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Cuando hacer "apología" del psicoanálisis era peligroso

 
(Una breve historia)

En el diario "La Nación" del 23 de octubre un periodista refleja la visión de la Argentina que aparece en algunos diarios de EEUU. En relación al psicoanálisis transcribe lo siguiente: "Lo argentinos hablan de ir al analista tan abiertamente como hablan de ir a la carniceria y la costosa terapia es una parte de la vida de la clase media tan habitual como un fin de semana en Mar del Plata o una suscripción al teatro Colón" (The New York Times 28/2/1998). "En una época en que las terapias de salud mental son tan numerosas como los terapuetas, la Argentina permanece como un fiel reducto del psicoanálisis de sillón freudiano y se dice que hay más psicoanalistas per cápita en la Argentina que en cualquier otro lugar del mundo" (The Washington Post 29/9/1998).

Estas citas no nos sorprenden. Lo que si resulta llamativo es una carta de lectores que aparece en el mismo diario. En ella refleja un período de nuestra historia que muchos quisieran olvidar: es lo ocurrido durante la última dictadura militar. La carta, escrita por Héctor Timerman, muestra el pensamiento de los militares en esa época. El título de la carta es: represor intelectual. Vamos a transcribirla en su totalidad: "Días pasados leí en La Nación un aviso publicitario informando sobre la carrera de Relaciones Internacionales dictada en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. El aviso me atrajo ya que soy graduado de la Universidad de Columbia en dicha disciplina. Lamentablemente, en dicho aviso figura como profesor el general José T. Goyret. Digo lamentablemente porqué el general Goyret fue durante la dictadura militar un represor intelectual. El 25 de mayo de 1977 asumió como interventor militar del diario La Opinión, cuyo director, mi padre, se encontraba desaparecido desde hacía 40 días. Conozco bien el episodio ya que fui yo quién, citado por la fuerza, fui obligado a reunirme con Goyret a presenciar la asunción del general. Primero se me ordenó escuchar de pie el acta de las autoridades militares ordenando la confiscación de La Opinión, y luego el sermón del hoy profesor Goyret. Imagínese la situación. Yo tenía 24 años y un padre desaparcido, y el general me informaba que para él ésta era una misión militar que se encuadraba en la lucha antisubersiva. Tanto desproticaba contra el <apoyo> de mi padre a la guerrilla que en un momento quise discutir explicándole que por razones ideológicas mi padre estaba en contra de la violencia por haber sido toda su vida un sionista socialista. Pensé que si lo llevaba a un terreno más difuso por lo menos yo me sentiría menos culpable por no saber como evitar las injurias contra mi padre. Enseguida cambió de tema y, con un tono académico seguramente igual al que utiliza para <dialogar> con sus actuales alumnos, aseguró que La Opinión hacia apología del psicoanálisis, especialmente desde su suplemento cultural (el subrayado es nuestro). Ante tamaña afirmación, con gran alivio de mi parte, le dije que coincidía con su apreciación. Mi padre apoyaba el psicoanálisis. El general, satisfecho por su triunfo intelectual, dio por terminado el acto y finalmente pude irme. Nunca más volví a ocuparme de averiguar sobre el destino del general Goyret. Me fui exiliado a los Estado Unidos, donde luego de obtener el máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia, fundé la Human Rights For Watch y fui director del Fund For Expression en New York y Londres. ¿Cómo se les explica a los alumnos de la Facultad los acuerdos internacionales sobre el derecho a la libertad de expresión, la convención contra la tortura y la desaparición de las personas, teniendo en su claustro a quien estuvo encargado de ejecutar una acción de represión a la libertad de expresión, como fue la intervención militar a La Opinión. Hace muchos años leí un libro escrito por Simón Wiesenthal titulado <los asesinos entre nosotros>, que mostraba la necesidad de denunciar, no importa el tiempo transcurrido, a quienes teniendo un pasado siniestro lograban insertarse clandestinamente en sociedades democráticas. Un represor intelectual no puede, a mi entender, educar en una sociedad democrática sin que al menos sus alumnos sepan de quién se trata. Ellos tienen el derecho a saber. Sería un buen desafío democrático ver la mejor forma de resolver esta situación sin vulnerar los derechos de nadie, incluidos los del profesor Goyret. Se me ocure una alternativa: invitar a un debate abierto organizado por la misma Universidad, con la participación de expertos en diversas disciplinas, sobre como lograr la inserción de represores que actuaron bajo la dictadura militar en una sociedad democrática" Héctor Timerman.

Esta carta nos muestra un período en que el psicoanálisis era considerado subversivo. Quizás hoy parezca un absurdo. Pero esta situación llevo a muchos profesionales de Salud Mental a ser detenidos y luego "desaparecidos" por el simple hecho de ejercer una profesión que servía para "limpiar la cabeza" de las personas. De esta manera la propuesta de Timerman tiene sus límites, en una sociedad donde los represores no fueron condenados por sus crímenes. Y aquellos que sí lo fueron estan en libertad por la leyes de obediencia debida, punto final y, finalmente, el indulto. Por ello conocer estas historias permite lograr el necesario concenso social para repudiar, al decir de Simónn Wiesenthal, "esos asesinos que están entre nosotros". Ante esta situación ¿que harán las autoridades de la Universidad de Buenos Aires? Ahora que ganaron mayoritariamente las elecciones nacionales ¿seguirán teniendo como profesor al mencionado general?

Temas: 
 
Articulo publicado en
Septiembre / 2009

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