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Hacer lazo en tiempos de intemperie

 
Salud mental laboral en la Argentina de nuestros días

"¿Qué cosa fuera la maza sin cantera?"
Silvio Rodríguez, La maza.

Cuando el malestar hace ruido, pero no palabra

En la Argentina actual, y también en el mundo, la salud mental laboral se convirtió en un tema que circula con insistencia. Se la menciona en discursos institucionales, aparece en capacitaciones, se incorpora a protocolos y en las agendas empresariales. En los pasillos de hospitales, en las oficinas públicas, en empresas que reestructuran cada trimestre, la incertidumbre económica impacta en la estabilidad laboral y en la planificación vital. Sin embargo, cuanto más se la nombra, más parece diluirse su espesor. Se habla de bienestar, resiliencia, autocuidado y hasta de felicidad en el trabajo; pero el malestar que atraviesa a quienes trabajan continúa, muchas veces, sin encontrar palabra.

En contextos de inestabilidad económica, precarización y fragmentación del lazo social, el trabajo deja de ser únicamente un organizador simbólico y comienza a convertirse en un territorio de tensión permanente. No se trata solo de estrés ni de agotamiento individual. Se trata de una experiencia subjetiva que remite a una intemperie institucional: ¿a quién recurro si estoy mal? ¿Quién me cuida como trabajador? ¿Quién sostiene la ley si la ley no me resguarda?

Leer el malestar laboral como una falla individual o como una consecuencia lineal de variables económicas sería un reduccionismo, y también, una ingenuidad. Es quizás más un fenómeno emergente, producido por la interacción entre condiciones macroestructurales, lógicas organizacionales y también tramas subjetivas de época.

Trabajo y sufrimiento: más allá del individuo

La psicodinámica del trabajo (Christophe Dejours) ha mostrado que el sufrimiento no es un accidente, sino una dimensión estructural del vínculo entre sujeto y el trabajo. El trabajo puede constituirse en fuente de realización y reconocimiento, pero también en causa de desgaste cuando las condiciones impiden transformar el sufrimiento en sentido.

La psicodinámica del trabajo (Christophe Dejours) ha mostrado que el sufrimiento no es un accidente, sino una dimensión estructural del vínculo entre sujeto y el trabajo. El trabajo puede constituirse en fuente de realización y reconocimiento, pero también en causa de desgaste.

En el contexto argentino contemporáneo, atravesado por incertidumbre económica y demandas crecientes de productividad, se intensifican las exigencias de adaptación individual. La respuesta dominante suele centrarse en la responsabilidad subjetiva: gestionar emociones, desarrollar habilidades blandas, aprender a tolerar la presión, adaptarse al contexto y sobrevivir a las IAs... Sin embargo, cuando el discurso del rendimiento desplaza la dimensión colectiva del trabajo, el sujeto queda solo frente a la exigencia y al vacío.

El psicoanálisis nos advierte que la subjetividad se constituye en la trama del encuentro con otro. Cuando ese lazo se debilita -cuando no existen espacios de intercambio, reconocimiento o simbolización- el malestar tiende a volverse mudo, a expresarse en el cuerpo o en el agotamiento. Como señala Freud: "En la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, el otro, como modelo, como objeto, como auxiliar o como adversario" (1).

Esto se profundiza en algunas organizaciones, por ejemplo, las del sector sanitario, donde el trabajo implica un contacto permanente con el dolor y la vulnerabilidad; allí estas condiciones adquieren una intensidad particular. El cuidado del otro suele sostenerse muchas veces a costa del descuido propio.

El parte como anestesia: viñetas de la vida en un hospital

Un enfermero termina una situación crítica con un paciente con el que lleva meses de contacto y sabe que su estado es terminal. Se queda unos segundos quieto, con la respiración entrecortada y manos temblorosas. Entra la supervisora, ante la incomodidad del momento le dice "Después lo hablamos, ahora necesito que cargues todo en el sistema". Él asiente. Se sienta frente a la computadora y empieza: fecha, hora, signos vitales. Y sigue su turno. Con la pesadez de sus emociones y de un cuerpo con pocas horas de descanso. El acto administrativo tapa el impacto. La burocracia funciona como calmante.

