Antes incluso de aprender a hablar, los seres humanos sentimos. Un recién nacido no comprende explicaciones racionales, pero percibe el tono de voz, la respiración, la tensión y la disponibilidad de quien lo sostiene. La experiencia comienza en un cuerpo que percibe y se vincula antes de poder narrar lo que le sucede.
Mi recorrido profesional me llevó durante años por preguntas vinculadas al lenguaje, la psicología y, más tarde, los abordajes corporales. El encuentro con los caballos agregó una pregunta que terminó organizando muchas de las anteriores: ¿y si el cuerpo no fuera solamente el lugar donde se manifiesta el sufrimiento, sino también un territorio desde el cual podemos comenzar a escucharlo?
Las perspectivas contemporáneas de la cognición corporizada cuestionan la idea de una mente confinada al cerebro. Percibir y conocer implican la interacción entre cerebro, cuerpo y ambiente. Esto no vuelve innecesaria a la palabra. Nos invita, en cambio, a preguntarnos qué sucede mientras hablamos: cómo respiramos, nos tensamos, nos acercamos, nos retiramos y habitamos aquello que contamos. ¿Cómo se escribe nuestra historia en nuestro cuerpo? ¿Palabra y cuerpo siempre son coherentes entre sí? ¿Es decir, pienso, digo y hago en la misma dirección? Un caballo, sí... y para vincularnos con él nos exige esa coherencia.
Los caballos son animales sociales cuya supervivencia depende en gran medida de una percepción muy afinada del entorno y de las señales corporales de otros individuos. Su comunicación no necesita del lenguaje simbólico humano. Por eso, cuando participan de una experiencia terapéutica, resulta importante evitar tanto el reduccionismo, la idealización y el antropomorfismo. Ni un animal "salvaje" que hay que dominar y someter, ni un dios que nos viene a sanar. Ambas posturas son injustas a la grandeza de su esencia.
Un ejemplo sencillo permite comprenderlo. Una persona puede traer mediante su discurso a su madre. Para nosotros esa palabra pertenece a un universo simbólico inmenso. Para el caballo, no. No conoce a esa mujer ni sabe si hubo conflicto, ausencia o protección. Pero frente a él hay un organismo para el cual esa palabra sí tiene una historia. Al pronunciarla pueden modificarse la respiración, el tono muscular, la postura, la dirección de la mirada o la calidad del movimiento.
No sería correcto afirmar que el caballo percibe "el conflicto con la madre". Percibe a la persona que tiene delante y responde a información corporal y contextual disponible en la interacción. Esta distinción es central: no necesitamos atribuirle capacidades mágicas para reconocer la riqueza de su participación.
El caballo no parece leer nuestra historia. Puede, en cambio, responder a la manera en que esa historia se expresa corporalmente en el presente.
El caballo no parece leer nuestra historia. Puede, en cambio, responder a la manera en que esa historia se expresa corporalmente en el presente.
Aquí encuentro un diálogo posible con el psicoanálisis y la metodología que trabajo en las terapias corporales y ecuestres. La noción lacaniana de hiancia permite pensar una abertura que no puede cerrarse mediante una representación completa de la experiencia. El lenguaje no consigue decirlo todo.
Pero el cuerpo tampoco viene a llenar esa hiancia. No constituye una vía secreta hacia una supuesta verdad absoluta del sujeto. Sería igualmente reduccionista afirmar que una tensión en los hombros "significa" necesariamente un conflicto determinado. Eso convertiría al cuerpo en otro sistema cerrado de interpretación.
Mi pregunta es otra: ¿qué sucede si, además de escuchar aquello que una persona puede decir, aprendemos a permanecer por un momento en la distancia entre lo que dice, siente, percibe y hace?
En un encuentro asistido por caballos la persona continúa siendo un sujeto atravesado por el lenguaje, pero se encuentra frente a otro ser que no participa de ese mismo universo simbólico. Allí puede producirse un desplazamiento momentáneo: el discurso deja de ocupar todo el escenario y adquieren mayor visibilidad la postura, la distancia, el movimiento, la respiración y la relación con el entorno.
Cuando una persona llega a una sesión, trae una narrativa. Explica. Justifica. Interpreta. Cuenta quién cree ser. Cuenta qué le pasó. Eso pertenece al mundo simbólico. Pero simultáneamente trae otra cosa. Trae un cuerpo, una respiración, un tono muscular, una postura, un patrón de movimiento, una forma de acercarse, una manera de retirarse, un ritmo. Un estado de activación del sistema nervioso. Y muchas veces esos dos niveles no coinciden.
Una persona dice "estoy tranquila" mientras sostiene la respiración o mantiene el cuerpo preparado para alejarse. Esto no significa que el cuerpo diga la verdad y la palabra mienta. Significa que la experiencia humana puede organizarse en registros diferentes que interactúan permanentemente.
Comprender intelectualmente por qué reaccionamos de determinada manera puede ser valioso y, sin embargo, no siempre modifica de inmediato una respuesta corporal aprendida. El organismo también aprende a través de experiencias. Por eso los abordajes corporales y vinculares pueden ofrecer una oportunidad para experimentar, y no solamente explicar, nuevas maneras de estar frente a una situación.
