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Las guerras de Alejandro

 

Voy a tomar dos momentos del tratamiento de un niño de ocho años con diagnóstico de epilepsia. El primero trata de la construcción del dispositivo y del vínculo terapéutico, mostrando las atípicas formas que fue cobrando la ruptura del encuadre tradicional y la construcción de uno nuevo y distinto con predominio de la acción. El segundo, de la que podría caracterizar la anteúltima etapa del tratamiento, para mostrar la evolución que se fue dando en el niño y donde cobran mayor relevancia las palabras.
Entrevista con los padres I: Abro la puerta de mi consultorio para recibir una pareja, que era lo que había pautado por teléfono, y me encuentro con una señora joven que me mira con cara desesperada, sigo su mirada que va hacia el piso y veo un niño cruzado sobre la puerta que esta preparado para resistirse a entrar. Mi desconcierto debe ser semejante a su desesperación. En la misma puerta pauto una reunión con los padres, sin el niño. Al cerrar la puerta sentí una mezcla de confusión y alivio que me acompañaría, muchas veces, durante el tratamiento.
No había duda sobre cómo había pautado la entrevista, por lo tanto, la presencia del niño y su madre debía tomarlo como indicador diagnóstico de la relación madre-hijo, en particular, y de la ubicación del padre en esta constelación familiar.
Uruguayos dónde fueron a parar (entrevista con los padres II): una pareja de nacionalidad uruguaya consulta por su hijo de ocho años, Alejandro. Laura, la madre, tiene 35 años, es robusta, agradable, inteligente, comunicativa, ama de casa. Roberto, el padre, tiene 37 años, es taxista, inteligente, bastante agresivo, le gusta mucho la noche, la vida bohemia, el baile y la bebida.
Hacían mucha vida nocturna, baile y salida con amigos, eran “bolicheros” dice Roberto.
Todo esto cambió con el nacimiento de Alejandro. No salen, no tienen amigos, se han aislado. Desde que era bebé tuvo convulsiones que lo llevaron a varias internaciones: “parecía que se moría en cualquier momento”. Tiene problemas de conducta, es muy inquieto, pega mucho, no habla y tiene un lenguaje propio, aclara la madre. Está medicado con un anticonvulsivante, Tegretol, ya que en su vida ha tenido muchas convulsiones. La madre dice que es muy agresivo, en cambio el padre opina que no tanto. Laura le responde que no se da cuenta porque está poco en casa.
Está en primer grado de una escuela de recuperación donde no realiza muchos progresos. No habla, sólo se comunica por gestos y onomatopeyas que sólo la madre conoce y puede descifrar: “para que le pongan azúcar en la leche hace una especie de silbido: ¡¡¡shhhhh!!!, tratando de imitar el sonido del azúcar cuando sale de los sobrecitos”. Ella tiene que estar atenta a todos los sonidos que Alejandro realiza para entenderlos y traducirlos. La madre, durante toda la entrevista, se muestra desesperada y pidiendo ayuda, no sabe qué hacer, no aguanta más. Mientras tanto habla la mayor parte del tiempo de Alejandro, sin poder hacer nada distinto que ocuparse de él, desde las innumerables consultas a médicos y especialistas, las reuniones en la escuela con las maestras. Es hijo único. “Al ver cómo era Alejandro decidimos no tener más hijos” dice Laura.
Se casaron muy jóvenes y emigraron a la Argentina en busca de mejores oportunidades de trabajo. No informan de dificultades en especial durante el embarazo, era un chico deseado, sólo Roberto puso algunas objeciones dado que temía que no siguieran haciendo la misma vida nocturna que tanto les gustaba.
Laura tiene una hermana viviendo en Buenos Aires, cerca de mi consultorio (este hecho azaroso será importante como se verá más adelante), el resto de su familia son sus padres y un hermano casado. Viven en Uruguay.
Roberto no tiene otros familiares, sólo un hermano que vive en los Estados Unidos y de quién perdió todo contacto. No se escriben, no sabe dónde esta. Tiene mucho dolor por esta pérdida, lo recuerda con mucho cariño; le da tristeza no verlo, en este momento se conmueve, pero no hace nada por ubicarlo.
