CLINICA Y SUBJETIVIDAD EN LA ADOLESCENCIA | Topía

Top Menu

CLINICA Y SUBJETIVIDAD EN LA ADOLESCENCIA

 
SEGUNDAS JORNADAS PROVINCIALES DE ACTUALIZACIÓN EN ADOLESCENCIA"SUBJETIVIDAD ADOLESCENTE, ESCENARIOS ACTUALES DESAFÍOS Y PERSPECTIVAS EN EDUCACIÓN, JUSTICIA Y SALUD" GUALEGUAY – ENTRE RIOS

Nacemos, por decirlo así, en dos veces:
una para existir, y la otra, para vivir.

Jean-Jacques Rousseau, en Emilio.

 

Parece que vivimos en una época en donde las esperanzas están dirigidas a la Ciencia; a una Ciencia tal como se ha proyectado en la Modernidad: un proyecto racional que, sin embargo, según hemos podido corroborar en el último siglo, no ha llevado al hombre a ser más racional, más pensante, más bien nos queda la sensación de que hoy se piensa poco. Es decir: hay un discurso social imperante que al parecer sostiene cierto ideal en el cual pensar no es uno de sus emblemas. Un estilo, podemos llamarlo así, que está a contrapelo de la decisión de pensar. Claro está que no me estoy refiriendo a la cavilación obsesiva, que es justamente lo contrario al pensar; sino a ese pensar que significa para el sujeto ir en la dirección de la responsabilidad subjetiva de sus actos.
Permítanme entonces que me detenga un minuto en felicitar a los Organizadores de este Evento, y que haga extensiva esta felicitación a todos los que han concurrido, a los que nos hemos reunido aquí hoy, pues aquí flota otro espíritu, un espíritu que va en dirección contraria a ese discurso social imperante. Estamos en condiciones de afirmar que hemos sido invitados a pensar, a pensar juntos sobre una temática muy particular, y que está en estos tiempos en primera plana y no siempre lo está de la mejor manera. Entonces felicitémonos por hacer una pausa en nuestras actividades para detenernos a pensar, en reflexionar juntos.
Y permítanme que agregue desde un inicio, que el Psicoanálisis es un práctica que invita al sujeto a pensar; que invita al sujeto a hacer una pausa en su vida cotidiana para pensar sobre lo que lo aqueja. Y esto dicho así, ya es una precisión sobre el sentido de la clínica psicoanalítica: el analista espera de quien viene a consultarlo pueda hacer el esfuerzo de dejar el mundo de todo los días, sus exigencias y obligaciones, afuera una vez que se cierra la puerta del consultorio, y se disponga de la mejor manera para hablar libremente, para pensar sin esa cláusula inhibitoria de tener que saber antes de haber pensado. Desde ya esta indicación es válida no sólo para los sujetos adultos, sino que también lo es, y tal vez con mayor énfasis, cuando se trata de sujetos que están transitando esa etapa de la vida que llamamos adolescencia.
Me parece, entonces, que la de hoy es una propuesta muy adecuada a los tiempos que corren –y digo corren- porque es innegable que corremos más de la cuenta, que estamos impelidos a cierta prisa, y que el sujeto sufre cierto corrimiento, es desplazado de la escena de la vida y mortificado por cierta prisa en cumplir ciertos objetivos, ciertos ideales, que no pocas veces lo dejan a expensas de un estado de ansiedad, angustioso, que no puede controlar.  Es probable que en una ciudad como Gualeguay, aquí en Entre Ríos, estemos más a salvo de los peores males de nuestra época; sin duda los riesgos que el destino le depara a un adolescente en las Grandes Metrópolis sean más acuciantes, se perciban como de una peligrosidad mayor. Esto, en todo caso, dejemos anotado que, de hecho, existe una sensación pública que parece inclinarse en esa dirección.
