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LA HOMOSEXUALIDAD A LA LUZ DE LOS MITOS SOCIALESALGUNAS PUNTUALIZACIONES ACERCA DE LOS CONSTRUCTOS "HOMOSEXUALIDAD" Y "HOMOFOBIA" PREVIAS AL ABORDAJE DE PACIENTES CON ELECCION DE OBJETO HOMOSEXUAL CARLOS
ALBERTO BARZANI
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| * La homosexualidad es una...: |
Cantidad |
Porcentaje |
| Enfermedad, patología. o desviación |
100 |
73 % |
| Elección de vida u Orientación Sexual normal |
28 |
20,4% |
| No sabe/No contesta/ otras : |
9 |
6,6% |
* De las 191 encuestas entregadas para la muestra de campo solo 137 fueron contestadas. El 28,3% restante (cantidad de 54 encuestas) en su mayoría fueron rechazadas o entregadas en blanco; 10 encuestas fueron destruidas en el momento de ser leidas. Esto nos demuestra la gran dificultad y rechazo que acarrea la temática homosexual en dicho instituto en particular, donde no sólo se manifestó en actitudes discriminatorias a nivel verbal sino que, una minoría demostró actitudes violentas o agresivas como gritar y alterarse emocionalmente según lo revelaron los/as alumnos/as que administraron las encuestas.
Se extraen los siguientes resultados (sobre el porcentaje total de encuestados - cantidad: 137-):
* El 73% de los alumnos que respondieron la encuesta consideran la homosexualidad como una enfermedad o desviación de la conducta sexual relacionada con traumas o complejos adquiridos en la infancia o con problemas a nivel estructural y funcional del organismo (hormonal y cromosómico).
Considero que no podemos extender estos resultados a toda la población, pero en alguna medida nos llevan a la reflexión teniendo en cuenta que los encuestados ya son docentes y otros lo serán en un futuro no muy lejano.
En consonancia con estos resultados, la encuesta realizada entre los porteños por la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA obtuvo que de los 450 encuestados el 40,7% consideraba que la homosexualidad era una enfermedad y el 22,9% la consideraba “peligrosa” y aprobaba que se la reprimiera.
Otro ejemplo que ilustra lo que digo, es el caso de la película Otra historia de amor por televisión, a la cual se le modificó el final, que originalmente era “feliz” para inventarle un final “trágico”, invirtiendo de esta forma el “mensaje” que el autor tenía la intención de transmitir.
Otra modalidad más pintoresca es la de los talk shows, dónde el gay o la lesbiana son mostrados a través de una intervención melodramática, pidiendo desesperadamente el reconocimiento, ser aceptados y excusándose por ser lo que son. El broche de oro lo brinda la conductora de turno escarbando y haciendo énfasis en la accidentada historia infantil del personaje expuesto, en la que siempre se encuentran un padre ausente y una madre “castradora” o “posesiva”, escenas de abuso y maltrato, etc.
La pregunta que se nos impone es la siguiente: si la heterosexualidad exclusiva y excluyente es normal o natural, ¿por qué moviliza tanta militancia y proselitismo?
Por otra parte, resulta importante destacar la “naturalización” de los roles sexuales y la consecuente rigidización del género. Cuando hablamos de género nos referimos a lo que social y culturalmente se estipula como femenino y masculino, asociando determinadas actividades y características psíquicas como inherentes, naturalmente, al hombre y la mujer. No hay ningún condicionamiento de tipo biológico que establezca que la mujer “debe ser” femenina y el hombre “debe ser” masculino, por lo tanto, el género, como toda construcción cultural varía en el tiempo y de acuerdo a la sociedad.
Ahora bien, la naturalización provoca que los diversos posicionamientos del hombre y la mujer, surgidos de la estructura de este sistema, se visualicen como obvios e incuestionables -Don Juan-prostituta, fuerte de carácter-castradora; delicada-afeminado, comprensiva-débil-. En este punto, el/la homosexual con su sola existencia se sitúa cuestionando lo que “debe ser” un hombre y lo que “debe ser” una mujer, ya que tanto gays como lesbianas demuestran que se pueden tener cualidades de uno y otro género -se puede ser mujer y ser independiente, tener agallas y ser una hábil dirigente; se puede ser hombre y ser sensible y tierno-. Otra cuestión digna de mención es que la mayoría de los/as homosexuales pasarían inadvertidos/as respecto de sus pares heterosexuales, ya que los estereotipos de hombre afeminado y mujer machona, se sostienen en una lógica binaria que conlleva la oposición y/o complementariedad de lo femenino y lo masculino; y son una de las vías por la cual se ridiculiza al homosexual y al mismo tiempo se "amenaza" al que se “atreva” a sentir atracción por otra persona del mismo sexo (Cf. infra 5.1.2).
