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Imágenes de la destrucción

 

“The horror, the horror”
Marlon Brando -el coronel Kurtz- al final del film
de Coppola, Apocalypse Now

 

“El corazón de las tinieblas”

Lo trágico de la destrucción es impensable, y sin embargo debemos pensarlo. En el ruido de los escombros, las ruinas, la devastación de los cuerpos, y las imágenes catastróficas que nos llegan a través del recuerdo: este año se cumplen 60 años del primer bombardeo atómico de la historia. El 6 de agosto de 1945, un B-29 Bockscar estadounidense, lanzó un nuevo tipo de bomba de uranio sobre la ciudad japonesa de Hiroshima causando la muerte de 140.000 civiles, de sus 350.000 habitantes. “Una luz cegadora”, que se vio a decenas de kilómetros, iluminó por un instante (eterno) la ciudad para después explotar con un gran estruendo a unos 580 metros de altura sobre el centro de Hiroshima. La bola de fuego que se formó tenía 28 metros de diámetro y una temperatura cercana a los 300.000 grados centígrados. Los rayos caloríficos y la onda expansiva redujeron a cenizas todo lo que se hallaba en dos kilómetros alrededor del epicentro. Tres días después, una segunda bomba nuclear, esta vez de plutonio, cayó sobre Nagasaki, ciudad que no había sido considerada como uno de los posibles objetivos. El resultado final: más de 70.000 muertos. “Este es el suceso más grandioso de la historia”, dijo Harry Truman, presidente de los EE. UU., al conocer que el B-29 denominado Enola Gay había lanzado con éxito la nueva bomba, a la que los norteamericanos llamaron Little Boy (niñito). La radiación siguió matando por largos años. Los sobrevivientes no obtuvieron ninguna ayuda hasta 1957. Estados Unidos, potencia ocupante hasta 1952, censuró toda información sobre la barbarie destructiva desatada, y Japón, avergonzado por su rendición incondicional, tardó varios años en asumir la causa de las víctimas. Después de tantos años, la denegación obliga: no nos atrevemos a hablar de lo que da miedo. Lo trágico forma parte de esas cosas. Es un no dicho ensordecedor, ya que si hay algo que en lo histórico-cotidiano es empíricamente vivido, eso es, ante tamaña destrucción que no se ha reducido con el paso del tiempo, el sentimiento trágico de la vida. Este desarraigo extremo como consecuencia de la negación del pasado, y la capacidad de supervivencia del ser humano, son la formidable representación del hombre moderno llevado al máximo. Y que podemos sintetizar en la siguiente “paradoja”: ante la destrucción generalizada (incluida la del medio ambiente), la gran mayoría de la población mundial mira y aparta los ojos al mismo tiempo.
Sin embargo hay una cierta fascinación ante la muerte, que sería lo mismo que decir la fascinación de la mirada, ante el horror de las imágenes proyectadas por los distintos medios masivos de comunicación. Como por ejemplo las transmisiones de la CNN de la caída de las Torres Gemelas. Y que nos hacen reflexionar también, sobre la fascinación del hombre por la guerra y la destrucción. En realidad, con el placer secular que sienten las masas ante los más crueles espectáculos sobre los que se cierne la muerte: el Circo Romano, la Crucifixión, Tenochtitlán, Plaza de Gréve, Nuremberg, New York, Irak. Todo cobra un sentido, pero que únicamente conduce a la destrucción y a la muerte. Schlegel propugna: “¿Tan sólo en el frenesí de la destrucción se revela el sentido de la creación. Tan sólo en el ámbito de la muerte resplandece la vida?”1. Afirmación no tan lejana a la pregunta retórica de Hegel: ¿Hay un vínculo íntimo entre libertad, terror y muerte? La reflexión ante la fascinación por el horror, por el sufrimiento no es, pues, más que un alto en el camino que lleva a la interrogación ante la muerte misma. “The horror, the horror”, dice Marlon Brando (el coronel Kurtz) al final del film de Coppola, Apocalypse Now. Pero tanto Vietnam, las dos guerras mundiales, las bombas atómicas, como la guerra del Golfo y otras tantas ocurridas dentro del siglo XX, por cierto el más corto y sangriento (1914-1989), son meros accidentes dentro de la historia de