “perversa” y, por ende, patológica.

·         Siguiendo la misma línea, el discurso religioso pregona que las prácticas sexuales no procreativas son “pecado”.

·         Cierto discurso médico-biologicista afirma que la homosexualidad es una desviación de la naturaleza o bien, que es “antinatural”, ignorando por un lado, las conductas de cópula macho-macho y hembra-hembra que se manifiestan en casi todas las especies animales (Denniston, 1965) y por otro, algo fundamental, que la sexualidad humana es en sí misma antinatural. Si nuestra “naturaleza” fuera la animal, deberíamos comer los alimentos crudos y no vestirnos, ya que nacimos “naturalmente” desnudos.

·         Algunos investigadores – por ejemplo Simon Levay- afirman haber descubierto una diferencia en el tamaño del hipotálamo de los homosexuales. Lo que nos recuerda las investigaciones que justificaban la inferioridad de la mujer y de los negros apelando al tamaño de sus cerebros.

·         Los “edictos policiales” usados hasta el año 1998 en la ciudad de Buenos Aires para detener homosexuales en bares y la vía pública; y eventualmente para chantajearlos9.

Comprobamos entonces, una repetición insistente del discurso antihomosexual u homofóbico desde diferentes focos: religioso, jurídico, médico, psiquiátrico, psicoanalítico, reforzados por el bombardeo a través del cine, el teatro, la TV y la literatura, dónde sólo vemos parejas heterosexuales que después de algunos rodeos y vicisitudes se casan, tienen hijos -preferentemente dos-, son felices y “comen perdices”. Pocas veces se ve en estos medios una pareja homosexual, a no ser que aparezca como enfermiza, “perversa”, criminal o con “bajos instintos”, cuando no haciendo una burda caricatura.

Dos encuestas, una realizada por alumnos del último año de un profesorado de Educación física del conurbano bonaerense (Alicino - Tessari - García, 1993.) y otra en el marco de una investigación llevada a cabo por la facutad de Ciencias Sociales de la UBA (Kornblit y otros, 1998), ilustran la eficacia del dispositivo que estamos describiendo.

El objetivo de la primera era indagar acerca de la información que poseían los docentes y estudiantes de Educación Física sobre la temática homosexual.

    ALUMNOS ENCUESTADOS: Varones 61   Mujeres 76   Total: 137

    INSTRUMENTO DE REGISTRO: Encuesta  Semiabierta.

Tomaré solamente el primer ítem del cuestionario que nos da una idea de la visión que tienen los encuestados sobre la orientación sexual que nos convoca (cabe aclarar que los porcentajes que se obtuvieron en el caso de varones y mujeres son similares, por lo tanto, no discriminaré por sexo al verter los resultados:

* La homosexualidad es una...:

Cantidad

Porcentaje

        Enfermedad, patología. o desviación

100

73  %

     Elección de vida u Orientación Sexual normal

28

20,4%

        No sabe/No contesta/ otras                   :

9

6,6%

* De las 191 encuestas entregadas para la muestra de campo solo 137 fueron contestadas. El 28,3% restante (cantidad de 54 encuestas) en su mayoría fueron rechazadas o entregadas en blanco; 10 encuestas fueron destruidas en el momento de ser leidas. Esto nos demuestra la gran dificultad y rechazo que acarrea la temática homosexual en dicho instituto en particular, donde no sólo se manifestó en actitudes discriminatorias a nivel verbal sino que, una minoría demostró actitudes violentas o agresivas como gritar y alterarse emocionalmente según lo revelaron los/as alumnos/as que administraron las encuestas.

Se extraen los siguientes resultados (sobre el porcentaje total de encuestados - cantidad: 137-):

* El 73% de los alumnos que respondieron la encuesta consideran la homosexualidad como una enfermedad o desviación de la conducta sexual relacionada con traumas o complejos adquiridos en la infancia o con problemas a nivel estructural y funcional del organismo (hormonal y cromosómico).

Considero que no podemos extender estos resultados a toda la población, pero en alguna medida nos llevan a la reflexión teniendo en cuenta que los encuestados ya son docentes y otros lo serán en un futuro no muy lejano.

En consonancia con estos resultados, la encuesta realizada entre los porteños por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA obtuvo que de los 450 encuestados el 40,7% consideraba que la homosexualidad era una enfermedad y el 22,9% la consideraba “peligrosa” y aprobaba que se la reprimiera.

