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Medicina y Religión

 

La enfermedad y la muerte, han constituido siempre elementos centrales de las preocupaciones humanas, forman parte del núcleo duro de las preguntas básicas que la humanidad se viene formulando desde el fondo de los tiempos y que carecen de respuesta, ambas refieren al porqué de nuestra existencia, de las mismas enfermedades y de la ineludible muerte, cuyo misterio central es la existencia del universo y de la vida misma.
Podemos conjeturar, que parecidas preguntas se hicieron individuos de especies anteriores pertenecientes a nuestro linaje como el homo sapiens neardentalensis (esqueleto enterrado alrededor del cual ha sido posible hallar rastros de las flores con que se lo había rodeado-Cueva de Shanidar en el norte de Irak) o el homo erectus. (1-2)
Desde el principio el enfrentamiento con la enfermedad permitía instrumentar medidas concretas, que por supuesto eran precarias, de muy poca o nula efectividad o confiar la suerte del afectado a fuerzas sobrenaturales que presuntamente influirían en el resultado, instigadas por prácticas diversas a menudo crueles. Esto determinó, que el tratamiento de las enfermedades quedara casi exclusivamente, en manos de sacerdotes o chamanes durante gran parte de los 250000 años de existencia de nuestra especie en el planeta.
En occidente, el primer intento de despegar las enfermedades de un aura mágica y religiosa, es llevado a cabo por Hipócrates de Cos (460-377 AC) (3), quien inaugura la descripción objetiva de los síntomas y los signos observables en el cuerpo del enfermo y además confiere a los factores psíquicos importancia en la presentación y evolución de las dolencias, mencionando que estas afectan tanto al cuerpo como al alma.
El mundo biológico fue entregando sus secretos con extrema lentitud, siendo esta una condición básica para la comprensión ulterior de los desarreglos de la salud, lo que determinó que durante siglos los avances fueran escasos, tanto respecto a la naturaleza animal (humana), como a la vegetal. En el extenso período que media entre Hipócrates y los tiempos de la ilustración, fue tan poco lo que la medicina podía brindar para el tratamiento de las enfermedades, que buena razón tuvo Jean-Baptiste Poquelin conocido como Molière(1622-1673) en burlarse ácidamente de los médicos y sus tratamientos, o Voltaire (François-Marie Arouet 1694-1778) en sostener un criterio parecido. Bien valía en aquellas épocas entregarse a la esperanza de las oraciones, a la invocación de santos o a la habilidad del brujo más cercano.
El estudio de la naturaleza humana estaba, además, limitado por prejuicios religiosos que, por ejemplo, prohibían terminantemente efectuar estudios anatómicos usando cadáveres. Esto determinó que durante siglos las escuelas de medicina utilizaran los textos de Galeno (131-200) (3) quien sólo había disecado cuerpos de animales, libros donde se sostenía, por ejemplo, que la mujer posee dos úteros. Cuando en la Edad Media Averroes (Ibn Rushd 1126-1198) junto a Maimónides (Musa ben Maimón 1135-1204), disecando cadáveres en Toledo (España) encontraron un solo útero en la autopsia de varias mujeres, procedimiento que efectuaban a escondidas en el sótano de la casa del primero, dejaron constancia de una anomalía que supuestamente afectaba a las damas de ese país, porque para la mentalidad de la época era más importante un texto, que la observación de la evidencia (9), con lo que Galeno se equiparaba a La Biblia, paradigma de lo escrito que no admitía discusión y a la que no se podía contradecir en lo más mínimo.
El Renacimiento impulsó los estudios anatómicos y Andrés Vesalio (1514-1564) médico belga que había estudiado en París y era profesor de la Universidad de Padua, donde imperaba cierta tolerancia, publicó el primer tratado de anatomía humana dotado de hermosas y rigurosas ilustraciones. Su condiscípulo Miguel Servet (1511-1553), no tuvo tanta suerte, este eminente humanista, teólogo, filósofo y médico, fue condenado por la Iglesia Católica que lo quemó en efigie el 17 de junio de 1551 y por la protestante calvinista que lo hizo sobre su cuerpo vivo el 27 de octubre de 1553, entre otros por el delito de haber descrito por primera vez la circulación menor o pulmonar, contradiciendo frontalmente a Galeno, quien había sostenido la errónea afirmación de que había una comunicación entre los ventrículos derecho e izquierdo.
Un buen ejemplo es la anécdota que rodeó al nacimiento de la inmunología el 1º de julio de 1796 fecha en la que Edward Jenner (1749-1823) inoculó el contenido de una pústula (cow pox) que tenía en su mano la ordeñadora Sarah Nilmes, la que se había contagiado de su vaca llamada Blossom, al niño James Phipps de diez años. Seis semanas después, el niño fue expuesto al peligrosísimo virus virulento de la viruela humana, procedente de una pústula de un enfermo, mostrando total inmunidad. Nos puede ubicar en el espíritu de la época, el tomar conocimiento de que Jenner había inoculado inicialmente sólo a niños reclutados de un Hospicio y que luego fue su sobrino Henry, que no era médico, el que los contagió con el virus virulento incluso a un niño que no había sido tratado con la viruela vacuna, el que ofició de control con las consecuencias que son de imaginar. Agobiado por sentimientos de culpa y su responsabilidad Jenner consultó luego a un sacerdote, quien lo tranquilizó, explicándole que esos niños estaban “fuera de la protección de Dios” por el pecado de haber nacido pobres en Inglaterra, el país más avanzado de la época. Las ubres de la vaca Blossom se conservan en el hospital San Jorge de Londres y la vacunación antivariólica fue el primer procedimiento masivo que permitió proteger contra una enfermedad infecciosa grave, lográndose dos siglos después, al inocularse a toda la humanidad, considerarla extinguida definitivamente, pues el único reservorio del virus era el ser humano.
Este fue un hito fundamental en la milenaria lucha contra los prejuicios y los dogmas, jugando la religión muchas veces un papel opuesto a normas morales que hoy consideraríamos una valla ética infranqueable (3-6).