En mi práctica, la presencia del caballo no reemplaza la escucha ni interpreta al sujeto. Introduce una alteridad particular: otro cuerpo, otra especie, otra forma de percepción. Esa diferencia puede volver visibles aspectos de nuestra manera de habitar el presente que el predominio del relato deja a veces en segundo plano.
El problema no es el lenguaje. Nuestra capacidad simbólica hizo posibles la cultura, la ciencia, el arte y también la elaboración de nuestra propia historia. El riesgo aparece cuando convertimos una sola dimensión de la experiencia en explicación suficiente de todo lo humano.
Los caballos me llevaron a regresar a preguntas que había encontrado en la psicología y el psicoanálisis desde otra dirección. No para demostrar que el cuerpo sabe más que la palabra, sino para escuchar qué ocurre entre ambos.
Los caballos me llevaron a regresar a preguntas que había encontrado en la psicología y el psicoanálisis desde otra dirección. No para demostrar que el cuerpo sabe más que la palabra, sino para escuchar qué ocurre entre ambos.
La neurociencia interpersonal ha mostrado que gran parte de nuestra experiencia emocional se organiza a través de procesos corporales y relacionales. Autores como Daniel Siegel sostienen que la mente emerge del intercambio constante entre cerebro, cuerpo y relaciones. Esto implica que nuestra capacidad para sentir seguridad no depende únicamente de procesos internos. También depende, fundamentalmente, de la calidad de los vínculos y del entorno en el que vivimos.
Desde esta perspectiva, el cuerpo no es un simple vehículo de la mente. Es el lugar donde la experiencia ocurre. Y quizás por eso los caballos pueden resultar tan relevantes en los trabajos terapéuticos. Porque nos obligan a volver a un lenguaje que antecede a las palabras.
El cuerpo no viene a reemplazar la palabra. El caballo tampoco viene a reemplazar al terapeuta. Pero el encuentro con otra especie puede recordarnos algo que nuestra extraordinaria capacidad simbólica a veces deja en segundo plano: antes de explicar el mundo, lo percibimos; mientras hablamos, seguimos percibiéndolo; y mientras intentamos comprender nuestra historia, hay un cuerpo que ya la está viviendo.
Quizás algunas veces necesitemos comenzar justamente allí.
Comprender intelectualmente un conflicto puede generar alivio. Pero muchas veces no modifica la respuesta automática del organismo. Una persona puede entender perfectamente por qué siente miedo al abandono y, aun así, seguir reaccionando igual frente a cada vínculo.
El sistema nervioso necesita sentirse seguro. Stephen Porges, creador de la Teoría Polivagal, plantea algo profundamente simple: para aprender, vincularnos y transformarnos primero necesitamos sentir seguridad. Cuando nuestro sistema nervioso percibe amenaza, activa mecanismos de supervivencia: luchamos, huimos o nos congelamos.
Muchas veces las personas intentan salir de ese estado mediante razonamientos. Pero el sistema nervioso necesita evidencia corporal de seguridad.
Aquí es donde la interacción con los caballos podría ofrecer experiencias diferentes. No porque eliminen el miedo. Sino porque permiten vivir situaciones donde la percepción de amenaza comienza a reorganizarse.
En los últimos años han comenzado a parecer investigaciones que exploran el impacto de las intervenciones asistidas por caballos. Algunos estudios sugieren mejoras en la regulación emocional, disminución del estrés percibido y cambios en marcadores biológicos asociados al bienestar y al vínculo.
Todavía queda mucho por investigar. Pero los resultados son suficientemente interesantes como para formular nuevas preguntas. Y las investigaciones siempre comienzan con buenas preguntas.
Los caballos pertenecen a una categoría biológica como especie de presa. Su supervivencia dependió durante millones de años de detectar cambios mínimos en el entorno: micro movimientos, cambios posturales, tensión muscular, dirección de la atención, estados de activación fisiológica.
Comencé entonces a preguntarme si el cuerpo era únicamente el lugar donde aparecían los síntomas o si, por el contrario, era también el lugar donde podían comenzar los procesos de transformación. Una zona desde la que la persona habla consigo misma, y que no siempre puede o sabe escuchar. Me gusta pensar a los caballos como esa asistencia de la voz del cuerpo y del hombre como mamífero.
Lucy Rees, una de los principales referentes mundiales en la etología equina, describe cómo gran parte de la comunicación social de los caballos ocurre mediante señales extremadamente sutiles. La cohesión de la manada depende de esa capacidad de observación constante.
Un concepto particularmente interesante para desarrollar es el de la coherencia. Los seres humanos podemos decir una cosa y sentir otra. Podemos afirmar que estamos tranquilos mientras nuestro cuerpo expresa tensión. Podemos sonreír mientras sostenemos miedo. Y ahí nacen muchos de los conflictos internos y vinculares que nos enferman.