Otro ejemplo que ilustra lo que digo, es el caso  de la película Otra historia de amor por televisión, a la cual se le modificó el final, que originalmente era “feliz” para inventarle un final “trágico”, invirtiendo de esta forma el “mensaje” que el autor tenía la intención de transmitir.

Otra modalidad más pintoresca es la de los talk shows, dónde el gay o la lesbiana son mostrados a través de una intervención melodramática, pidiendo desesperadamente el reconocimiento, ser aceptados y excusándose por ser lo que son. El broche de oro lo brinda la conductora de turno escarbando y haciendo énfasis en la accidentada historia infantil del personaje expuesto, en la que siempre se encuentran un padre ausente y una madre “castradora” o “posesiva”, escenas de abuso y maltrato, etc.

La pregunta que se nos impone es la siguiente: si la heterosexualidad exclusiva y excluyente es  normal o natural, ¿por qué moviliza tanta militancia y proselitismo?

Por otra parte, resulta importante destacar la “naturalización” de los roles sexuales y la consecuente rigidización del género. Cuando hablamos de género nos referimos a lo que social y culturalmente se estipula como femenino y masculino, asociando determinadas actividades y características psíquicas como inherentes, naturalmente, al hombre y la mujer. No hay ningún condicionamiento de tipo biológico que establezca que la mujer “debe ser” femenina y el hombre “debe ser” masculino, por lo tanto, el género, como toda construcción cultural varía en el tiempo y de acuerdo a la sociedad.

Ahora bien, la naturalización provoca que los diversos posicionamientos del hombre y la mujer, surgidos de la estructura de este sistema, se visualicen como obvios e incuestionables -Don Juan-prostituta, fuerte de carácter-castradora; delicada-afeminado, comprensiva-débil-. En este punto, el/la homosexual con su sola existencia se sitúa cuestionando lo que “debe ser” un hombre y lo que “debe ser” una mujer, ya que tanto gays como lesbianas demuestran que se pueden tener cualidades de uno y otro género -se puede ser mujer y ser independiente, tener agallas y ser una hábil dirigente; se puede ser hombre y ser sensible y tierno-. Otra cuestión digna de mención es que la mayoría de los/as homosexuales pasarían inadvertidos/as respecto de sus pares heterosexuales, ya que los estereotipos de hombre afeminado y mujer machona, se sostienen en una lógica binaria que conlleva la oposición y/o complementariedad de lo femenino y lo masculino; y son una de las vías por la cual se ridiculiza al homosexual y al mismo tiempo se "amenaza" al que se “atreva” a sentir atracción por otra persona del mismo sexo (Cf. infra 5.1.2).

Los “mitos sociales” operan por deslizamientos de sentido. Por ejemplo: en el caso del sexo masculino convierte en sinónimos “ser hombre” con el hecho de “ser heterosexual”, lo cual lleva a preguntarse: si para ser “hombre” hay que ser heterosexual, si se es homosexual, ¿qué se es? Lo que no extrañaría que conduzca a un conflicto de identidad. Entonces, cuando se dice que un/a homosexual es una persona conflictuada “por naturaleza”, tal expresión oculta la naturaleza discursiva del conflicto, el modo en que el imaginario social, vía los mitos, colabora en la construcción de la identidad homosexual como conflictiva. El mito del homosexual “conflictuado” niega además, la naturaleza conflictiva del propio  ser humano, que, al menos desde la perspectiva del psicoanálisis, condicionado por su  prematuro nacimiento y la dependencia de otro para sobrevivir, tendrá que atravesar todas las vicisitudes del Complejo de Edipo para constituirse como sujeto y este derrotero no podrá sino ser conflictivo.

A partir de las consideraciones precedentes, cobran visibilidad algunas cuestiones:

·         Las dificultades en su plena realización social, y sobre todo psicológica, que causaría a las personas con deseos homosexuales la etiqueta de “enfermedad o trastorno mental”10.

·         En el caso de los psicoanalistas que sostienen una concepción homofóbica, hay que considerar los profundos efectos que producirían sus propias expectativas, prejuicios y creencias relativos a la temática sobre su entorno, sus alumnos (futuros psicólogos) y , en particular, sus pacientes.

5.1.2   Visibles y Tapados

En este apartado me detendré en ciertos efectos que se producen en la subjetividad de gays y lesbianas echando mano de algunos ejemplos tomados, en su mayoría, de la experiencia de coordinación de grupos de reflexión(11).

