Diferencias diagnósticas en adolescentes con conductas sexuales abusivas | Topía

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Diferencias diagnósticas en adolescentes con conductas sexuales abusivas

 

Introducción

 

La clínica hospitalaria con adolescentes nos enfrenta hoy con algunas consultas que hace años atrás no recibíamos. En el marco de una sociedad con enormes desigualdades y una cultura que ha criado y albergado en su seno multiplicidad de formas de sometimiento de la subjetividad al poder centralizador del mercado, han prosperado estas problemáticas. Este eje que el mercado ha instalado alrededor del consumo, que borra toda ética de solidaridad entre los sujetos, y que lleva a un individualismo a ultranza, ofrece una ilusión de pertinencia para los que tienen acceso al mayor consumo; y una experiencia de exclusión para quienes no pueden acceder al mismo. Hay así subjetividades que se constituyen bajo el modo de SER a partir de TENER cada vez más con el consiguiente miedo a ser despojadas;  y otras subjetividades que se organizan a partir de haber sido despojadas y excluidas de TENER los objetos básicos que hacen a la dignidad de un sujeto, pero lejos de reclamar ese derecho, se inscriben en la lógica del poder asumiendo el sometimiento como un destino inapelable. Resulta interesante pensar las formaciones sintomáticas actuales a la luz de una cultura del sometimiento que florece en el capitalismo mundializado.

Bajo estos paradigmas es que hoy abundan los abusos sexuales de parte de adultos a niños o adolescentes, la trata de personas para someterlos a la prostitución en las provincias más pobres mediante la captación de adolescentes y jóvenes, los adolescentes que viven en la calle porque huyeron  de familias que reproducen sobre sus hijos formas de violencia social que los victimizan, casos de femicidios en los barrios más pobres de la ciudad, y violencia hacia identidades culturales o sexuales minoritarias, etc. Adolescentes que crecen marginados, hacinados y bajo condiciones de gran precariedad social reproducen en sus formaciones sintomáticas las diversas caras del sometimiento: someten a otros, o permanecen sometidos a las condiciones más extremas. Todas estas formas de violencia social crecen y también ganan visibilidad en los últimos tiempos, y llegan en un mayor número de consultas a los equipos públicos de salud en los hospitales.

Esta vez nos detendremos en una problemática que también se ha hecho más visible y por la cual han aumentado las consultas: las conductas abusivas sexuales de adolescentes a niños pequeños. Cuando un adolescente realiza estos actos, generalmente se desata un enfrentamiento entre los adultos responsables del niño más pequeño y el adolescente que ha realizado el acto abusivo y su familia. Como esto sucede generalmente dentro de una familia, o de un entorno vecino, suelen producirse rupturas muy fuertes. Será el nivel de afectación traumática del niño menor el que dé la pauta de la gravedad de lo sucedido. Con respecto al adolescente perpetrador, ¿cómo nos ubicamos para develar, junto a él, el sentido de lo sucedido, y cómo calibramos el riesgo de que estos actos pudieran volver a repetirse?

Algunas hipótesis sumamente arraigadas en el imaginario de los terapeutas y otros profesionales de la salud, como la de que el adolescente fue sometido en su infancia a una situación de abuso sexual por parte de un adulto, muchas veces no se corroboran.

 

Un caso clínico

 

Damián de 13 años llega a la consulta hospitalaria traído por Joaquina, su mamá. Ésta despliega su angustia a partir de un episodio sucedido pocos días antes: ambos viven en una pieza subalquilada a una mujer en una casa compartida con varias familias en el barrio de Flores. Joaquina trabaja en un taller de costura, son bolivianos, y está separada del padre de Damián, quien vive en Perú. Damián tiene un hermano mayor muy idealizado por él que se encuentra en Bolivia, y con quien su papá se comunica telefónicamente. Damián sueña con hablar con su papá, como lo hace su hermano, pero esto no sucede. Se ha cortado el contacto entre ambos. Damián pasó 3 años con su abuela materna en Bolivia, mientras la mamá consiguió un trabajo en Buenos Aires y logró traerlo. Se trata de un trabajo en negro sin ningún derecho laboral.

Una mañana Joaquina estaba trabajando y la fueron a buscar para avisarle que había pasado algo muy grave con Damián y estaría por llegar la policía. Damián “habría abusado” de un chico de 8 años de otra habitación de la misma casa con el cual jugaba habitualmente. Le querían pegar y lo acusaban de violador. Al volver Joaquina a la casa se encontró con el siguiente cuadro: Damián no le respondía a sus preguntas sobre qué había ocurrido. Luego de un rato, agachando la cabeza, le contó a la madre que era verdad lo que se decía: él le había puesto el pito en la cola del nene de 8 años y lo había penetrado.

Los padres del niño le dijeron a Joaquina que abusó de su hijo y que tendría que pagar un psicólogo privado porque si no “la tendrían que denunciar”. El resto de los vecinos la culpaban. La inquilina que subalquilaba estaba furiosa porque si venía la policía se destaparía la cuestión del subalquiler. Le exigía que se fueran inmediatamente. Joaquina había pagado un depósito de mucho dinero para alquilar y la mujer pretendía que se fuera enseguida para no devolvérselo.

