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Sobre arte y locura

 
Memorias para el futuro 21

*Publicado en Clepios, una revista de residentes de Salud Mental, Número 31, Junio 2003.

Todo empezó con una curiosa sensación. Cuando terminé de leer el relato clínico de Eliana Marengo y el comentario de Martín Nemirovsky –incluidos en Clepios Nº32- me preguntaba si eso era todo en relación al arte y la salud mental. Me parecía que había algo pero no lograba darme cuenta de qué era. A partir del material clínico, se sostenía la tesis de la estrecha relación entre “enfermedad maníaco depresiva y creatividad artística”. Para ello citaban una cantidad de estudios empíricos sobre el tema que relacionaba “temperamento artístico” y “temperamento maníaco depresivo”. El trabajo de Marengo terminaba con la pregunta crítica acerca del cual era el límite entre el “temperamento artístico” y una enfermedad. Y Nemirovsky concluía en la apuesta de compartir otras visiones para construir la estrategia clínica.
Tener una visión histórica de los fenómenos siempre permite que algo nuevo aparezca. Recordé los debates sobre arte y salud mental del siglo pasado. Entonces, los artistas eran considerados psicóticos, o locos a secas. En otras ocasiones se trató de encontrar la ligazón entre perversión y arte. Pero esta larga historia quedaba olvidada, como si en relación al arte y la locura hubiera empezado con los bipolares y terminara con un tratamiento medicamentoso. Para eso se tendrían que confirmar dos hipótesis improbables: que los artistas actuales hayan migrado hacia este cuadro psicopatológico; o bien, que la larga serie de estudios citados nos lleven a la idea de que la mayor parte del siglo XX haya estado equivocado. Y que no había relaciones entre arte y otras patologías. Para ello debiéramos demostrar que Antonin Artaud, Jackson Pollock, James Joyce y tantos otros fueron bipolares.
Recordar algo de la larga historia acerca de las relaciones entre el arte, la creación, la creatividad y la locura puede abrirnos el estrecho horizonte. Como en muchas cuestiones, podemos comenzar con Freud. Y allí el análisis se dio en dos direcciones. Primero, el análisis de obras de arte para encontrar sus motivaciones inconcientes, como la Gradiva de W. Jensen o el Moisés de Miguel Angel. Segundo, el análisis de los creadores y el proceso de creación, como en El poeta y los sueños diurnos o en Un recuerdo infantil de Leonardo Da Vinci. A la vez el psicoanálisis resultó estimulante para los propios creadores, tal como sucedió con el Surrealismo de los años ‘20. Y además varios creadores se beneficiaron con procesos psicoterapéuticos.
Los que vinieron después de Freud profundizaron estos dos caminos mencionados anteriormente. En el caso de análisis de obras de arte se llegaba a que eso explicaba muchas veces más los conceptos psicoanalíticos que la propia obra de arte. Es que la obra de arte siempre desborda una única interpretación, tal como lo demostró años después Umberto Eco en Obra Abierta. Sin embargo, las creaciones artísticas siguen siendo un buen camino. Permiten abrir diferentes perspectivas de análisis. Y recordemos que el arte llega mucho antes que nosotros a cuestiones vitales, tal como lo decía Freud. El segundo resultó más fructífero. Es que la patología de los creadores y el mecanismo de la creación permiten ir hacia los mecanismos de la creatividad y sus difusas fronteras hacia la patología. Entre la profusa bibliografía psicoanalítica me detendré en dos autores que trabajaron en nuestro país.
Enrique Pichon Rivière se ocupó de estudiar las relaciones entre arte y locura. Pichon escribió sobre Isidoro Ducasse, el Conde de Lautréamont, un texto publicado luego póstumamente. Era tanta la información de Pichon Rivière sobre el poeta, que cuando visitó a Jacques Lacan él fue quien le informó que en el edificio donde vivía, había vivido el tutor de Isidoro Ducasse muchos años antes, ante la sorpresa de Lacan. Las hipótesis de Pichon sobre el arte se concentraron también en una serie de trabajos compilados en El Proceso Creador y en sus Conversaciones… con Vicente Zito Lema. Resumidamente, hipotetiza que el creador es quien logra transformar lo siniestro interior (la vivencia de muerte) a lo maravilloso en su obra (la vivencia estética). Por supuesto, la locura residiría en quedarse simplemente atrapado en la desintegración de siniestro. Aunque la diferenciación nunca es tajante. Es que las aguas de la creación artística nunca son calmas. El problema es si alguien crea por su patología o a pesar de su patología. Para Pichon, “Artaud no es poeta por su demencia. El es poeta pese a su demencia”.
Años después, Eduardo Pavlovsky avanzó en esta línea, desde su doble pertenencia como psicoanalista y autor-actor de teatro. En varios textos como “Reflexiones sobre el proceso creador” e “Historia de un espacio lúdico” criticaba el reduccionismo de algunos abordajes psicoanalíticos que intentaban explicar toda la creación a partir de la patología. Por el contrario, siguiendo a Winnicott, retomaba la importancia de la revisión de la teoría sobre el juego para entender los procesos creativos. Por esto, “el creador, hombre de teatro no repite en sus obras sólo los gestos de su infancia, sino que su obra es también la superación de ese pasado condicionado”.Años después Pavlovsky incorporó las visiones de Deleuze y Guattari (de el Antiedipo a Mil Mesetas) para seguir oponiéndose a la miopía de considerar solamente a la creación como expresión de conflictos y desestimar su potencia creadora.
Luego de este viaje regresemos a la bipolaridad. La pretensión de exclusividad sobre la creación parece estrecha, a pesar de las estadísticas que relacionan poetas y bipolaridad. Porque sólo nos confirman algo que surge con esta historia. La descripción sintomática de cambios de humor de los poetas y otros creadores es simplemente evidente. Uno puede preguntarse lo contrario: ¿existe siquiera la posibilidad de que alguien cree estando eutímico durante ese proceso? ¿Qué creador no pasa por momentos de caos y fragmentación subjetiva que pueden llevar a una hipomanía o a una depresión temporaria?
La cuestión, siguiendo a Pichon y a Pavlovsky, es cómo salir de una visión reductora de la creación, sea psiquiátrica o psicoanalítica. Y así poder pensar sobre el arte y la creación y sus relaciones con diferentes patologías. Una complejidad que nos lleva hasta la noción misma de subjetividad con la que operamos.

 
Articulo publicado en
Junio / 2003

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