Al poseer un deseo “reprobado” socialmente, el sujeto debe ocultarlo, debe simular que es “otra cosa” lo que desea. Desde el Psicoanálisis sabemos que todo sujeto tiene deseos que “debe” ocultar y otros tantos que reprime. Pero lo propio del caso que estamos cosiderando es la conformación de una categoría de persona a partir del deseo (manifiesto) de objeto homosexual. Dicho deseo estigmatiza a su poseedor y al mismo tiempo define, por oposición, a los que serán llamados “normales”.

En relación con el concepto de estigma (12) Goffman(1963) plantea una diferenciación entre el estigmatizado “desacreditado” y el “desacreditable”. Efectivamente, distintas son las circunstancias de los/as homosexuales cuyos atributos de imagen pertenecen a los asociados culturalmente al sexo contrario, es decir, los varones “afeminados” y las mujeres “masculinas”, de los/as que poseen atributos de imagen que se corresponden con el género esperado socialmente. Los primeros son víctimas de portar un estigma visible, debiendo manejar situaciones sociales difíciles y/o de tensión.

Tal el caso de una lesbiana que relata lo que le sucedió cuando estudiaba en un Profesorado de Educación Física del interior de la Provincia de Buenos Aires, mientras descansaba en un campamento organizado por dicho instituto:

“...una noche dormíamos en una carpa cuatro chicas, vinieron unos tipos, nos patearon...y empezaron a gritarme a mí, eramos cuatro, pero a mí,...‘¡tortillera de mierda!, ¡forra!, ¡loca!’...”(Argañaraz 1996, 31)

O de Damián, un joven gay de 23 años que en un grupo de reflexión, mientras hablaba sobre una experiencia de su adolescencia contó:

“...en la escuela secundaria...no podía hablar, cualquier cosa era motivo para que me agredieran..., me pegaban trompadas, me tocaban el culo,..., me gritaban ‘ ¡puto!, ¡trolo!, ¡maricón!’,(...) a la mañana trataba de pelearme con mi hermana para no entrar junto con ella a la escuela por miedo a que me insultaran o cargaran delante de ella...”

En el caso de los desacreditables, llamados tapados en Buenos Aires, su condición de diferentes no es perceptible ni resulta evidente en el acto, pero pueden devenir desacreditados si dicha condición sale a la luz. Por tal motivo, deben hacer un manejo particular de la información referida a sí mismos, y al mismo tiempo, afrontar cierto monto de angustia frente a la posibilidad de ser descubiertos. Goffman considera tres fenómenos producidos por el constante disimulo y el auto-encubrimiento:

1-         El elevado nivel de ansiedad que ocasionaría al sujeto el llevar una vida que se “puede derrumbar en cualquier momento”, es decir, si el entorno descubre su estigma.

2-         Esto a su vez, llevaría a que la persona preste atención a situaciones y cosas que para otros pasarían desapercibidas.

En otra reunión del grupo mencionado Fabio (25 años) decía:

“...antes de entrar a un boliche [gay] miro para todos lados...tengo muchos conocidos que viven en la zona de los boliches...me late el corazón a mil, siempre está la posibilidad de que me vean entrar... ¡sería un desastre!, no sé que haría, ni que diría...mis amigos y mi familia son ‘re-mata-putos’...me echarían de mi casa...”

3-         El sujeto puede no sentirse totalmente parte cuando está en un entorno en el que encubre su identidad, en especial, en relación a la actitud que se tiene hacia las personas homosexuales. Con mayor razón, si la internalización de la homofobia no resultó ni tan “masiva” ni tan “perfecta”, es probable que el sujeto se sienta impotente así como despreciable, por no poder contestar a los dichos y actitudes ofensivas referidos a gays y/o lesbianas, más aun si considera peligroso no adherir a dichas manifestaciones.

Así lo muestra Andrés (26 años), estudiante avanzado de Medicina, participante de otro grupo de reflexión:

“Ayer en el hospital un compañero no quiso atender a un paciente enfermo de sida, pero no porque fuera ‘sidótico’, porque otras veces había atendido a otros...cuando se enteró que el pibe era homosexual dijo que le daba asco y que no iba a atenderlo y que, además, tenía sida porque se lo había buscado...yo no sabía cómo reaccionar ni que decirle, ninguno de mis compañeros o compañeras dijo nada; ante otras discriminaciones, hasta el mismo flaco hubiera saltado...si yo decía algo iba a quedar en evidencia...lo único que pude decirle fue que él era médico y debía actuar profesionalmente y dejar a un lado los sentimientos ...después me sentía mal por no haber podido contestarle con algo más, no haber podido jugarme con algo más fuerte...”