la humanidad. Lo importante, como así lo demuestra Joseph Conrad en su novela El corazón de las Tinieblas, es el hombre y su afán de destrucción. ¿Qué nos pasa ante la guerra?, ¿por qué no es capaz el hombre de cantarle a la paz, se pregunta y nos pregunta el viejo poeta del film de Wenders Alas del deseo? ¿Por qué nos resulta más interesante el Infierno que el Paraíso, en La Divina Comedia de Dante. O más atractiva la Guerra que la Paz, en la novela de Tolstoi? De hecho, parece seguro que el presentimiento de la muerte domina nuestra vida afectiva. ¿La fascinación ante la muerte como extinción del deseo? Lo que nos llevaría a considerar el dolor como el intermediario y mediador entre la vida y la muerte. De ahí la atracción por las víctimas, semejante a la del caballero que vuelve de las cruzadas (Max von Sydow), en el film de Bergman El séptimo sello, cuando éste, al igual que los televidentes ante el conjunto de imágenes (fotografías, videos, televisión continua, películas) sobre la destrucción que nos rodea, fija su mirada obsesiva en los ojos de la mujer que es quemada viva. Comenta Susan Sontag en su libro Ante el dolor de los demás2: “¿De qué otro modo se llama la atención sobre el producto o arte propios? ¿De qué otro modo se hace mella cuando hay una incesante exposición a las imágenes, y una sobreexposición a un puñado de imágenes vistas una y otra vez?”. La imagen como conmoción y la imagen como clisé son dos aspectos de la misma presencia. Las imágenes sobre la destrucción son un medio que dota de “realidad” a hechos que los privilegiados o los meramente indemnes acaso prefieren ignorar. Y las imágenes, por ejemplo, de las víctimas de una guerra, los muertos de hambre en África, o los registros de la última catástrofe que dejó Katrina, son en sí mismas una suerte de retórica. Estas terminan reiterando, simplificando, agitando. En definitiva, creando en el imaginario colectivo la ilusión de consenso. La destrucción termina siendo una “cosa” genérica, y las imágenes que se describen de ella, son de víctimas genéricas y anónimas. Ante el dolor de “los otros”, las imágenes sobre atrocidades pueden producir, incluso, reacciones muy opuestas: un grito a la paz o un grito de venganza. O la confusión de conciencia, respuesta superficial sin pausa de mera información fotográfica, de que en el mundo suceden a diario cosas terribles, e inevitables.
“Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad, la ofrenda acumulada de más de siglo y medio de actividad de esos turistas especializados y profesionales llamados periodistas. Las guerras son ahora también las vistas y sonidos de las salas de estar”, nos recuerda Sontag.
En esta supuesta “veracidad del dolor” como un estado de “dicha” y tranquilidad de el que mira, “la muerte ya no tiene sentido”, se ha banalizado, se ha vuelto insignificante. En Más allá del principio de placer, Freud concibe “una tendencia a la reducción, a la continuidad, a la supresión de la tensión provocada por la excitación interna”, descubriendo de este modo una relación con la noción de pulsión de muerte. Observación que no podemos dejar de tener en cuenta.
“La muerte como pulsión en tanto ésta habla no sólo de la condición finita del ser humano sino también de sus efectos en relación al otro par pulsional: el Eros. Reconocer y aceptar la fuerza de la muerte como pulsión implica ponerla al servicio de la vida; oponérsele reforzaría su tendencia a la destrucción y a la autodestrucción”3.
“... la muerte como pulsión, por definición, no pertenece a la vida psíquica, esta imposibilidad de ser representada en el inconsciente la ubica más allá de él, pero produce efectos que sólo pueden ser atrapados en su unión con la libido: la tendencia del sujeto al sufrimiento y el dolor, el autocastigo, el suicidio, la insistencia en lo displacentero, la violencia destructiva y autodestructiva... La cultura actual se caracteriza por generar la ruptura de los lazos de solidaridad necesarios para la vida en comunidad. La legitimación de que triunfe el más fuerte determina que la cultura no puede constituirse como espacio-soporte”4.

