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El “desorden” de la familia es producto de la ignorancia del observador

 

La postmodernidad nos ha sorprendido con la noticia de una supuesta “crisis de la familia”, crisis que amenaza con su inexorable fragmentación, su creciente “desorden”, con su probable desaparición. Hechos que, por otra parte, parecen ser responsables de una serie de trastornos que pueden ser registrados a nivel social (adicciones, violencia doméstica, abusos sexuales, etc.), causantes a su vez de la desconcertante aparición de “nuevas patologías” a nivel individual; hechos que no dejan de comprometer al psicoanálisis tanto desde el punto de vista teórico como clínico. Pero no siempre con la garantía de un conocimiento del tema. Para dar respuesta a estos anuncios, con cierto grado de fundamentación, debiéramos comenzar por responder algunas preguntas previas. Preguntarnos, aunque más no sea para comenzar, ¿qué entendemos los psicoanalistas por familia? Esta simple pregunta nos enfrenta con una previa cuestión acerca de cual es el espacio teórico que el psicoanálisis le reserva. Preguntas que a su vez nos envían hacia sus orígenes: los del psicoanálisis, los de la familia.
Porque aunque sea obvio, debemos recordar que la familia no comienza con el hombre. Es el resultado de un largo proceso evolutivo que encuentra su origen en la sexualidad como método de reproducción y que, a lo largo de millones de años, diera lugar a la enorme variedad de modos de establecer las relaciones entre los sexos que preceden a la humana en su aparición y la sobrepasa en imaginación y creatividad. ¿Es la familia humana una continuidad de ellas?, ¿obedece a las mismas razones?, ¿cómo diferenciar su origen natural de su carácter social? Es que en este carácter aparece un modo original de desorden que la familia pone en evidencia y que expresa un límite a las determinaciones que la evolución hasta allí imponía al mundo de los fenómenos naturales. No sería sin embargo el primer desorden. Una y otra vez el trayecto del conocimiento hubo de encontrarse, tras cada límite, con el azar, la indeterminación y la casualidad alterando un “orden” reconocido, obstaculizando su continuidad y dejando la impronta del fundamento aleatorio de todo proceso de conocimiento. Fue de ese modo como el orden newtoniano debió enfrentar la incertidumbre que los azarosos encuentros entre partículas subatómicas introducía, el orden bioquímico la inexplicable elección de veinte aminoácidos y cuatro bases por parte de moléculas orgánicas capaces de dirigir su autoduplicación, el orden biológico la impredecible combinación de esas cuatro bases en la transmisión genética, azarosa combinación que fue a la vez el fundamento de la arbitraria participación de la mutación en el orden evolutivo y en la variación de las especies.
¿Qué sucede cuando -como en el caso de la transmisión genética- un observador aprende algo acerca del funcionamiento de un sistema?: su grado de desorden disminuye y sus posibilidades de operar sobre él se incrementan. De este modo, el desorden puede interpretarse como el grado de ignorancia del observador con respecto al sistema. ¿Permitirá esta insólita relación entre el desorden y el grado de ignorancia del observador, enfocar desde otra perspectiva las nefastas consecuencias de la supuesta crisis que ha terminado por colocar a la familia en un irreversible desorden? Ya en 1938 se preguntaba Jacques Lacan si la familia humana es accesible al conocimiento psicoanalítico, si le era posible "comprender a la familia humana en el orden original de realidad que la constituye" sin dirigir una previa y adecuada mirada a su constitución fundamental. Esa mirada plantea una primera cuestión ¿por qué razón en el caso de la familia humana, la sexualidad posee ese curioso privilegio de ser el único impulso biológico que ha sido regulado en todas las culturas? Porque es que justamente allí donde se pone en juego la supervivencia de la especie. Allí donde la naturaleza impone la necesidad de una transmisión inscripta en los genes de los progenitores. Pero en tanto “la relación entre padres e hijos está rigurosamente determinada por la naturaleza de los primeros, la relación entre macho y hembra sólo lo está por el azar y la probabilidad”. Junto a la mutación -que lo introdujo en la raíz de la evolución- “un principio de indeterminación [...] se pone de manifiesto en el carácter arbitrario de la alianza”. En ese espacio esencial para la supervivencia de la especie humana, en ese lugar librado a la incertidumbre, a la indeterminación, se abre la oportunidad a la instalación de un nuevo orden. Un modo de orden inédito, insólito, apoyado ya no en un ciego cumplimiento sino en un principio que restringe aquella libertad de elección y la sujeta a una Regla. Más aún, “su condicionamiento por factores culturales, en detrimento de los factores naturales, introduce una nueva dimensión en la realidad social y en la vida psíquica. Es esta nueva dimensión, introducida por la cultura, la que especifica a la familia humana. [...] Los datos comparados de la etnografía, de la historia, del derecho y de la estadística social, coordinados mediante el método sociológico, demuestran que la familia humana es una Institución”.
Y debiéramos dar a este hecho toda su significación, ya que ello implica necesariamente que la familia no es un grupo. Ni siquiera, como suele afirmarse, un grupo especial. Lo es tan sólo desde el punto de vista de la mera observación (desde una perspectiva imaginaria), pero no lo es en cuanto a una teoría que pueda dar cuenta de “su constitución fundamental”, del “orden original de realidad que la constituye”. Por que en este orden original, lejos de conformar un “grupo especial”, la familia aparece como una Institución, más aún, como la primera institución social, surgida ya en los albores del orden cultural, origen y modelo por lo tanto de toda agrupación social posible. Es por esto que el camino que conduce hacia la comprensión de esta nueva dimensión, que especifica a la familia humana, comienza por extraer a la familia del espacio teórico delimitado por la “Psicología Social de los pequeños grupos” en el cual ha sido hasta ahora incorrectamente incluida para dirigirnos hacia aquellos orígenes, cuando abstenerse de tener relaciones sexuales endogámicas obligó a reemplazar el sistema de relaciones consanguíneas, de raíz biológica, por un sistema sociológico de relaciones de alianza entre grupos sociales. ¿Cuáles son las razones que condujeron a ese reemplazo?