Los caballos parecen responder con mayor claridad a aquello que ocurre en el plano corporal que a nuestros discursos conscientes. Por eso muchas personas describen la experiencia de estar con ellos como una invitación a la autenticidad. No porque el caballo "lea la mente". Sino porque responde a señales biológicas que muchas veces nosotros mismos dejamos de registrar.
Autores como Gregory Bateson, David Bohm y Fritjof Capra propusieron que la vida no puede comprenderse como una suma de partes aisladas. Somos parte de una red. Una trama de relaciones. Quizás los caballos nos recuerden precisamente eso. Que no estamos separados de la naturaleza. Somos naturaleza.
Una experiencia corporal puede permitirnos comprender de otra manera algo que intelectualmente conocíamos desde hacía años. Desde mi práctica no decimos que el caballo cura ni que el inconsciente del caballo lee el inconsciente humano.
Más bien creemos que el ser humano posee dos grandes formas de organizar su experiencia:
Y que la cultura occidental desarrolló extraordinariamente la primera. Mientras que los caballos pueden ayudarnos a recuperar la segunda.
La palabra "ritual" suele asociarse con algo mágico o religioso.
Aquí entendemos el ritual como una secuencia intencional de movimientos, palabras y acciones que le permite a la persona atravesar una experiencia emocional con plena presencia. Desde esta mirada, el ritual deja de ser una creencia para convertirse en una herramienta corporal.
Una inclinación del cuerpo, un cambio de posición. Dar un paso. Tomar distancia. Acercarse, respirar, nombrar, mirar, agradecer y soltar. Cada gesto organiza la experiencia de una manera distinta. Y el cuerpo responde a esa organización.
Aquí aparece el aporte de Carl Gustav Jung. Los símbolos poseen una enorme capacidad para organizar la experiencia. No porque tengan poderes sobrenaturales. Sino porque nuestro psiquismo piensa, recuerda y transforma gran parte de su experiencia mediante imágenes, metáforas y actos cargados de significados. Cuando una persona cambia su posición, modifica una distancia, pronuncia determinadas palabras o realiza un movimiento concreto, no está solamente diciendo algo. Está viviendo una experiencia distinta, y muchas veces esto modifica la forma en que su organismo responde.
Jung comprendió tempranamente la enorme potencia de imágenes y símbolos dentro de la experiencia psíquica. En mi trabajo, determinados movimientos provenientes de una perspectiva sistémica permiten llevar esa dimensión simbólica al espacio y al cuerpo.
Una frase breve acompañada por un movimiento puede constituir una experiencia diferente de una larga explicación acerca de aquello que deberíamos sentir.
Nuevamente, no se trata de reemplazar la palabra.
Se trata de encarnarla.
Por eso, muchas veces, además de trabajar junto al consultante en un movimiento descendente (del cerebro hacia el cuerpo) es muy fructífero sumar el movimiento ascendente (del cuerpo al cerebro). No debería imaginarse finalmente como una escalera rígida.
Una nueva experiencia modifica nuestra percepción.
Una percepción diferente puede producir nuevas palabras.
Una nueva palabra puede modificar nuestra manera de experimentar una situación.
El recorrido vuelve entonces a comenzar.
Tal vez allí exista un punto de encuentro especialmente fértil entre abordajes que durante mucho tiempo fueron pensados como pertenecientes a territorios diferentes.
La experiencia narrativa participa de manera privilegiada en la construcción de significados.
La organización corporal participa de procesos perceptivos, afectivos, relacionales y de regulación vinculados también con nuestra supervivencia.
Pero ninguna existe completamente separada de la otra.
Se modifican recíprocamente.
Somos sujetos del lenguaje y, simultáneamente, mamíferos que perciben, se regulan, se vinculan y responden a un ambiente.
Somos organismos biológicos capaces de producir símbolos. Somos cuerpos atravesados por historias. Somos sujetos del lenguaje y, simultáneamente, mamíferos que perciben, se regulan, se vinculan y responden a un ambiente.
Quizás podamos llegar al cuerpo desde la palabra. Y quizás podamos llegar a nuevas palabras desde el cuerpo.
Tal vez el desafío contemporáneo no consista en decidir cuál de estos caminos contiene la verdad sobre el sufrimiento humano, sino en construir dispositivos suficientemente abiertos como para reconocer qué puede aportar cada uno y cuáles son también sus límites. ◼
Bibliografía
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Varela, Francisco J.; Thompson, Evan; Rosch, Eleanor, De cuerpo presente. Las ciencias cognitivas y la experiencia humana, Gedisa, Barcelona, 1992.
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Siegel, Daniel J., La mente en desarrollo. Cómo interactúan las relaciones y el cerebro para modelar nuestro ser, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2007.
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Barrett, Lisa Feldman; Simmons, W. Kyle, "Interoceptive predictions in the brain", Nature Reviews Neuroscience, vol. 16, 2015, pp. 419-429.
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Rees, Lucy, La lógica del caballo, Grupo Lettera, España, 2010.
Rees, Lucy, Horses in Company, The Crowood Press, Ramsbury, 2017.
María Nieves Gorosito
Terapeuta Holística e Instructora de Equinoterapia
Email: nievesgorosito [at] gmail.com