En esta escena, repetida en las lógicas hospitalarias, el silencio no es ausencia de palabras sino una solución. Un modo de seguir funcionando cuando lo vivido desborda. La frase después lo hablamos promete un futuro que pocas veces llega, y que obliga a seguir sin que haya otro que reciba y ayude a poner nombre al malestar. El sufrimiento queda sin destinatario, en la soledad de quien lo enuncia (o al menos de quien intenta hacerlo). Y esto no por mala voluntad del lado de quien supervisa, sino por una lógica que entrampa a los sujetos en la dinámica de la eficiencia y del rendimiento. Donde muchas veces las pausas son pocas, y los tiempos de comprender quedan excluidos, priorizándose solo el hacer.

Y aquí conviene aclarar que lo que habilita la escucha no es un dispositivo sofisticado de alto costo: es un gesto de hospitalidad que aloje al otro en un no estás solo. En un mundo donde el avance tecnológico propicia cambios futuristas, lo que aquí proponemos recuperar es casi una práctica ancestral: escuchar a otro. Mirarlos y alojar su vulnerabilidad en esa mirada.

Complejidad e institución: lo que no se tramita retorna

Las organizaciones no son estructuras lineales ni cerradas. Tal como plantea Morin, el pensamiento complejo exige "vincular lo que está separado y distinguir sin desunir" (2). Por ello, la propuesta de recuperar lo múltiple en las lógicas laborales nos abre a la posibilidad de pensar el campo desde su complejidad. Sí, los malestares y las licencias de salud mental de los trabajadores son cada vez más frecuentes. Pero: ¿son problemas individuales o más bien se tratará de ver más allá en la configuración del entramado en el que emergen? Porque lo que no encuentra lugar de tramitación simbólica en la institución retorna como conflicto o síntoma. Y persiste.

Entonces así pensado, decimos que las escenas laborales cotidianas -una indicación ambigua, una demanda contradictoria, una norma vivida como ataque personal, un silencio prolongado- condensan dinámicas institucionales más amplias. No son hechos aislados. Son puntos donde la estructura se hace visible. Y conviene sostener la propia tensión para poder leer allí cuáles serán las variables que estén operando como punto de urgencia a atender: el diseño de un puesto poco realista, las métricas de rendimiento que muchas veces imponen ideales inalcanzables, los estilos de liderazgo que avasallan lo singular o encarnan mandatos superyoicos voraces, lo silenciado en los grupos, la precarización en las condiciones de contratación, entre otras tantas...

Porque cuando predomina la fragmentación y se pierde la posibilidad de pensar colectivamente lo que sucede, emerge una forma particular de soledad institucional: cada trabajador responde desde su lugar, sin trama que lo sostenga. La culpa vuelve sólo contra el sujeto, imposibilitando triangular algo de su mal estar. En tiempos de crisis, la soledad se profundiza. Y el malestar, lejos de desaparecer, se privatiza.

Argentina hoy: precariedad y aislamiento

La coyuntura argentina por todos conocida, agrega capas de complejidad al fenómeno. La incertidumbre económica impacta en la estabilidad laboral y en la planificación vital. Los discursos de un mercado fragmentado y de un Estado que erosiona las defensas colectivas privatizan los conflictos: cada quien negocia su supervivencia. Los proyectos de un yo futuro cada vez son más impensables en un suelo tan incierto: ¿qué encuadre me resguarda? ¿Quién respeta ese encuadre?

La aceleración digital intensifica ritmos y reduce tiempos de elaboración. El cansancio y agotamiento se naturalizan. El predominio de la inmediatez dificulta los huecos de sentido: hoy hay que saberlo todo y para ayer. Los tiempos de comprender se obturan.

En este escenario, el trabajo se convierte simultáneamente en refugio y amenaza. Refugio, porque garantiza subsistencia e identidad; amenaza, porque puede perderse o precarizarse. Esta ambivalencia genera un estado de alerta constante que incide en la salud mental de los trabajadores.

Mientras el malestar se amplifica, los espacios de encuentro disminuyen: abundan las reuniones operativas que reemplazan espacios de conversación e intercambio. Protocolos sustituyen diálogos sinceros. Indicadores cuantitativos desplazan narrativas subjetivas.