De la entrevista se desprende que Laura pasa su día con Alejandro de un lado para otro. Vive para él. Tiene mucha culpa y se siente responsable por la enfermedad del niño.
Roberto trabaja todo el día en el taxi, tiene un grupo de amigos en un bar con los que se reúne el resto de la jornada. Empezó a alejarse de su casa después de las primeras convulsiones del niño. Allí comenzó a beber con intensidad. No hace ninguna salida con Alejandro. Es notorio que está defraudado por él.
Desde el nacimiento de Alejandro se han aislado mucho entre ellos y de los amigos que tenían. Parecen someterse a la culpa agregándole problemas a las dificultades surgidas por la enfermedad del niño. De esta manera encuentro una distancia emocional entre ellos, rechazo del padre al hijo, proximidad simbiótica con la que la madre cree poder ayudarlo y alejamiento de vínculos y alegrías. La enfermedad de Alejandro funciona como si un castigo bíblico hubiese caído sobre la pareja por sus deseos sexuales y reproductivos.
La madre de Alejandro tiene esperanzas en el tratamiento sobre todo por la desesperación que la embarga constantemente. El padre, en cambio me manifiesta: “voy a confiar en todo lo que digas, pero a la primera de cambio que la cosa venga mal, vengo y te rompo todo el consultorio”. Imposible de soslayar esta amenaza, la entiendo desde un padre que se apartó del vínculo filial e intenta reincorporarse violentamente. La manera en que pierde el vínculo con su hermano y el poco contacto que mantiene con el niño parecen indicar su tendencia a abandonar y luego melancolizarse. Parece la trompada de un borracho que al lanzarla se cae solo al piso. Sostenido en estos indicios creo que la amenaza no se cumplirá, aunque no por ello debía ser omitida.
Inventando un encuadre: Su llegada al consultorio fue espectacular, cuando abrí la puerta estaba en el piso, tirado a lo largo, la madre me miraba angustiada. Alejandro hablaba incomprensiblemente, mientras su madre me traduce con naturalidad: “Alejandro pregunta si Ud. está solo”. Este niño, que me inquietaba e intrigaba cada vez más, sin haber entrado ni una sola vez al consultorio, sospechaba que había otra gente. Cosa que era cierta dado que allí trabajábamos cuatro colegas, tal vez creía que iba, una vez más, a una clínica.
Ese día, por suerte estaba solo, por lo tanto lo invité a recorrer los cuatro consultorios para que los visitara. Tomado de la mano de su madre recorre los ambientes, voy mostrándole el lugar, diciéndole que aquí no hay camillas, no damos inyecciones, que los niños sólo juegan y no quedan internados. Al volver a la puerta decide que no va a entrar, que se va a quedar tirado en el pasillo y que no quiere que la madre se vaya. Me di cuenta que en la hora de juego debía estar Laura presente dado que no podría entender sus onomatopeyas.
Decidido a encontrar la manera de acercarme a Alejandro, tomo los juguetes que tenía en el consultorio y los llevo donde el niño está. Por primera vez realizaba una entrevista en el palier de una casa de departamentos.
Tirados en el piso iniciamos un camino. Las palabras que pongo son las traducciones que la madre fue haciendo del idioma que, por aquél entonces, incluía sólo a dos personas.
Alejandro comienza a jugar con soldaditos, luego de revolver con energía todos los soldados dice “Este es el Capitán”. Los corre y dice: “Juguemos a otra cosa”. Toma los avioncitos, los mueve, los deja a un costado y dice: “Juguemos a otra cosa”. Agarra un pequeño trompo, trata de hacerlo girar, no puede. Me mira, me habla a mí por primera vez: “Vamos a jugar a Combate”. La madre, después de traducir, informa que Alejandro ve mucha televisión y que la serie Combate es una de sus preferidas ( era uno de los éxitos televisivos, su tema era la Segunda Guerra Mundial contando los avatares de la misma desde la perspectiva de una patrulla), además de los dibujitos. Alejandro vuelve a mirarme y preguntarme: “¿Quiénes son los alemanes?”.
