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Cultural Picnoléptica: lo indeci(di)ble del espanto

 
Trabajo premiado en el Tercer Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos realizado por la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo

Área Psicología Social

Eje: La grupalidad y sus dispositivos

Autor: Lic. Karina Benito

Cultural Picnoléptica: lo indeci(di)ble  del espanto

“Los monederos falsos
de la cultura se nutren de cadáveres;
aquel olvido es este renombre.”
Martinez Estrada

“Durante el desayuno son frecuentes las ausencias, y la taza volcada sobre la mesa es una consecuencia bien conocida. La ausencia dura unos segundos, comienza y termina de improviso. Los sentidos permanecen despiertos, pero no recibe las impresiones del exterior. Puesto que el retorno es tan inmediato como la partida, la palabra y el gesto detenidos se reanudan allí donde fueran interrumpidos. El tiempo consciente se suelda automáticamente formando una continuidad sin cortes aparentes. Las ausencias, denominadas picnolepsia (del griego pycnos, frecuente)[1] suelen ser muy numerosas, cientos al día, y en general pasan desapercibidas para quienes nos rodean. Más para el piconoléptico nada ha sucedido; el tiempo ausente no ha existido. Sólo que sin que lo sospeche, se le escapa en cada crisis una pequeña parte de su duración.”[2] De este modo comienza el texto Estética de la Desaparición de Paul Virilo cuya descripción se torna pertinente para pensar las narrativas en nuestra cultura picnoléptica.  Es decir, el problema circunscrito en este ensayo intentará complejizar los modos de concepción de la historia como tiempos que se sueldan automáticamente. Pensar la historia  Argentina cuyos tiempos soldados forman una continuidad sin cortes aparentes. De modo tal que una  cultura “aparentemente” soldada y saldada introduce como único relato posible del genocidio de los ’60 y’70; 

la desaparición.

El autor caracteriza esta estética por la ausencia del tiempo, lo denomina inexistente ya que pasa también desapercibida para el entorno. Aunque quisiera aclarar que esta analogía aún esbozada puede irritar al lector en su búsqueda de palabras para narrar el espanto. En todo caso, es necesario recordar que no todos somos cualquiera[3] y por consiguiente, es  la homogenización cultural y política la que se pretende cuestionar. Se buscan palabras para que la cultura picnoléptica en la que vivimos  no torne las numerosas ausencias en algo desapercibido por el entorno. Esta escritura  se interroga por la inscripción histórica  de la década del ’60 y  ’70. ¿Cómo desandar el  camino de la memoria que siempre, como dice T.S.Elliot nos conduce hacia el espanto primitivo?”

En relación con el problema estético quisiera retomar cierta diferencia no solo semántico sino también conceptual. La ausencia en términos de Virilo no es un par simbólico en términos de presencia y ausencia freudiana que nos aproximaría a una noción de memoria que comparto. Ya que podríamos  continuar pensando en la falta. Precisamente en la falta de memoria. Distinguiendo así desde esta propuesta teórica que la memoria es constitutivamente una falta. La historia y/o la posibilidad de historizar se organiza por la falta. Quizás la búsqueda de este escrito vive en la tensión de esos tiempos soldados y saldados sin cortes aparentes y faltas en la memoria histórica. Así como las mismas también están presentes en este ensayo que espero el lector sepa disculpar.

