Presentación del libro Tratar la Locura. La Judicialización de la Salud Mental, Daniel Sans, editorial Topía | Topía

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Presentación del libro Tratar la Locura. La Judicialización de la Salud Mental, Daniel Sans, editorial Topía

 

Esta vez, me toca agradecer por duplicado. Mi sincero reconocimiento va dirigido a Enrique Carpintero --y a quienes integran esta iniciativa maravillosa de Topía-- por haberme honrado con el privilegio de ser Jurado en los Concursos de Ensayo, y aliento, también, una profunda gratitud hacia Daniel Sans por haber solicitado mi participación en este evento. 

 

Tratar la locura es en libro premiado y es un libro que nos llega de lejos: nos viene del sur, de Rio Negro, y ese no me parece un dato menor. Lo digo yo que también vengo del sur: yo nací y viví toda mi infancia en Bernasconi, un pueblito muy pequeño ubicado en el sur de lo que entonces era el Territorio Nacional de La Pampa, de modo tal que en cierto sentido somos vecinos. Y digo somos vecinos --y no “fuimos vecinos”-- porque si bien ya no resido allí, a mi infancia la llevo puesta…sigo estando en el sur. Y no me parece un dato menor porque venir de Rio Negro a Buenos Aires con un libro premiado incita a toda una reflexión acerca de las relaciones entre el centro y la periferia…una invitación a pensar el vínculo que se establece cuando un acontecimiento tiene lugar en los márgenes y cuando tiene lugar en la metrópoli.   

Así es que voy a ir del contexto… al texto.

En primer término, voy a referirme al panorama de la época –al contexto de aparición del libro-- para pasar, después a hacer algunos comentarios acerca del ensayo que nos convoca.

 

Hoy en día, aquí, en la Argentina, el enfrentamiento entre fuerzas instituyentes montadas en la Ley 26.657 y fuerzas instituidas lideradas por la psiquiatría clásica protagonizan el campo ampliado de la salud y de la enfermedad mental.

Hace más de cincuenta años, más de medio siglo atrás, un enfrentamiento semejante tenía lugar entre la psiquiatría y la antipsiquiatría.

Medio siglo atrás…

Cuesta recordarlo pero… había una vez un mundo lleno de esperanzas.

Hubo una vez, en que el Tercer Mundo y sus múltiples rebeliones, desafiaron al Capitalismo desarrollado del Primer Mundo como nunca antes había sucedido. Hubo una vez en que el capital multinacional se vio obligado a un momentáneo repliegue táctico.

Hubo una vez en que el imperialismo se vio amenazado; y así, amenazado a partir del triunfo de la Revolución Cubana del 59 atravesó toda la década del 60 hasta la victoria vietnamita del 1975 con ese coletazo final del sandinismo en el 79, y esa fiesta  de insubordinados que se celebró en el 68 con los levantamientos obreros y estudiantiles en las principales metrópolis del imperialismo occidental tanto en Europa como en Japón y los EEUU.

Pero la rebelión del Tercer Mundo que marcó a fuego los años 60 y 70 no fue única y exclusivamente política. La crisis de la dominación capitalista que caracterizó aquellas décadas –y que motivó en el decenio siguiente la contraofensiva conservadora mundial del capital que padecemos hasta hoy en día-- fue también una crisis de hegemonía cultural. En la brecha abierta a esa hegemonía cultural, en ese escenario, el movimiento de la antipsiquiatría, de la psiquiatría democrática, de la alternativa a la psiquiatría, de la psiquiatría de sector, de la psiquiatría comunitaria, cantó presente y contribuyó a imaginar otro destino para los enfermos mentales. Era la primera vez que dentro del amplio espectro del poder médico una especialidad concitaba un movimiento crítico estable y contundente; movimiento que por reunir a autores de diversas disciplinas --de la medicina, de la psicología, de la pedagogía, de la antropología, de la sociología, del psicoanálisis-- adquirió un fuerte carácter contracultural. David Cooper, Ronald Laing, Franco Basaglia, Thomas Szasz, Michel Foucault, Erving Goffman, Ivan Illich, Giorgio Antonucci fueron los nombres que, desplegándose en un amplio registro, desde posiciones divergentes y a veces antagónicas, casi siempre desde el mero centro de los países centrales, lideraron esa propuesta reformista y novedosa.

¿Qué pasó en Cuba? 

Bajando victoriosos de la Sierra Maestra, habiendo instalado por la lucha armada la primera Revolución Socialista en occidente, Fidel le encargó al Comandante Ordaz que se hiciera cargo de Mazorra, esa especie de manicomio gigante mezcla de campo de concentración, cárcel, y villa miseria. Y Ordáz lo hizo: convirtió ese infierno en un vergel; transformó aquello en un maravilloso manicomio donde quienes estaban internados recibían un trato humano y respetuoso. Yo lo recuerdo bien porque residiendo allí en épocas de escasez y de racionamiento extremo, era vox populi que los únicos que comían bien en Cuba eran los pacientes internados en Mazorra.