Los “mitos sociales” operan por deslizamientos de sentido. Por ejemplo: en el caso del sexo masculino convierte en sinónimos “ser hombre” con el hecho de “ser heterosexual”, lo cual lleva a preguntarse: si para ser “hombre” hay que ser heterosexual, si se es homosexual, ¿qué se es? Lo que no extrañaría que conduzca a un conflicto de identidad. Entonces, cuando se dice que un/a homosexual es una persona conflictuada “por naturaleza”, tal expresión oculta la naturaleza discursiva del conflicto, el modo en que el imaginario social, vía los mitos, colabora en la construcción de la identidad homosexual como conflictiva. El mito del homosexual “conflictuado” niega además, la naturaleza conflictiva del propio ser humano, que, al menos desde la perspectiva del psicoanálisis, condicionado por su prematuro nacimiento y la dependencia de otro para sobrevivir, tendrá que atravesar todas las vicisitudes del Complejo de Edipo para constituirse como sujeto y este derrotero no podrá sino ser conflictivo.
A partir de las consideraciones precedentes, cobran visibilidad algunas cuestiones:
· Las dificultades en su plena realización social, y sobre todo psicológica, que causaría a las personas con deseos homosexuales la etiqueta de “enfermedad o trastorno mental”10.
· En el caso de los psicoanalistas que sostienen una concepción homofóbica, hay que considerar los profundos efectos que producirían sus propias expectativas, prejuicios y creencias relativos a la temática sobre su entorno, sus alumnos (futuros psicólogos) y , en particular, sus pacientes.
En este apartado me detendré en ciertos efectos que se producen en la subjetividad de gays y lesbianas echando mano de algunos ejemplos tomados, en su mayoría, de la experiencia de coordinación de grupos de reflexión(11).
Al poseer un deseo “reprobado” socialmente, el sujeto debe ocultarlo, debe simular que es “otra cosa” lo que desea. Desde el Psicoanálisis sabemos que todo sujeto tiene deseos que “debe” ocultar y otros tantos que reprime. Pero lo propio del caso que estamos cosiderando es la conformación de una categoría de persona a partir del deseo (manifiesto) de objeto homosexual. Dicho deseo estigmatiza a su poseedor y al mismo tiempo define, por oposición, a los que serán llamados “normales”.
En relación con el concepto de estigma (12) Goffman(1963) plantea una diferenciación entre el estigmatizado “desacreditado” y el “desacreditable”. Efectivamente, distintas son las circunstancias de los/as homosexuales cuyos atributos de imagen pertenecen a los asociados culturalmente al sexo contrario, es decir, los varones “afeminados” y las mujeres “masculinas”, de los/as que poseen atributos de imagen que se corresponden con el género esperado socialmente. Los primeros son víctimas de portar un estigma visible, debiendo manejar situaciones sociales difíciles y/o de tensión.
Tal el caso de una lesbiana que relata lo que le sucedió cuando estudiaba en un Profesorado de Educación Física del interior de la Provincia de Buenos Aires, mientras descansaba en un campamento organizado por dicho instituto:
“...una noche dormíamos en una carpa cuatro chicas, vinieron unos tipos, nos patearon...y empezaron a gritarme a mí, eramos cuatro, pero a mí,...‘¡tortillera de mierda!, ¡forra!, ¡loca!’...”(Argañaraz 1996, 31)
O de Damián, un joven gay de 23 años que en un grupo de reflexión, mientras hablaba sobre una experiencia de su adolescencia contó:
“...en la escuela secundaria...no podía hablar, cualquier cosa era motivo para que me agredieran..., me pegaban trompadas, me tocaban el culo,..., me gritaban ‘ ¡puto!, ¡trolo!, ¡maricón!’,(...) a la mañana trataba de pelearme con mi hermana para no entrar junto con ella a la escuela por miedo a que me insultaran o cargaran delante de ella...”