Vemos, entonces, que tanto en el caso de los “visibles” como en el de los “tapados” o “encubiertos”, el temor a ser agredidos o a recibir un trato “diferente” debido a “su estigma” puede producir  que el sujeto se sienta inseguro en el contacto con gente considerada “normal” y reaccione angustiándose a causa de un peligro “objetivo”. La posibilidad de ser agredidos tanto en los visibles como en los desacreditables más la contingencia de ser “descubiertos”, en el caso de los segundos (Cf. Freud, 1929:Cap VII) configuran algo así como cierto malestar específico de la subjetividad de -gays, lesbianas, bisexuales- que concurren a los grupos de reflexión antes mencionados.

Lo formulado y ejemplificado en relación al manejo de la información referida a sí mismos que deben hacer los sujetos “tapados”, se refiere a la actividad significante “voluntaria”, es decir, la emitida a través de símbolos verbales o sustitutos. Pero también puede obtenerse información de un sujeto de una manera indirecta, es decir, ya no a través de lo que dice, sino de lo que “emana de él”, la conducta expresiva involuntaria (Goffman, 1959:14). La mayoría de los sujetos “visibles” no adoptan adrede los atributos de imagen del género opuesto, sino que dichas actitudes son espontáneas. Y es justamente, a través de los otros que se anotician de dicha “inversión” de género. Para evitar las situaciones de tensión mencionadas anteriormente el sujeto puede “trabajar” en el control de su conducta expresiva “involuntaria” o espontánea para devenir “tapado” con las consiguientes consecuencias en su subjetividad. Este trabajo de “control de la conducta expresiva involuntaria” remite a un mecanismo (inconciente) de defensa para preservarse.

Es el caso de Damián citado anteriormente, quien relata que durante su infancia y adolescencia lo retaban (sus padres) o lo cargaban (sus compañeros y parientes) por ser “amanerado”. Algunos de los efectos de ese trato podrían inferirse. Damián recuerda haber dejado de participar en clase, dejado de hacer chistes y haber empezado a caminar y moverse con “control”: tenía terror de que se burlaran de él o lo agredieran. En efecto, al ingresar al grupo tenía una apariencia varonil, era tímido, callado; le costaba contar sus experiencias y más aun participar en una dramatización o role-playing. Después de diez meses de iniciado el grupo, sus compañeros y compañeras en una actividad referida a la imagen que cada uno tenía de sus compañeros lo describieron como “espontáneo, jodón, carismático”. Para la misma época, una compañera del grupo, Silvia, lo había acompañado a un casamiento al que Damián tenía que ir por compromiso. En la reunión grupal siguiente, ella contaba sorprendida: “el del casamiento familiar era un Damián diferente, se parecía al de los comienzos del grupo”. El sujeto había logrado revertir el trabajo de control de su “conducta expresiva involuntaria” en un entorno dónde podía mostrarse espontáneo sin temor a ser agredido, cambio que no había podido efectuar en el medio familiar.

A la luz de estos comentarios y recordando la época en que ingresó al grupo Damián expresa:

“Recuerdo que antes de ingresar al grupo sentía que no era auténtico, que no había vivido, para mi no tenía mucho sentido vivir de esa manera, es como si hasta ese momento hubiese estado suspendido en el tiempo...Tenía que encontrar un lugar donde pudiera ser yo mismo, aunque no sabía quién era...cuando ustedes pedían mi opinión sobre algunos temas, no es que no quisiera darla, sino que no la tenía. Sé que cuando estoy acá soy otra persona, pero ni yo mismo sabía que tenía dentro mío las cosas que fui descubriendo con ustedes...las primeras reuniones sentía un miedo bárbaro; los escuchaba y los envidiaba, que pudieran expresar lo que sentían y que quisieran vivir su homosexualidad plenamente, yo ni me imaginaba que eso pudiera ser posible...”