En el texto de Virilo la ausencia se vincula con la desaparición en el sentido de la teoría de Eisnstein quien destruyó la concepción de los cuerpos inmóviles, inmutables alzados contra el tiempo que pasa, capaces de resurgir a lo largo de la historia, de resucitar en el futuro. Resurrección que según su desarrollo teórico explica  el culto de los mausoleos. El tiempo aparece no como algo dado sino creado localmente. Pensamientos que los regímenes totalitarios rechazaron. Aunque luego Einstein se encontrará en una confrontación trágica en el advenimiento de la guerra de 1939, guerra del tiempo. La búsqueda estética como búsqueda de las formas según Virilo no es más que una búsqueda de tiempo. Su preocupación teórica indaga la deslocalización como precitación hacía un último record metafísico, olvido final de la materia y de nuestra presencia en el mundo. Explica las tensiones existentes entre la velocidad y la política, analizando el vuelo acelerado, el viaje rápido, los templos del cine, las máquinas automáticas en los supermercados como un despropósito ilusorio de fiesta cosmopolita vivida como sin mañana. Motivo por el cual sus interrogantes estéticos son cuestionamientos sobre el tiempo y cómo se lo cuenta. Tema ya explorado por  Chevalier  “Uno esperaría encontrar, especialmente entre los historiadores, informaciones precisas sobre la construcción de las vías, bases de la potencia romana. Nada de eso ocurre, pues la historia de Roma es, en principio política y psicológica...”[4]

Quizás la búsqueda estética así planteada es un problema político como búsqueda del tiempo que se intento soldar y  psicológico como búsqueda de formas que alberguen las intensidades aparentemente saldadas. Aunque lo que subyace es que ninguna forma nos es dada desde esta cultura picnoléptica porque todas pueblan ya un tiempo diferido, desprovisto de huellas mnemónicas.

La idea de cultura soldada[5] piensa la soldadura de un problema saldado. Soldadura que funde, confunde y funda un modo de denominación vigente y prevaleciente en torno a la encrucijada política del ´60 y ´70.  Una enunciación que para algunos pudo inscribirse desprovista de huellas mnémicas ya que coagula sentidos en vez de desplegarlos. Obtura la falta de memoria y la posibilidad de historiar. Desaparecidos. Palabra que alberga la  intensidad de treinta mil nombres ausentes por la dictadura militar.

Un sentido no es lo mismo para todos. Grüner lo expresa en términos de lo que es inteligible a la historia, en tanto inteligibilidad de realidad, es que un conjunto de acontecimientos (textuales) demuestre tener aproximadamente la misma significación para un continente de individuos que no han “vivido” esos acontecimientos. Pero la misma significación no es el mismo significado.              “ Muchos objetarán que la solidificación de una cultura requiere la hegemonía de un sentido. No estoy de acuerdo. O si lo estoy, lo que sucede es que es que tengo muy poco amor por las culturas solidificadas. Una cultura sólo puede mantenerse viva en el desorden fecundo de lo que Ricoeur llama  “el conflicto de las interpretaciones.” [6]La noción de cultura solidificada introducida  la considero adecuada para pensar cómo la historia del desaparecido da cuenta de una historia, el modo de contar el tiempo y su forma de inscripción.

El carácter de urgencia en el que se inscribe la historia, en términos de que esta sucediendo. Esa emergencia tan propia de la historia Argentina donde esta en permanente fundación se diferencia de los europeos que si saben quien realizó la Revolución. Por lo tanto no se debate  al respecto. “Peor para ellos: van en camino de solidificar su cultura, es decir transformarla en gigantesco monumento; la misma y eternamente fracasada estrategia estatuaria en que se obstinan nuestros gobiernos, nuestros oficiales, oficiantes de la cultura.” [7]

Además de la cultura solidificada en cuya estrategia estatuaria se anula el conflicto de interpretaciones (en el cual se inscribe este ensayo) y agrego que en la violencia política de la historia Argentina también desapareció la narración política y cultural que desde hace muy poco se torno deci(di)ble. 