En el caso de los desacreditables, llamados tapados en Buenos Aires, su condición de diferentes no es perceptible ni resulta evidente en el acto, pero pueden devenir desacreditados si dicha condición sale a la luz. Por tal motivo, deben hacer un manejo particular de la información referida a sí mismos, y al mismo tiempo, afrontar cierto monto de angustia frente a la posibilidad de ser descubiertos. Goffman considera tres fenómenos producidos por el constante disimulo y el auto-encubrimiento:
1- El elevado nivel de ansiedad que ocasionaría al sujeto el llevar una vida que se “puede derrumbar en cualquier momento”, es decir, si el entorno descubre su estigma.
2- Esto a su vez, llevaría a que la persona preste atención a situaciones y cosas que para otros pasarían desapercibidas.
En otra reunión del grupo mencionado Fabio (25 años) decía:
“...antes de entrar a un boliche [gay] miro para todos lados...tengo muchos conocidos que viven en la zona de los boliches...me late el corazón a mil, siempre está la posibilidad de que me vean entrar... ¡sería un desastre!, no sé que haría, ni que diría...mis amigos y mi familia son ‘re-mata-putos’...me echarían de mi casa...”
3- El sujeto puede no sentirse totalmente parte cuando está en un entorno en el que encubre su identidad, en especial, en relación a la actitud que se tiene hacia las personas homosexuales. Con mayor razón, si la internalización de la homofobia no resultó ni tan “masiva” ni tan “perfecta”, es probable que el sujeto se sienta impotente así como despreciable, por no poder contestar a los dichos y actitudes ofensivas referidos a gays y/o lesbianas, más aun si considera peligroso no adherir a dichas manifestaciones.
Así lo muestra Andrés (26 años), estudiante avanzado de Medicina, participante de otro grupo de reflexión:
“Ayer en el hospital un compañero no quiso atender a un paciente enfermo de sida, pero no porque fuera ‘sidótico’, porque otras veces había atendido a otros...cuando se enteró que el pibe era homosexual dijo que le daba asco y que no iba a atenderlo y que, además, tenía sida porque se lo había buscado...yo no sabía cómo reaccionar ni que decirle, ninguno de mis compañeros o compañeras dijo nada; ante otras discriminaciones, hasta el mismo flaco hubiera saltado...si yo decía algo iba a quedar en evidencia...lo único que pude decirle fue que él era médico y debía actuar profesionalmente y dejar a un lado los sentimientos ...después me sentía mal por no haber podido contestarle con algo más, no haber podido jugarme con algo más fuerte...”
Vemos, entonces, que tanto en el caso de los “visibles” como en el de los “tapados” o “encubiertos”, el temor a ser agredidos o a recibir un trato “diferente” debido a “su estigma” puede producir que el sujeto se sienta inseguro en el contacto con gente considerada “normal” y reaccione angustiándose a causa de un peligro “objetivo”. La posibilidad de ser agredidos tanto en los visibles como en los desacreditables más la contingencia de ser “descubiertos”, en el caso de los segundos (Cf. Freud, 1929:Cap VII) configuran algo así como cierto malestar específico de la subjetividad de -gays, lesbianas, bisexuales- que concurren a los grupos de reflexión antes mencionados.
Lo formulado y ejemplificado en relación al manejo de la información referida a sí mismos que deben hacer los sujetos “tapados”, se refiere a la actividad significante “voluntaria”, es decir, la emitida a través de símbolos verbales o sustitutos. Pero también puede obtenerse información de un sujeto de una manera indirecta, es decir, ya no a través de lo que dice, sino de lo que “emana de él”, la conducta expresiva involuntaria (Goffman, 1959:14). La mayoría de los sujetos “visibles” no adoptan adrede los atributos de imagen del género opuesto, sino que dichas actitudes son espontáneas. Y es justamente, a través de los otros que se anotician de dicha “inversión” de género. Para evitar las situaciones de tensión mencionadas anteriormente el sujeto puede “trabajar” en el control de su conducta expresiva “involuntaria” o espontánea para devenir “tapado” con las consiguientes consecuencias en su subjetividad. Este trabajo de “control de la conducta expresiva involuntaria” remite a un mecanismo (inconciente) de defensa para preservarse.