Considero interesante para la comprensión de este punto, la articulación con el concepto de self genuino o verdadero [true self] y self falso de Winnicot, para quien la función defensiva del self falso consiste en ocultar y proteger de agravios al self genuino, la que es lograda sometiéndose a las exigencias ambientales (Winnicott, 1960:172/3, 177). La existencia de un self falso produce una sensación de irrealidad o un sentimiento de futilidad, mientras que el self genuino remite al sentimiento de autenticidad (Winnicot, 1960:179). Podría conjeturarse que Damián sentía que el entorno de su infancia y adolescencia no le había permitido ser informe; sino que había sido moldeado y cortado en formas concebidas por otros, mutilando de este modo su potencialidad creadora (Winnicott, 1971:55).13

En referencia a las relaciones interpersonales entre los/as homosexuales, los que tienen apariencia o actitudes consideradas socialmente del sexo opuesto son pasibles de ser rechazados por aquellos en los que su condición homosexual no es evidente. Si como hemos visto, el sujeto desacreditable “debe” encubrir su condición de estigmatizado, se ve expuesto al “dime con quien andas...” del refrán; razón por la cual, evitará toda situación en que pueda ser visto con alguien en quien dicha condición sea evidente. Eludirá la circunstancia de tener que saludar a un varón “afeminado” o una mujer “masculina” y exponerse a que un tercero le pregunte quién era y de dónde conoce a esa persona, seguramente aludiendo a algún atributo de imagen asociado culturalmente a la homosexualidad.

5.2       El discurso psi

Para abordar las diferentes teorizaciones psicoanalíticas que categorizan la homosexualidad como una patología partiremos de considerar que toda teoría o campo disciplinario demarca sus áreas de visibilidad e invisibilidad, sus enunciados y sus silencios, sus preocupaciones teóricas y aquellas regiones que han permanecido impensables. Parafraseando a Ana Fernández (1989) diremos que lo invisible dentro de una teoría es el resultado necesario y no contingente de la forma en que se ha estructurado dentro de ella el campo de lo visible, por lo tanto, aquello que una teoría “no ve” es interior al “ver”, en tal sentido sus invisibles son sus objetos prohibidos o denegados.

Comencemos, entonces, por explorar el concepto de “normalidad”. Algunos autores afirman que una de las condiciones de la "normalidad" entendida como la salud psíquica, es el hallazgo de objeto externo heterosexual caracterizado por una "Búsqueda del goce sexual orgástico, al servicio de la reproducción". (Quiroga & otros, 1992:2, 136, etc; Aberastury & Knobel, 1971:Cáp.2)

Teicher (1980:547) excluye de su definición el fin de la procreación, argumenta que si no, el coito con anticonceptivos sería una “perversión”. Define el acto sexual “normal” como "el coito dirigido a obtener el orgasmo por penetración genital, con una persona adulta del sexo opuesto con la que se mantiene una relación madura, sublimada." (Teicher, 1980:552)

En términos estadísticos, se llama normalidad a la caída de una variable dentro de ciertos límites de la curva de Gauss; es decir, que no supere cierto desvío respecto de la media de una población determinada.

En este sentido, siguiendo a Stubrin (1993) me pregunto si el no caer dentro de la uniformidad basada en un criterio estadístico o en una serie de normas constitutivas de un ideal son efectivamente los parámetros que debe tener en cuenta el psicoanálisis para discernir entre salud psíquica y patología.

Podrían dividirse las teorizaciones que categorizan la homosexualidad como una patología en dos grandes grupos. Ambos la catalogan como una perversión, unos ponen énfasis en el desafío o la transgresión de la ley; y otros, desde una mirada más evolutiva, la explican como una regresión o una detención en el desarrollo, existiendo autores que plantean ambos aspectos.

Para Dacquino (1970) representante del segundo grupo, la homosexualidad constituye "una forma erótica inmadura porque importa la permanencia en el adulto de sexualidad infantil" y sostiene, "el homosexual es incapaz de comunicación con el mundo de los adultos, especialmente con el femenino, se contenta con intercambios afectivos que se realizan solamente con sus coetáneos psíquicos (...) en los cuales se ve reflejado y se busca. El compañero no es nunca un verdadero otro sino un alter ego."

Aberastury y Knobel (1971) plantean la necesidad de pérdida de la bisexualidad en el adolescente "normal" para acceder a una sexualidad "adulta" y encuentran la raíz de la homosexualidad en la ausencia o la no debida asunción de roles por parte del padre. Esto produce que tanto el varón como la mujer se vean obligados a mantener la "bisexualidad infantil" como defensa frente al incesto.

Al tomar como punto de partida la necesidad de "pérdida" de la bisexualidad en el adolescente "normal", queda necesariamente invisible una pregunta: si el abandono de ésta es "universal" y necesario o es la  consecuencia de una suerte de mandato de la estructura del sistema sostenido por una sociedad particular.

