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Espejos Rotos

 

Espejos Rotos

Lo vivido y lo representable del sujeto
León Rozitchner
Reimut Reiche
Esther Díaz
Juan Carlos Volnovich
Cristián Sucksdorf (compilador)

Introducción de Cristián Sucksdorf

El sujeto en cuestión

¿Qué es el Hombre? En esta obstinada pregunta Kant veía condensarse las tres cuestiones fundamentales de la filosofía: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me es permitido esperar? La metafísica, la moral y la religión, que respectivamente respondían a cada una de estas cuestiones, dibujarían en su confluencia una antropología: cada una de ellas sería al mismo tiempo una respuesta (aunque parcial) a la pregunta por el ser del “Hombre”. Y se soñó entonces que con esta antropología se había edificado su morada definitiva.

Pero, implacables, los trabajos y los días no olvidaron roerla, y hoy esta antropología que preguntaba por el “ser del Hombre” se nos antoja, absurda y grandiosa, como esas ruinas antiguas que la imaginación sólo condesciende animar habitadas por dioses o por bestias. Ya no nos reconocemos en el “Hombre” (ese claro objeto de estudio de las humanidades, a cuyos atributos debía adaptarse nuestra oscura vida individual), y nos parece más una figura evadida de obsoletos bestiarios que la interpelación más urgente de nuestra realidad.

El siglo XX fue el encargado de tal liquidación. Pero este justo despertar que abolía al “Hombre” como vórtice de todo saber sobre nuestra vida, fue la clausura también de ese íntimo ámbito del sentido que es el sujeto, vale decir, de esa premisa oculta e incontestable de que cada uno de nosotros es, en cada caso, el lugar donde necesariamente se anuda todo sentido para existir. Pues al identificarse al sujeto con los centros metafísicos de la “interioridad”, el “yo”, el “alma” o la “persona”, la liquidación de estas abstracciones evaporó con ella toda idea de sujeto. Oscuros efectos de estructura o esencialismos de diversa estirpe ocuparían su lugar. Como si por ejemplo la ciencia (léase: los científicos) hablase desde afuera de ese entrevero de los muchos cuerpos que es el mundo (por lo demás, tal había sido la más secreta y enloquecida añoranza de un Althusser), o como si alguna esencia -desde el Habla o el Lenguaje hasta las Relaciones de Producción- pudiese existir por sí misma, y elevarse entonces como el barón de Münchhausen tirando de sus propios cabellos. Se destronaba así un esencialismo (el Hombre) para encumbrar otros. Y aquello que hacía de esa abstracción del “Hombre” algo que obturaba la cabal pregunta sobre nosotros mismos quedó intacto. Contribuir a formular preguntas que nos interpelen como el lugar donde el sentido se anuda es, finalmente, la motivación de este libro. Pues con esto no se trata de mera teoría, sino de una condición para la eficacia de toda acción colectiva.

Pero para ello hay tres cuestiones ineludibles a las que debemos atender: en primer lugar preguntarnos cómo llegamos a ser ese lugar del sentido, es decir, de qué modo se da la vivencia de devenir sujetos, o en otros términos, cuáles son los dispositivos en que se enmarca dicha vivencia. En segundo lugar debemos preguntarnos cuáles son las posibilidades y los límites para referirnos a esas vivencias, cuál es la relación entre la vivencia y la representación, y por lo tanto, la relación entre nosotros mismos y el sentido que encarnamos. En tercer lugar debemos interrogarnos sobre cuáles son los límites de esa representación, cuáles los bordes de silencio que rodean todo decir, pero más aún, qué puede la representación cuando lo que impera es el desnudo terror.

En función de estas cuestiones cardinales, entonces, se estructura este libro: la primera parte tratará de lo vivido y sus dispositivos de subjetivación (los textos de Reimut Reiche y de León Rozitchner); de lo representable en el sujeto, la segunda parte (los textos de Esther Díaz y de Cristián Sucksdorf); y finalmente, la tercera, de lo irrepresentable (el texto de Juan Carlos Volnovich).

 

Los textos

 

Homosexualización de la sexualidad, el texto de Reimut Reiche, parte de la hipótesis de que el concepto foucaultiano de dispositivo de sexualidad ha quedado esencializado, osificado en ciertas características que no condicen ya con la realidad de las sociedades post-industriales. Recurre entonces a un diagnóstico epocal para recuperar la potencia de dicho concepto, a fin de dar cuenta de los parámetros históricos en los que se vive la sexualidad en las sociedades post-industriales. Ese nuevo dispositivo de sexualidad, que el autor denomina “homosexualización de la sexualidad”, consiste en la subsunción creciente de las pautas sexuales de la “cultura de la mayoría” a las de la subcultura homosexual, especialmente a los parámetros identificados en los años 70, cuando la lucha política de esos sectores era aún incipiente.

En su texto Edipos León Rozitchner analiza el papel que desempeña la matriz mitológica en el proceso de subjetivación. Para ello analiza las diferencias entre las teorías de Freud y de Lacan a la luz de las constelaciones mítico-afectivas (no meramente religiosas) de las que surgen: el judaísmo en Freud y el cristianismo en Lacan. De modo que a partir de estas matrices mitológicas se constituirán no solo teorías diferentes, sino también complejos parentales, es decir modos de subjetivación, diversos. Así, puede identificarse (entre otros) un “Edipo” o complejo parental griego, otro judío y otro, el de nuestras sociedades, cristiano. Preguntar entonces por el modo en que devenimos sujetos será hacerlo al mismo tiempo por la mitología de la cultura en que la que nacemos, aunque ésta sea laica.

Esther Díaz en Juego de espejos entre subjetivaciones colectivas y entornos animales, desarrolla el papel de la representación como mediación entre la comunidad como sujeto colectivo, el individuo y el mundo circundante, y más específicamente el mundo animal. A partir del film La cacería, de Thomas Vintenberg la autora desarrolla un análisis del lugar de la representación en el modo de devenir sujeto y la relación con la categoría deleuziana de devenir animal.

El texto que lleva mi firma, Don Quijote y Sade, entre el delirio y la representación, se ocupa de la relación entre el sujeto -ese cuerpo enredado con los otros que cada uno es- y el sentido. A partir del modo opuesto en que se constituye el sentido en el Quijote y en la obra de Sade (la relación entre ambos es de origen foucaultiano) se establecen dos parámetros para comprender todo sentido y nuestra relación con él; estos parámetros serán el deseo y la representación.

El texto de Juan Carlo Volnovich, Lo no dicho, se interroga sobre el preciso lugar en que la representación y el sujeto aparecen más distanciados. No se trata de aquello sobre lo que nada puede decirse, y por lo tanto (como aconsejaba Wittgenstein) sobre lo que es mejor callar, sino sobre aquello que se ha vivido pero desborda tan monstruosamente los recintos de la representación que no puede acabar de ser dicho, y quizá tampoco de ser escuchado. Ese lugar es el del terror, ejemplificado en este texto por los campos de exterminio nazis y los vuelos de la muerte. Pero el terror, que no puede ser dicho, es también, y antes que nada, aquello sobre lo que no se puede callar.

Solo nos resta alegar que la congregación de estas páginas dispares no pretende reconstruir con fragmentos de reflejos ese espejo que fue el “Hombre”, sino apenas contribuir a preguntarnos, de una vez por todas, por ese mundo que está más acá de los espejos.

 

Buenos Aires, marzo de 2016

 

Notas

 
ISBN: 
9789874025067
Fecha de Edicion: 
Abril / 2016

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