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Las trampas de la exclusión

 

Las trampas de la exclusión

Robert Castel
Tapa del libro

VER SEGUNDA EDICIÓN

Presentación
Ricardo Antunes

“No hace demasiado tiempo, hubo muchas profesiones que desaparecieron, hoy nadie sabe para que servían aquellas personas, que utilidad tenían ...”
(José Saramago, La Caverna)

En las últimas décadas del siglo XX, como consecuencia de las profundas transformaciones que ocurrieron en el mundo de la producción y el trabajo, cuando afloraba la fase más agudamente destructiva del sistema del capital, se volvió casi dominante el discurso que propugnaba y defendía acríticamente la “desaparición del trabajo” (Dominique Méda), la vigencia de la “esfera comunicacional” en reemplazo de la esfera del trabajo (Jürgen Habermas), la “pérdida de la centralidad de la categoría trabajo” (Claus Offe), el “adiós al proletariado” (André Gorz), el “fin del trabajo” (Jeremy Rifkin) o, en su versión más crítica al orden del capital, el “manifiesto contra el trabajo” (Robert Kurz), para citar las formulaciones más expresivas.

Paralelamente al desarrollo de las tesis acerca de la deconstrucción del trabajo, varios autores contrarrestaron estas formulaciones ofreciendo enfoques analíticos fuertemente diferentes. Entre ellos podemos citar los estudios de István Mészáros, Alain Bihr, Jean Lojkine, David Harvey, James Petras, Thomas Gounet, Joao Bernardo, Giovanni Mazzetti, Maria Turchetto, Danielle Linhart y Antonino Infranca, entre aquellos que se encontraban en el universo de países del Norte, además de los estudios críticos alternativos que florecían en suelo latinoamericano como los de Alberto Bialakowsky, Adrián Sotelo Valencia, Julio Neffa y Renán Vega Cantor, entre otros.

En ese universo contrapuesto a la equívoca deconstrucción teórica del trabajo, intentada por los llamados críticos de la sociedad del trabajo, merecen ser destacados particularmente los estudios del francés Robert Castel. Contra la hoy grotesca tesis del fin del trabajo, Castel se alinea en la mejor literatura de lo que vengo denominando como una nueva morfología o una nueva polisemia del trabajo. Al hacerlo, muestra las complejas relaciones que surgen del universo laboral, en particular, los lazos de sociabilidad que emergen del mundo del trabajo, aún cuando esté signado por formas dominantes de extrañamiento y alineación.

Como nos recuerda Castel en su magnífico libro Las metamorfosis de la cuestión social, el “trabajo permanece como referencia dominante no sólo económicamente, sino también psicológica, cultural y simbólicamente, hecho que se comprueba por las reacciones de aquellos que no tienen trabajo”, que vivencian cotidianamente el flagelo del desempleo, del no-trabajo, de la no-labor.

En esta selección de artículos publicados para el público argentino, el lector podrá explorar, entre varios otros puntos, una continuidad del tratamiento de la temática del trabajo, toda vez que para Castel, lejos de la simplificación a la que comúnmente se reduce la cuestión, fue “a partir de fines del siglo XVII y comienzos del XVIII que se establece la concepción moderna del trabajo. Pero antes, en la sociedad preindustrial, el trabajo tiene, sin embargo, una utilidad social y la condena del vagabundeo termina por recordarlo”.

Y agrega: “El trabajo es verdaderamente un acto social ya que no puede ser confundido con una actividad privada como el trabajo doméstico, ni tampoco con la actividad singular del oficio, como cuando se era carretero, carpintero, tejedor, antes que ser trabajador. Esta transformación debida a las nuevas formas de la división del trabajo que se realizará con el taylorismo permite el reconocimiento de la función social general del trabajo, es decir, su acceso al espacio público”.