Así aparecen otros relatos, voces como la de Héctor Schmucler que fue testigo de la memoria del terror. Atesora otra narración, la del sobreviviente. “ Hay que reconocer que en nuestro caso aún no hemos  comenzado a reconstruir sistemáticamente  la historia y que los análisis políticos están cargados con prejuicios intolerantes, intereses coyunturales y miedos que paralizan o impiden indagar cómo y en que medida la sociedad estuvo comprometida(...)Estamos atravesados de olvidos que oscurecen las minucias de la historia.”[8]

¿Cómo narrar el horror? ¿Cómo aproximarnos también a una perspectiva crítica? Deslizar el sentido de los familiares que claman por los miles de secuestrados, confinados, torturados y asesinados por la dictadura de militar al desamparo de narraciones que oscurecen las minucias de la historia. “¿Porqué los años ’60 y ’70 no tienen registro en nuestra escritura crítica? La pregunta, desde el privilegio de contar con lo actuado remite sin embargo al corazón de la reflexión actual sobre la cultura, la política, la teoría. Sobre el pensamiento comprometido con el presente.”[9]

Un compromiso con el presente implica un compromiso con la palabra. La palabra instalada en el imaginario social que nos separa del acontecer político de la década del ’60 y ’70 fue la desaparición como única versión de la historia.

“ A través de la electricidad, se intenta apropiarse de la velocidad de nuestros automatismos cerebrales, a lo que ya apuntaba la práctica del electrochoque, puesta a punto por el psiquiatra italiano Ugo Cerletti en 1938, en plena época fascista. Sabemos que el método se aplicaba a los cerdos en los mataderos de Roma: se aprovechaba el coma epiléptico provocado por una descarga eléctrica para desangrarlos. Bastó que los psiquiatras decretaran que los epilépticos no eran esquizofrénicos para que, después de los cerdos, cientos de miles de pacientes fueran sometidos a descargas eléctricas cuyos efectos precisos desconocemos aún...El electrochoque se ha utilizado también como castigo, y es elemento de tortura corriente para las fuerzas represivas de los países de América Latina.”[10]

Quizás aún desconocemos los efectos precisos de los electrochoques  a los que fuimos sometidos en esta cultura picnoléptica y soldada. Quizás aún las fuerzas represivas operan todavía como castigo y tortura. En el sentido de que la democracia reconquistada en Argentina en el 1983 esquivo también la narración política y cultural ya que se naturalizo “el no regresar a la historia”. Según Casullo[11] además de esquiva, equívoca, ya que fue la instrumentación  de la desmemoria, esa abstracción de la historia de parte del peronismo y del radicalismo del ’83 que situó a los sujetos y actores de un primer tramo de transición democrática en los incipientes marcos de una cultura política de la desconsideración de los antecedentes. Políticamente una lógica picnoléptica que hizo desaparecer los transcursos que subyacían a la nueva escena y gestión de una democracia que era cómplice de concebir los años de la dictadura militar como tiempos que se sueldan automáticamente. Ya que los discursos sin compromiso social con el pasado daban cuenta de una continuidad sin cortes aparentes.

Así es que en el campo de las victimas se reconoce el genocidio como un acontecimiento inesperado. Mientras que en el campo del movimiento revolucionario político militar existieron variantes heterogéneas, la violencia no era uniforme ya que el contexto estaba compuesto complejamente dependiendo de otras variables discursivas y culturales que contenían la violencia. El espanto represivo provocó un corte en la memoria de la gramática social, un electrochoque de las ideas  para pensar en otros factores alrededor de aquel exterminio.  Alejandro Kaufman [12]lo analiza en el caso de la Argentina en relación con el suceso de los desaparecidos  desde las perspectivas teóricas conceptuales y estéticas que desenvuelven problemáticas específicas que dialogan con esos acontecimientos, en términos de una crítica de las representaciones,  los límites del lenguaje, la indecibilidad del horror y consecuencias lógicas en otros planos de la realidad histórico social.

Algunas de las consecuencias lógicas se vinculan con la punición como horizonte en el sistema vigente siendo a su vez escombros del pasado. Se reemplaza a la política por la policía. Se limita a la justicia como la búsqueda de individuos culpables tanto en nuestra contemporaneidad como desde el reclamo por la búsqueda de por los cadáveres. Un modo de enunciar ya que no hay muertos enterrados sino fantasmas entre nosotros, impalpables porque han desaparecido.

