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Como trabaja con… autoagresiones

 
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La noción de “auto” tiene su tradición en psicoanálisis. Así existen los conceptos de autoanálisis, autoerotismo, auto-agresiones. ¿Pero no hay algo de esta denominación que chirría un poco dentro de la teoría del aparato psíquico?

Si el autoanálisis es la investigación de uno por sí mismo, ese uno ¿es idéntico a ese sí mismo? Creo que hay una infiltración narcisista en este modo de pensar. Yo a mí mismo me conozco, me auto-ayudo. Dejando de lado la escisión del yo, o las distintas instancias en que se divide el psiquismo; una concepción del “self made man” se esconde en el uso de “auto”. Freud aconsejaba para el autoanálisis el trabajar con los propios sueños. ¿Pero es el soñador el mismo que el que interpreta? Freud terminó por admitir en una carta a Fliess las limitaciones que el autoanálisis tenía. Tal vez por eso Fernando Ulloa usaba el más prudente “propio análisis”.

Cuando un analista le dice a su neurótico: “usted no se permite…” comete el mismo error. El de considerarlo un sujeto indiviso que voluntariamente pasará de la prohibición al permiso. Negando que haya un conflicto de instancias en juego, donde un superyó sádico y/o un yo masoquista negocian como pueden, ganando o perdiendo poder, ante la mirada sorda del voluntarista terapeuta.

El término de autoerotismo tampoco es del todo pertinente. En el autoerotismo no hay un sujeto que se toma a sí mismo como objeto, sino zonas erógenas y pulsiones parciales que se satisfacen desorganizadamente. Es un erotismo autárquico y anárquico más que autoerotismo. Son labios besándose a sí mismos, y no un sujeto besándose a sí mismo. El autoerotismo es el modo de expresión de una fragmentación de la pulsión sexual.

En una autobiografía nunca coincide el escritor con el escrito. Sería más bien, a la manera de Ulloa, una propia biografía de la que nunca se podrá apropiar totalmente.

¿Entonces cómo pensar el tema de las auto-agresiones o auto-lesiones? Prefiero pensarlo como las situaciones en las que un sujeto se o le hace algo al propio cuerpo.

Hay un famoso dibujo de Escher de dos manos dibujándose, o donde una mano se dibuja a sí misma dibujándose. El reconocido dibujante de las perspectivas imposibles nos ayuda a pensar lo ilusorio de lo “auto”.

Por eso más que pensar en autolesiones en el cuerpo, prefiero pensar en cortes al propio cuerpo. Propio cuerpo que cuesta justamente vivirlo como propio. Cortes que intentan apropiarse del propio cuerpo. Por lo tanto se impone un diagnóstico diferencial: no se trata de intentos de suicidio ni de masoquismo.

No es un intento de suicidio porque lo que se busca es un corte no la muerte. Cortar el cuerpo y no con el cuerpo.

No es masoquismo porque no se busca el placer en el dolor, sino más bien una suspensión de la angustia. Un poner a la angustia en suspenso. Y el dolor como una constancia de la propia vida en el propio cuerpo.

Lastimarse es hacer algo con la lástima. Dar lástima. Darse lástima.

La sangre tiene un papel decisivo. Primero la “mala sangre”. Segundo el comprobar si se tiene sangre en las venas. Tercero poder llegar a sentir el “sangre de mi sangre”…con la propia sangre.

Para eso hay que cortar, operar con la piel y la carne. Cirugía sin anestesia para anestesiar una angustia inoperable.

Hay también algo de la curiosidad en juego. Curiosidad por ver qué hay ahí adentro, para ver si hay algo ahí adentro, para ver qué me pasa cuando me vea cortando…me. Una curiosidad que reemplaza la piedad. Como esos chicos que maltratan un pajarito o cortan las patitas de una mariposa. Una curiosidad que sustituye, que anestesia la piedad.