En otro párrafo estos autores afirman:

"En ocasiones, la única solución puede ser la de buscar lo que el mismo Erikson ha llamado también "una identidad negativa", basada en identificarse con figuras negativas pero reales. Es preferible ser alguien perverso, indeseable, a no ser nada. Esto constituye una de las bases del problema de las pandillas de delincuentes, los grupos de homosexuales, los adictos, etc. La realidad suele se mezquina en proporcionar figuras con las que se pueden hacer identificaciones positivas y entonces, en la necesidad de tener una identidad, se recurre a ese tipo de identificación, anómalo pero concreto."

A la luz de esta cita cobra visibilidad cuál es el mecanismo que puede predominar en algunos adolescentes en su búsqueda de una identidad. Pero hay que destacar la poco feliz elección de los ejemplos; ya que se vislumbra que para estos autores los homosexuales están situados al mismo nivel que una pandilla de delincuentes o drogadictos. Considero importante destacar el desplazamiento de carga negativa que se produce sobre el sintagma "grupo de homosexuales" al haber sido ubicado en la cadena sintagmática, entre "pandilla de delincuentes y "adictos". Queda así al descubierto otro a priori de la teorización: que la homosexualidad es una “identidad negativa”.

Desde otro marco teórico, Maeso (1988) incluye a la homosexualidad dentro de las perversiones, y concluye que lo que caracteriza a los homosexuales se aloja en el acto sexual.

"(...) se encargan de afirmar que son hombres en una sociedad de hombres.""Es ahí donde se legitima la perversión al hacer imposible la creación de nuevas alianzas de parentescos. Se trataría de alejar en el acto sexual la escena edípica(...)" "Evitan alcanzar el goce pleno de la madre, ese goce que como lo muestra el mito tiene como límite la castración."(...) "El homosexual...desea preservar el goce fálico y no lo puede poner en peligro con la mujer que goza más allá de él. Entonces, la desmentida, la renegación o el repudio representan el intento de desconocer el efecto de ese signo menos, aquel que interesó a un hombre y una mujer, en un acto, de cuyo accidente, él es el producto. De ahí que intente instalar una sociedad sin descendencia." (Maeso, 1988:33-4)

Harari (1993) sugiere que reivindicar una "insignia que como la de homosexual "segrega" querulancia, cifrando así un destino quejoso y resentido" hace a "un trazo de la estructura perversa que, al comenzar por desafiar el cuerpo recibido, transfiere fantasmáticamente dicho desafío a la escena social, a cuyo respecto el sujeto cree ser pasivo instrumento de su goce." (Harari, 1993:3)

En otra línea, Bertelloti (1993) habla de "posición homosexual" desestimando su inclusión como estructura. La sitúa como una fachada, y la vincula con los procesos tóxicos;

"...en ese sentido una de las metas debería ser desinvestirla de modo que pueda surgir el proceso tóxico que a la manera de las estructuras psicosomáticas unas veces, adictivas otras y en general con conductas sexuales promiscuas y riesgosas para la integridad corporal (SIDA, (...)), hacen su aparición en la escena clínica de hoy."(...) "Tanto en adicciones como en perversiones se articulan como defensas la desmentida y la desestimación y el yo se ofrece como objeto masoquista a un superyó sádico. Existe una sutil distinción en el tipo de desafío o en el tipo de ley que transgreden; mientras el perverso va en contra de la práctica heterosexual, el adicto, omnipotente, descree de su mortalidad. En ambos la mayoría de las veces el masoquismo se consuma en la autoaniquilación" (Bertelloti, 1993:5). (subrayado mío)

En el mismo sentido, Khan señala que: "la experiencia homosexual es menos destructiva para el yo y menos ajena al yo en la mujer que en el hombre" y agrega que el homosexual masculino siente la compulsión de "involucrar a la sociedad y obligarla a respaldar su defectuoso ajuste con tolerancia y adulación."(Khan, 1963:122)

Con respecto a la homosexualidad femenina Aisemberg afirma que la egodistonía es de "buen pronóstico". Plantea que existe una escisión del yo fundamentada en que para una parte del yo la homosexualidad es conflictiva (pudor, ocultamiento) y para la otra no ya que la actúa. Señala que "la homosexualidad en sí misma, observada microscópicamente, funciona como un delirio", el juicio de realidad en cuanto al mundo masculino se encuentra perturbado y en lo que concierne a la transferencia las "interpretaciones rebotan" (Aisemberg, 1980:56).

Marranti y otros (1980) sostienen que en las perversiones y en especial en la homosexualidad el narcisismo adquiere una cualidad arrogante y omnipotente.

