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Chicos de la calle, subjetividades en riesgo

 

¿Qué significa escuchar a un niño en el proceso del cuidado de su salud?
Es básicamente hospedarlo en su singularidad, saber que la voz de sus padres no es necesariamente la suya,  pese a que hace trama con ella, reconocer su modo de producción de sentido y de corporeidad.
Hospedarlo entonces, sometiéndonos al hecho de que su desamparo interpela al nuestro
Alicia Stolkiner

En el presente trabajo es nuestra intención poder abordar diversos cuestionamientos respecto de nuestra rotación en Atención Primaria de la Salud, la cual tiene lugar en el Centro de Atención Integral del Niño y Adolescente (CAINA), un centro de día para chicos en situación de calle. Nos proponemos como objetivo poder pensar acerca de la constitución subjetiva de dichos sujetos y sus avatares, y poder preguntarnos acerca de la función que tiene la institución para la conformación de la misma. Asimismo quisiéramos trabajar acerca de las dificultades emergentes en la modalidad de lazo que presenta esta población y poder dar cuenta cómo se pone en juego la misma en nuestro encuentro con ella. Es a partir de ello que se pensaran las maniobras transferenciales como una apuesta para producir posibles efectos en sus subjetividades.

 

La institución

El CAINA fue creado en el año 1991, dependiendo de la Secretaria de Promoción Social del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, como Centro de Día para la atención, contención, diagnóstico y acompañamiento de niños, niñas y adolescentes hasta 18 años de edad que viven, deambulan o trabajan en las calles de la Ciudad de Buenos Aires. Consiste en una institución de puertas abiertas donde los chicos concurren y permanecen en forma voluntaria, por libre elección, siendo éste un escenario donde existen pautas y límites normativos diferentes a los de la calle. Concurren aproximadamente entre 15 y 20 chicos diariamente. El objetivo general de la misma implica que desde la singularidad de cada sujeto, se puedan pensar diferentes estrategias que apunten a generar alternativas a la situación de calle, mejorar la calidad de vida y a disminuir los riesgos y vulneración de sus derechos. En su accionar cotidiano, brinda servicios de alimentación e higiene, propuestas educativas y recreativas acordes a los intereses de la población, fomenta el vínculo entre pares y con los adultos, favorece la revinculación con su medio familiar, o en casos excepcionales su derivación hacia algún lugar de permanencia convivencial, comunidades terapéuticas o establecimientos de salud, articulando su trabajo con instituciones sanitarias, jurídicas y sociales.

 

Primeros bocetos acerca del encuentro con el Caina

¿Por qué escribir acerca de esta rotación? ¿Qué es aquello que nos convoca del Caina? Si bien continuamos atravesando nuestro recorrido allí, en el transcurso desde que comenzamos hasta el momento actual, hay cuestiones que se han transformado. Lo cierto es que los primeros encuentros con el Caina no han sido fáciles, se dificultaba entender la lógica de la institución así como también eran arduas las problemáticas de la población a las cuales nos enfrentábamos. No es sencillo hacer una rotación cuando las situaciones no son las favorables, cuando las variables que se ponen en juego son tantas e imposibles de trastocar. Es cierto que en los hospitales también nos encontramos con una realidad compleja: pacientes sufrientes, familias "complicadas" que no saben cómo posicionarlos en relación a lo que sufren o que inconmoviblemente lo posicionan en el lugar de desecho, falta de recursos de todo tipo, desde dispositivos adecuados y que alojen, hasta insumos o capital humano. Pero la realidad del Caina es otra, no nos atrevemos a decir más compleja pero si más cruda, menos velada, es aquella realidad que uno sabe que existe pero que por momentos olvida para no sentirse impotente o para no comprometerse. La institución nos confrontaba con las secuelas de los fracasos gubernamentales, con la encrucijada de la pobreza, con la caída de la institución familiar, con la violencia institucional, con los márgenes de la ciudadanía y el impacto que esto tenía en aquella población así como también con el modo particular que cada uno encontraba de transitar su historia. Quizá por toda la conmoción que puede implicar ello, nos encontramos escribiendo para tratar de elaborar algunas cuestiones y no quedar entrampadas en la impotencia sino que nuestros primeros análisis puedan transformarse en un recurso de potencia para poder continuar en la institución y poder saber hacer con ella.

