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Corpografías

 

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Una mirada corporal del mundo
Carlos Trosman

PRÓLOGO DE David Le Breton

Carlos Trosman es un explorador del continente corporal, de la geografía sensible de sus diferentes territorios, y de su puesta en juego en el seno de la trama social y cultural. Pero nunca olvida que si bien el individuo está inmerso en una cultura y una condición social, no es nunca la consecuencia pasiva, sino lo que éste hace con las influencias que pesan sobre él. Muestra admirablemente hasta qué punto el cuerpo es hoy en día un analizador social, un revelador de tensiones sociales o simplemente de diferencias. Carlos Trosman se define a sí mismo como “corporalista”. Y efectivamente conozco a Carlos Trosman como terapeuta que toma al cuerpo como mediación,  como acupuntor,  como escritor, como investigador, lo conozco también como un hombre apasionado y apasionante, un viajero incansable, un hombre de todas las curiosidades y que lleva al extremo los interrogantes que se le plantean. La anécdota toma bajo su pluma valor de demostración y accede a la dignidad teórica gracias a los análisis que la misma justifica. “Lo más profundo es la piel”, decía Paul Valéry. Aquí, la superficie de las interacciones sociales deviene una escena observada con lupa para agrandar los rasgos más significativos.

Explorador tranquilo e incisivo al mismo tiempo, Carlos Trosman es una especie de  flâneur[1] salido de un texto de Walter Benjamin atento a los indicios que conciernen a las actitudes corporales en el corazón de la ciudad o en cualquier otra parte, él camina por las calles contemplando el estremecimiento del mundo sin que nada se le escape. Y de la actitud de un transeúnte, o de su emoción en un avión tomado en una zona de turbulencia, del encuentro inesperado de campesinos de cuerpos macizos y desnudos en las calles de México -un día en el que manifestaban por sus derechos-, él trama una serie de reflexiones que incitan a ver los cuerpos de otro modo. Él recorre la pluralidad de mundos sociales y culturales como observador atento y expresivo. El Otro es el rodeo que conduce al Sí mismo, así como el Sí mismo es el rodeo que conduce al Otro. El otro no está encerrado en un estatuto de alteridad, no está asignado a su diferencia, sino interrogado acerca de sí mismo a fin de comprenderse mejor. Tal es el camino seguido por Carlos para hablarnos de nosotros hablándonos de él, a través del rebote de la actitud de un anónimo en la multitud. Cada momento del cuerpo, cada percepción, cada emoción, cada movimiento al momento de una interacción, señala Carlos Trosman, es un observatorio que nos lleva más allá del cuerpo, al corazón de lo social, de lo cultural y de lo político. El cuerpo está atravesado por la historia, materializa sentidos, valores, no únicamente en sus movimientos, sino también, por supuesto, en la mirada del observador.

Habitamos el mundo con todo nuestro cuerpo, nuestros sentidos, nuestras emociones. La existencia del hombre implica una puesta en juego sensorial, gestual, postural, mímica etc., socialmente codificada y virtualmente inteligible por los actores en todas las circunstancias de la vida colectiva en el seno del mismo grupo. La comprensión del mundo es en sí misma el hecho del cuerpo a través de la mediación de signos sociales interiorizados, decodificados y puestos en juego por el actor. El cuerpo está embrollado de palabras, y el cuerpo puebla el mundo de palabras en cambios sin fin. La condición humana es corporal. En nuestra existencia todo comienza y termina por el cuerpo. Nuestra historia, por lo demás, no se escribe en ningún lugar más que en el seno de nuestro cuerpo, nos dice Carlos Trosman. El cuerpo es Órgano de la captación del mundo que nos rodea, condición de nuestra presencia en el mundo, materia de identidad en el plano individual y colectivo, el cuerpo es el espacio que se da a ver y a leer a la apreciación de los otros. Es por él que nosotros somos nombrados, reconocidos, identificados a una pertenencia social. La piel limita el cuerpo, los límites de sí,  establece la frontera entre el adentro y el afuera de manera viva, porosa, porque es también abertura al mundo, memoria viva. Envuelve y encarna a la persona distinguiéndola de los otros, o enlazándola a otros, según los signos utilizados. El cuerpo es la raíz de identidad del hombre, el lugar y el tiempo donde el mundo encarna. Porque no es un ángel, toda relación del hombre al mundo implica la mediación del cuerpo. Hay una corporeidad del pensamiento como hay una inteligencia del cuerpo. De las técnicas corporales a las expresiones de la afectividad, de las percepciones sensoriales a las inscripciones tegumentarias, de los gestos de la higiene a los de la alimentación, de los modales de la mesa a los del lecho, de los modos de presentación de sí a la asunción de la salud o de la enfermedad, del racismo al eugenismo, del tatuaje al piercing, el cuerpo es una materia inagotable de prácticas sociales, de representaciones, de imaginarios. Imposible hablar del hombre sin presuponer de una manera u otra que es de un hombre de carne y hueso de lo que se trata, amasado con una sensibilidad propia.

Pero, Carlos Trosman lo recuerda, las sociedades humanas no viven en un universo puramente material, sino en una trama de sentidos y valores. El mundo sensible se da al hombre como una inagotable virtualidad de significaciones. El sentido no está en las cosas, se instaura en la relación del actor con las cosas, y  en los debates anudados con los otros para su definición; la proyección de sentido es una actividad social e individual que encuentra, a veces, la resistencia del mundo, o la de otros miembros de la sociedad. La bella lección de esta obra es la de recordarnos a través de algunas anécdotas que la relación al cuerpo, el propio o el de los otros, es siempre un test proyectivo, encarna valores, elecciones de las sociedades, y para cada individuo una manera propia de inscribirse  en el seno del lazo social. Carlos Trosman lo dice con bonhomía, con claridad, con una poco frecuente lograda escritura: el cuerpo es siempre un analizador político.

 

David Le Breton

Profesor de sociología en la Universidad de Estrasburgo (Francia). Autor, entre otras obras, de Conductas de riesgo, de los juegos de la muerte a los juegos de vivir, Topía, 2011; Rostros. Ensayo de antropología, Letra Viva, 2010; El sabor del mundo. Una antropología de los sentidos, Nueva Visión, 2007.

 

Traducción del francés: Viviana Fruchtnicht[2]

 

[1] Nota de traducción: flâneur refiere a alguien que se pasea por la ciudad, sin rumbo fijo, casi por azar. Walter Benjamin describía al flâneur como la figura esencial del moderno espectador urbano, un detective aficcionado y un investigador de la ciudad. Empleó el concepto de “espectador urbano” para referirse tanto a su destreza analítica como a todo un estilo de vida. Benjamin llegó a convertise él mismo en el paradigma del flâneur.

[2] Psicoanalista, Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

 

ISBN: 
9789871185566
Fecha de Edicion: 
Julio / 2013

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