"El narcisismo arrogante homosexual se satisface en desmentir la lógica consensual (2 y 2 son 5, ¿¡y qué!?) y se adjudica omnipotentemente la posesión de una verdad superior. A nivel profundo se detecta un trastorno del pensar causado por una intolerancia básica al dolor psíquico (angustia de castración), que es renegado maníacamente.(...) Haciendo del defecto virtud, proclama una supuesta superioridad del goce homosexual y pregona el triunfo sobre el destino biológico de complementariedad con el otro sexo." (Marranti y otros, 1980:390-1)

Afirman, además, que en algunos sujetos la actividad homosexual es egosintónica. “El narcisismo indómito coarta la formación del Ideal del Yo, distorsiona o atrofia el Super Yo." En cuanto a la clínica, manifiestan que los tratamientos son arduos y que las manifestaciones de los sujetos que acuden al tratamiento son poco confiables ya que "no consideran negativa a la homosexualidad."

"El paciente puede desplegar una campaña proselitista de la práctica homosexual. Busca encontrar fisuras en la estabilidad psíquica y mental del analista, parasitarlo excesivamente, evidenciar la propia homosexualidad del mismo y certificar que él poseía la "verdad" (Perversión de la transferencia).(...) El fracaso de su ofensiva corruptora le depara un daño narcisístico.(...) La desilusión  y la frustración transferenciales son difíciles de contener y activan defensas maníacas: hay incremento de actuaciones homosexuales que tratan de destruir los insights que se hayan logrado" (...) "no son raras las interrupciones bruscas" (Marranti y otros, 1980:394-6)

El objetivo del tratamiento es que la arrogancia inicial evolucione a "una egodistonía vergonzante y elusiva", ya que "el problema no es reducir la severidad del Super Yo sino reorganizar el sistema de valores total del Ideal del Yo - Super Yo" (Marranti y otros, 1980:395)

Con relación al concepto de perversión me parece interesante preguntarnos por la ley que transgredirían los/as homosexuales. ¿Se trataría de una ley universal o de una ley efímera? Esta última alude a lo particular de un recorte o conjunto social en un periodo determinado, la primera implica la jerarquización de lo intersubjetivo en lo macrosocial, y el correlato de una vida cotidiana cuya riqueza simbólica permite y recibe los aportes de los estilos singulares.

En este sentido, podemos pensar que en nuestra sociedad, muchos homosexuales se encuentran frente al conflicto de Antígona. ¿Acatar la ley del deber-ser del Creón moderno o ser fiel a su singularidad, a su deseo? Antígona desafía a Creón y defiende la libertad de la persona ante el Estado. ¿La ética del psicoanálisis no apunta, acaso, a una ética del deseo, y a un reconocimiento de la singularidad?

El deseo de preservar el goce fálico, el desafío del cuerpo recibido, las llamadas conductas sexuales promiscuas y riesgosas para la integridad corporal, la autodestructividad, la proclama de una superioridad del goce homosexual y el desafío a la sociedad se presentan seguramente en algunos sujetos homosexuales, pero no es pertinente la generalización a todos, por otro lado, también lo visualizamos en algunos de nuestros pacientes heterosexuales. Estas caracterizaciones clínicas no dependen del tipo de elección de objeto, sino de complejos procesos que dependen del sujeto singular.

En cuanto a las actuaciones, las interrupciones bruscas de los tratamientos, las “interpretaciones que rebotan” diremos que “no hay otra resistencia al análisis sino la del analista mismo.” (Lacan, 158:575). En el mismo sentido, aunque desde un marco teórico diferente, Winnicott señala que “la interpretación fuera de la madurez del material es adoctrinamiento y produce acatamiento (...) la resistencia surge de la interpretación surgida fuera de la zona de superposición entre el paciente y el analista que juegan juntos. (...) Ese juego tiene que ser espontáneo, no de acatamiento o aquiescencia, si se desea avanzar en la psicoterapia.”(Winnicott, 1971:76)

En cuanto a los objetivos del analista Freud se opone a que se proponga como meta “limitar todas las peculiaridades humanas a favor de una normalidad esquemática” (Freud, 1937:251) y desecha de manera terminante que el analista permita que el paciente lo ponga en el lugar de su ideal del Yo, dejándose llevar por la tentación de jugar el papel de salvador, profeta o redentor del paciente; o cuando pretende transformarse en maestro, modelo e ideal creando hombres a su imagen y semejanza (Freud, 1919).

Se me podrá objetar que algunos de los textos citados fueron escritos hace unos años, es posible, pero como veremos en el parágrafo siguiente, estos decires se hacen carne en la práctica actual.