 

Dialéctica de la mirada

Recordemos, que el nacimiento de la imagen está unido desde el principio de la humanidad a la muerte. Pero si las primeras imágenes surgen de las tumbas, es como rechazo de la nada y para prolongar la vida. Como dice Régis Debray, “la plástica es un terror domesticado”. Sin embargo, la afirmación de Debray aplicable al origen de la imagen, se ha invertido: ahora a partir del incremento de la muerte en la vida social nuestra necesidad de imágenes es más vital y vertiginosa. En este sentido, la materia prima de la actual velocidad de las imágenes, y su posterior fascinación, es la visión. Ante las imágenes de destrucción repetidas sin cesar, miramos lo que no miraríamos. “Todo está en calma”, y, sin embargo, este mundo, tal como lo vemos, está sucediendo, se está destruyendo. De ahí que, en la estrategia de la imagen, no existe lo anecdótico, sino culturas dominantes que nos exilian de nosotros mismos (nos fascinan) y de los otros, una pérdida de sentido que no es tan sólo paréntesis de la conciencia, sino un declive de la existencia. Podríamos agregar, que la definición de Freud sobre lo unheimlich (siniestro), a partir de la lectura del cuento romántico de E. T. Hoffmann, El Hombre de la arena, también se ha invertido: lo extraño, lo extranjero y desconocido, gracias a la transmisión instantánea y global de las imágenes, se ha vuelto familiar. La destrucción se ha vuelto “natural”, cotidiana, rutinaria, y no una excepción. “¿Por dónde habría habido que comenzar una historia natural de la destrucción?”, se pregunta el gran escritor alemán W. G. Sebald (1944-2001), en su contundente e inequívoco libro Sobre la historia natural de la destrucción5.
Sin embargo, mientras se observan las imágenes del desconsuelo y la orfandad, casi destellos “luminosos” de la crueldad y el horror, nos sentimos lejos del dolor de las víctimas. Paradoja interesante que nos lleva a la reflexión sobre la esencia misma de la imagen: ¿nos acerca o nos aleja?
Es lícito pensar que la primera experiencia trascendente del “animal humano”, ese “animal loco” al decir de Castoriadis, fue el desconcertante espectáculo del individuo ante la muerte. Tal vez la imagen de la muerte sea el verdadero estadio del espejo humano: mirarse en un doble, y, en lo visible inmediato (la imagen), ver también lo no visible (la muerte). Y la nada en sí. Traumatismo suficiente para reclamar al momento una contrapartida: construir una imagen de lo innombrable, un doble de la muerte para mantenerse con vida y, a la vez, no ver “ese no sé qué”, no verse a sí mismo como muerto. Ésta inscripción significativa, hace de la fascinación ante la imagen, una ritualización (global en la actualidad) del abismo por desdoblamiento especular. No es casual la relación con esta nueva idolatría virtual, ya que ídolo viene de la palabra griega eidôlon que significa espectro, el fantasma de los muertos, y después imagen. El eidôlon designaba el alma del difunto que sale del cadáver en forma de sombra intangible, o sea su doble, cuya consistencia sutil e incorpórea (virtual), facilita y hace posible la figuración, la construcción de la imagen. La imagen también es la ausencia, y la ausencia es el nombre común del doble. La imagen como sustituto vivo de la muerte. La fascinación ante las imágenes de destrucción, hacen que el yo quede en cierta forma inmunizado, puesto en un lugar seguro. Por la imagen, los vivos se imponen a los muertos. “La imagen, toda imagen, es sin duda esa argucia indirecta, ese espejo en el que la sombra atrapa a la presa. El trabajo del duelo pasa así por la confección de una imagen del otro que vale por un alumbramiento”6.
Es imposible deshacerse del doble sin materializarlo. De la misma manera que los niños agrupan por primera vez sus partes corporales al mirarse en un espejo, nosotros frente a las imágenes de la destrucción, oponemos al horror de la muerte la recomposición por la imagen. Esta estupefacción ante la destrucción como descarga fundadora de la humanidad, llevaría consigo a un mismo tiempo la pulsión del Eros. Representar es hacer presente lo ausente. Por lo tanto no es simplemente evocar sino reemplazar. La imagen está ahí para cubrir una ausencia, aliviar una pena. Ninguna imagen es en este sentido inocente.