Señalaba Freud que el reemplazo resultó esencial para una especie cuyas condiciones de supervivencia se encuentran en el orden social y en la medida en que los núcleos biológicos de procreación no están dispuestos a renunciar espontáneamente a los beneficios mutuos de la endogamia excluyendo así toda posibilidad de conformar redes de relaciones sociales exogámicas. Es por ello que “debemos considerar la aversión hacia el incesto como una antigua adaptación social”, tan antigua que su sorprendente universalidad hizo que se intentara encontrar en ella los orígenes de la humanización. No fue sin embargo sencillo y hubo de reordenar dos sentimientos antagónicos. Dos odios que se complementan: el del pariente hacia el extraño, y el del extraño hacia el pariente; y dos amores que se contraponen: el amor familiar y el amor conyugal. La mera imposición de una Regla vino a resolver por sí sola ambos obstáculos a la supervivencia: hostilidad y apego. Pero sobre ellos está asentada la familia y es por ello que se la ha definido como el producto de “un acto de hostilidad que fue objeto de una reglamentación social”. Esa reglamentación se apoya en dos principios: el intercambio entre grupos antagónicos y la reciprocidad en su cumplimiento. Pero ello dio lugar a otro desorden, a otro fenómeno inexplicable, pero cuya universalidad pareciera ser también testimonio de una temprana aparición en el proceso de hominización, porque ese intercambio no fue simétrico. Curiosamente condujo a la abducción de la novia, un nuevo fenómeno social: que imponía la cesión de una mujer en matrimonio. No es posible saber exactamente porqué, pero a partir de allí, para que un hombre obtenga una esposa será preciso que ésta sea directa o indirectamente cedida en matrimonio (y el “pedido de mano” no es sino un “resto fósil” de este hecho). Es por ello que una familia, por sencilla que sea, jamás puede ser pensada a partir de la familia biológica, porque será siempre precedida por una relación de alianza e intercambio entre, por lo menos, otras dos. Una familia elemental -si cabe decirlo así- consiste en un marido, una mujer, un niño y un representante de la familia que la ha cedido en matrimonio y un hijo/a.
Esta concepción de la familia opone dos perspectivas muy diferentes para pensar su supuesta crisis y su inevitable desorden. Pensarla desde las formas particulares de reacción familiar, frente a las nuevas exigencias que los cambios históricos le imponen, con el fin de adaptarse a ellos, exigencias que serían coyunturales y pasajeras, tan coyunturales y perecederos como los modos de adaptación. Pero puede también ser pensada como una oportunidad cuya inevitable consecuencia es el enfrentamiento con aquello que, lejos de ser accidental y novedoso, resulta permanente pero imperceptible y que, toda situación crítica, vuelve evidente. En este caso esa incidencia resulta ser, no ya circunstancial ni efímera, sino la ostensible expresión de aquellas relaciones que, preservadas de lo perecedero por medio del retorno -precisamente porque constituyen la estructura elemental-, se encuentran siempre presentes aun cuando desapercibidas en un contexto estable. En este sentido debiéramos partir de una afirmación básica: la relación madre-hijo, la presencia del lazo matrilateral y la excentricidad de la figura paterna, por ser fundantes de aquella estructura elemental “reaparecen con nitidez y tienden a exasperarse cada vez que el sistema considerado presenta un aspecto crítico; ya sea por transformación rápida (costa noroeste del Pacífico), ya porque se encuentre en el punto de contacto y de conflicto entre culturas profundamente diferentes (Fidji, India del Sur); ya, en fin porque se halla próximo a una crisis fatal (Edad Media Europea)”. La elección entre ambas respuestas -adaptación o retorno- no es trivial: pone en juego dos modos opuestos de pensar las “cuestiones clínicas” por parte de conductista y psicoanalistas.
La convalidación clínica del papel que la abducción de la novia desempeñaba en los pedidos de consulta familiar y en los fenómenos adjudicados a la crítica situación de “desorden” de la familia actual, ofrece un camino para su comprensión. Los datos aportados por la antropología, la etnografía, la historia, el derecho y la estadística social comparados con esa experiencia clínica permiten considerar que la familia humana es una Institución cuya relaciones se encuentran ordenadas en un sistema de correlaciones expresable en una metáfora: la relación esposo-esposa es a la relación que ésta establece con su familia de origen (familia matrilateral) como la relación de un padre con su hijo es a la relación entre éste y la familia matrilateral. Esto significa que en la base de todo conflicto familiar podrá constatarse que la distancia entre esposo-esposa será inversamente proporcional a la distancia entre esa esposa y su familia de origen, así como que esa proporción se replicará en la relación de un hijo con su padre. Por el carácter esencialmente paradojal de sus mandatos, esas distancias no dejan de expresarse en los relatos que las familias realizan en las sesiones, relatos que demuestran que, al igual que la histeria de Freud, la familia padece de reminiscencias, de aquello que, impedido de circulación, retorna bajo la forma de padecimiento.

Juan Carlos Nocetti
Psicoanalista, especialista en familias y parejas
noce [at] elsitio.com
 

 
Articulo publicado en
Abril / 2005

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