5.3       Los analistas vistos por sus pacientes

Con el objetivo de explorar qué de lo teorizado se vehiculiza en un análisis realicé una serie de entrevistas individuales semi-dirigidas a diez personas homosexuales de diferente extracción social y diferente grado de integración en los ámbitos gays y lésbicos. Los entrevistados fueron buscados con la siguiente consigna: personas que creyeran que los prejuicios de su psicólogo habían influido en su terapia. La pregunta disparadora era: ¿Por qué piensa que los prejuicios de su psicólogo o psicóloga influyeron en su terapia? A continuación reproduciré algunos párrafos de cuatro de ellas.

1.

E1: A los 16 años concurrí a una psicóloga, por motivos de mi inclinación sexual. A mi me gustan los hombres, y como en ese entonces tenía bastante miedo (...) Me tocó una psicóloga, y me influyó mucho, porque la psicóloga consideraba que era una "supuesta" inclinación sexual por ausencia de la figura paterna. En mi casa se vivió mucho el clima de esta demanda de figura paterna.

E (entrevistador): ¿Cómo sabés que pensaba eso?

E1: Porque cuando mis padres concurrían cada dos meses a la psicóloga, cuando volvían mi padre me lo reprochaba mucho en la cara. Me decía que la psicóloga le reprochaba que mi padre estaba ausente como figura paterna. Y era algo que mi viejo me lo tiraba mucho en la cara. Ella lo hacía responsable de lo que yo sentía en ese momento. Hasta que yo decidí que se cortara el hecho de darles una evaluación a mis padres con respecto al análisis que yo estaba haciendo; si no dejaba la terapia. Porque ya me estaba causando bastantes daños a nivel personal. Vivía un clima demasiado tenso en mi familia y también tenso en el mismo análisis, porque yo quería intentar hablar de las cosas que yo sentía con los hombres y aparte del miedo que yo tenía de hablar de este tema, no sentía confianza para hablar sobre ello. Una vez le conté una fantasía, estaba re-nervioso y ella era como si no escuchara lo que le estaba diciendo, no hizo ninguna intervención. Y cada vez que yo intentaba hablar sobre lo que sentía con relación a mi homosexualidad, ella me traía el tema de la relación con mi padre. Sin escuchar lo que yo sentía con respecto a los hombres, independientemente de la relación con mi padre. No era que yo no quisiera hablar de la relación con mi padre, sino que además de hablar de ello, también necesitaba hablar sobre mis sentimientos con respecto a mi sexualidad, que sentía que era mal vista a nivel social. Y ella me cambiaba de tema. Luego yo dejé este análisis, porque como no podía hablar de lo que me había llevado al análisis, que era mi inclinación homosexual, decidí yo conducir el análisis, diciéndole durante casi un mes, que me empezaron a gustar las chicas. Empecé a hacerle un verso sobre que me empezaban a gustar las chicas y que me sentía atraído sobre una chica especial de mi división, con la que ibamos a ir de viaje de Egresados a Bariloche. Y cuando volví decidí cortar el análisis porque veía que no podía en ningún momento canalizar nada de lo que yo deseaba.

E: ¿Por qué pensás que no podías decir nada de tu inclinación sexual?

E1: Porque continuamente todo estaba teñido de un supuesto prejuicio que mi orientación sexual estaba en relación a la ausencia de figura paterna, por parte de mi padre. Que mi padre no estaba presente y, por lo tanto, yo no tenía un modelo para copiar socialmente. Entonces, según ella les dijo a mis padres, yo estaba buscando en esa inclinación sexual homosexual una figura paterna que estaba carente en mi casa. Y como me cansé que la psicóloga tuviese este presupuesto del que ella partía, decidí yo cortar el análisis, haciéndole un verso que me gustaba una chica de la división. Fue para darle un corte no tan abrupto, debido a que yo era menor de edad y no quería que ella les transmitiera nada a mis padres, ni les solicitara una entrevista, decidí inventar esto para que se quedara contenta y que pensara que había cumplido su rol profesional: el volverme heterosexual.

E: ¿Qué te hizo pensar que su objetivo había sido ese?

E1: Sus actitudes. Y me lo confirmó cuando le inventé la historia de la chica. Puso una cara como de alivio. Y se había entusiasmado y me incentivaba para que siguiera adelante con esa historia.

2.

E2: Cuando consulté tenía 19 años. En ese entonces tenía una gran dificultad para conectarme con la gente,