Es el caso de Damián citado anteriormente, quien relata que durante su infancia y adolescencia lo retaban (sus padres) o lo cargaban (sus compañeros y parientes) por ser “amanerado”. Algunos de los efectos de ese trato podrían inferirse. Damián recuerda haber dejado de participar en clase, dejado de hacer chistes y haber empezado a caminar y moverse con “control”: tenía terror de que se burlaran de él o lo agredieran. En efecto, al ingresar al grupo tenía una apariencia varonil, era tímido, callado; le costaba contar sus experiencias y más aun participar en una dramatización o role-playing. Después de diez meses de iniciado el grupo, sus compañeros y compañeras en una actividad referida a la imagen que cada uno tenía de sus compañeros lo describieron como “espontáneo, jodón, carismático”. Para la misma época, una compañera del grupo, Silvia, lo había acompañado a un casamiento al que Damián tenía que ir por compromiso. En la reunión grupal siguiente, ella contaba sorprendida: “el del casamiento familiar era un Damián diferente, se parecía al de los comienzos del grupo”. El sujeto había logrado revertir el trabajo de control de su “conducta expresiva involuntaria” en un entorno dónde podía mostrarse espontáneo sin temor a ser agredido, cambio que no había podido efectuar en el medio familiar.
A la luz de estos comentarios y recordando la época en que ingresó al grupo Damián expresa:
“Recuerdo que antes de ingresar al grupo sentía que no era auténtico, que no había vivido, para mi no tenía mucho sentido vivir de esa manera, es como si hasta ese momento hubiese estado suspendido en el tiempo...Tenía que encontrar un lugar donde pudiera ser yo mismo, aunque no sabía quién era...cuando ustedes pedían mi opinión sobre algunos temas, no es que no quisiera darla, sino que no la tenía. Sé que cuando estoy acá soy otra persona, pero ni yo mismo sabía que tenía dentro mío las cosas que fui descubriendo con ustedes...las primeras reuniones sentía un miedo bárbaro; los escuchaba y los envidiaba, que pudieran expresar lo que sentían y que quisieran vivir su homosexualidad plenamente, yo ni me imaginaba que eso pudiera ser posible...”
Considero interesante para la comprensión de este punto, la articulación con el concepto de self genuino o verdadero [true self] y self falso de Winnicot, para quien la función defensiva del self falso consiste en ocultar y proteger de agravios al self genuino, la que es lograda sometiéndose a las exigencias ambientales (Winnicott, 1960:172/3, 177). La existencia de un self falso produce una sensación de irrealidad o un sentimiento de futilidad, mientras que el self genuino remite al sentimiento de autenticidad (Winnicot, 1960:179). Podría conjeturarse que Damián sentía que el entorno de su infancia y adolescencia no le había permitido ser informe; sino que había sido moldeado y cortado en formas concebidas por otros, mutilando de este modo su potencialidad creadora (Winnicott, 1971:55).13
En referencia a las relaciones interpersonales entre los/as homosexuales, los que tienen apariencia o actitudes consideradas socialmente del sexo opuesto son pasibles de ser rechazados por aquellos en los que su condición homosexual no es evidente. Si como hemos visto, el sujeto desacreditable “debe” encubrir su condición de estigmatizado, se ve expuesto al “dime con quien andas...” del refrán; razón por la cual, evitará toda situación en que pueda ser visto con alguien en quien dicha condición sea evidente. Eludirá la circunstancia de tener que saludar a un varón “afeminado” o una mujer “masculina” y exponerse a que un tercero le pregunte quién era y de dónde conoce a esa persona, seguramente aludiendo a algún atributo de imagen asociado culturalmente a la homosexualidad.
Para abordar las diferentes teorizaciones psicoanalíticas que categorizan la homosexualidad como una patología partiremos de considerar que toda teoría o campo disciplinario demarca sus áreas de visibilidad e invisibilidad, sus enunciados y sus silencios, sus preocupaciones teóricas y aquellas regiones que han permanecido impensables. Parafraseando a Ana Fernández (1989) diremos que lo invisible dentro de una teoría es el resultado necesario y no contingente de la forma en que se ha estructurado dentro de ella el campo de lo visible, por lo tanto, aquello que una teoría “no ve” es interior al “ver”, en tal sentido sus invisibles son sus objetos prohibidos o denegados.
