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¿A quién le gustan los viejos?

 

Ella le dijo: “No me mires”. Él preguntó por qué sin apartar la vista del cielo raso.
—Porque no te va a gustar —dijo ella.
Entonces él la miró, y la vio desnuda hasta la cintura, tal como la había imaginado. Tenía los hombros arrugados, los senos caídos y el costillar forrado de un pellejo pálido y frío como el de una rana. Ella se tapó el pecho con la blusa que acababa de quitarse y apagó la luz. Entonces él se incorporó y empezó a desvestirse en la oscuridad, tirando sobre ella cada pieza que se quitaba, y ella se la devolvía muerta de risa.
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, El amor en los tiempos del cólera.

 

El erotismo en la vejez es una temática poco abordada desde el punto de vista cultural, histórico y político. En un contexto donde diversos grupos sociales han ido conformando una lectura alternativa acerca de la construcción de su diferencia, la forma de hablar de la vejez mantiene un estilo medicalizado o asociado a la salud. Esta reducción en sus abordajes, limita sus perspectivas e impide que se la problematice en términos políticos, es decir, que pueda convertirse en una variable de recambio e innovación cultural.
El objetivo de este artículo es presentar uno de los límites centrales al deseo de los viejos y sobre los viejos, que se instala en la barrera del pudor, el disgusto y la vergüenza frente a sus cuerpos, mucho más evidente que cualquier otra limitación de orden biológico o psicológico, a través de la cual se la intenta explicar, y aun más, recuperar.

 

Sexualidad o erotismo y estética

El erotismo, para Featherstone (1998), es esa infinita variedad de formas basadas en una constante invención, elaboración, domesticación y regulación del impulso sexual o, como sugiere Bauman (1999), “es el procesamiento cultural del sexo”. Son las narrativas de cada época las que promueven esquemas ideales, desde los cuales una erótica se enriquece de nuevos libretos sociales para conformar su estética o su dis-gusto.

 

La construcción del dis-gusto

Entendemos este límite como el rechazo o negación erótica de la imagen de la vejez en el propio sujeto o en el otro, lo cual puede ser pensado como producto de una limitación cultural de una estética de la erótica en la vejez. A diferencia de otras culturas, como la china o de ciertos grupos africanos, donde la imagen de la vejez podía ser bella, o en el pueblo judío donde la edad no cobra un valor central; en la cultura griega y romana, la referencia a la edad, se convierte en un elemento central para determinar la deseabilidad de un sujeto, a quien se llamará “la joven o el joven”.
En la Antigüedad Griega (Foucault, 1984), la actividad y los placeres sexuales no habían sido establecidos como reglas fijas, sino como criterios relativos a una estética de la existencia. Aunque, en lo que concierne a la vejez, sin hallar una prohibición cierta, ni considerarlo poco habitual, se las calificaba de antiestéticas o de vergonzantes1, lo cual configura un tipo especial de limitación. Donde la idea de ya no ser deseables era una referencia más habitual que la de cualquier otro obstáculo erótico.
El momento oportuno o kairós del erotismo era la juventud y el inoportuno era la vejez. La no oportunidad se presentaba en lo antiestético, que se componía a partir de la asociación entre la fealdad, la enfermedad y la muerte, elementos que contradecían la idea del eros “término que alude al dios del amor, concebido como una fuerza fundamental del mundo que no sólo aseguraba la reproducción de las especies, sino también la cohesión interna del cosmos” (Iacub, 2006).
Santos (1996) señala la contraposición recurrente entre la juventud y la vejez, en este caso como “los dulces dones de Afrodita”, frente al dolor, fealdad y pérdida de amor y honra de la vejez.
Horacio marcaba con particular vehemencia la repugnancia del cuerpo de una vieja: “¿Preguntar tú, podrida por tus años sin cuento, qué es lo que enflaquece mi virilidad; tú, que tienes renegrida la dentadura y a quien una vejez añeja ha surcado la frente de arrugas; tú, cuyo asqueroso trasero se abre entre las nalgas enjutas, como si fuera el de una vaca enfermiza? [...]” (Épodos, 8).
Otra referencia habitual del rechazo erótico por el cuerpo de los viejos, era asimilarlos al de los animales, lo cual representaba la imagen de lo distinto y rechazable. Un Priapeo decía lo siguiente: “Una vieja corneja, una carroña, un cadáver ambulante, hecha un asco por el paso de los años” (N° 57).
La crítica hacia el hombre mayor era menos frecuente aunque estaba presente. Tibulo presenta un relato sobre los viejos que se sometían a las “cadenas de Venus”: “Y, con voz temblorosa, se preparaba para piropear y con sus manos pretendía disimular sus canas, no se avergonzó de plantarse delante de la puerta de la joven que quería, ni de parar en medio del foro a su esclava. A él los niños, a él los jóvenes en estrecho círculo lo rodean y le escupen todos en los flexibles pliegues de su ropa” (Elegías, Libro I).
Así, si los jóvenes constituían la propia representación del deseo sensual, lo eran en igual forma del amor, por lo que los viejos estaban excluidos del lugar de objetos y sujetos del deseo (salvo por su dinero, en las Sátiras).