Es que algo de la piedad desaparece. Se trata de un trastorno de la piedad, de la compasión. Un no poder ponerse en el lugar del que sufre, aunque sea el propio sujeto. Hay una enajenación del cuerpo, o de parte del cuerpo. 

¿Es una experiencia erótica, sexual, masoquista, o es una experiencia que sustrae al cuerpo de una escena sexual? Es un modo de sacar al cuerpo de escena… haciendo una escena. De que la sangre evite otro fluido. Cortar es agujerear, penetrar violentamente, desgarrar. Pero hay una pasividad de la carne que no se resiste ni se mueve. Se deja cortar sin resistencias.

Es más un “cortan un cuerpo”, como “pegan a un niño”. Donde aparece la voz media reflexiva entre la activa y la pasiva. Por eso Freud dice que no es masoquista que siempre se ubica en la voz pasiva.

Un corte superficial debe ser leído en sentido literal: es un corte a la superficie. Es una búsqueda de una tercera dimensión. Un romper cierta chatura.

El que se corta es alguien que encontró un modo cruento de arreglárselas solo. Se cortó solo. Muestra una ausencia de alguien que le haya enseñado a recibir ayuda, a arreglárselas de otro modo y con otro.

 

Indagando en los modos en que se ejerce la relación con Dios hay dos tipos diferentes de religiosos: los que esperan la salvación y los que esperan un salvador.

Los sujetos que cortan su propio cuerpo no están pidiendo exactamente una ayuda sino más bien un ayudador.

Hoy es un lugar común explicar alguna conducta con “lo que pasa es que quiere llamar la atención”. Como si esa banalidad tuviera fuerza explicativa. ¿Qué verdad hay detrás de ese lugar común? Hay un llamado. Un llamado no es un mensaje, es tramitar el modo de mandarlo. Uno llama para después dar un mensaje. Para eso alguien tiene que atender. Pero si se atiende el llamado como mensaje se desvirtúa la atención. Es el otro el que corta la comunicación. El que le/lo corta. Y retorna el llamado más insistentemente. No es entonces un llamado como pedido de ayuda sino de que se constituya un ayudador. Se testimonia al mismo tiempo las insuficiencias o ausencias de lo que no pudieron cumplir ese papel. Por eso es muy importante a veces trabajar con los padres, ayudar a ayudar. Sacarlos del lugar de víctimas a los que les está destinado ese acto. O de la impotencia atónita del que no comprende qué es lo que no comprende.

 

Si bien se trata casi siempre de un acto solitario, hay algo epocal, de saber que otros lo hacen, alguna tribu urbana, por ejemplo, que facilita decisiones que en otra época sería más difícil de tomar. No hablo de imitaciones ni de modas, pero sí de influencia y facilitación. Si una adolescente no supiera que otras lo hacen les sería mucho más difícil decidirse a hacerlo.

Muchas veces se trata de una especie de analfabetismo emocional previo a la escritura. Por eso un corte no llega a ser una escritura, ni una inscripción, sino ruptura pura. No es un tatuaje figurativo, no es un objeto tipo piercing. Es puro corte. Da a leer que no hay nada que leer, porque no hay quien pueda escribir. Lo importante ahí es qué leer: leer a alguien que no sabe cómo hacerse leer porque no le enseñaron a escribir. El análisis es un proceso de lectoescritura. A que empiece a hacer sus primeros palotes emocionales. Un analista es un cambio de recurso para solucionar de otro modo un conflicto.

 

Ludmila de 12 años tenía ese aspecto que uno podría definir como “incapaz de matar una mosca”. Enojada por no poder enojarse con sus padres y con “sus injusticias”, una noche terminó de decidirse por cortar con el gancho filoso de una percha de tintorería su antebrazo. Esa primera vez duró muchísimo, “como si lo hiciera en cámara lenta”. La lentitud fue interrumpida por la sangre que si bien poca, salió rápida. El comienzo del análisis también fue en cámara lenta, hasta que en una sesión, Ludmila, que estaba recordando ese momento del corte, recitó rápido: “mirá lo que le hago a tu hija, hija de p…” y no pudo terminar la frase. La cortó. Conmovido se lo dije: “cortaste la frase”. Y ella como saliendo de un trance dijo, nos dijo, llorando: “las frases a veces también tienen sangre”.