Hasta el siglo XIX, cuando Friedrich Wölher (1800-1882) discípulo de Berzelius, logró la síntesis de la urea, una sustancia orgánica, a partir del compuesto inorgánico cianato de amonio, los prejuicios y el oscurantismo religioso, también habían determinado que la materia orgánica poseía una estructura tal, que la ubicaba fuera del alcance de las leyes de la naturaleza y dotada de una especial “fuerza vital”, exultante éste le escribió a su maestro la noticia con las siguientes palabras: “He sido capaz de sintetizar urea sin ningún riñón de perro ni de otro animal” (3-6).
Con los escrúpulos en retroceso y merced a nuevas tecnologías procedentes de diversas ciencias, los avances de la investigación iniciaron un proceso en continua aceleración, los conocimientos biológicos actuales asombrarían a cualquier observador de siglos anteriores y aún de hace pocas décadas, pero si pensamos en medicina, en el ser humano concreto, el tema excede ampliamente el ámbito estrictamente biológico, aunque la fantasía sea lograr tal grado de conocimiento en esta área, que posibilite la curación de prácticamente todas las enfermedades.
Luego de milenios en que la esperanza en la curación estaba sujeta casi exclusivamente al influjo de la palabra y a procedimientos vinculados a las religiones, cuya eficacia, en aquel contexto no se puede poner en duda, no debe asombrarnos que la cultura occidental bajo la influencia de nuevas ideas comenzara a desligarse de antiguas leyendas y supersticiones y creyera en el infinito progreso que el avance científico prometía. En ese preciso momento irrumpen Sigmund Freud (1856-1939) y el psicoanálisis, respuesta racional para intentar conocer en profundidad el universo psíquico y su influencia en las enfermedades. Los difíciles, contradictorios y por momentos horribles abismos del alma humana, fueron entonces expuestos, con rigor y crudeza por un médico que había dedicado sus primeros esfuerzos profesionales al estudio de las enfermedades neurológicas. El encuadre del psicoanálisis como ciencia generó controversias que aún persisten, sus resultados no pueden evaluarse repitiendo el procedimiento por parte de investigadores diferentes, son difícilmente valorables por medio de estadísticas y sin duda están notablemente influidos por factores culturales, sin embargo ha movilizado el estudio fundado y lógico, desligado de lo sobrenatural, de aquello que siendo tan intrínsecamente humano, escapa al ámbito biológico.
Evidencias de la influencia de factores psicológicos en la aparición y evolución de diversas patologías se encuentran en la literatura médica desde hace siglos y han sido profusamente consignadas en obras literarias y registradas por la cultura popular (3).
Hoy gracias a los avances en la investigación de las funciones neurológicas, se hace cada vez más evidente que el Sistema Nervioso Central participa activamente e influye en las actividades de casi todos los aparatos y sistemas orgánicos, incluso produciendo mensajeros químicos que antes se creían exclusivos de otros sectores como el respiratorio o inmunológico, por poner dos ejemplos (7-8).
Por lo tanto un mismo hecho clínico puede ser estudiado y encararse su terapéutica en los dos campos, desde el momento en que es imposible pensar que un daño físico no se acompañe de consecuencias psíquicas o viceversa.
Además, en estos últimos años asistimos a conceptos nuevos relacionados con la plasticidad del cerebro y la influencia que ejercen sobre él los acontecimientos socioculturales, hechos que se verifican en tiempos asombrosamente breves. Los neurofisiólogos están comenzando a investigar el difícil campo del inconsciente desde su perspectiva y el impacto de los sentimientos en estructuras específicas como la amígdala cerebral o las modificaciones que una psicoterapia exitosa produce en los centros límbicos.
Es muy probable que en los próximos años asistamos a una verdadera revolución en neurobiología y a una mejor complementación de la farmacología y la psicoterapia basadas en conocimientos nuevos (4).
Ya Freud había intentado algo al respecto en su obra de 1895 “Proyecto de una psicología para neurólogos”, pero los tiempos no estaban maduros para encarar tal desafío y después de todo los brujos y chamanes algo de esto percibían en sus prácticas ancestrales.
No debe ser casual que a los médicos se nos distinga por el guardapolvo blanco, portador de lejanas reminiscencias de hábitos religiosos, atuendo que simboliza la limpieza y la higiene y que paradójicamente se comenzó a usar, a consecuencia de otro gran avance, el descubrimiento de la etiología microbiana de las infecciones. Si bien, como vemos, lucir tal indumentaria tuvo un origen lógico y científico, nada impide que el que la usa aparezca ante los demás como un ser un poco especial, que todavía lleva algo del lejano sacerdote que mediante conjuros mágicos exorcisaba a los demonios.
Sin embargo, en nuestra época, los fantásticos adelantos que se registran casi diariamente en el campo de la biología y su aplicación a la terapéutica de las enfermedades, no impiden que millones de personas acudan a solicitar auxilio milagroso ante la enfermedad. Incluso por televisión se pueden presenciar presuntas curas fantásticas, puestas en escena con pautas teatrales, delante de una feligresía en trance. Son gentes que contra toda evidencia vuelven a pedir el milagro, la magia, la salvación a través de lo inexplicable o recurre a terapias alternativas sólo porque ellas conservarían algo de lo desconocido, lo no común, lo inexplicable.
Además si bien no con la letalidad de otros tiempos, es constante la interferencia religiosa en la investigación biológica, hoy no pretenden prohibir las autopsias, ahora son su blanco las técnicas más avanzadas como, por ejemplo, la de introducir ADN humano en óvulos animales, para producir de este modo células madre, que permitan investigaciones que pueden aportar terapéuticas para enfermedades como el Parkinson o el Alzheimer, procedimiento al que califican de “acto monstruoso contra la dignidad humana debido a la petición inmoral de un grupo de científicos” o “una violación más de los derechos del embrión” cuando, insisto, estamos hablando de algo creado en el laboratorio con un óvulo de vaca o coneja y el ADN de una célula humana de la piel o la sangre (5).
Tenemos un cuerpo y una psiquis que evidentemente no puede funcionar sin él, mucho camino falta recorrer para comprender más íntimamente sus relaciones, por lo que durante mucho tiempo todavía, lo misterioso ocupará un lugar nada despreciable en el escenario de la enfermedad y la muerte.