 

Otros relatos

Las historias posteriores que transitan la cultura occidental irán modificando el orden de las limitaciones o habilitando espacios de goces (como en la Revolución Francesa) pero fundamentalmente adaptarán el discurso a las variantes de cada época.
En el siglo XIX, con una lectura medicalizada y burguesa del deseo sexual, que llevó a ver más la enfermedad que los goces, retoma este tema desde la vertiente de los viejos como objetos del deseo perverso, en la medida que se consideró que aquellos jóvenes que podían desearlos eran gerontófilos (Krafft-Ebing Von, 1999). La razón que alegaba para dar cuenta de esta curiosa perversión era que “a nadie le podía gustar un viejo decrépito”, es decir se vuelve a retomar un elemento estético que definirá el campo de la exclusión, ahora desde el discurso psiquiátrico.
En la actualidad se presenta un rechazo, algo menos explícito que en la antigüedad, pero que sigue reapareciendo en la limitación de exponer o gozar con ciertos cuerpos, al tiempo que una fuerte demanda de “estilizarlos”. La mujer aparece como la más limitada en este sentido. Susan Sontag (1972) lo señalaba así: “El punto es que una mujer bien vestida, maquillada, teñida, no es atractiva. La desaprobación puede tomar la forma de la aversión. El envejecimiento es un proceso que consiste en volverse obscena sexualmente por los senos fofos, el cuello arrugado, las manos manchadas, el cabello afinado, el torso sin cintura y las piernas con várices...”.
Se libra una guerra contra el cuerpo que envejece, la cual toma la forma de una mayor necesidad de manejo y uso de terapias diversas frente a los signos del envejecimiento, convirtiéndolo en un rígido objeto de disciplina y en un fetiche del deseo sexual.

 

¿Es posible la estética de la erótica en la vejez?

Ciertas transformaciones culturales parecieran avistarse tímidamente. La importancia del número de personas mayores sumado a cambios culturales de una sociedad uni-age (donde se pierden los patrones sociales generales definidos por edad) y con una ética más hedonista, ponen en cuestión el sentido de la represión del deseo y la aceptación, casi fatal, de la pérdida de belleza y deseo por la edad.
Existen algunos modelos alternativos que parecieran dar espacio a una mirada que integre la belleza en la vejez. Una de estas formas, quizás en el sentido más convencional y al mismo tiempo más curioso, son los transetarios (Iacub, 2003), es decir, los que cambian las formas exteriores propias de la edad (generalmente con cirugías estéticas, prácticas corporales diversas, etc.) y de esta manera sostienen el fetiche del deseo, lo cual les permite pensarse como objetos de un deseo erótico.
Otro modelo surge en los grupos de mayores que admiten la posibilidad de seguir siendo deseables, sin tanta disciplina corporal, aunque limitándose a sus propios marcos en los que se reconstruyen deseos posibles, encuentros y hasta las reconocidas elecciones de reinas de belleza.
Existen una serie de narrativas literarias y fílmicas que comenzaron a ahondar en esta temática, con diversos niveles de resolución. La película Elsa y Fred muestra la belleza de un deseo que busca una Dolce Vita (referencia cinematográfica incluida en la propia película) teniendo en cuenta la edad y la cercanía de la muerte; mientras que en El amor en los tiempos del cólera se sostiene el deseo en la vejez, justificado en los recuerdos juveniles de una pasión interrumpida.
Experiencias realizadas en la Universidad de Yale muestran la efectividad de las bellas imágenes de la vejez produciendo deseo en los mayores, o los efectos impotentizadores de las imágenes críticas o burlonas.
Es por ello que las “bellas imágenes” de la erótica en la vejez son vehículos esenciales para conducir el deseo. No tomar en cuenta esta dimensión puede correr el riesgo de aplanar una dimensión central en el erotismo humano, perdiendo de vista uno de los principales motivos de represión erótica de los envejecientes en nuestra cultura.

 

Referencias bibliográficas:

Bauman Zigmunt: “On Postmodern Uses of Sex”, Featherstone Mike (comp.).: Love and Eroticism, Sage Publications London -Thousand Oaks- New Delhi, Oxford, 1999.
Catulo: Poemas; Tibulo: Elegias, Editorial Gredos, Biblioteca Clásica Gredos, Barcelona, 1992.
Featherstone and Hepworth: “Ageing and Old Age: Reflections on the Posmodern Life Course”, Featherstone Mike (comp.): Love and Eroticism, Sage Publications London-Thousand Oaks-New Delhi, Oxford, 1998.
Foucault, M.: Historia de la Sexualidad I-II-III, Fondo de Cultura Económica, México 1986.
Horacio: Epodos y Odas, Alianza Editorial, Madrid, 1985.
Iacub, R.: Erótica y Vejez. Perspectivas de Occidente, Paidós, Buenos Aires, 2006.
Iacub, R.: “Los transetarios”, Página 12, Bs. As., 2003.
Iacub, R.: Tesis de Doctorado en Psicología, sin editar, 2006.
Krafft-Ebing Von, R.: Psychopathia sexualis, Editions Payot, París, 1999.
Santos, A.: “El Dos, El Tres y El Círculo. La Forma y El Contenido. La Obra y La Naturaleza”, Cuadernos de Filología Clásica España: Estudios griegos e indoeuropeos, Nº 6, 1996.
Sontag, S.: “The double standard of aging”, Saturday Review, The Society, September, 1972.

 

Ricardo Iacub
Psicólogo
riacub [at] fibertel.com.ar

 

Nota

1  La misma lectura de la temática transitan tanto en la antigüedad Griega como Romana.
 

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Articulo publicado en
Octubre / 2008

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