 

Nuestro encuentro con el CAINA

Al dialogar con los chicos que concurren a la institución, nos topamos que ante la pregunta del por qué viven en la calle nos resulta llamativo que la respuesta siempre es la misma: que la calle es mejor que estar en su propia casa. Son múltiples las razones de ello, maltratos, violencia, abusos, falta de recursos económicos, entre otros. Esto nos lleva inevitablemente a pensar acerca sus constituciones familiares y las conflictivas y el modo en que sus otros primordiales los han alojado como cuestiones que producen efectos en sus subjetividades, así como también acerca de la modalidad de respuesta que tienen estos sujetos ante el encuentro con la vida. Sabemos la importancia que adquieren las figuras parentales en la constitución del sujeto así como también que los avatares en ese vinculo primario generan fallas en dicha subjetividad. Son varios los autores que conceptualizan acerca de dicha temática.

Por su parte, Freud en su teorización sobre el complejo del semejante, conceptualiza la construcción del aparato psíquico y la importancia de la presencia de la percepción de un otro que sirva de semejante. El otro es simultáneamente objeto de satisfacción y objeto hostil así como el único objeto auxiliador. El semejante, entonces, resulta dividido entre aquello que puede ser comprendido por el infans, y por ello reconducido a una noticia de su propio cuerpo, y aquello que resta incomprendido, permanece hostil, no tramitado, pero no por ello menos presente. Así, como de la vivencia de satisfacción se induce la atracción hacia el objeto de deseo, de la vivencia de dolor se incita la defensa primaria, la repulsa a mantener investida la imagen mnémica del objeto hostil. A partir de ello, nos interrogamos acerca de qué sucede cuando en el otro semejante prima la hostilidad en detrimento de experiencias de satisfacción, tal como suponemos en los relatos de las historias de los chicos que acuden al CAINA. ¿Cómo se inscribe esta predominancia de lo hostil en el aparato psíquico? ¿Qué consecuencias conlleva la no inscripción de experiencias de satisfacción en el origen?

J tiene 13 años, aunque aparenta de menos. Desde sus inicios en el CAINA se constataba una dificultad en la relación tanto con sus pares como con los adultos. Luego de semanas de estrategias lúdicas para el armado de un vínculo, es que comienza a deslizar paulatinamente retazos de su historia. Cuenta que convivía con sus tíos y su madre ya que su padre los abandona cuando ella queda embarazada. Refería que el tío lo golpeaba “por cualquier cosa” y que su madre no hacía nada al respecto, agravándose esta situación ante el fallecimiento de la misma, lo cual motivó la huida de su casa hacia la calle.

Teniendo como referencia esta viñeta y repensándolo desde la teoría libidinal freudiana cabe preguntarse cómo ha libidinizado aquella familia a este niño. Allí donde Freud plantea que en la constitución del narcisismo primario son los padres quienes con una actitud tierna hacia su hijo lo libinidinzan, atribuyéndole toda clase de cualidades de perfección, y encubriendo sus defectos posicionándolo en el lugar de “ His majesty the baby” ( Freud, 1914), en la viñeta mencionada nos encontramos con lo inverso. Un niño que está inmerso en un ambiente catastrófico, donde es rechazado por un padre que no lo nombra, es violentado por su tío cotidianamente, y donde su madre queda en un lugar de impotencia sin defensa para J, siendo la huida hacia la calle la única salvación posible.