La psiquiatría moderna ha inventado un nombre nuevo para este fenómeno actual: Ataque de Pánico. Ciertamente no es nada nuevo; Freud conceptualizó en su momento, aquello en lo que hay que poner la atención en ciertos fenómenos que se han vuelto corrientes en estos días: Son las respuestas del Sujeto ante un estado angustioso, por momentos intolerable. La pregunta que deberíamos hacernos, y en la que deberíamos pensar, es la siguiente: ¿Por qué el Sujeto responde con un ataque de pánico a las exigencias del Ideal de nuestra época?
Los así llamados adolescentes no son ajenos a este ajetreo de la modernidad, y no sólo están sometidos a la misma presión que los adultos, sino que lo son con más razón, puesto que son convocados a integrarse a un mundo cuyos horizontes son estrechos y son percibidos por la nueva generación como amenazantes. Esto es: estrechos porque el tiempo y el espacio se han achicado hasta convertirse en imperceptibles; piénsese en las insignificantes medidas de tiempo en lo que tardan las comunicaciones, la instantaneidad con que nos llegan las imágenes de los lugares más remotos del planeta, y se tendrá una idea de la estrechez del mundo en el que nos toca vivir. Amenazante, pues hay una sensación de que no hay forma de salirse del control que se ejerce sobre lo social, sobre el individuo, de tal manera que el ideal del panóptico se ha vuelto una realidad.
Esta época en donde los cambios culturales son desarrollan a una extraordinaria velocidad, de la mano casi siempre de los desarrollos tecnológicos que han logrado cambiarle la cara a nuestro mundo; la familia, no es la excepción. Dejaré de lado referirme a los detalles sobre los cambios ocurridos en la estructura de la familia, desde su concepción en los albores de la Modernidad hasta nuestros días. Mencionaré sólo algunos elementos que en esta ocasión son indispensables para nuestro desarrollo.
Como señala Lacan: «Se ha debido renunciar al intento de hacer derivar de relaciones biológicas los efectos sociales de la institución familiar» (incluso un origen biológico de la misma). Esto que ha sido un Ideal en la ciencia de hace unos siglos, ha demostrado ser un camino infructuoso. La Familia Humana es una Institución, que puede ser abordada, investigada, desde distintas disciplinas, que darían cuenta, en forma convergente, de su constitución histórica. Está sujeta a las condiciones culturales de cada época, y a la misma ley que determina toda institución del Hombre.
El desarrollo singular del ser humano ha demostrado ser capaz «de comportamientos adaptativos de una variedad infinita» (Lacan), en contraste de lo que encontramos en la Naturaleza: por cuanto los animales, sujetos a una herencia biológica, están sometidos a patrones menos flexibles. Como dice J. Lacan, «el análisis psicológico debe adaptarse a esta estructura compleja, y no tiene nada que ver con reducir a la familia humana a un hecho biológico, ni a un elemento teórico de la sociedad».
S. Freud bautizó «Complejo de Edipo» a la estructura que se deriva de la institución Familia. En otras palabras: el Complejo de Edipo, es esa estructura por medio de la cual un sujeto singulariza su personalidad, siendo ésta la función primordial de la Familia en cuanto a su herencia para la nueva generación. El descubrimiento freudiano significa que cada sujeto se encuentra, en relación a su Ser, «sometido a la regulación y a los accidentes de un drama psíquico» (Lacan), en la cual desarrollan sus papeles privilegiados cada uno de los personajes de este drama familiar. Señala Lacan: «Existe ahí un orden de determinación positiva que explica una gran cantidad de anomalías de la conducta humana; y al mismo tiempo, determina que en relación a estos trastornos las referencias al orden orgánico sean caducas».