Como tampoco es inocente la manipulación de la información que hacen a través de ellas, los centros de poder. Es la barbarie destructiva lo que caracteriza precisamente aquello que la censura intenta ocultar: un “nuevo orden” (su orden) diseñado por los Estados Unidos, cuya cabeza visible es el “cowboy petrolero” Bush. Y donde las “zonas de influencia” es todo el mundo. Este “nuevo orden” posee un rasgo que le caracteriza: el ensañamiento de la crueldad y destrucción sistemática del medio ambiente. Paradójicamente “neutralizado” por los procedimientos de desmaterialización de los medios militares. “El inmaterial de guerra” en favor de la imagen y su consecuente fascinación. La novedad no consiste sólo en la magnitud apocalíptica de la destrucción, cuyo efecto genocida no deja lugar a dudas, reside también en la explotación de la tecnología de lo imaginario, que a través de las imágenes, aplican y fomentan formas de fruición y de placer, incluida la experiencia destructiva de la propia guerra. Walter Benjamín escribió del creciente sentido para lo igual propiciado por la reproductibilidad técnica de la imagen en detrimento del sentido de lo particular y lo irrepetible. El placer de la mirada, la relación casi táctil con la imagen, la cercanía a lo más remoto enmarcan el nuevo régimen del imaginario de la destrucción.
Supremacía que se cumple en el orden del “mostrar”, en el despliegue tecnológico mismo que hacen posibles las imágenes. En cuanto al dispositivo: el control tele-visual de su escenario destructivo. La indiferenciación, por ejemplo, entre el objetivo militar y el objeto tele-visual, o sea entre el acto bélico-destructivo y la operación visual que la transcribe y realiza. Lo que a su vez hace, que la instantaneidad del acontecimiento sea percibido como un acto (victoria) real: “aprieto el botón del control remoto de mi televisión y ahí está Kabul, vuelvo a apretarlo y ya no está”. Esta “inocente” operación reduplica en la experiencia del espectador la actividad destructiva del piloto ante la consola del bombardeo. El famoso panóptico de Bentham-Foucault se ha vuelto telepanóptico invertido, máquina de vigilancia que no procede por control disciplinario, sino por seducción y fascinación. Y así la embriaguez televisiva se torna apropiada a los sentimientos, pensamientos y prácticas de la barbarie destructiva como condición del embotamiento afectivo y moral.
Y para terminar, pongamos a prueba esta pregunta trágica (por lo intenso): ¿Quién cree en la actualidad que se puede abolir la guerra, la destrucción? Nadie, ni siquiera los grupos pacifistas. Como dijo Susan Sontang, “sólo aspiramos (en vano hasta ahora) a impedir el genocidio, a presentar ante la justicia a los que violan gravemente las leyes de la guerra, y a ser capaces de impedir guerras específicas imponiendo alternativas negociadas al conflicto armado. Ya que la guerra tiende siempre a trasponer todo límite hasta provocar la destrucción del otro, a menos que la política se interponga para detenerla. Porque en definitiva, al decir de Malcom Mc Dowell, en la película La naranja mecánica de Kubrick:
“Los hombres hemos nacido de monos erectos, no de ángeles caídos y esos monos eran asesinos armados”. En este sentido, no se puede ir más allá del hombre. Es él el que le pone fin al mundo. Lo concluye. En otras palabras, el hombre es a la vez la perfección (capaz de pintar la Capilla Sixtina), pero al mismo tiempo es la propia humanidad la que termina con ella. Así que, no hay un más allá del hombre, no hay un superhombre. Lo vimos con los nazis, y también ya vimos la destrucción que provocó esta visión.

Héctor J. Freire
Escritor
hector.freire [at] topia.com.ar

 

Notas
1.  Bataille, Georges, Prólogo a Las lágrimas de Eros, Tusquets, Barcelona, 1997.
2.  Sontag, Susan, Ante el dolor de los demás, Alfaguara, Buenos Aires, 2003.
3.  Carpintero, Enrique, Registros de lo Negativo, Topía Editorial, Buenos Aires, 1999.
4.  Carpintero, Enrique, La Alegría de lo Necesario, Topía Editorial, Buenos Aires, 2003.
5.  Sebald, W. G., Sobre la historia natural de la destrucción, Anagrama, Barcelona, 2003.
6.  Debray, Régis, Vida y muerte de la imagen, Paidós Comunicación, Barcelona, 1994.
 

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Articulo publicado en
Marzo / 2006

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