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La interpretación ¿fetiche o instrumento?

 

Es una idea compartida entre las diversas corrientes psicoanalíticas que la interpretación es su instrumento específico. Desde que Freud definió que los sueños, los síntomas, los actos fallidos o los chistes encierran sentidos, hallarlos se convirtió en meta. La propuesta introduce un corte radical: no se trata de hallar la causa sino el sentido. Si ante el despliegue iracundo de un paciente un analista señalara la posible relación de esa rabia con conflictos con la madre, se referiría a la causa. Sólo si incluyera en ese orden de causalidad eventual la idea de que en su furor realiza el deseo de matarla podríamos hablar de una operación psicoanalítica específica. El sentido, sin perder su dimensión causal, produce un campo de determinación diferente, más vasto, tanto en cuanto a sus límites como en cuanto a sus consecuencias.
Si se trata del sentido, ¿se trataría de una hermenéutica? Laplanche responde convincentemente que no1. Sin embargo, durante muchos años, la práctica analítica pareció signada por ese modelo: la tierra representa la madre, las palabras del analista leche -buena o mala-, otro paciente: un hermano, y un anciano: el padre. J.C. Indart, desde una perspectiva marcada por la dimensión de lo simbólico en Lacan, ya hace años desmanteló esta lógica: “Porque (por qué) una taza (no) es un pecho” afirmaba en el N°1 de la Revista Grupo Cero. Muchos años después el texto podría ser retitulado: “Porque (por qué) el río Tajo (no) es la marca de la castración”. Es que a pesar de los esfuerzos de Freud por definir el análisis como ese proceso de separación de elementos, de discriminación de unidades parciales que remite al análisis en química, la psicosíntesis a la que el yo siempre tiende se apodera de las teorías. Ese Freud lucha contra aquel otro que nos dice que las escaleras representan coitos y los sombreros falos mientras los pacientes nos recuerdan que, a veces, una banana es sólo una banana -lo que no es poco, si se restituye al objeto su dimensión de indicio en una red de sentidos que podrá llevar en infinitas pero no caprichosas direcciones-.
Si no son caprichosas ¿qué las determina? ¿La determinación es retroactiva a su paso?, ¿“se hace camino al andar” diríamos abusando por enésima vez del poeta?, o ¿el paso estará sutilmente balizado?, en cuyo caso ¿el trabajo será encontrar las balizas ocultas entre los matorrales de la conciencia? Es que mientras los enunciados son generales los acuerdos parecen fáciles, pero todo se complica cuando intentamos precisar cuestiones. Si la interpretación apunta al sentido ¿éste preexiste en ese lugar que llamamos inconsciente?, o ¿el sentido adviene como efecto del acto de interpretar -en cuyo caso el inconsciente sería una suerte de hueco, una virtualidad que se construye en el proceso mismo del análisis?
Para ubicarme ante esta cuestión tantas veces discutida utilizaré un símil ya transitado aunque tratando de darle un sesgo diverso. Todos conocemos los modos en que Freud usó el modelo arqueológico: el trabajo analítico implica encontrar sepultados en sucesivas capas los restos intactos y simultáneos de aquella prehistoria que en los hombres en tanto individuos remite a una sexualidad infantil no fosilizada. En su versión más ingenuamente positivista este símil podría llevar a creer que excavando llegaremos a Troya. Pero ningún arqueólogo sería tan ingenuo. Jamás pretenderá encontrar aquella ciudad de Homero, en cambio buscará los elementos que en su reflexión crítica lleven a pensar que Troya existió allí. Ni aun si la lava de Pompeya hubiera dejado intacta su bella arquitectura, nadie pretendería hallar los gritos de los mercaderes, las quejas de los esclavos, las risas de los patricios, los ecos metálicos del paso de sus centurias y los jadeos de éxtasis en sus lupanares o triclinios. Pero aunque sepa que deberá dejar a su imaginación el trabajo de recrear ese clima mundano que deduce de las relaciones entre los trozos desenterrados, también sabe que una correlación equivocada podrá a llevarlo a construir algún “verosímil no verdadero” en el cual, por ejemplo, el emperador Aureliano camine por sus calles, sin considerar que Pompeya sucumbió al Vesubio, mucho antes. Al arqueólogo le interesa la verdad histórica y reexaminará sus hallazgos, sus reflexiones e incluso los objetos puestos cuidadosamente en resguardo en los museos, hasta encontrar la base de su error. La posición del psicoanalista, solemos coincidir, es otra: no nos interesará la materialidad del error sino su sentido. ¿Cómo llegó Aureliano a caminar por una Pompeya ya enterrada? nos preguntaremos. Ahora bien, hallar ese sentido ¿no nos obliga también a respetar la congruencia de los indicios para hallar una verdad que si bien nunca aprehenderemos en su materialidad, sin embargo buscamos cercar? En ese punto, ¿no trabajaremos con las teorías, traducciones, autointerpretaciones -como las denomina Laplanche-, con el mismo cuidado que lo hará un arqueólogo con el trozo de ánfora? Opino que sí, y si bien la verdad material se fuga, en este sentido es absurdo buscarla como si se tratara de recuperar los olores de Pompeya olisqueando sus columnas o sus mosaicos, sin embargo la verdad funciona como motor y balizador de una búsqueda, imposible en tanto pretensión de materialidad pero ineludible como exigencia epistemológica. Caso contrario promoveríamos el riesgo de validar cualquier cosa a partir de su pura sistematicidad interna... y no olvidemos que el delirio paranoico también es sistematizado.
