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Identidad y envejecimiento

 

¿Por qué indagar la identidad en el envejecimiento?

Esta perspectiva prioriza el modo en que un sujeto significa las transformaciones que vivencia a partir de los múltiples cambios de contextos: biológicos, psicológicos, sociales y existenciales, que implica el envejecer y que ponen en juego la continuidad de la representación del sí. Las narrativas resultan una pieza clave en esta lectura, ya que promueven un tipo de organización del material que otorga coherencia al concepto de envejecimiento y vejez  y de la identidad.

La jubilación, las enfermedades, ciertos duelos o la presencia de la muerte, entre otros, pueden ser detonantes de cambios en la lectura que realiza el sujeto sobre su identidad, que tensionan y ponen en cuestión al sí mismo, pudiendo incrementar inseguridades, fragilizando mecanismos de control y afrontamiento, demandando nuevas formas de adaptación o modificando proyectos.  

Es así que la identidad, concebida como una narrativa (Ricoeur, 1985, 1999; McAdams, 2001), posibilita integrar los significados del sí mismo y dotar de sentido a la propia experiencia vital (Villar, 2003) ante situaciones de disrupción o discordancia, entre el relato de sí y el contexto.

 

La identidad situada en un contexto social

La comprensión de la identidad resulta posible en la medida que se piense en un contexto con representaciones y expectativas específicas acerca del envejecimiento y la vejez. Dicho contexto otorga significados a las transformaciones físicas y psicológicas propias de esta etapa; a la posición del sujeto frente al tiempo; a la relación con el otro y su sociedad; y a las variantes específicas de los cambios que afectan al sujeto y su identidad. Transformaciones que incidirán, en mayor o menor medida, en las representaciones del sí mismo y en las expectativas sociales que se promueven.

El contexto permite subrayar la influencia que tienen los procesos de poder, sostenidos en discursos hegemónicos, que se visibilizan particularmente en los prejuicios y estereotipos sobre la vejez. Tales discursos “viejistas” (Butler, 1969) así como el “viejismo  implícito” (Levy y Benaji, 2004) limitan la posibilidad de un pensamiento crítico que visualice la diversidad, la complejidad y las particularidades que implican el envejecimiento y la vejez; e invisibilizan los mecanismos de poder que llevan a jerarquizar o a dotar de valor a un grupo de edad en detrimento de otro.

 

La identidad en el marco temporal

La identidad posibilita articular la temporalidad a partir de las transformaciones narrativas que otorgan coherencia  a las disrupciones biológicas, psicológicas, sociales y existenciales que se producen en el tiempo.

El tiempo es el marco en el que se suceden la continuidad y la discontinuidad, la permanencia y la impermanencia. Es por ello que el sujeto, para darle coherencia al sí mismo (continuidad y permanencia), utiliza mecanismos narrativos que requieren del pasado, como la reminiscencia, o del futuro, como la conformación de proyectos.

De esta forma, las múltiples interpretaciones del sí mismo que se producen a través de formaciones de sentido, variables en el tiempo, dan cuenta de la transformación y la continuidad. Alteran el relato sobre el presente, resignifican la lectura del pasado y construyen nuevos horizontes de futuro.

Por esta razón, la noción de identidad permite, de una manera ejemplar, condensar  dimensiones subjetivas que precipitan la tensión entre la diferencia y la semejanza, entre lo devenido y lo producido, entre el sí mismo actual y el sí mismo futuro; lo cual es otra manera de concebir al sí mismo en sus diversas dimensiones temporales.

 

El sentido de la identidad

El sujeto busca religarse en una trama que lo defina, le otorgue contornos precisos, le diga quién es. Trama que implica tanto los reconocimientos, afectos, seguridades e intercambios, como las propias relecturas del sí mismo. Esta búsqueda aparece a lo largo de la vida y toma sesgos peculiares en los diversos tipos de envejecimiento en los que se producen disrupciones en la continuidad de sentido, que afectan la posición del sujeto y requieren reelaboraciones identitarias.

El sentido implica la condensación de un significado de sí y de un rumbo a seguir, que se configura en imágenes, representaciones y proyecciones del sujeto en el marco de la identidad. Aun en su fragmentación y en su variabilidad temporal, reaparece la búsqueda de continuidades y semejanzas que integren lo nuevo desde el plano de lo conocido.

 

Identidad y envejecimiento

Ricardo Iacub

Editorial Paidós, 252 páginas

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Articulo publicado en
Noviembre / 2011

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