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Arte de la crueldad

 

“¿Guernica? ¡Es obra de ustedes, yo no fui su autor!”
Pablo Picasso

 

En su libro Vida y muerte de la imagen (Historia de la mirada en Occidente), Régis Debray divide la historia del arte en tres edades de la mirada: “nuestra mirada fue mágica antes de ser artística. Y en la actualidad se está haciendo económica”.
Podríamos agregar también que una de las características más significativas del arte del siglo XX y del contemporáneo es la “crueldad”. Ya el poeta Charles Baudelaire, en su obra “Las Flores del Mal”(1856) – verdadera summa de textos, que inauguran la poética de la modernidad- afirmaba: “soy la herida y el cuchillo. Bajo el disfraz de la injuria y la difamación hay la mirada del flanéur, ese personaje que callejea sin rumbo a través de la crueldad de un mundo moderno y urbano. He aquí, la paradoja de las expresiones cínicas y crueles de este ex/céntrico dandy: “Si un artista pidiese al Estado el derecho de tener uno o dos burgueses en su caballeriza, todos se escandalizarían, mientras que si un burgués pidiese asado de artista, todos lo encontrarían natural”.
El arte de la crueldad de Baudelaire, es la fuerza de ataque, que desplegó para sobrevivir, a su manera una fuerza de resistencia frente a la crueldad exterior, frente al optimismo superficial del progreso de la modernidad, ligado al simple curso del tiempo.
Ya lo decía Schopenhauer, nadie puede mandar al artista que haga una obra “elevada”, “moral”, “noble”, “cristiana” y “piadosa”, que deje de ser esto o lo otro; porque tanto el artista como su obra es el espejo de la humanidad y presenta a ésta la imagen fiel de lo que siente. En eso consiste el drama de Baudelaire, y para decirlo en términos sartreanos, su obra es “una intimidad exterior”. La contradicción de su vida y su obra: un juego cruel de contrarios que se vuelve figura paradigmática, no sólo del autor sino del arte moderno:
“Soy la herida y el cuchillo”.
Luego de la primera guerra mundial, pintores expresionstas como Otto Dix, Oscar Kokoschka o Emil Nolde, verdaderos “artistas del escalpelo” desplazaran el arte de la herida al del cuchillo.
Y después, los fundadores del dadaísmo afirmarán: la vida debe doler. O las propuestas del futurismo a favor de “la guerra, como higiene del mundo”. Conocemos como siguió todo esto. Hasta la vuelta de tuerca dada por Artaud en su ya clásico “Teatro de la Crueldad”, o el mismo Kafka en su famosa y absurda “Metamorfosis” ante la impiedad del nuevo y supuesto “humanismo” moderno. A esta altura de la historia del arte, cabría preguntarse ¿No había suficiente muerte e impiedad, para que el arte, a su vez se transformara en una crónica de la crueldad del siglo XX?
Si el arte pretendidamente antiguo todavía era “demostrativo” (lo que ocurrió hasta el siglo XIX con el impresionismo como punto culminante de la tendencia dinámica y la disolución completa de la estática de la imagen medieval del mundo, que es lo mismo que decir de la economía cerrada de la Baja Edad Media al movimiento y el cambio del Capitalismo), el arte del siglo XX se convirtió en “mostrativo”, en el sentido de que es contemporáneo del efecto de estupor de las sociedades de masa, sometidas al condicionamiento de la opinión y la propaganda de los mass media.
Sin remontarnos a “los desastres de la guerra” napoleónica pintada por Goya, volvamos a recordar la respuesta de Picasso a un nazi que lo interrogaba en 1937 a propósito de su obra más emblemática: - “¿Guernica? ¡Es obra de ustedes, yo no fui su autor!”-
Las figuras de Picasso sufren un mayor proceso deshumanizador. En ellos se separa la iconografía de las formas de un modo que no se había advertido antes en el arte occidental. Más marcadamente que nunca lo inorgánico, lo monstruoso, lo animal y lo caótico, se adueñan cruel y totalmente de la figuración humana.
Tanto en Goya como en Picasso nos asomamos a los abismos de la condición humana, y descubrimos que la conducta denominada crueldad es, profunda e irremediablemente humana. Hasta Goya, el arte occidental había plasmado la crueldad y lo monstruoso como una excepción; en Goya y después en Picasso el descenso al infierno de la crueldad se convierte en la norma. Deja de estar en el exterior para aparecer en el corazón del individuo. En el cuadro Caníbales preparando a sus víctimas, del año 1808 observamos que los hombres que devoran a sus semejantes son jóvenes que sonríen mientras desollan y cortan a sus víctimas, figuras con las que cualquier espectador podría identificarse físicamente. La representación de la crueldad ya no necesita de seres fantásticos. Lo auténticamente cruel es descubrir que la bestia está en el seno del ser humano. Se pasa de lo fantástico-maravilloso(El Bosco) a la crueldad-monstruosa (Goya-Picasso).