Sabemos -contrariamente a la unilateralización presente tanto en las tesis que deconstruyen el trabajo, como aquellos que hacen su culto acrítico- que en la larga historia de la actividad humana, en su incesante lucha por la sobrevivencia, la conquista de la dignidad, humanidad y felicidad social, el mundo del trabajo también ha sido vital. Es a través del acto laboral, que Marx denominó como actividad vital, que los individuos, hombres y mujeres, se distinguieron de los animales. La célebre distinción, hecha también por Marx, entre el “peor arquitecto y la mejor abeja”, donde el primero concibe previamente el trabajo que va a realizar, en tanto la abeja hace su labor instintivamente. Esa característica tornó a la historia humana en una realización monumental, rica y llena de caminos y encrucijadas, alternativas y desafíos, avances y retrocesos. Sin el trabajo, la vida cotidiana no se reproduciría.

Por otro lado, cuando la vida humana se reduce exclusivamente al trabajo, frecuentemente se convierte en un esfuerzo penoso, alienante, aprisionando a los individuos y unilateralizándolos. Si por un lado necesitamos del trabajo humano y su potencial emancipador, también debemos rechazar el trabajo que explota, aliena y provoca la infelicidad del ser social.

Esa doble dimensión o, más precisamente, dialéctica, presente en el trabajo, es claramente reconocida por Robert Castel. Lo diremos en sus propias palabras: “Al mismo tiempo, el trabajo continúa siendo un factor de alineación, de heteronomía, incluso de explotación. Pero el trabajo asalariado moderno reposa sobre la tensión dialéctica que une estas dos dimensiones: el trabajo coacciona al trabajador y es, al mismo tiempo, la base que le permite ser reconocido”.

Es imposible desarrollar en esta presentación los varios elementos de la construcción teórica de Castel, pero nos gustaría señalar su fuerte e importante crítica a la recurrente noción de exclusión, presente en la casi totalidad de los discursos, aún en los de línea crítica. Para el autor: “La exclusión se impuso hace poco como un concepto al cual se recurre a falta de otro más preciso para dar a conocer todas las variedades de la miseria en el mundo: el desempleado de larga data, el joven de los suburbios, el sin techo, etc. (...) La cuestión de la exclusión deviene entonces en la “cuestión social” por excelencia. El impacto no cesó desde entonces”.

Según Castel, hay fuertes razones para rechazar el uso conceptual de la noción de exclusión: “La primera razón para desconfiar de la exclusión, es justamente la heterogeneidad de sus usos. Ella nombra una infinidad de situaciones diferentes, borrando la especificidad de cada una. Dicho de otro modo, la exclusión no es una noción analítica. No permite llevar a cabo investigaciones precisas de los contenidos que pretende abarcar”.

Y agrega: “En efecto -la segunda y principal razón para desconfiar de esta noción- hablar de exclusión conduce a autonomizar situaciones límites que toman sentido únicamente si las reubicamos en un proceso. De hecho, la exclusión se da como el estado de todos los que se encuentran por fuera de los circuitos activos de intercambios sociales. En última instancia, esta señalización puede valer como una primera localización de los problemas que deben ser analizados, pero habría que agregar enseguida que estos “estados” no contienen su sentido en sí mismos. Son el resultado de diferentes trayectorias que los marcan. Efectivamente, no nacemos excluidos, no fuimos siempre excluidos, a menos que se trate de un caso muy particular”.

La reflexión crítica de Castel avanza sobre otros puntos que aún hoy, en pleno siglo XXI, son cruciales y fuertemente polémicos para la izquierda anticapitalista: el papel del estado, la significación histórica del mercado, los sentidos del trabajo, el papel del intelectual crítico, etc. Todos estos temas son tratados en este libro. El lector encontrará sobre cada una de estas cuestiones una reflexión inteligente y provocativa. Su lectura posibilitará una serie de polémicas y controversias, concordancias y disonancias, confluencias y diferencias. Mucho mejor para los lectores que saben que las cuestiones cruciales de nuestros días sólo podrán ser resueltas con mucha reflexión, análisis y polémica.

Fecha de Edicion: 
Julio / 2004

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