Como casi todo el mundo recuerda, los EEUU invadieron militarmente Cuba en 1961. Playa Girón fue el primer indicio de que esa Revolución había llegado para quedarse; fue el símbolo de la resistencia revolucionaria. El testimonio de los mercenarios capturados durante la invasión le permitió a León Rozitchner escribir ese texto extraordinario que tituló “Moral Burguesa y Revolución”. Pero hubo algo más: después de haber sido enjuiciados, los mercenarios que habían sido tomados prisioneros fueron cambiados a los EEUU por medicamentos. Más precisamente por psicofármacos. De modo tal que en la Cuba bloqueada desde el 61 en adelante faltaba de todo, menos psicofármacos.

Así fue como Cuba, la vanguardia política de la época, la experiencia transformadora más significativa del siglo en la América toda –para orgullo de los cubanos—tuvo el manicomio más ordenado y presentable del mundo. 2.500 camas en 62 hectáreas a medio camino entre el aeropuerto de Rancho Boyeros y la Plaza de la Revolución con salas impecables, campos de deportes, una orquesta sinfónica, escuela de jardinería, psicoballet dirigido por Alicia Alonso…todo eso  y mucho más… al punto tal que pasó a integrar el circuito de los logros que la revolución lucía ante los visitantes extranjeros.

…y así fue como mientras en los países desarrollados comenzaba a tomar vuelo la antipsiquiatría y la política de la desmanicomialización, los pacientes internados en Mazorra fueron convocados para construir nuevos manicomios en distintas partes de la Isla. Mientras en los países desarrollados había comenzado una campaña para demoler los muros del encierro…, en Cuba brigadas de locos edificaban manicomios cada vez más grandes, más lujosos, más confortables; esta vez, manicomios de lujo, baños de mármol, salas con aire acondicionado, cines y teatros dentro, salones de manicuría y pedicuría, auditorios de música con instrumentos costosísimos.

Por esas cosas del destino, allí por los sesenta, me tocó coincidir con David Cooper en una visita que hizo a Mazorra. El encuentro de Cooper con Ordaz es tal vez una de las experiencias más extravagantes que tuve en toda mi vida. Allí estaban Cooper y Ordaz. Detrás de Cooper yo veía el decadente imperio británico; detrás de Ordaz, la Cuba revolucionaria. Cooper no podía creer lo que Ordaz le mostraba y me dirigía miradas cómplices pidiendo ayuda con gesto de “esto no puede estar pasando”. Ordaz no sabía como reaccionar ante las exclamaciones de Cooper que daban tanto para el asombro horrorizado como para la exaltación jubilosa, y yo no tenía la menor idea de como iba a hacer para salir de ese brete y conciliar lo inconciliable. Felizmente el intérprete era tan malo que la barrera de la lengua se encargó de ayudarme a transitar el equívoco. Cooper, que había llegado a Cuba lleno de ilusiones y muy bien dispuesto a dejarse impresionar por lo más progresista de la época, se encontró con funcionarios que le mostraban orgullosos los viejos, los nuevos y los futuros manicomios. Pero no fue por ese disgusto que se enfermó y murió al poco tiempo. Cuando llegó a Cuba ya estaba enfermo y es probable que esa enfermedad y la barrera idiomática ayudada por las sustancias a las que Cooper era tan afecto hayan contribuido a evitar un peor desenlace para ese malentendido.

Mientras tanto, estamos hablando siempre de 1961, Alberto Orlandini, psiquiatra cordobés que había pasado como un rayo por el servicio de Goldenberg en Lanus, llego a Cuba y fue asignado a Santiago. Esto es la Provincia de Oriente…de La Habana, la otra punta de la Isla. Alberto era el único psiquíatra en la provincia más densamente poblada del país y, ya se sabe, la asistencia de la salud pública junto con la educación, fueron y son la gran reivindicación de la Revolución.

Pues bien, en esas circunstancias Alberto hacía lo que podía. Trabajaba a full de lunes a sábado. Y los domingos…en los domingos por aquel entonces se habían instituido las Jornadas Guerrilleras. Por Jornadas Guerrilleras se entendía el trabajo “voluntario” de los domingos en los que uno podía elegir…ir a cortar caña al sol, debajo del calcinante sol de Cuba, o ponerse al día con todo el trabajo atrasado.

El domingo al que hago referencia, Alberto optó por esto último. Tenía una larga, larguísima lista de espera de modo tal que le pidió a la secretaria que cite a todos los pacientes anotados.