El ojo y la boca de la figura humana se transforman en pura voracidad, ya no son órganos de comunicación e intercambio, sino que se imponen como pura agresividad, deseo de dominar y destruir al otro (Sade-Bataille). Esta evidencia de la crueldad del hombre nos convierte a todos en el Saturno devorando a su hijo, de Goya. A propósito de esta “estética trágica”, Eurípides advirtió que nada de lo que es fatal nos debe parecer cruel.Pero, la innegable crueldad que se observa en muchas de las telas de ambos pintores, no podemos atribuirlas simplemente, a la personalidad de los artistas, más bien son prolongaciones del espíritu atormentado de sus épocas. Y en el caso de Picasso, también, viene abonada y hasta forzada por la índole de su propio lenguaje pictórico. Incluso, para que sus cuadros no resultaran tan crueles, Picasso tendría que contrariar su estilo más definitorio. Estilo que, por su puesto no ha brotado de la nada, y que sería el resultado del indiscutido dominio del imperio de la crueldad. Crueldad sistemática, y no meramente excepcional. Si hay un ámbito en donde entroncaría por su propio peso lo que Kierkegaard llamó en su Diario, “el silogismo de la crueldad”, es éste: el espacio pictórico de los cuadros de Picasso, aunque Kierkegaard lo exorbita con su irracionalismo, pues llega a considerar que todo racionalismo ya ético, ya político, ya religioso, ya artístico, en el fondo no es sino “crueldad organizada”.
Sin embargo, y aunque el lenguaje que use sea de los más crueles de la historia de la pintura, sus obras más famosas como “Guernica”, “Osario”, “Masacre de Corea”, y muchas otras, nos hablan fundamentalmente de un artista que se conmueve y preocupa por la suerte de los demás o por las injusticias y crueldades a las que son sometidos. Así, que la “crueldad artística” de Picasso no es de su exclusiva incumbencia, y es menos personal que nunca, por verse más víctima de su lenguaje y del contexto cruel que le tocó vivir. La suma de crueldades y destrucciones que, para él, es un cuadro como Guernica, es también ya una suma de consecuencias.
La Mise en Abyme(*) sería la respuesta del arte a la impiedad contemporánea. Desmesura por desmesura. Crueldad por crueldad.
La antigua estrategia de la representación en el arte, cede entonces el lugar a la perplejidad de una “presencia”, no sólo insólita o asombrosamente onírica, como en la estética surrealista, sino insultante, abyecta y desididamente cruel. Emplear en el arte moderno la concepción de representación clásica, es mutilarla cruelmente. Sobrepasar toda representación, para exibir sin atenuantes la presencia misma del acontecimiento cruel. Así lo haría la fotografía instantánea al tratar de captar el momento único e irrepetible de la misma muerte en vivo. Como una especie de “anatomía viviente de la crueldad”, donde la violencia más absoluta es apresada para siempre en los centímetros cuadrados de las superficies fotográficas.
“Tomar una fotografía es tener interés en las cosas tal como están, ser cómplice de cualquier cosa que vuelva algo interesante digno de fotografiarse, incluyendo, cuando ése es el interés, el dolor o el infortunio de otro”, nos dice Susan Sontang.
En el film de Michael Powell El mirón (1960), un cruel psicópata mata a las mujeres al fotografiarlas, con un arma escondida en la cámara. Jamás toca sus cuerpos (sacar una fotografía es un acto de no intervención: la víctima no puede registrar; el que registra no puede intervenir), sólo quiere sus imágenes en el momento de morir, para luego proyectarlas en su casa y satisfacer su placer en soledad. La cámara es un arma: un cuchillo, un fusil, o un falo como en el film Blow up (1966) de Antonioni.
En este sentido, como dice Sontang “fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamas se ven a sí mismas, transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente”.
Por otra parte, “el arte de la crueldad” supone cierta transferencia de la crueldad de lo real, al artista, a su obra y luego al espectador, que conduce a una aflijente fascinación por las imágenes en vivo de escenas violentas, violaciones, crímenes sangrientos y crueles.
¿Qué plusvalía placentera extrae el artista y el espectador de esta “cruel dominación visual” del sufrimiento, la dominación y anulación del otro?
Pregunta complicada de resolver y que exigiría abordar y pensar una Historia de la Crueldad, que no es otra cosa que la historia misma de la humanidad. A propósito, es muy ilustrativo el libro de Georges Bataille “Las lágrimas de Eros”, y en el campo del séptimo arte “El Cine de la Crueldad”, de Andre Bazin sobre las obras de Luis Buñuel, Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock y Erich von Stroheim.
También, es muy interesante rescatar algunas de las reflexiones de Antonin Artaud sobre su Teatro de la Crueldad”. El teatro para Artaud no es una representación. Es la vida misma en lo que ésta tiene de irrepresentable. “La vida es el origen no representable de la representación”(Jaques Derrida). “He dicho, pues, crueldad como hubiera podido decir vida” (Antonin Artaud). En el mismo texto se define al teatro de la crueldad como la afirmación de una terrible e ineluctable necesidad. No es la representación de un vacío, sino la afirmación misma de la crueldad de la vida. Esta opera como una fuerza permanente. Y la crueldad está siempre a punto. Otra cuestión importante, es que en el teatro de la crueldad se opera la clausura de la mímesis Aristotélica, como una forma ingenua de imitación y de la representación en la historia del arte. El arte no sería la imitación de la vida, sino que la vida es la imitación de un principio trascendente con el que el arte nos pone en contacto.
El teatro de la crueldad expulsa a Dios de la escena. La práctica de la “crueldad teatral”, su acto y su estructura produce un espacio no-teológico. De ahí que esta concepción del teatro sea sumamente peligrosa, pues rompe la mediación, pone y nos pone en contacto con la experiencia misma de la crueldad.