La cultura soldada es también la que suturó la memoria y nos electrochocó con su discurso de tribunal expeditivo con el valor del legajo, la prueba, los casos, la rutina del prontuario, pesquisas, jueces, sentencias, folios, archivos, sumarios  enmudeciendo así el recuerdo de una guerra.

“ También los servicios secretos utilizan este efecto de anestesia provocado por la repetición de actitudes banales y han creado una categoría bastante especial de espías, llamados dormilones. El dormilón es antes que nada un afaníptero[13] social. Está obligado a vivir en un entorno enemigo, trabajar, hacer carrera, casarse y tener hijos. En el juego del espionaje internacional se mueve como un peón inservible y que tal vez jamás intervendrá, a menos que un día u otro reciba la orden de reactivarse. Entonces sacará partido de su larga existencia ilusoria y cuya extrema banalidad le procurará la invisibilidad necesaria para llevar a cabo, sin despertar sospechas, la singular misión que se le ha encargado de repente.”[14]

El modo de contar el sufrimiento desde la lógica punitiva ingresa la contabilidad expeditiva que no sólo juzga y suelda el dispositivo criminal sino que también da cuenta de la tecnocracia en su versión postmoderna, postdictadura y posthistórica.

Falta el cuerpo y el muerto como prueba. El  paradigma policial busca pruebas. Pero no hay cuerpos como pruebas del delito. Entonces lo ausente no existe. Los  nombres de los cuerpos sólo tienen valor para las Madres de Plaza de Mayo, para los familiares que reclaman, gritan y ritualizan la denuncia.

Se instala el culto a la Muerte, las voluntades se dirigen hacia lo inerte. La crítica querellante expone la tragedia de los desaparecidos como crónica de preguntas sin respuesta. La violencia extrema coagula el relato alrededor del cómo pudo ser posible. La reflexión, complejización o pensamiento crítico se redujo a una tragedia desgraciada.

“El cadáver no responde al enigma de la muerte sino que denuncia un enigma de la cultura. El cadáver-cadere, caer- es el resto de una historia individual y la suma de una historia colectiva. En el orden de la cultura contemporánea aquello que hace del cadáver está religiosamente embalsamado. El embalsamamiento es el régimen de la cultura – cadáver. Es simultáneamente su sepulcro– el espléndido funeral posmodernista -y la nostalgia de la resurrección. Muerte y resurrección en sordina: a la cultura estentórea de los `60 le sucede una cultura melancolizada, donde la queja y el lamento se acentúan en la geografía americana en que- operación alucinante de desorganización de la cultura- el cadáver no posee registro simbólico. A cuerpo muerto, cuerpo insepulto, el puro cuerpo real insoportable que ancla en el recuerdo tenebroso del

genocidio.” [15]

El cuerpo insepulto aparece en la historia sin responsables. El desaparecido da cuenta de  la tragedia  nacional. El cadáver sin registro simbólico cuenta la historia, le da tiempo y forma a lo intransmisible. Lamento mudo que se dirige hacia la muerte porque lo que se evoca no se puede inscribir. Cultura picnoléptica, soldada, embalsamada. Se expropia a las víctimas no solo de su sepultura sino de la historia en nombre de la cual lucharon. En términos de Casullo[16] parecería que las miles de tumbas desconocidas, debajo de nuestros pies todavía contuviesen no lo inauditamente silenciado de sus vidas truncas, sino esa  nada en significados humanos, conque el verdugo enterró sus cuerpos creyendo que con la desaparición sobre todo cavaba el fin de las narraciones de la historia.

