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En la educación sexual, el cuerpo pide permiso…

 
(o El cuerpo en la educación sexual)

La referencia a la unidad bio-psico-social del hombre es hoy un lugar común y recibe acuerdos desde las más variadas disciplinas. En la vida cotidiana el cuerpo como parte de lo “bio” es un foco de atención para la moda, el mercado, la ciencia, la salud, la educación, la recreación...

La incorporación de la educación sexual como parte de los programas escolares ha planteado interrogantes sobre la valoración del cuerpo que permanece en “el sentido común” de algunos sectores de nuestra sociedad. Cabe preguntarse si el cuerpo, culturalmente “mimado” y colocado como valor inestimable, ha superado el dualismo que lo ha desvalorizado por siglos.   

 

El cuerpo en la filosofía y en la ciencia

 

En la filosofía grecorromana y cristiana el cuerpo y el alma (o razón, o espíritu) fueron consideradas entidades unidas pero diferentes y, por algunos, separables. Platón plateaba que la muerte rompe esa unidad y el alma retorna a su sede divina. Aristóteles oponía el cuerpo y la materia (soma) al alma (eidos) y consideraba que ambos terminan con la muerte. Tanto Platón como Aristóteles compararon la relación del alma con el cuerpo como la del “el piloto que guía su navío”.

En la Edad Media la dualidad cuerpo-alma se acentúa. José Babini (1985; 43) afirma que entre los siglos VI y X “para el cristianismo occidental sólo el alma y sus enfermedades interesan: si debe atenderse al cuerpo es por ser éste el depositario del alma que es lo único que vale (...): la Iglesia es el hospital que acoge y cuida a los enfermos; la plegaria es el medicamento más eficaz”.

La pureza del alma contrastaba con el cuerpo, foco de pecados como la pasión sexual. La belleza que fuera exaltada en la Antigüedad, pasa en la Edad Media a ser una preocupación para el clero: el cuerpo bello, especialmente el femenino, podía provocar tentaciones y pecados. Sólo era considerada inocua la belleza de la Virgen.

Entre los siglos XI y XII los Padres de la Iglesia sostenían que “lo esencial no es la expansión de los esposos en la comunión de los cuerpos y las almas, y menos aún la búsqueda del placer. Los padres, sobre todo San Jerónimo, cuya influencia fue considerable, habían prevenido a los esposos: amarse demasiado ardientemente en el matrimonio es un adulterio. San Agustín había expresado en tres palabras la finalidad de la unión: progenitura, fidelidad y sacramento.” (Duby, Perrot, 1992; 269).

Entre la nobleza medieval se proponía un modelo de amor cortesanoque consistía en dominar la pasión de la carne que incitaba al hombre a pecar.

En el Renacimiento el interés por el hombre y la revalorización de la cultura grecorromana se hacen evidentes en los artistas, como Leonardo, y en los anatomistas. Entre los últimos fue célebre el médico belga Andrés Vesalio cuya obra publicada en 1543, De Humani Corporis Fabrica (“Sobre la estructura del cuerpo humano”), reproduce grabados correspondientes a disecciones realizadas por él en cuerpos de ajusticiados. El interior del cuerpo aparece entonces en su realidad ontológica, pero teñida por la subjetividad del artista que realizó las ilustraciones y la del anatomista, según afirma el antropólogo Le Bretón (1995; 53), que arrastran la histórica sanción social por la profanación de cadáveres.

El dualismo cuerpo-espíritu culmina con René Descartes, con la postulación de dos mundos paralelos pero independientes que no actúan entre sí: el del cuerpo y el de la mente. Filósofo de la Revolución Científica del siglo XVII que transformó a la sociedad medieval en moderna, en su obra Discurso del método publicada en 1637, diferencia en el hombre dos sustancias: la materia y el espíritu: “(...) conocí (...) que yo era una sustancia cuya presencia o naturaleza no es sino pensar, y que, para existir no necesita de lugar alguno ni depende de cosa alguna material. De manera que este yo, es decir, el alma por la cual soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo e incluso más fácil de conocer que él y, aunque el cuerpo no existiere, el alma no dejaría de ser todo lo que es.” (1993; 47).

En la parte quinta del Discurso expone su teoría del cuerpo como máquina, creada por Dios y compara el movimiento de la circulación de la sangre -que describe según los aportes del médico inglés William Harvey publicados en 1628- con el funcionamiento de un reloj. El hombre comparte su cuerpo-máquina con el de los animales, pero se diferencia de ellos por tener pensamiento y lenguaje. El alma con sus atributos de razón y de inmortalidad es superior al cuerpo: cuerpo y alma son substancialmente diferentes.

Frente a la disociación cartesiana de cuerpo-alma, cuerpo-razón, el holandés Baruch Spinoza planteó que el cuerpo y el alma son distintas manifestaciones de la misma sustancia. No obstante, sus ideas no tuvieron aceptación en su tiempo.

Entre los biólogos, el vitalismo fue una reacción contra el maquinismo para explicar los procesos de los organismos vivos y del cuerpo humano, pero explicaban aspectos psicológicos apelando a fuerzas metafísicas con afirmaciones que no podían demostrar.