Comencemos, entonces, por explorar el concepto de “normalidad”. Algunos autores afirman que una de las condiciones de la "normalidad" entendida como la salud psíquica, es el hallazgo de objeto externo heterosexual caracterizado por una "Búsqueda del goce sexual orgástico, al servicio de la reproducción". (Quiroga & otros, 1992:2, 136, etc; Aberastury & Knobel, 1971:Cáp.2)
Teicher (1980:547) excluye de su definición el fin de la procreación, argumenta que si no, el coito con anticonceptivos sería una “perversión”. Define el acto sexual “normal” como "el coito dirigido a obtener el orgasmo por penetración genital, con una persona adulta del sexo opuesto con la que se mantiene una relación madura, sublimada." (Teicher, 1980:552)
En términos estadísticos, se llama normalidad a la caída de una variable dentro de ciertos límites de la curva de Gauss; es decir, que no supere cierto desvío respecto de la media de una población determinada.
En este sentido, siguiendo a Stubrin (1993) me pregunto si el no caer dentro de la uniformidad basada en un criterio estadístico o en una serie de normas constitutivas de un ideal son efectivamente los parámetros que debe tener en cuenta el psicoanálisis para discernir entre salud psíquica y patología.
Podrían dividirse las teorizaciones que categorizan la homosexualidad como una patología en dos grandes grupos. Ambos la catalogan como una perversión, unos ponen énfasis en el desafío o la transgresión de la ley; y otros, desde una mirada más evolutiva, la explican como una regresión o una detención en el desarrollo, existiendo autores que plantean ambos aspectos.
Para Dacquino (1970) representante del segundo grupo, la homosexualidad constituye "una forma erótica inmadura porque importa la permanencia en el adulto de sexualidad infantil" y sostiene, "el homosexual es incapaz de comunicación con el mundo de los adultos, especialmente con el femenino, se contenta con intercambios afectivos que se realizan solamente con sus coetáneos psíquicos (...) en los cuales se ve reflejado y se busca. El compañero no es nunca un verdadero otro sino un alter ego."
Aberastury y Knobel (1971) plantean la necesidad de pérdida de la bisexualidad en el adolescente "normal" para acceder a una sexualidad "adulta" y encuentran la raíz de la homosexualidad en la ausencia o la no debida asunción de roles por parte del padre. Esto produce que tanto el varón como la mujer se vean obligados a mantener la "bisexualidad infantil" como defensa frente al incesto.
Al tomar como punto de partida la necesidad de "pérdida" de la bisexualidad en el adolescente "normal", queda necesariamente invisible una pregunta: si el abandono de ésta es "universal" y necesario o es la consecuencia de una suerte de mandato de la estructura del sistema sostenido por una sociedad particular.
En otro párrafo estos autores afirman:
"En ocasiones, la única solución puede ser la de buscar lo que el mismo Erikson ha llamado también "una identidad negativa", basada en identificarse con figuras negativas pero reales. Es preferible ser alguien perverso, indeseable, a no ser nada. Esto constituye una de las bases del problema de las pandillas de delincuentes, los grupos de homosexuales, los adictos, etc. La realidad suele se mezquina en proporcionar figuras con las que se pueden hacer identificaciones positivas y entonces, en la necesidad de tener una identidad, se recurre a ese tipo de identificación, anómalo pero concreto."
A la luz de esta cita cobra visibilidad cuál es el mecanismo que puede predominar en algunos adolescentes en su búsqueda de una identidad. Pero hay que destacar la poco feliz elección de los ejemplos; ya que se vislumbra que para estos autores los homosexuales están situados al mismo nivel que una pandilla de delincuentes o drogadictos. Considero importante destacar el desplazamiento de carga negativa que se produce sobre el sintagma "grupo de homosexuales" al haber sido ubicado en la cadena sintagmática, entre "pandilla de delincuentes y "adictos". Queda así al descubierto otro a priori de la teorización: que la homosexualidad es una “identidad negativa”.
Desde otro marco teórico, Maeso (1988) incluye a la homosexualidad dentro de las perversiones, y concluye que lo que caracteriza a los homosexuales se aloja en el acto sexual.