Por su parte, Lacan, en la Conferencia de Ginebra sobre el síntoma, destaca la importancia que tiene para un sujeto la manera en que fue deseado, haciendo referencia a aquellos que vivencian su vida bajo el efecto de no haber sido deseado por alguno de sus padres. En palabras del psicoanalista “Los padres modelan al sujeto en esa función que titulé como simbolismo. Lo que quiere decir, estrictamente no que el niño sea el principio de un símbolo sino que la manera en que le ha sido instilado un modo de hablar, no puede sino llevar la marca del modo bajo el cual lo aceptaron sus padres”. Ello se pone en juego en L, un joven de 16 años, quien refiere que se encuentra en situación de calle desde la llegada de sus hermanos pequeños. “La casa es chica y la comida no alcanza. Mi mamá se ocupa de los demás y no hay lugar para mí”. ¿Cómo pensar el hecho de que L se marcha y que no hay otro que vaya a auxiliarlo registrando su ausencia y reclamando su presencia? ¿Se trataría de rechazo? ¿Indiferencia? ¿Inexistencia? ¿Hay lugar para L en la subjetividad de esta madre?

Tomando los aportes de Winnicott, el mismo se pregunta qué sucede cuando el hogar no proporciona un marco de seguridad y estabilidad emocional para el sentimiento de continuidad y existencia del niño. Haciendo referencia al niño antisocial, plantea que al no encontrar en su círculo cercano dicha estabilidad, recurre a la sociedad para que sea ésta la que le proporcione un control externo a fin de superar las primeras y muy esenciales etapas de su crecimiento emocional, a modo de compensación ante la deprivación de un medio suficientemente bueno. Sin embargo, parecería que nuestra sociedad actual replica la falta de un marco de seguridad y el rechazo originario, mostrando una posición ambigua hacia estos chicos: o los condena por sus actos delictivos o los invisibiliza como quien no existe, no es. En definitiva, tanto una como otra posición los desubjetiviza, quedando sumidos en la exclusión. De este modo, la calle pasa de ser territorio soporte de este quedar “por fuera”, donde permanecen sumergidos en la sobrevivencia. Consideramos el funcionamiento de la institución CAINA como una excepción a la repetición de la exclusión, al apuntar al restablecimiento de la subjetividad de estos chicos brindándoles un marco de pertenencia, siendo un Otro que los legitima y los rescata del desamparo. “¿Qué haríamos sin el CAINA?” nos preguntó alguna vez I. a una de nosotras durante un desayuno, ¿Qué haríamos? se le repreguntó. “Seguramente yo te esté robando a vos”. La institución, tal como lo confirma la viñeta, habilita otro lugar posible para estos chicos, un espacio donde en un trabajo cotidiano e insistente, se apunta a conmover estos destinos cristalizados y donde se los ubica en un lugar de semejante ante otro que no los degrada sino que los humaniza.

 

Avatares en el encuentro con el CAINA

Ahora bien, el encuentro de esta población con la institución no es sin obstáculos. Los efectos en las subjetividades de los chicos en situación de calle debido a las fallas en el ambiente primario y la posición que asumen estos jóvenes, se vislumbran primordialmente en la modalidad de hacer lazo con los otros. Dicha modalidad está teñida de dificultades siendo el rechazo, la agresión y la decepción los modos de enlace que predominan. Tomando los aportes de Aguirre y Burkat, los mismos plantean que para que un sujeto pueda confiar en un otro es condición que pueda contar con una relación confiable previa que opere a modo de base en la que pueda apoyarse. Al respecto, se preguntan qué sucede en la práctica de la confianza si aquella base, el suelo donde se apoya, se derrumba. Refieren entonces que el ejercicio de la confianza pasa a convertirse en una “apuesta sin garantías y no un voto que expresa una decisión consciente apoyado sobre la “seguridad” de un vínculo preexistente”. (2006, p.2) Nos repreguntamos, entonces, qué ocurre con estos chicos en los que quizás aquel vinculo previo de confianza necesario para poder ejercerla, nunca existió. Parecería que están dadas las condiciones para percibir a los otros como posibles amenazas, peligros a los que se está expuesto y por ende de los que hay que defenderse. Entonces, dadas las circunstancias, ¿Cómo lograr que estos sujetos puedan construir un vínculo de confianza para con la institución? Creemos que ello implica un trabajo arduo resultando fundamental el mostrarse presente, tolerando aquellos embates cotidianos, sobreviviendo al ataque, como diría Winnicott.