A principios del siglo XX se comenzó a elaborar un nuevo paradigma superador del mecanicismo y el vitalismo, centrado en el estudio de la organización de los seres vivos. El cuerpo no es considerado un conjunto de partes discretas que pueden separarse pues están inscriptas en un sistema organizado, con diversos niveles de complejidad (desde la organización celular al comportamiento), con propiedades de dicho sistema que está abierto e interactuando constantemente con el contexto. Esta perspectiva, que fue formulada como teoría general de sistema por Ludwing von Bertalanffy, permitecomprender al cuerpo en una unidad con el sujeto y en interrelación e intercambio con su medio ambiente, sociocultural e histórico.   

Los planteos sistémicos han llevado necesariamente a abordajes interdisciplinarios, ya sea en investigaciones como en tratamiento de problemas. El cuerpo incluye distintos subsistemas y, a su vez, se encuentra incluido en otros. El estudio de cada nivel de organización de los sistemas y subsistemas no implica el desconocimiento de los otros ni su desvalorización. Antes bien, ayuda a una mejor comprensión de los mismos. 

 

El cuerpo en la cultura actual

 

El cuerpo tan concreto y visible es, al mismo tiempo, objeto difícil de aprehender para el conocimiento. Tan difícil que se lo puede comparar con los objetos abstractos.

Este hecho ha sido hábilmente tomado por el mercado para vender los más variados productos para realizar gimnasias saludables, modelar y eliminar tejidos grasos inoportunos, adelgazar en forma rápida, evitar el envejecimiento, lograr un cuerpo seductor y bello, etc. Se presiona para convencer de que el cuerpo se puede modelar a voluntad, para que se muestre joven y con medidas estandardizadas. Se sacan o agregan tejidos; se levantan, estiran o contraen partes para que respondan a los cánones estéticos: Descartes podría ver cómo su concepción del cuerpo máquina sigue vigente en los usos y costumbres de nuestra cultura.

El cuerpo es mirado como objeto, como “cuerpo ajeno” separado del propio sujeto, con miras a producir aquellos cambios necesarios “para sentirse bien”: el camino puede ser costoso pero se tiene la sensación de que vale la pena. El valor del cuerpo está condicionado a que reúna ciertas condiciones que agraden al sujeto.

El cuerpo cosificado, estandarizado y fragmentado es usado como medio para sostener empresas de comunicación de masas.

 

El cuerpo en la educación sexual

 

Cuando la pedagogía aborda el conocimiento del cuerpo como una de las dimensiones de la sexualidad, enfrenta algunos cuestionamientos, especialmente si los destinatarios son adolescentes. Uno de difuso cuestionamientos tiene que ver con el lugar asignado al cuerpo. El cuerpo no siempre es comprendido como parte constitutiva del proceso de identidad; tampoco se relaciona su conocimiento con el enriquecimiento de las funciones del yo. En todo caso, disocian del cuerpo aquellos elementos que visualizan relacionados con el sexo y valorizan el conocimiento del resto. El cuerpo asexuado es el más aceptado como objeto de conocimiento: sin genitales y, en lo posible, sin sistemas reproductivos. Si éstos se toman en cuenta es por la obligación de referirse a la reproducción: el placer queda soslayado y ocultado tras el peligro de las infecciones.  

Se deja de lado el papel del cuerpo sexuado como referente de los procesos simbólicos relacionados con la conciencia del yo; su intervención en el reconocimiento de sí mismo como diferente del contexto, en el desarrollo psicosexual y la construcción de la subjetividad.   

La consideración de lo biológico en la educación sexual tienen mayor aceptación cuando se trata de orientar hacia la prevención de infecciones de transmisión sexual: el eje es el cuerpo-peligro; el cuerpo sexuado y sus complicaciones, algunas de ellas muy graves. De otro modo, la intervención educativa dirigida al conocimiento del funcionamiento de los sistemas reproductores, puede recibir la consideración despectiva de “biologista” o “biologicista”: el conocimiento del cuerpo sexuado es poco valorado y desalentado. El cuerpo máquina puede descomponerse en partes y el conocimiento de algunas de ellas puede transmitirse y el de otras no, según se consideren más o menos valiosas. En otra postura, no siempre considerada, el conocimiento del cuerpo coloca al sujeto en una articulación de subsistemas que van de lo orgánico a lo psicológico y a la ponderación sociocultural conforme a un marco axiológico.   

Frente a la presión, muchos de los docentes afirman que no están capacitados para ocuparse de la educación sexual, a pesar de que nunca cometerán tantos errores como los productores de muchos programas de medios de comunicación, ni usarán a sus alumnos como medios para fines que no sean los formulados pedagógicamente, como ocurre en cambio con los empresarios de la recreación infantil y juvenil que, lamentablemente, son también educadores sexuales.

 

Bibliografía

 

Babini, José, Historia de la medicina, Barcelona, Editorial Gedisa, 1985.

Descartes, R., Discurso del método, Barcelona, Ediciones Atalaya, 1993.

Duby, G.; Perrot, M. Historia de las mujeres, Tomo II, Madrid, Editorial Taurus, 1992.

Le Bretón, D., Antropología del cuerpo y modernidad, Buenos Aires, Editorial Nueva

Visión, 1995.

Pérez Tamayo, R., ¿Existe el método científico?, México, FCE, 1998.

Ruggiero, G. de, Sumario de historia de la filosofía, Buenos Aires, Editorial Claridad,

1948.

 

 

Hilda Santos

Lic. en Ciencias de la Educación. Prof. Titular, Facultad de Filosofía y Letras, UBA.

hsantos [at] telecentro.com.ar

 

 
Articulo publicado en
Agosto / 2009

Boletín Topía

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