Hegel ha afirmado que un sujeto que no logra separarse del grupo familiar y luchar por ser reconocido fuera de este grupo en la sociedad, nunca alcanza su personalidad. Y ésta que es la afirmación de un filósofo queda demostrado en la experiencia clínica: quienes acuden a un psicoanalista lo hacen porque algo de esa afirmación de sí en la vida está obstaculizada, sustituida, más precisamente, por un síntoma. Se puede verificar que este síntoma tiene, en los neuróticos, un dejo nostálgico. Una nostalgia que podríamos caracterizar como: la nostalgia de la ilusión de ser en armonía con el Universo, nostalgia del paraíso perdido.
Cuando un Sujeto (tal el adolescente) es tomado por esta insistente búsqueda, por esta nostalgia perturbadora, podemos detectar esa lucha interior entre la alineación o la separación del grupo familiar al cual ha estado sujeto, en primer lugar por su indefensión de nacimiento, y luego por su dependencia psicológica. «Búsqueda de ese paraíso perdido anterior al nacimiento y de la oscura aspiración a la muerte», señala Lacan. Son estas pasiones indómitas, ambivalentes, las que caracterizan la etapa adolescente.
Así, en la historia, podemos ubicar el apogeo de una familia matriarcal, que dio paso a la familia patriarcal; y que ha dado paso, más cerca en nuestros días, a la familia conyugal; y que está dando paso, tal vez podamos hacer un registro de esto hoy aquí, a otros modos de familia, como por ejemplo las denominadas familias ensambladas, pero que podemos aventurar no será la única transformación de la familia y en un futuro cercano seremos testigos tal vez a otras mutaciones. Más allá de estos avatares sociológicos, tenemos el descubrimiento freudiano, que ha dado prueba de no estar ausente en ninguna estructura familiar, y esto es la prohibición materna. En otras palabras, queda excluido el comercio sexual incestuoso, sea el lugar que sea en el que cada grupo humano lo vea erigirse. De tal manera que, en los restos arqueológicos de aquella, su eficiencia se transmite en las subsiguientes. Es la lucha que encarna cada sujeto, digámoslo así, por separarse de lo materno y ligar su deseo a una ley.
La prohibición de la madre se extiende en sus efectos más allá del desarrollo del sujeto singular: se extiende al patrimonio cultural (que no casualmente se denomina patrimonio en nuestras sociedades), a los ideales sociales y al estatus jurídico. La primacía de la Ley de la prohibición de la madre está en la génesis de toda Moral, incluso la compleja red de preceptos que hemos construido en nuestras sociedades modernas. Así se observa cómo se afirman en la sociedad las exigencias de la persona y la universalización de los ideales; lo demuestra el progreso de las formas jurídicas (Lacan).
Por estas mismas razones, para abordar la subjetividad adolescente en nuestros días, no es posible hacerlo si antes no nos proponemos indagar las consecuencias de la crisis que afecta, como hemos dicho, a la familia en tanto institución humana. Consecuencias que no será sin efectos en la constitución subjetiva del individuo. Dato que no es posible minimizar cuando se aborda la clínica del adolescente actual, cuando se abordan las nuevas modalidades del síntoma que presentan las nuevas generaciones ya que, no son aislables, de las tendencias hacia donde vira la familia conyugal y las vicisitudes del matrimonio. Ya que la familia conyugal, como describe Lacan, tiene al menos tres funciones en la formación del nuevo sujeto que adviene al mundo:

  • Encarna al Otro de la autoridad en una figura familiar, cercana, accesible, con quien el adolescente puede medir sus fuerzas sin el riesgo que implica la confrontación fuera del grupo de origen;
  • El sujeto se constituye tanto al modo del adulto, como modelo al que se identifica, como contra su autoridad, con la que rivaliza;
  • Constituye la constelación de representaciones que determinan la vida sexual del sujeto, en el marco de la moral de la pareja parental.

En suma, como afirma Lacan, el Complejo de la familia conyugal le ofrece al sujeto el recinto en el que le es posible confrontarse con los rigores más profundos de su destino, para poner al alcance de su existencia individual el éxito sobre su servidumbre original (indefensión de nacimiento y dependencia psicológica).
Este es el drama existencial al que se ve enfrentado todo sujeto, llamamos adolescencia a este transe, a este paso fundamental al que es esforzado cada individuo. Freud pone en evidencia que el ser humano atraviesa en su desarrollo su drama existencial en dos tiempos: dos oleadas, dice Freud, en su constitución como ser sexuado: la una en la primera infancia (Complejo de Edipo), la segunda en la pubertad, en donde el sujeto se verá en la encrucijada existencial de correr los riesgos más íntimos hacia su autonomía personal.
Es un momento de tensión: es la puesta a prueba de la propia constitución subjetiva; pero es también la puesta a prueba de los estamentos más profundos y escondidos de los adultos a cargo del adolescente. Las nuevas formas del síntoma en los jóvenes dan cuenta de las dificultades que se presentan en la actualidad en esta puesta a prueba.
La desconfianza de la generación adulta sobre la nueva generación: las sospechas, el temor, etc., es un tópico clásico de la literatura especializada. Se ha visto en esta desconfianza en primer lugar la amenaza que representa la rebelión adolescente, el cuestionamiento de los valores imperantes, la denuncia de la impostura de la sociedad de los adultos. Pero, quiero señalar, hay otra vertiente más oscura: la desconfianza como falta de Fe en la nueva generación. Como si se dijera: No es esto (la nueva generación) lo deseado. Se ha fracasado como generador de una descendencia ideal. Por lo que el joven nunca está lo suficientemente preparado, apto para la vida autónoma. Es necesario que siga un tiempo más bajo las polleras de mi madre, como decía un paciente en sesión.  Siendo que lo que está en juego es la oscura incapacidad por parte del adulto de aceptar un destino que lo desalojará del lugar que han ostentado hasta ese momento. El retraso al que es sometido el sujeto adolescente, la prolongación ostensible de la adolescencia, oculta la detención que los adultos operan sobre la nueva generación en su deseo de perpetuarse como protagonistas únicos de un destino eternizado. Me estoy refiriendo a un mal propio de nuestra época que se difunde en forma cotidiana en los medios masivos, por ejemplo el modelo de adolenciación –permítanme este neologismo-, de los personajes famosos. Hay un tapón generacional, podríamos decir, que obstruye en la sociedad moderna, con toda su legislación moderna inclusive, la autonomía de las nuevas generaciones; cuyas consecuencias no se dejan de notar en las nuevas modalidades del síntoma que se observan en la experiencia clínica: anorexia, bulimia, adicciones, etc.
Jean-Jacques Rousseau, quien dedicó su novela Emilio a la exploración de esta etapa de la vida, la adolescencia, pintó en sus páginas el retrato de esa crisis, como la llamaba él, en la cual el sujeto es desalojado de la infancia, en el tránsito de constituirse en hombre. Y escribió cosas como la siguiente: «Tal como el bramido del mar precede con mucha anterioridad a la tempestad, esta tormentosa revolución se anuncia por medio de las pasiones nacientes. Una sorda fermentación advierte de la proximidad del peligro. Un cambio en el humor, arrebatos frecuentes, una continua agitación del ánimo, hacen al niño casi indisciplinable. Se vuelve sordo a la voz que le mantenía dócil: es un león enfebrecido. No conoce a su guía, y no quiere seguir siendo gobernado»
A. Rimbaud, escribió toda su obra poética entre los 15 y los 19 años. Representa aun hoy, pasados más de cien años de su muerte, el joven rebelde por antonomasia, el poeta Vidente como él mismo deseaba reconocerse. Fue la primer figura moderna del adolescente; causante de los escándalos que horrorizaron a sus contemporáneos, al tiempo que inauguraba un antes y un después en la literatura universal. El joven adolescente que denunció en su poética los vaivenes de una sociedad que se derrumbaba y anunció los horrores que sobrecogerían al Siglo XX.
Por último y para terminar quisiera citar a otro gran escritor que define la adolescencia de un modo extraordinario, y que tal vez haya sido uno de los que utilizaron por primera vez la palabra adolescente en la literatura: me refiero a Víctor Hugo. Dice así: «Ella tenía esta gracia fugitiva que marca la más deliciosa de las transiciones, la adolescencia, los dos crepúsculos mezclados, el comienzo de una mujer en el final de una niña» (en Los trabajadores del Mar).
Muchas gracias.

Claudio Barbará
Sábado, 7 de julio, 2007
Gualeguay, Entre Ríos.
claudio.barbara [at] gmail.com

 
Articulo publicado en
Julio / 2007

Boletín Topía

Artículos recientes