Con Ludmila aprendí a no terminar las sesiones bruscamente. Las primeras veces se sobresaltaba cuando yo decía de modo ritual, “dejamos acá”. Me di cuenta que tenía que hacer una suerte de prólogo a la interrupción de la sesión. Un mirar el reloj, un decir “bueeeeeno, me parece que por hoy…” y darle tiempo a que se acomode al saludo final.

 

Karla sabía que estaba muy enojada con su madre. “Se me mete en el placard, en la compu, en el Facebook, a veces levanta el otro teléfono mientras hablo”. Odiaba esa invasión, esa intrusión que la madre significaba como cuidado. Pero lo que más odiaba era que la madre no entendiera lo que a ella le molestaba de eso. ¿Cómo no se puede poner en mi lugar? ¿Cómo no puede ver lo qué me pasa por dentro? Eso fue justamente lo que puso en escena, su adentro doloroso. Los padres se asustaron pero no se apenaron.

Mi forma de acceder a ella consistió en cuidar el modo de acceder. De inventar cierta empatía. “Yo en tu caso hubiera sentido lo mismo, o me hubiera puesto muy triste”. Tratar de ponerme en el lugar de quien se pone en otro lugar. “¡Uy, cómo habrá dolido eso!” Por otro lado Karla ignoraba qué significaba escucharse a sí misma. Hablaba rápido, sin poner pausas en sus dichos. Sin dejarme lugar a mí para hablar de lo que ella hablaba. Por momentos sentía que hablaba hacia mí y no conmigo. Comencé, con cuidado, a interrumpir sin irrumpir. “¡Qué interesante eso último que dijiste!”. -“¿Qué dije?”- “dijiste que querías…etc.”. Mis intervenciones intentaban que escuchemos juntos lo que había dicho. Y que eso se podía pensar. Poco a poco surgió cierta curiosidad acerca de lo que le “venía de adentro de la cabeza”. ¡”Uy, mirá lo que me salió!” Así, hablándome fue cambiando su modo de hablar. Así, escuchando fue cambiando su modo de hablar y escuchar, también a su madre.

El crítico literario norteamericano Harold Bloom, agudo y políticamente incorrectísimo, afirma que el psicoanálisis se inspira en su método en la obra de Shakespeare. Éste habría inventado algo que jamás había sucedido antes en la historia de la literatura: que un sujeto hable, que se escuche hablar y que por eso mismo cambie. Da un par de ejemplos de “Rey Lear” en que muestra la prehistoria de la asociación libre. Un personaje que escucha sorprendido lo que habla, y en efecto cambia.

El segundo efecto que se produjo con Karla es el nacimiento del humor. De un modo paulatino, de las primeras sonrisas al reírse de sí misma (que claro, no es una “autorisa”). Es justamente esa distancia que puede construir con ella misma lo que permite ese humor. Y entonces juntos ella y yo, pudiéndonos reír con ella de ella. La palabra “cortar” se volvió graciosa. La polisemia fue transitada por Karla con asombro, con nostalgia, con placer. Cortar con un novio, cortar camino, corte de rutas, cortar las barajas, cortarse solo.

Hacía ya un año que no se cortaba cuando un día me dice “me parece Eduardo que podríamos empezar a pensar en cortarla”. Estuve de acuerdo, le dije: “me parece que más que empezar, estamos terminando de pensar en cortar…”.

El proceso de terminación fue eso, un proceso. Un cortar despacio, sin sangre. Sin daño. Con esa particularidad ridícula que tiene un tratamiento psicoanalítico de separarse cuando mejor se está.

Como bien dice el refrán, cortar por lo sano.

 

Eduardo Müller

Psicoanalista

edumul [at] sinectis.com.ar

 

 

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2010

Boletín Topía

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