Félix Pal
Médico Especialista en Alergia e Inmunología Clínica
Director de la Carrera de Posgrado en Alergia e Inmunología Clínica.
Unidad Académica Hospital General de Agudos Dalmacio Velez Sarsfield.
Docente Libre U.B.A.
e-mail: felixpal [at] hotmail.com

Referencias

1) Los orígenes del hombre, Richard E. Leakey y Roger Lewin, Aguilar, Madrid, 1980.
2) Hijos de un tiempo perdido, José Mª Bermúdez de Castro, et al., Editorial Crítica, Barcelona, 2004.
3) Historia de la Medicina, Pedro Laín Entralgo, Salvat, Barcelona, 1979.
4) Entrevista al neurobiólogo Gerhard Roth y el psicólogo social Harald Weltzer, Die Zeit, reproducida en la revista Humboldt, Goethe Institut, año 48, nº 145, 2006.
5) “Los embriones de la polémica”, Diario Página 12, 6 setiembre 2007, Pág. 19.
6) Historia de la Medicina, Lyons-Petrucelli, Doyma, Barcelona, 1984.
7) “Effects of stress on the immune system”, Khansari D., Murgo Anthony, Faith Robert, Immunology Today, 170-175, 1990.
8) “Circulating nerve growth factor levels are increased in human with allergic diseases and asthma”, Bonini, Se., Lambiase, A., et al., Proc. Natl. Acad. Sci., USA, 93.10955-10960, 1996.
9) El médico de Córdoba, Herbert Le Porrier, Grijalbo, Barcelona, 1988.
 

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Articulo publicado en
Marzo / 2008

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