"(...) se encargan de afirmar que son hombres en una sociedad de hombres.""Es ahí donde se legitima la perversión al hacer imposible la creación de nuevas alianzas de parentescos. Se trataría de alejar en el acto sexual la escena edípica(...)" "Evitan alcanzar el goce pleno de la madre, ese goce que como lo muestra el mito tiene como límite la castración."(...) "El homosexual...desea preservar el goce fálico y no lo puede poner en peligro con la mujer que goza más allá de él. Entonces, la desmentida, la renegación o el repudio representan el intento de desconocer el efecto de ese signo menos, aquel que interesó a un hombre y una mujer, en un acto, de cuyo accidente, él es el producto. De ahí que intente instalar una sociedad sin descendencia." (Maeso, 1988:33-4)
Harari (1993) sugiere que reivindicar una "insignia que como la de homosexual "segrega" querulancia, cifrando así un destino quejoso y resentido" hace a "un trazo de la estructura perversa que, al comenzar por desafiar el cuerpo recibido, transfiere fantasmáticamente dicho desafío a la escena social, a cuyo respecto el sujeto cree ser pasivo instrumento de su goce." (Harari, 1993:3)
En otra línea, Bertelloti (1993) habla de "posición homosexual" desestimando su inclusión como estructura. La sitúa como una fachada, y la vincula con los procesos tóxicos;
"...en ese sentido una de las metas debería ser desinvestirla de modo que pueda surgir el proceso tóxico que a la manera de las estructuras psicosomáticas unas veces, adictivas otras y en general con conductas sexuales promiscuas y riesgosas para la integridad corporal (SIDA, (...)), hacen su aparición en la escena clínica de hoy."(...) "Tanto en adicciones como en perversiones se articulan como defensas la desmentida y la desestimación y el yo se ofrece como objeto masoquista a un superyó sádico. Existe una sutil distinción en el tipo de desafío o en el tipo de ley que transgreden; mientras el perverso va en contra de la práctica heterosexual, el adicto, omnipotente, descree de su mortalidad. En ambos la mayoría de las veces el masoquismo se consuma en la autoaniquilación" (Bertelloti, 1993:5). (subrayado mío)
En el mismo sentido, Khan señala que: "la experiencia homosexual es menos destructiva para el yo y menos ajena al yo en la mujer que en el hombre" y agrega que el homosexual masculino siente la compulsión de "involucrar a la sociedad y obligarla a respaldar su defectuoso ajuste con tolerancia y adulación."(Khan, 1963:122)
Con respecto a la homosexualidad femenina Aisemberg afirma que la egodistonía es de "buen pronóstico". Plantea que existe una escisión del yo fundamentada en que para una parte del yo la homosexualidad es conflictiva (pudor, ocultamiento) y para la otra no ya que la actúa. Señala que "la homosexualidad en sí misma, observada microscópicamente, funciona como un delirio", el juicio de realidad en cuanto al mundo masculino se encuentra perturbado y en lo que concierne a la transferencia las "interpretaciones rebotan" (Aisemberg, 1980:56).
Marranti y otros (1980) sostienen que en las perversiones y en especial en la homosexualidad el narcisismo adquiere una cualidad arrogante y omnipotente.
"El narcisismo arrogante homosexual se satisface en desmentir la lógica consensual (2 y 2 son 5, ¿¡y qué!?) y se adjudica omnipotentemente la posesión de una verdad superior. A nivel profundo se detecta un trastorno del pensar causado por una intolerancia básica al dolor psíquico (angustia de castración), que es renegado maníacamente.(...) Haciendo del defecto virtud, proclama una supuesta superioridad del goce homosexual y pregona el triunfo sobre el destino biológico de complementariedad con el otro sexo." (Marranti y otros, 1980:390-1)
Afirman, además, que en algunos sujetos la actividad homosexual es egosintónica. “El narcisismo indómito coarta la formación del Ideal del Yo, distorsiona o atrofia el Super Yo." En cuanto a la clínica, manifiestan que los tratamientos son arduos y que las manifestaciones de los sujetos que acuden al tratamiento son poco confiables ya que "no consideran negativa a la homosexualidad."
"El paciente puede desplegar una campaña proselitista de la práctica homosexual. Busca encontrar fisuras en la estabilidad psíquica y mental del analista, parasitarlo excesivamente, evidenciar la propia homosexualidad del mismo y certificar que él poseía la "verdad" (Perversión de la transferencia).(...) El fracaso de su ofensiva corruptora le depara un daño narcisístico.(...) La desilusión y la frustración transferenciales son difíciles de contener y activan defensas maníacas: hay incremento de actuaciones homosexuales que tratan de destruir los insights que se hayan logrado" (...) "no son raras las interrupciones bruscas" (Marranti y otros, 1980:394-6)
El objetivo del tratamiento es que la arrogancia inicial evolucione a "una egodistonía vergonzante y elusiva", ya que "el problema no es reducir la severidad del Super Yo sino reorganizar el sistema de valores total del Ideal del Yo - Super Yo" (Marranti y otros, 1980:395)
Con el objetivo de explorar qué de lo teorizado se vehiculiza en un análisis realicé una serie de entrevistas individuales semi-dirigidas a diez personas homosexuales de diferente extracción social y diferente grado de integración en los ámbitos gays y lésbicos. Los entrevistados fueron buscados con la siguiente consigna: personas que creyeran que los prejuicios de su psicólogo habían influido en su terapia. La pregunta disparadora era: ¿Por qué piensa que los prejuicios de su psicólogo o psicóloga influyeron en su terapia? A continuación reproduciré algunos párrafos de cuatro de ellas.