Entonces la única versión posible es la desaparición y su forma de denuncia ante el terrorismo de Estado. El problema de la narración cultural y política ya no aparece como iluminadora sino funcional, protegida por la administración que la enmarca. Se reclama, denuncia, enfrenta y se le formulan interrogantes de justicia a un dispositivo discursivo que es responsable del crimen. Foucault [17]ya había vislumbrado esta tensión y expone sus ideas frente a un comité internacional para la defensa de los derechos humanos distinguiendo tareas que con mucha frecuencia nos asignan como profesionales. De modo tal que diferencia lo siguiente; a los individuos les corresponde indignarse y hablar, a los gobiernos reflexionar y actuar. Es verdad que a los buenos gobiernos les gusta la santa indignación de los gobernados con tal de que se quede en algo lírico. Es preciso darse cuenta de que con mucha frecuencia son justamente los gobernantes los que hablan, quienes únicamente pueden y quieren hablar. La experiencia muestra que se puede, y que se debe rechazar el papel teatral de la pura y simple indignación que nos proponen.

 “Si al pequeño pequeño picnoléptico se le muestra un ramo de flores y se le pide que lo dibuje, dibujará no solo el ramo, sino también el personaje que lo colocó en el vaso e incluso el prado donde fue recogido. Costumbre de ensamblar las secuencias de adaptar los contornos para hacer coincidir lo visto y lo que no pudo ser visto, aquello que se recuerda y lo que desde luego, es imposible recordar y hay que inventar, recrear...”[18]

Autor: Torcuato





[1] Catherine Bousquet. Macroscopies. Número 6. Pág. 45: “La epilepsia-sorpresa en griego- no reviste una forma, sino muchas, hay pues que hablar de las epilepsias, desde el grande al pequeño mal. Desde el punto de vista neurológico, cualquier crisis epiléptica es el resultado strictu sensu de una descarga hipersincrónica de un conjunto de neuronas...El diagnóstico clínico de la epilepsia evolucionado poco, salvo que hoy se distingue entre el ataque epiléptico y epilepsia propiamente dicha, y se reserva este término para las crisis crónicas.”

[2]  Paul Virilio. Estética de la desaparición. Ed. Anagrama. Colección Argumentos. Barcelona. 1998. Pág.7.

[3] Marcelo Percia. El ensayo como clínica de la subjetividad. Lugar Editorial. Buenos Aires.2001.Pág 191 a 202.

[4] Raymond Chevallier. Les vois romanies. Armand Collin.1972.

[5] Esta de idea la tomo prestada de Ed. Grüner quien participo en el proyecto de investigación que integré en torno a la temática de Ensayo y Subjetividad. 1996-1999.Facultad de Psicología. UBA.

[6] Grüner Eduardo. Un género culpable. Homo Sapiens Ediciones.Rosario 1996.Pág.50

[7] idem Grüner.

[8] Schmucler Héctor.Ni siquiera un rostro donde la muerte hubiera podido estampar su sello. Confines. Nº3. Pág. 9.Bs. As. Septiembre de 1996.

[9] Casullo. Los años 60 y 70 y la crítica histórica. Confines. Nº 4. Pág. 7.Bs. As. Julio de 1996.

[10] Ídem Virilo. Pág.53.

[11] idem Casullo.

[12]  Alejandro Kaufman. El ensayo como clínica de la subjetividad. Lugar Editorial. Buenos Aires.2001.Pág 187.

[13] Las raíces griegas son apañes, invisible, y pterón, ala. Este insecto de metamorfosis compleja le sirve al autor para insistir en las nociones “fantasmas /ilusión” y de duración del tiempo.

[14] Ídem Vigilo. Pág.98.

[15]. Nicolas Rosa. El ensayo como clínica de la subjetividad. Lugar Editorial. Buenos Aires.2001.

Pág. 159-160.

[16] Ídem Casullo. Pág.25.

[17] Foucoult.M. “Face aux gouverments les droits de l´Homme” en Libération. Paris.30 de junio-1 de julio 1984.Pág. 22.

[18] Ver Paul Virilio. Estética de la desaparición. Ed. Anagrama. Colección Argumentos. Barcelona. 1998. Pág.8

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2004

Boletín Topía