El resultado es un trabajador hiperconectado, pero subjetivamente aislado.

Recuperar el encuentro: una apuesta ética

Frente a este panorama que a veces suena devastador, la respuesta no puede reducirse a estrategias individuales. La complejidad del fenómeno exige recuperar la dimensión colectiva del trabajo.

Frente a este panorama que a veces suena devastador, la respuesta no puede reducirse a estrategias individuales. La complejidad del fenómeno exige recuperar la dimensión colectiva del trabajo.

Pensar al trabajo como un proyecto compartido, donde el encuentro con el otro, los objetivos comunes, puedan funcionar como espacios protegidos donde algunas paradojas puedan ser toleradas y algo de la ilusión institucional, del para qué estamos aquí, sea recreado.

En este sentido, los dispositivos grupales constituyen espacios privilegiados para reinstalar la palabra y el lazo. No se trata de terapias institucionales encubiertas, sino de habilitar lugares donde lo vivido pueda pensarse, compartirse y resignificarse.

El sufrimiento puede transformarse cuando existe un colectivo que lo aloje. Como sostiene Dejours, el trabajo no es solo producción, sino también construcción de identidad y posibilidad de reconocimiento (3). Sin colectivo, el sufrimiento se cristaliza.

Entonces, trabajar la salud mental laboral hoy implica construir condiciones para que el malestar encuentre interlocución. Implica restituir encuentros y asumir que el cuidado no es un acto individual sino relacional.

Trabajar la salud mental laboral hoy implica construir condiciones para que el malestar encuentre interlocución. Implica restituir encuentros y asumir que el cuidado no es un acto individual sino relacional.

Quizá la premisa más urgente no sea "gestionar mejor el estrés", sino evitar las soledades institucionales. Porque allí donde el lazo se restituye, el malestar deja de ser ruido y puede transformarse en pensamiento colectivo. Y esto, lejos de ser una premisa romántica ni una nostalgia por tiempos más solidarios, constituye una lectura clínica de lo que vemos a diario en las organizaciones.

¿Qué cosa fuera la maza sin cantera? Escribió Silvio Rodríguez y lo hizo voz Mercedes Sosa. La imagen es sencilla pero profunda a la vez: la maza puede ser fuerte, puede golpear, puede hacer; pero sin la roca común que le da dirección pierde el sentido y se dispersa. Así, el trabajador sigue funcionando, produce, responde, rinde. Pero si la cantera -esa comunidad que reconoce, sostiene y comparte sentido- se erosiona, la fuerza humana corre el riesgo de transformarse en mero instrumento. Un cuerpo que ejecuta, pero no encuentra interlocución.

Tal vez la pregunta por la salud mental laboral no sea cómo volver más resistente a cada maza aislada, sino cómo reconstruir la cantera que hace posible el sentido. Porque cuando el lazo se debilita, no solo se desgasta el esfuerzo: se empobrece la experiencia misma de trabajar. Y allí donde el trabajo deja de ser encuentro, comienza a volverse pura inercia. Una maquinaria que funciona, pero que ya no sabe muy bien para qué... ◼

Bibliografía

Dejours, Christophe, Trabajo y desgaste mental, Lumen, Buenos Aires, 1998.

Fernández, Ana María, Las lógicas colectivas. Imaginarios, cuerpos y multiplicidades, Biblos, Buenos Aires, 2007.

Freud, Sigmund, Psicología de las masas y análisis del yo, Amorrortu, Buenos Aires, 1979.

Morin, Edgar, Introducción al pensamiento complejo, Gedisa, Barcelona, 1990.

Notas

1. Freud, Sigmund, Psicología de las masas y análisis del yo, Amorrortu, Buenos Aires, 1979.

2. Morin, Edgar, Introducción al pensamiento complejo, Gedisa, Barcelona, 1990.

3. Dejours, Christophe, Trabajo y desgaste mental, Lumen, Buenos Aires, 1998.


Pamela Aráoz
Psicóloga. Docente universitaria. Consultora en Psicología del Trabajo
Email: lic.araoz2733 [at] gmail.com

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Articulo publicado en
Septiembre / 2026

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