Pensamos nuevamente en I, un joven con una marcada tendencia al consumo de pasta base, con quien se trabajó su derivación a una comunidad terapéutica. Tras haberlo acompañado a la casa de su madre para que se reencuentre con su familia e informarle la noticia, se mostraba entusiasmado de que esta vez iba a “hacer las cosas bien”. Al día siguiente de haberse efectuado su derivación, I. amanece en la puerta del CAINA refiriendo no haber “aguantado”.

Con J, por su parte, se trabaja su ingreso a un Hogar convivencial. Era llamativo como ante la mínima palabra que se le dirigía en relación a ello J reaccionaba a través del cuerpo, huyendo o golpeando. Se lo notaba nervioso y esto se constató cuando el día en que se iba a efectuar su derivación J no acude al CAINA, ausentándose por varios días. Semanas más tarde se logra efectuar el ingreso de J al Hogar, aunque el mismo se escapa unos días durante su estadía para regresar luego, recibiéndolo nuevamente a pesar de su huida. Ubicamos en estas dos viñetas la relevancia que cobra el estar presente ante las idas y venidas de estos sujetos, para que a partir de sus recorridos puedan ir encontrando un marco estable que siga de pie frente a sus dificultades de lazo. En palabras de Winnicott “ El niño debe también adquirir un considerable grado de confianza con el nuevo medio, en su estabilidad y su capacidad para mostrarse objetivo, antes de decidirse a renunciar a sus defensas contra la intolerable angustia que cada nueva deprivación pueda volver a desencadenar” (Winnicott,1954,p. 207). Cuando hacemos referencia a tolerar los embates no sólo apuntamos al hecho de soportar el no mantenimiento de aquellas intervenciones que implicarían el bienestar de estos sujetos, sino también al poder sostener la institución más allá de conductas trasgresoras que se ponen en juego tales como robos al personal que trabaja en ella, agresiones físicas y verbales. Sin embargo, este tolerar no es a cualquier precio, es a través de la instauración de límites y las consecuencias ante el no cumplimiento de los mismos, ejemplificado en suspensiones a los chicos que rompen las reglas de convivencia, así como en la participación en grupos de reflexión donde puedan pensar acerca de sus actos. Ello se debe a que para que la institución funcione como un marco de pertenencia para esos sujetos, el pertenecer también implica responsabilizarse.

La psicoanalista Silvia Bleichmar propone reemplazar la clásica concepción de penalización como base de un aprendizaje futuro, estrategia tan fallida de veras, por la de la concepción de construcción de legalidades, tratándose la misma de la posibilidad de construir respeto y reconocimiento hacia el otro y que a partir de ello pueda instaurarse una legalidad posible. Bleichmar hace referencia a que no es posible instaurar la ley, si quien la instaura no es amado y respetado. En palabras de la misma “Hay un punto que tiene que ver con la creencia en la palabra del otro y eso tiene que ver con la educación. No se aprende por ensayo y error sino por confianza en el otro. Se aprende porque uno cree en la palabra del otro” (2012, p 31) Es por ello que podríamos pensar que la función que intenta asumir el CAINA y los personajes que encarnan al mismo es la de una palabra autorizada, legítima y posible desde la instauración de la confianza. Tenemos que considerar, tal como dice Bleichmar, “que no es a nosotros a quienes no nos creen sino a todos los que representamos como herederos de una tradición de descreencias y frustraciones. Hay que considerar esto y tener mucha paciencia” (2012, p 68)