La situación terminó con que los padres del niño realizaron la denuncia en un juzgado de menores, con la amenaza de denunciarla en la comunidad boliviana, y conque Joaquina tuvo que vender su máquina de coser para poder subalquilar otra pieza. En esas condiciones llegan al hospital, son entrevistados por el pediatra quien decide la derivación a Salud Mental para el trabajo en equipo.

Frente a este panorama, y antes de comunicarme con el Juzgado interviniente para intercambiar información, me pareció muy importante crear un ámbito de escucha en el hospital para ambos, y tener una impresión propia acerca de cuál es la posición subjetiva desde la cual este adolescente realizó el acto abusivo. Después de conversar con la mamá, entrevisté a Damián. Le dije que estábamos en un servicio de Adolescencia, y que no tenía nada que ver con un tribunal. Estábamos para entender qué le pasaba y ver si él podría necesitar y pedir ayuda.

Damián me contó que un día la mamá lo dejó salir a la calle y él vio cómo un amigo de él estaba abusando de una chica. La estaba obligando. Él tenía 15 y ella 12.

T- Cuando viste lo que pasaba, ¿qué pensaste?

D - Que era malo.

T- ¿Alguna vez habías visto eso antes?

D- Sí, cuando tenía 10 años y estaba en Bolivia. Mi mamá estaba acá. Yo vivía con mis abuelos y mis tíos. Vi a mi primo de 15 que estaba abusando de mi prima de 8 años. Mi prima no decía nada. Yo me quedé callado, no le dije a mi tía. No quería que le hicieran algo a mi primo.

T- ¿Cómo te sentiste de no contárselo?

D- Me sentí mal de no contarlo.

T- ¿Y qué te pasó a vos hace 2 semanas?

D- Estaba jugando a pelear con un chiquito de 8. Pensé en eso que vi. Ese día abusé de él. El no dijo nada, se quedó callado.

T- ¿Cuántas veces lo hiciste?

 D - 3 veces. La tercera vez el hermano entró y vio. Le contaron a la dueña. Mamá  preguntó porqué lo hice. Al final, ahora y cuando lo vi hacer esas otras veces pensé que era malo.

T- ¿Y por qué lo hiciste?

D - Porque cada vez que me recordaba eso tenía ganas de hacerlo.

T - ¿Alguien te lo hizo a vos?

D - No. En Bolivia una vez un primo me quería tocar y yo no me dejaba.

T - ¿Vos te arrepentiste?

D- Al final de todo sí. Mamá está triste porque hice todo esto. Lo quería hacer para ver qué era eso. La mamá del chico no me dejaba jugar con él porque soy más grande y lo puedo lastimar.

Su relato no tiene una carga de angustia pero no es desafectivizado. Siento que él está involucrado afectivamente en el encuentro conmigo. Aquí me detengo especialmente para transmitir la importancia de ir registrando la contratransferencia: ¿qué siento yo frente a su relato? ¿Es evasivo para salir del paso? ¿Es mentiroso? ¿Es negador? ¿Es desafectivizado, como si fuera la expresión de un estado en el que él no está allí presente, como si él estuviera en otro lado? Nada de eso ocurría con Damián. Tampoco estaba muy angustiado.

Al pedirle que dibujara algo dibujó la casa de su abuela en Bolivia, los puestos del mercado en el que vendía frutas y verduras. Habló de lo que extrañaba a su abuela, que era muy cariñosa. No la puede llamar por teléfono. Luego dibujó al hermano mayor y al padre. Creó una historia en la que ambos viajaban en un barco y se divertían mucho. Recordó que su papá, una vez que los visitó en Bolivia, salió con él y con el hermano. Sólo le dirigía la palabra al hermano, no hablaba con él, y eso lo lastimó mucho. El hermano no quería que Damián se acercara cuando estaba con sus amigos. Damián sentía ganas de pegarle, pero no podía porque él era más grande.

Al preguntarle si había algo que le preocupara  de sí mismo, y que le gustaría consultar, dijo que sí. Le preocupaba ser muy bajito y quisiera crecer. Los chicos lo cargan por eso y él sufre mucho.

 

Algunas reflexiones

 

Luego de algunos meses de tratamiento podríamos concluir que Damián transita su excitación sexual como adolescente, y la presencia cercana de los cuerpos tanto en su pieza, que comparte con su mamá (antes compartía la cama), como el contacto cercano con otros cuerpos en una vivienda sobrehabitada, evidentemente lo estimulan y no se calma sólo con la masturbación.

Damián se crió y vive en una cultura en la que el sometimiento es moneda corriente. La realidad social y ambiental en la que desarrolla su vida es de extrema precariedad. Están totalmente naturalizadas las condiciones laborales precarizadas de su mamá, y las condiciones habitacionales de hacinamiento de ambos. Sin embargo, y a pesar de la tremenda condena social después del acto abusivo, la madre no rechazó a Damián, lo trajo a la consulta  y sostuvo ese proceso.