Fue así como ese domingo, se levantó temprano, se bañó, desayunó y enfiló para el Hospital sin saber lo que le esperaba. Lo supo cuando abrió la puerta de la sala de espera que en realidad era un gran patio descubierto. Allí se había congregado una multitud más digna de un discurso de Fidel que de una consulta hospitalaria; turba que a los gritos, papelito de citación en mano, reclamaba su legítimo derecho a ser atendida. Ante esa muchedumbre aullante Alberto siempre muy tranquilo, siempre muy cordobés, pidió silencio y con clara conciencia que ni en una semana iba a poder responder a una  demanda semejante, apeló a la calma. Hizo lo siguiente. “A ver… los que están tristes y no pueden dormir de noche, se me corren para este lado; los que ven cosas que no existen, se me ponen por acá; y los que dicen disparates se van para el costado.” Ahí mismo sacó el recetario y a distribuir se ha dicho.

Pero en descargo de la política psiquiatrizante de Cuba diré que los psicofármacos cambiados por mercenarios se acabaron pronto y que, como bien decía mi amigo el Dr Arés, “aquí en Cuba no hay psicofármacos. Aquí en Cuba hay cinco fármacos y si uno de los cinco no te viene bien, estás perdido.”

En otra ocasión, también frente a la ofensiva antipsiquiatrica, Ares se mostró dispuesto a reconocer que él y sus colegas cubanos habían abusado del electroshock. Yo, que a esas alturas residía en Cuba muy próximo a Mazorra, le recordé la frecuencia de los cortes de electricidad, lo prolongados que eran…al punto tal que nosotros decíamos que en La Habana no había apagones. En La Habana había alumbrones. De vez en cuando venía la luz y eso sucedía generalmente entre las 2:00 y las 6:00 de la madrugada…de modo tal que aunque hubieran querido, aunque así lo hubieran dispuesto, los electroshocks eran impracticables.

 

Decía antes que este libro --Tratar la locura-- incita a toda una reflexión acerca de las relaciones entre el centro y la periferia…una invitación a pensar el vínculo que se establece cuando un acontecimiento tiene lugar en los márgenes y cuando tiene lugar en la metrópoli.

Una cosa es Buenos Aires y otra, muy distinta Rio Negro.

Una cosa es París y otra, muy distinta, Buenos Aires.

¿Cómo repercutieron en Río Negro las reformas psiquiátricas y los proyectos dominantes en Buenos Aires?

¿Cómo repercutió aquí, en Buenos Aires el movimiento de la antipsiquiatría iniciado en Goritzia por Franco Basaglia, o la experiencia de Maud Mannoni y Robert Lefort en la Escuela Experimental de Bonneuil Sur Marne, o el emprendimiento de la Maison Verte de Francoise Dolto.

Ya se sabe: una profunda diferencia, un abismo insalvable separa un acontecimiento que sucede en la metrópoli de uno que sucede en la periferia. El primero, qué otra cosa que un hecho universal puede ser. En cambio, el acontecimiento de la periferia no tiene más remedio que permanecer, si acaso, como gloria local cuando no como copia mimética en lengua subordinada.

Yo, por mi parte subscribo la idea de Remi Hess. Me refiero a la manera en que algunos profesionales y no pocos intelectuales aceptan por delegación actualizar el centro en la periferia. Esta actualización del centro en la periferia está casi siempre al servicio del control social. Una casta de privilegiados controla, en nombre del Estado, lo que debe ser practicado, lo que debe enseñado y lo que debe ser omitido respecto del saber social. Entonces, queda claro que el poder central –que en un principio era localizable en el nivel nacional-- se encuentra desplazado cada vez más en el lejano nivel supranacional. El poder central se ha vuelto periférico al encontrar nuevos lugares de concentración de poder. Así, existe la tendencia a organizar bolsones de centralidad en la periferia; bolsones en los que se reedita el poder despótico del centro. ¿Qué otra cosa ha sido el proyecto de desmanicomialización de Río Negro sino un debate entre técnicos y funcionarios de gobierno; debate que excluyó cualquier tipo de participación de la comunidad?   

Yendo al texto

Leí varias veces Tratar la locura.

La primera, como Jurado del Concurso de Ensayos organizado por Topia.

La condición de Jurado de un Concurso tiene características singulares. La lectura que uno realiza como Jurado supone una obligación y una responsabilidad que le es ajena a la lectura que se inicia por simple elección. La lectura que realizo como Jurado es una lectura forzada que me obliga a poner permanentemente en duda mis reflexiones, a intentar una neutralidad imposible, a sospechar de mis prejuicios y a interesarme por temas que ni por lejos hubiera imaginado. A que ocultarlo: muchas veces es una lectura aburrida y fastidiosa, sobre todo cuando los textos son definitivamente malos o impertinentes. Y eso a veces pasa. Pasó. Hubo un año en que por unanimidad el Jurado que integré con León Rozitchner y Gilou García Reinoso decidió dejar desierto el premio.