La viñeta de F. nos permite transmitir como se pone en juego la construcción de legalidades a través del armado de una relación de confianza. Ella proviene de una familia donde la sexualidad circula pero sin posibilidad de velo ni prohibición. Tanto su madre, como su tía y sus hermanas ejercen la prostitución, siendo incluso el nacimiento de ella producto del comercio sexual de su madre con un cliente. En la casa, junto a las nombradas familiares vivía un tío, quien le ofrecía dinero para acceder a su habitación y “hacerle un favor", siendo esto sabido por los restantes miembros pero sin consecuencias. Podemos pensar allí la sexualidad instalada como un modo de comercio, con dificultad de entrever la parte amorosa del acto y la prostitución como el lugar donde se instalaban las mujeres de esa familia. Una casa sin prohibición al goce, sino con un goce desmedido. En el CAINA, luego de mucho trabajo en torno a la instauración del vínculo con los operadores, se comienza a trabajar acerca del vinculo amoroso de F. con un chico que conoce en calle. Hace de una de las operadoras su confidente y le va comentando que sucede con él, la misma le va dando sentido a sus sensaciones y actos nombrándolos como sentimientos y construyendo junto a ella una novela amorosa. La novela presenta sus avatares debido al consumo de drogas de él, sus acciones delictivas y la aparición de nuevas figuras femeninas, lo cual genera vaivenes en la relación. Es a partir de ello que se instaura la posibilidad de hablar del vínculo amoroso y “del cuidado”. Cuidado del otro hacia ella, de ella hacia el otro, cuidado de su relación amorosa y sexual, donde no todo puede estar permitido sino que hay cuestiones que se pueden dar bajo ciertas condiciones

 

 

 

 

Reflexiones finales

Cuando la niñez o la juventud dejan de ser fiesta y devienen pathos y dolor, sea por efecto de la exclusión o simplemente por

consumirse a sí misma, es nuestra responsabilidad como comunidad y también como analistas de devolverle el valor a su palabra

J.Dobón.

 

Encontrarnos con el CAINA fue encontrarnos con un modo de alojar a estos chicos, a sus historias de desarraigo, sus cuerpos maltratados y el modo singular que cada uno hallaba de expresar su malestar. Dar lugar a que esto se instale habilita a visualizarlos como a un otro semejante, humanizándolos y posibilitar a partir de ello una restitución de su subjetividad. Transferencialmente es bancarse la desilusión de no ser creído y no por ello renunciar a la apuesta. Tolerar sus ataques, estando presente más allá de estos, pero no al precio de un “vale todo” sino a través de la construcción de legalidad. Transferencia ardua si la hay, casi de un cuerpo a cuerpo, se trata de insistir una y otra vez, creer en ellos y en sus potencialidades para ayudarlos a proyectar un futuro diverso a su realidad actual, a este presente apagado y angustiante, repitiendo los intentos de apuesta para el surgimiento de alguna diferencia.

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

  • Aguirre E. y Burkart M. “Los vínculos actuales: confianza o amenaza” Ficha de Cátedra Universidad Nacional de La Plata Facultad de Psicología Psicoterapia II (Publicado en Campo Grupal N° 83 A propósito de Ignacio Lewkowicz. Octubre 2006.)

  • Bleichmar, S. (2012) Violencia social - Violencia escolar. De la puesta de límites a la construcción de legalidades. Buenos Aires Noveducum

  • CAINA. Caracterización del dispositivo. Mayo 2014

  • Dobón, J. (2006) Tragedias subjetivas y mitologías contemporáneas de la Cultura de Riesgo. Derecho, Filosofía y Psicoanálisis. Buenos Aires. Del Puerto

  • Freud, S (1985) Proyecto de una psicología para neurólogos. Amorrortu

  • Freud, S. (1914) Introducción al narcisismo. Amorrortu

  • Lacan, J. (1975) Conferencia de Ginebra sobre el síntoma

  • Winnicott, D. (1954) Deprivación y delincuencia. Paidós

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Articulo publicado en
Marzo / 2016

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