La separación de su padre, la falta de reconocimiento de su hermano y su padre que él vincula con ser el más chico, operaron en él seguramente horadando su autoestima. Frente a esto Damián siente que no puede confrontar. Se queda sometido a la condición de sentirse NADIE frente a su papá y su hermano, enmarcado en una sociedad que le refuerza esa identidad. La relación con sus compañeros de colegio, sobre todo los varones, le confirma su sensación de impotencia. Su baja talla puede ser pensada como un proceso muy habitual en la adolescencia, ya que algunos varones tardan más en crecer. Por otro lado, hay factores constitucionales ya que su mamá, por ejemplo, también es muy baja. Pero él sufre mucho por eso.

La visión reiterada de escenas en las que un adolescente mayor somete a un niño menor y el menor no se sustrae y se deja someter, le ofrece un camino de identificación con el poderoso. Damián necesita procesar algo de todo ese sentimiento de sentirse inerme frente a los poderosos, en el marco de una dramática edípica, y encuentra en la escena del dominio sexual del grande al chiquito, un lenguaje propicio para ese procesamiento. Busca la oportunidad de estar en el lugar del sometedor hasta que la encuentra.

Hasta aquí podríamos entender un sentido para su acto abusivo. La gran pregunta es en qué medida estamos, en este tipo de casos, frente a un sujeto que actuó en el marco de una organización psíquica perversa, cuyos actos seguramente volverán a repetirse, o si estamos frente a una actuación sexual transitoria de características compulsivas. Con Damián me inclino por la segunda opción.

Enrique Carpintero, apoyándose en Freud, trabaja la temática de estas diferencias. El sostiene que no es en relación a una norma lo que determina lo propio de las llamadas perversiones, sino en relación a una sexualidad al servicio de la- muerte- como -pulsión. El plantea que la característica de una organización perversa es la compulsividad del acto producto de la angustia automática. Es decir una angustia primaria, no ligada, que el sujeto trata de calmar pasando al acto desde el odio arcaico. A más angustia más compulsividad, lo cual genera más angustia formando un circuito. A partir de ciertas modalidades de su aparato psíquico determinado por el narcisismo primario, el sujeto trata al otro como una cosa y termina él también siendo una cosa. De allí que encontramos: renegación[1], escisión del yo[2], angustia automática, compulsión y pasaje al acto desde el odio arcaico. Una sexualidad que se expresa como renegación del corte y de la muerte, que se le impone al sujeto como actos repetitivos y que produce procesos de desestructuración subjetiva. La escisión del yo, como mecanismo principal, impide que se organice un conflicto psíquico y que el Yo registre angustia. Por eso, es imposible que la consulta a la cual llegan esos adolescentes traídos por sus madres, como suele ocurrir en estos casos, se pueda transformar en un pedido de tratamiento por parte del joven.

En el caso de Damián no parecerían regir los mecanismos señalados. No se trata de un odio primario de desvalimiento sino que parecería haber un escenario edípico con sentimientos de violencia por sentirse excluido, no reconocido por el padre. El acto compulsivo parece estar al servicio de restablecer la satisfacción narcisística perdida ante la sensación de desvalorización. No hay un yo escindido, el de de la actuación de la perversión. Damián reconoce y entrama estos actos abusivos desde el primer momento con su historia. Hay conciencia de que ese acto es “malo”.

La contratransferencia es el termómetro principal para medir si en la relación con el terapeuta aparecen o no los mecanismos perversos, pero hay que ofrecerse un vasto tiempo en el vínculo.

El psicodiagnóstico cuidadoso incluyendo la dimensión sociocultural, el diálogo entre la institución de salud y la judicial, son pasos imprescindibles a la hora de intervenir con estos adolescentes, con el fin de operar en la construcción de la responsabilidad sobre sus propios actos.

 

Bibliografía

 

Carpintero, Enrique, “La sexualidad plural. La sexualidad humana es desviada.”, en Topía Nº 44, agosto de 2005.

Carpintero, Enrique, “La sexualidad evanescente. La perversión es el negativo del erotismo”, en Topía Nº 56, setiembre de 2009.

Freud S.; “Escisión del Yo en el proceso de Defensa”, 1938, en Obras Completas.

Fromm, Erich, ¿Tener o ser?, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2005.

 

 

Susana Toporosi

Psicoanalista de niños y adolescentes

susana.toporosi [at] topia.com.ar

Notas

 

 

[1]  Modo de defensa consistente en que el sujeto rehúsa reconocer la realidad de una percepción traumatizante. (Diccionario Laplanche-Pontalis)

[2]  Término utilizado por Freud para designar un fenómeno muy particular: la coexistencia, dentro del Yo, de 2 actitudes psíquicas respecto a la realidad exterior, en cuanto ésta contraría la exigencia pulsional: una de ellas da cuenta de la realidad. La otra niega la realidad presente y la sustituye por una realidad de deseo. Ambas actitudes coexisten sin influirse recíprocamente. (Diccionario Laplanche-Pontalis)

 

 

 

 
Articulo publicado en
Abril / 2013

Boletín Topía