En síntesis, si el “arte de la crueldad” es esencialmente humano, también lo es su libertad: la crueldad como acto creativo es el ejercico de la libertad.
¿Qué vemos en el Guernica?. Vemos barbarie, muerte, monstruosidad, violencia, tragedia, guerra, crueldad. Sin embargo, Picasso no empuñó un arma. Empuñó un pincel.
El arma mata. El pincel inmortaliza.

 

Por Héctor J. Freire
Escritor
hector.freire [at] topia.com.ar

 

 

 

 

 

Notas:
(*) Puesta en abismo: alude a la inclusión, dentro de una obra de arte, de un enclave que reproduce aspectos o fragmentos de la obra total. La puesta en abismo genera así juegos espejados de fragmentación y potencial reproducción al infinito, donde incluso el artista y el espectador son incluidos en el cuadro. Una escena de pura reciprocidad: vemos un cuadro desde el cual, a su vez, nos mira el pintor. Un cara a cara donde el contemplador y el contemplado se intercambian sin cesar: ninguna mirada es estable.¿Vemos o nos ven?, se pregunta Michel Foucault, a propósito de Las Meninas, de Velázquez.

Bibliografía:
Marrero, Vicente, Picasso y el monstruo. Ed. Universidad Complutense de Madrid.1986
Virilio, Paul, El procedimiento silencio. Paidós, Barcelona 200l.
Sontang, Susan, Sobre la fotografía . Ed. Edhasa, Barcelona 1996.
Derrida, Jaques, Dos ensayos . Cuadernos Anagrama, Barcelona,1970
Cortés, José Miguel. Orden y Caos. Anagrama, Barcelona,1997
Kermode, Frank. Formas de atención. Gedisa,Barcelona, 1988
Bataille, Georges. Las lágrimas de Eros. Tusquets, Barcelona,1997.
Brest Romero, Jorge. La Pintura del siglo XX. Fondo de Cultura Económica, México, 1978
Bazin, Andre. El Cine de la crueldad. Ed. Mensajero, Bilbao, 1977
Artaud, Antonin. El Teatro de la Crueldad. Ed. Argonauta, Buenos Aires, 1971
Marías, Fernando.Foucault, Michel.,y otros . Otras Meninas. Ed.Siruela, Madrid. 1995
 

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Articulo publicado en
Octubre / 2003

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