Inmediatamente separa tres soldados de un lado y seis del otro y comienza una guerra en un lenguaje de onomatopeyas que es imposible de describir, parecía un hombre de mil voces: ruidos fenomenales e incomprensibles en sus tonos y matices salen de su boca. Gritos, explosiones que parecían la banda de sonido de una película de guerra. Como resultado quedan muchos muertos, todo destruido. Me dice: “Es la Segunda Guerra Mundial”.
Toma los aviones y los prepara para lanzar bombas, organiza los soldados para esperar el bombardeo, prepara una barricada, mientras tanto canta una canción, que Laura me dice que es el leit-motiv de la serie, se produce el bombardeo y todo salta por el aire.
Al terminar todo quedó desparramado por el pasillo, recogimos en silencio, Laura, Alejandro y yo.
Cuando se van y retorno a mi consultorio me sentía desorientado, angustiado y muy curioso. Hice algunas anotaciones. Entre ellas: “Necesita saber quién es el que manda (el capitán)”. “Se intenta organizar hasta que todo estalla por los aires, como cuando tiene convulsiones”. “Hay dos bandos, ¿como en su cabeza, la parte sana y la parte rota?, ¿Cómo en su familia?”. “Las onomatopeyas y modalidades de los gritos parecen remitir a los balbuceos de un bebé. Este lenguaje me deslumbra e intriga”. “Los temores a quedar encerrado, ¿tendrán que ver con los tratamientos médicos, con las internaciones, con el vínculo con su madre?”. “Protege los soldados por abajo, la barricada, pero el ataque viene de arriba: aviones, bombas, ¿desde su cabeza?”.
Viviendo arriba de un parapente: Establecimos cuatro entrevistas semanales con el niño y las que se pudiera hacer con los padres dado que Roberto quería venir lo menos posible.
En esta etapa llega hasta la puerta del consultorio, ubicado en el piso catorce, con su madre en el ascensor, no entra y me propone salir a la calle con él. Acepto. Para mi sorpresa, desde la primera vez, baja corriendo por la escalera los catorce pisos, jugando una carrera para ver quién llega primero. Mientras lo hace va gritando y riendo. La madre y yo bajamos en el ascensor, esos minutos son de gran ansiedad para la madre y para mí. Alejandro con su risa parecía indicar donde estaba, daba señales. Al llegar nos encontramos con Alejandro que nos esperaba y poniendo cara de pícaro salió rápidamente hacia el lado inverso de donde iba su madre (dado que Laura se dirigía hacia la casa de su hermana a dos cuadras). La madre me había comentado que cuando ocurría algo así ella salía corriendo a buscarlo. Por lo tanto realicé la conducta opuesta de acuerdo con el juego que Alejandro proponía. Este primer hecho peligroso, se sostuvo en las risas y en el contacto con la mirada de Alejandro, dado que no hacía nada sin buscar la mirada de la madre o la mía.
Alejandro llegaba a la esquina, se ponía bien sobre el cordón y amagaba con cruzar, me buscaba con la mirada y sonreía con picardía. Como se encontraba lejos de mi alcance no dejaba de mirarlo en ningún momento, el nexo entre él y yo era la mirada. Esto sucedía hasta que llegaba a su lado, me tomaba la mano y cruzábamos juntos. Al llegar a la vereda opuesta se desprendía de mi mano riendo y corría hasta la otra esquina, girando su cabeza cada tanto para ver si lo seguía. Así iniciamos un viaje por Villa Freud, donde él corría, me esperaba, nos tomábamos de la mano, cruzábamos la calle y volvíamos hasta la puerta del consultorio donde nos esperaba Laura, se agarraban de la mano y se iban. Pese a todas las vueltas que dimos, nunca pasamos por la puerta de la casa de su tía, parecía tener una brújula que lo alejaba de la madre.
Esta etapa tenía como positivo: a) que Alejandro aceptaba un encuentro conmigo b) Que la madre participaba de la experiencia de ir soltándolo y trataba de soportar la ansiedad que esto le producía c) Laura realizaba otra actividad que le agradaba, ver a su hermana; esto último que es producto del azar sirvió para marcar un indicio, Alejandro quería ir para el lado contrario que marchaba su madre, quería ir hacia lo desconocido. Había que comenzar desde allí u olvidarse del vínculo terapéutico.