Volvamos a nuestra experiencia. Después de que hablara con tono sufrido de varios temas, le digo a un paciente: “A medida que lo escuchaba me iba dando la impresión de que usted iba contando esto desde la posición de sufrimiento que puede tener un chico cuando se siente abandonado por sus padres”. Él, que venía hablando muy ensimismado, levanta la vista (no se recuesta en el diván), me mira, pone una cara como de sorpresa y me dice que se le ocurrió algo que nunca me había contado y a lo que tampoco jamás le había dado importancia: que para él era un drama ir al jardín de infantes, que lloraba cada vez que lo dejaban. Que no se acuerda nada, pero que en su casa siempre lo contaban. Lo que sí recordaba era lo mal que le hacía.
No me interesa desplegar esta viñeta, ni la eficacia sufriente que podía tener, no sólo que lo dejaran, sino también que contaran una y otra vez la anécdota, desnudando un perfil gozoso donde él no podía menos que sentirse burlado. Lo que sí me interesa es rescatar la fuerza que la congruencia del recuerdo y el comentario interpretativo (o si se quiere constructivo) adquieren para analizante y analista. Esa sensación compartida de descubrimiento que provoca encontrarse implicado en un fragmento de verosimilitud que tuvo su mayor eficacia en la potenciación del proceso analítico, no en un cierre causal resistencial –las cosas que le pasan son por esto- sino en su dimensión dinámica.
En este sentido entiendo que la interpretación debe mantener cierta homología con ese nivel acontencial supuesto e inasible. Homología extraña que surgirá como efecto en el interior del proceso mismo. Creo que a veces se plantea un contradicción forzada entre un realismo ingenuo exacerbado y un logicismo al filo del idealismo. Tomando el modelo de arqueología que propone Laplanche en La prioridad del otro: “En lo sucesivo, la arqueología sólo vale por las redes de correlaciones históricas que contribuye a precisar más acabadamente. Sus objetos no son más que haces de relaciones o de técnicas. El momento en que son encolados, reconstituidos, mostrados, es sólo una concesión a la vulgarización, o si se quiere a la pedagogía”(p.144) Me parece (y por como luego retoma al objeto como mensaje enigmático, pienso que a Laplanche también) que el “sólo vale” es una afirmación extrema; en el afán de recuperar la dimensión relacional, el objeto queda degradado a lo decorativo y pedagógico. Sin embargo, si el cráneo que dio lugar a la existencia del hombre de Piltdown no hubiera sido celosamente guardado, tal vez hubiera sido muy difícil, sino imposible, descubrir que su ubicación en la cadena de los homínidos se debía a una falsificación (voluntaria o no) realizada por hombres del prestigio de un Theillard de Chardin2. Como nosotros no guardamos escenas de seducción en las cajas fuertes de los museos, la congruencia de nuestros indicios debe cumplir con condiciones de exigencia en el cual el propio intérprete es parte. Este es el lugar central que la transferencia tiene en cualquier interpretación. Interpretación que se transformará a su vez en base “material” de sucesivas interpretaciones siempre discordantes con el afán de totalidad al cual el psiquismo es ilusoriamente adepto.
Tomando otro aspecto. Diferencié al comienzo una intervención que apunta a la causa de otra que apunta al sentido: ¿significará esto que todo aquello que no sea interpretación no debe ser considerado psicoanalítico? Desde el punto de vista de lo que he considerado una hermenéutica que, en mi opinión, actúa como fetiche, en el sentido que desmiente la castración, la respuesta debería ser afirmativa. A lo sumo podrán ser consideradas intervenciones secundarias y esporádicas en la búsqueda de lo psicoanalítico “puro”. Sin embargo, si pienso en mi propio trabajo me percato de que estas intervenciones secundarias son más asiduas que mis interpretaciones. Diría más, la interpretación es un momento, un instante que se me produce o se produce en el paciente en momentos muy ocasionales; y siempre la descubro de modo retroactivo. Mucho más usual es esa red de preguntas, señalamientos, construcciones, descripciones, hasta explicaciones, que van tejiendo una malla en la cual la interpretación va asentándose hasta surgir. Volvamos al símil arqueológico. Si