Lo que ocurrió con Tratar la Locura fue enteramente diferente. Comencé a leerlo por obligación y llegado a la página 17 ya me había olvidado cuál había sido el motivo por el cual había dado inicio a la lectura; me atrapó de tal manera que no pude soltarlo hasta haberlo terminado. Al final de la última frase tuve la certeza de que este era, por lejos y sin dudarlo, el libro que debía ser premiado. Me reconfortó saber, después, que quienes integraron el Jurado habían llegado a la misma conclusión. Y esto es así porque Tratar la locura tiene la rara virtud de armonizar forma y contenido. Quiero decir: además de abordar de manera inteligente, arriesgada y sin concesiones los temas referentes a la atención que las instituciones del Estado le prestan a los así llamados enfermos mentales, está bellamente escrito. Es, por lo tanto, el ensayo de un teórico y el texto de un escritor.

Decía que llegando a la página 17 ya me había olvidado cuál había sido el motivo por el cual había dado inicio a la lectura y es allí, justo allí, en la página 17, donde me enfrenté con un título desconcertante: La carta 0. Habituado a transitar por la obra de Freud y sus exégetas, acostumbrado a navegar por la bibliografía lacaniana, no me podía ser ajena una curiosidad especial por la carta 0. Conocía, porque colaboré en esa edición, la correspondencia de Freud y Fliess; el intercambio epistolar con Jung; las cartas de amor a Marta, y las que le envió a Einstein. Yo mismo he escrito un largo artículo basándome en la carta 69 de Freud pero esta era la carta 0. Caramba, me dije: esta no la tenía; nunca antes había leído nada acerca de la carta 0.

Aquí va:

Ven que no mentía cuando dije que estaba bellamente escrito.

Tratar la locura, el libro que nos convoca tiene 6 capítulos y un anexo. Imperdibles el capítulo I Historias de Locura que contiene el texto que acabo de leer; imperdible el capítulo VI Al otro lado de la puerta. Este último es un folletín escrito en el mejor sentido del género literario denominado folletín donde brilla el autor a partir del ritmo de producción, el suspenso mezclado con una buena dosis de misterio que, por momentos, roza lo escabroso. Es la historia de Angel, acuartelado en la peluquería; es la historia de la hermana de Angel que pide ayuda para trasladarlo al Hospital de General Roca.

Aquí…un paréntesis: la hermana pide ayuda a la comisaría para trasladarlo porque en Rio Negro, por decreto Ley 02 del 2000 “Cuando en causa penal por hechos graves el juez verificare la convergencia de alguno de los supuestos del artículo 34 inciso 1 del Código Penal de la Nación, estará facultado para disponer en calidad de imputado las medidas policiales o de seguridad que estime indispensable para evitar que la persona con sufrimiento mental se dañe a si misma o pueda dañar a los demás.” Lo que el decreto Ley 02 del 2000 dice es que… persona con sufrimiento mental e imputado da lo mismo.

Entonces, la hermana pide ayuda, la policía acude con un cerrajero y Angel los recibe a los escopetazos hiriendo a dos policías y al cerrajero; al peluquero se lo lleva puesto una bala perdida.

El capítulo VI: maravillosa la factura del texto; una proeza literaria.

Lo demás, es sutil trabajo de orfebre que acomoda fragmentos, piezas de un rompecabezas, para terminar armando una obra tan sólida como flexible. Por allí desfilan las instituciones, la implicación, la Ley 2440 de Promoción Sanitaria y Social de las Personas que Padecen Sufrimiento Mental, el claro oscuro a los Derechos Humanos, reflexiones que se atreven a cuestionar el mito del Plan de Salud Mental de Rio Negro y, por sobre todo, argumentos que tienden a poner en tela de juicio al sistema jurídico; buenas razones para confirmar que las leyes, inevitables y necesarias como son, no son suficientes si no se modifican las figuras que transitan por el imaginario social y si no es la comunidad organizada la que interviene en la cuestión.

 

Hace muchísimos años, en la primera entrevista que mantuve con una paciente en el Policlínico de Lanús y siguiendo el protocolo de confeccionar la historia clínica, llegado el momento le hice la pregunta de rigor:

--¿Alguien en su familia padece de enfermedad mental?

--No doctor: en mi familia todos la disfrutan.

Tengo la certeza de que si compran el libro y lo leen, van a estar en condiciones de incorporarse a la familia de mi paciente y disfrutarlo como lo he disfrutado yo.

 

 

 

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Articulo publicado en
Noviembre / 2014

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