Traía las siguientes preocupaciones para mí: a) la perdida absoluta del encuadre que me permitía pensar b) las condiciones del encuentro eran gobernadas por Alejandro c) el riesgo que asumía al permitir que Alejandro se “escapara” d) lidiar con el superyó psicoanalítico que gritaba que andar corriendo detrás de un niño por la calle “no es precisamente psicoanálisis” e) la necesidad de armar, construir un encuadre que permitiera pensar y dar un sentido a un mundo que aparecía tan caótico.
Así pasamos cuatro meses, el juego se mantenía inalterable, me parecía que algo tenía que hacer para pasar a otra cosa, para no sentir tanta preocupación por el posible descuido de Alejandro, de que se lanzara a cruzar la calle. Temía que quedáramos fijados en este juego.
Hasta que un día decidí enfrentar de otra manera la situación, no sabía cómo, pero en una esquina, de pronto, le dije muy enojado: “Escuchame, basta, si llegás a cruzar te zamarreo”. ¿Amenaza?, ¿Límite? Muchas veces he pensado este momento inesperado con respuestas diversas, hoy diría que pudo ser escuchado como límite y aceptado desde la experiencia que veníamos realizando. Asimismo pensé que el padre ni siquiera le hablaba a Alejandro, como lo hizo conmigo en la primer entrevista. La indiferencia era la peor violencia.
Si en la hora de juego Alejandro preguntaba quién era el capitán, pues bien, en el frente de batalla me había ganado el puesto. Si en la hora de juego Alejandro quería ubicar a los alemanes, tendría que aceptar mi mando para ir a buscarlos. Se estableció un orden, producto de una práctica donde Alejandro pudo comprobar que estaba de su lado, donde ambos empezábamos a sentirnos cómodos. Este no era el encuadre “buscado, sino el encontrado”.
La extraña red (mis coterapeutas): A partir de aquí se produjeron efectos importantes en el tratamiento. Alejandro no se va tan lejos, caminamos juntos pero no de la mano, hace corridas más cortas y vuelve o me espera. Una descarga motora y vuelve con una sonrisa más de satisfacción que de picardía. Desapareció el desafío, la satisfacción llega más pronto y es registrada como tal, no hay insistencia compulsiva en el juego de la corrida.
Comienza a entrar en los comercios y pregunta por las cosas que le llaman la atención, señala con el dedo, quiere saber qué es, cuánto cuesta, para qué sirve, si es un artículo enlatado pregunta cómo se abre la lata, cómo se cocina, etc.
Doy una importancia enorme a esta investigación sobre el mundo de los objetos que Alejandro realiza. Descubro, dentro de esta actividad, dos momentos: el primero cuando pregunta o señala, para mejor decir, una cosa tras otra, con lo cual no se interesa por ninguna, como si en ese momento lo traumático ocupara su cabeza. Dado que, como en las corridas, la pregunta sólo necesita volver a realizarse compulsivamente. Aquí sólo era repetir los dos o tres primeros nombres sin apuro y luego decirle que preguntara de a uno.
El segundo cuando se detiene un rato en cada objeto, es el momento en que aprovecho a darle la mayor cantidad de información posible sobre el mismo: cómo se hace, quién lo fabrica, dónde, para qué sirve, sólo me encargo de darle información. Caracterizaría este momento como de predominio de lo informativo, de ampliación de su mundo simbólico, donde las cosas empiezan a ser reconocidas por su nombre y no exclusivamente por señas u onomatopeyas que nadie puede comprender. Intentaba repetir las palabras y si lo lograba se ponía muy contento, si fracasaba desistía rápidamente.
Está un rato en un negocio y sale corriendo al siguiente para hacer lo mismo, transcurren varios meses de esta manera. Pese que ya había leído “Más que humano”, la novela de Theodore Sturgeon, muchas veces creí que los comerciantes se iban a enojar. Por el contrario el niño se va haciendo conocido, lo aprecian, uno tras otros mis invalorables “colegas” lo saludan, lo dejan entrar corriendo e irse sin poner mala cara, asimismo nadie me preguntó nunca nada del niño o de mi relación con él. Se les hicieron habituales las visitas que realizábamos con Alejandro y las conversaciones, bastantes extrañas, que manteníamos dentro de sus negocios. Todavía predominaban las señas, pocas palabras eran claras. De mi parte siempre le insistía en que hablara claro, que quería entenderlo. Alejandro se esforzaba por hacerlo.