en el origen de esa disciplina hay que ubicar, entre otros, a los saqueadores de tumbas ávidos de tesoros, su desarrollo se sostuvo creando métodos menos destructivos que los de aquellos. Si los primeros rapiñaban a base de explosivos que a veces develaban civilizaciones ocultas ... hechas escombros, los arqueólogos hoy tienen el cuidado de crear campos de trabajo donde intentan preservar lo más posible los indicios hallados. Que sean sólo indicios no exige menos cuidado. Es indudable que toda excavación obliga a una dosis de destrucción y una cierta pérdida del objeto original, pero importa garantizar una preservación eficaz del objeto hallado. A veces, la interpretación puede resultar como la dinamita de los saqueadores: descubre civilizaciones ocultas pero las deja mudas, sin nada que decir sobre sí mismas. En este punto creo que las intervenciones del analista actúan como los hilos con los que el arqueólogo cuadricula un campo para disminuir el daño. No son un elemento aleatorio que se puede llegar a usar a veces, sino el tejido profundo que hace del proceso analítico, este trabajo de partes entre partes, un proceso constructivo para la subjetividad de quien lo realiza. Inevitablemente habrá días que nos temblará el pulso o el objeto y el terrón opondrán tanta resistencia a separarse que dañaremos más de lo debido, a veces, con riesgo para el proceso mismo. Esto es lo que hace de nuestro arte con aspiración legítima de cientificidad un espacio definido por nuestro propio devenir subjetivo.
Me he visto y he visto a muchos analistas paralizados buscando una interpretación fetiche. Me he visto y he visto a muchos analistas jaqueados por un superyó analítico que descalifica intervenciones que luego resultan movilizadoras de procesos. Como con todo lo relativo a la técnica, nos movemos en la tensión entre un deber hacer que puede devenir canónico y un hacer que no autoriza el laisser faire pragmático.
La importancia de esta red de intervenciones que van tejiendo la malla interpretativa responden, a mi entender, a una paradoja que el psicoanálisis en tanto disciplina del inconsciente evidencia cuando se ubica como práctica de la cura: El descubrimiento y la invención freudiana tienen que ver con el inconsciente y sus vicisitudes, con lo que se ha dado en llamar el sujeto del inconsciente, pero nuestra práctica transcurre con personas atravesadas por múltiples determinaciones donde conviven lo que con cierta ligereza podríamos llamar el sujeto del cuerpo, el sujeto social, el sujeto político etc., etc. Si bien estos aspectos no se hallan por fuera de las determinaciones del inconsciente, tienen sus propias leyes, que a su vez se retraducen en el inc. No son zonas libres de conflictos como postula la psicología del yo, pero sí implican recortes en lo que podríamos llamar el sujeto psíquico que merecen ser reconocidos en su autonomía relativa. Que un paciente tenga problemas de trabajo puede encerrar los más variados conflictos inconscientes pero muchas veces el paciente debe sentirse reconocido en esa dimensión problemática para pensar otra. No se trata de “a usted le pasa aquello por esto” sino “a usted le pasa aquello y esto”. Es en esta oposición entre un por de matiz disyuntivo y un y copulativo, que se encarna la oposición entre una causalidad simple, aunque remita al inconsciente, y una sobredeterminación que tiene en cuenta las diversas perspectivas de sujeto que plasman lo psíquico en su densidad
Desde esta perspectiva, me parece que es en el reconocimiento que implica la conjunción copulativa, con la dimensión sexual que esta palabra evoca, que el método (referido a la asociación libre y la atención flotante en transferencia) puede hacer que las interpretaciones (en tanto instrumento) se vayan construyendo en la malla de las intervenciones, ya no consideradas un recurso esporádico y secundario sino un elemento consustancial a una interpretación despojada de una función de fetiche.

Oscar Sotolano
Psicoanalista
sotolano [at] arnet.com.ar

Notas
1.  J.Laplanche. Interpretar (con Freud). Nueva Visión.; “La interpretación entre determinismo y hermenéutica”, en La prioridad del otro. Amorrortu.

2.  Me refiero aquí a un fraude famoso en el campo de la paleontología por el cual una combinación de cráneo humano pigmentado y una mandíbula de simio pertinentemente limada sirvieron para intercalar en la cadena de la evolución un eslabón que se dio en llamar Hombre de Piltdown. Las contradicciones lógicas que algunos paleontólogos encontraron sólo se resolvieron cuando se accedió a los fósiles originales y no a sus réplicas fabricadas de acuerdo con la teoría. Ver S. J.Gould. “De nuevo Piltdown”, en El Pulgar del Panda, Crítica, 1994; y “Theillard y Piltdown” en Dientes de gallina y dedos de caballo”, H. Blume, 1984
 

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Articulo publicado en
Julio / 2000

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