1.
E1: A los 16 años concurrí a una psicóloga, por motivos de mi inclinación sexual. A mi me gustan los hombres, y como en ese entonces tenía bastante miedo (...) Me tocó una psicóloga, y me influyó mucho, porque la psicóloga consideraba que era una "supuesta" inclinación sexual por ausencia de la figura paterna. En mi casa se vivió mucho el clima de esta demanda de figura paterna.
E (entrevistador): ¿Cómo sabés que pensaba eso?
E1: Porque cuando mis padres concurrían cada dos meses a la psicóloga, cuando volvían mi padre me lo reprochaba mucho en la cara. Me decía que la psicóloga le reprochaba que mi padre estaba ausente como figura paterna. Y era algo que mi viejo me lo tiraba mucho en la cara. Ella lo hacía responsable de lo que yo sentía en ese momento. Hasta que yo decidí que se cortara el hecho de darles una evaluación a mis padres con respecto al análisis que yo estaba haciendo; si no dejaba la terapia. Porque ya me estaba causando bastantes daños a nivel personal. Vivía un clima demasiado tenso en mi familia y también tenso en el mismo análisis, porque yo quería intentar hablar de las cosas que yo sentía con los hombres y aparte del miedo que yo tenía de hablar de este tema, no sentía confianza para hablar sobre ello. Una vez le conté una fantasía, estaba re-nervioso y ella era como si no escuchara lo que le estaba diciendo, no hizo ninguna intervención. Y cada vez que yo intentaba hablar sobre lo que sentía con relación a mi homosexualidad, ella me traía el tema de la relación con mi padre. Sin escuchar lo que yo sentía con respecto a los hombres, independientemente de la relación con mi padre. No era que yo no quisiera hablar de la relación con mi padre, sino que además de hablar de ello, también necesitaba hablar sobre mis sentimientos con respecto a mi sexualidad, que sentía que era mal vista a nivel social. Y ella me cambiaba de tema. Luego yo dejé este análisis, porque como no podía hablar de lo que me había llevado al análisis, que era mi inclinación homosexual, decidí yo conducir el análisis, diciéndole durante casi un mes, que me empezaron a gustar las chicas. Empecé a hacerle un verso sobre que me empezaban a gustar las chicas y que me sentía atraído sobre una chica especial de mi división, con la que ibamos a ir de viaje de Egresados a Bariloche. Y cuando volví decidí cortar el análisis porque veía que no podía en ningún momento canalizar nada de lo que yo deseaba.
E: ¿Por qué pensás que no podías decir nada de tu inclinación sexual?
E1: Porque continuamente todo estaba teñido de un supuesto prejuicio que mi orientación sexual estaba en relación a la ausencia de figura paterna, por parte de mi padre. Que mi padre no estaba presente y, por lo tanto, yo no tenía un modelo para copiar socialmente. Entonces, según ella les dijo a mis padres, yo estaba buscando en esa inclinación sexual homosexual una figura paterna que estaba carente en mi casa. Y como me cansé que la psicóloga tuviese este presupuesto del que ella partía, decidí yo cortar el análisis, haciéndole un verso que me gustaba una chica de la división. Fue para darle un corte no tan abrupto, debido a que yo era menor de edad y no quería que ella les transmitiera nada a mis padres, ni les solicitara una entrevista, decidí inventar esto para que se quedara contenta y que pensara que había cumplido su rol profesional: el volverme heterosexual.
E: ¿Qué te hizo pensar que su objetivo había sido ese?
E1: Sus actitudes. Y me lo confirmó cuando le inventé la historia de la chica. Puso una cara como de alivio. Y se había entusiasmado y me incentivaba para que siguiera adelante con esa historia.
2.
E2: Cuando consulté tenía 19 años. En ese entonces tenía una gran dificultad para conectarme con la gente,