Por entonces los padres comentan que Alejandro está menos agresivo, que rompe menos cosas, que el padre le empieza a entender y puede hablar con él. Roberto lo empieza a llevar a la cancha. Desde la escuela informan que el niño está mejor. Puede concentrarse en las tareas, aunque no las haga bien, que tiene mayor vocabulario y una notoria mejoría en el contacto social.
Yendo de la calle al living: hagamos un salto en el tiempo de tratamiento. Un año más tarde de esta etapa, yo había cambiado de consultorio, el mismo se encontraba dentro de mi casa. Alejandro pasó a tener tres sesiones por semana, algunas en la calle (cuando necesitaba correr), la mayoría en el consultorio.
Veamos un fragmento de una sesión: Alejandro viene el viernes, luego de haberle suspendido la sesión del miércoles por estar yo enfermo. Me pregunta, con un lenguaje bastante elaborado: “¿Qué te pasó ayer?”, se refería a la suspensión de su sesión anterior, le contesto que estuve enfermo. Hacemos una casa con almohadones, como otras veces, y me dice que mientras él duerme le robe el auto y escape. Iba yo caminando, como en un auto haciendo ruidos de motor y él me perseguía en el auto policial con sonidos de sirena. Girábamos en círculos hasta que me choca y comienza a pegarme. Jugamos a que nos agarramos a piñas, me empieza a pegar realmente y le digo que no, que no quiero que me pegue.
El insiste en el juego, le digo que él lo que quiere es reventarme porque no estuve ayer. Vuelve a insistir, le digo que no, que me voy al bar (otro lugar que funcionaba como un rincón de juego ya predeterminado y donde habitualmente él dramatizaba la situación del padre). Tomate un whisky, me dice. Le contesto que no y me pregunta: ¿para qué vas al bar? Voy a tomar café con leche y medialunas, te invito, le digo.
Me insiste en jugar a que le robo el auto. Me niego, diciéndole, que sólo quiere pegarme porque está enojado. Vuelve a proponer el juego, le digo que no, parece que no te importa que quedo dolorido, allí comienza a gritar: “callate, callate, callate”. Se va hacia la ventana y se queda allí un largo rato. Es la primera vez en dos años que se queda quieto y reflexivo.
Al volver me propone jugar a las escondidas, donde se plantea la misma situación estar – no estar, verse, no verse, perderse y volver a encontrarse, con una elaboración lúdica de la suspensión de la sesión anterior.
Finale pianísimo: en este trabajo me propuse mostrar cómo en este tratamiento se utilizaron distintos recursos que implementamos con Alejandro donde aparecen momentos puramente corporales o gestuales (acompañarlo, mirarlo), momentos de estímulo (cuando se le brinda toda la información que recaba sobre los negocios y sus objetos), que apuntaban a reforzar narcicísticamente el esfuerzo para usar palabras y la comprensión de los objetos y su denominación (teniendo como hipótesis las dificultades de narcicización del niño por padres que vivieron lo ocurrido desde el nacimiento del mismo como una desgracia). Si era esperado un niño que debía conquistar el mundo (el emperador Alejandro) le fue imposible a esta pareja elaborar las dificultades y ofrecerle un sostén narcisista.
Momentos donde se dramatizaba y, consecuentemente, se realizaban señalamientos e interpretaciones. Que el conjunto de los mismos fue discriminando su daño orgánico de sus dificultades psicológicas. Que su mejoría psicológica permitió que disminuyeran las convulsiones. Y que la ampliación de su mundo simbólico permitió la adquisición del lenguaje que iba acompañando su desarrollo. Esto le facilitaba, como no podía ser de otra manera, reconocer las emociones y fantasías que lo angustiaban.

César Hazaki
Psicoanalista
cesar.hazaki [at] topia.com.ar
 

 
Articulo publicado en
Julio / 2000

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