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Cuerpo y género en la educación médica

 

Introducción

En el año 2011 se puso en marcha una carrera de Medicina con “currículo innovado”[1]en la Universidad Nacional de La Matanza, situada en San Justo,  conurbano bonaerense, Argentina.  La innovación se planteaba en varias dimensiones del proceso de formación de los médicos y las médicas. En particular, algunos aspectos eran centrales desde el comienzo de la implementación, entre los cuales se ponderaban el proceso de enseñanza y aprendizaje centrado en los y las estudiantes, la incorporación de las metodologíasde “aprendizaje basado en problemas y en casos” desarrolladasconpequeños grupos tutoriales, la orientación comunitaria sostenida por prácticas pre profesionales desde el segundo mes del primer año, la implementación de prácticas reflexivas semanales en pequeños grupos, la organización de equipos docentes en Unidades y Escenarios de Aprendizaje (en lugar de materias o disciplinas) y el trabajo integrado de los equipos docentes. Este conjunto de modalidades innovadoras en la formación, impactaron a los docentes -en su mayoría profesionales de la salud y sobre todo médicos y médicas-, a los y las estudiantes y a los integrantes de los equipos de salud que se desempeñaban en las instituciones en que se desarrollaban las prácticas pre profesionales.

Conjuntamente con el inicio de la carrera, en junio del 2012,junto a un equipo de docentes de la carrera comenzamos a trabajar en un proyecto de investigación[2]que apuntaba a problematizar los procesos de cambio que se intentaban producir en la formación básica de estudiantes de esta carrera. Optamos por observar y registrar la cotidianeidad del enseñar y aprender en la mayor cantidad de lugares y momentos posibles -participando de clases, reuniones, encuentros junto a estudiantes y colegas, incluyendo el registro de las propias clases- paraestudiar las experiencias educacionales innovadoras y los debates generados como parte de la implementación de la carrera. Para el estudio se optó por el enfoque etnográfico, lo que permitió contar con registros de diálogos, reuniones, situaciones de clases y encuentros tanto en el espacio de la universidad como en otros a los que concurrían estudiantes y docentes. Los resultados de ese primer período de trabajo con los registros mostraron quelas formas en que se presentaban las referencias a los cuerpos por parte de los y las estudiantes eran particularmente sorprendentes cuando no se vinculaban con los contenidos de las asignaturas. De manera similar, la perspectiva de género emergió en instancias de reflexión con las y los estudiantes de maneras imprevistas.

Cabe destacar que en esta carrera entre el 60 y el 70% del estudiantado son mujeres. Además, en los primeros años de la carrera, también el porcentaje de docentes mujeres llegaba al 50% y varias de ellas tenían militancia reconocida y recorridos que mostraban una sensibilidad particular con la perspectiva de género, así como la sensación colectiva de haber encontrado en esta carrera un espacio socializador marcado por el género. Si bien no tomamos este dato como determinante, entendemos que forma parte de un contexto favorable para que cuerpo y género irrumpan de maneras sorprendentes en algunas clases.Además, ambos tópicos están poco frecuentados en los debates sobre innovaciones en educación médica y muy concurridos en los estudios sociales de la salud y la enfermedad.

En este trabajo, intentamos mostrar cómo irrumpe una concepción social del cuerpo en la formación de médicos y médicas y cómo la perspectiva de género ilumina una dimensión estratégica en dicha formación.  A través del relato de situaciones de clase de “Campo” durante “prácticas reflexivas” desarrolladas con estudiantes de primero y segundo año, mostraremos procesos de reconocimiento del cuerpo de los otros, que se diferencian y/o espejan los cuerpos propios para detenernos en los modos en que fueron presentados los pudores y las asimetrías de género. Esto nos da lugar a plantear dos niveles de discusión que articularían la feminización del estudiantado en Medicina y una crítica a las formas innovadas de enseñanza en esta carrera.

 

Campo” y “prácticas reflexivas”: breve descripción de esta modalidad de estudio y trabajo

“Campo” es el nombre que tenían en el curriculum de esta carrera de Medicina las prácticas pre profesionales o prácticas en terreno. Esa denominación intentaba caracterizar la modalidad que asumía en el proceso de formación básica – durante los primeros tres años de la carrera. Se buscaba que “Campo” se desarrollara como un escenario de aprendizaje en el que los docentes ocuparan posiciones más cercanas a la coordinación, la orientación, la organización, la planificación, que al dictado de clase. Y los estudiantes asumieran centralidad y protagonismo en su proceso de aprendizaje. De ahí que estudiantes y tutores/as concurrían a encuentros de “Campo”, diferenciándolos de las clases. El equipo docente estaba constituido por un equipo de coordinación que organizaba la tarea de tutores y tutoras y cada uno de ellos trabajabancon grupos de aproximadamente diez estudiantes. Las actividades se desarrollaban en su mayoría en centros de salud, hospitales y otras instituciones barriales vinculadas a la salud de los vecinos y vecinas como las escuelas, centros de jubilados, sociedades de fomento, entre otras. Desde la quinta semana de clases y hasta un mes antes de finalizado el curso anual, los grupos de estudiantes realizaban las actividades, acompañados por un tutor o tutora que pertenecía al equipo de salud de un efector del subsistema público de salud. Los y las tutoras se incorporaban también como docentes de la carrera y recibían una formación en educación médica innovada, de la que participaban los docentes de todas las disciplinas, y una formación específica como tutores de “Campo” que acompañaba la actividad con los y las estudiantes durante el primer cuatrimestre.

El programa de “Campo” incluía actividades teórico-prácticasorientadas a que los y las estudiantesintegraran conocimientos formales fundantes de la práctica médica con la adquisición de experiencias, a articular múltiples formas de pensar y de conocer, a conformar equipos de estudio y trabajo y a aprender distintas facetas del trabajo de los médicos: defensor de derechos, educador, promotor, investigador y, por supuesto, clínico-asistencial.

Se buscaba también que los y las estudiantes desarrollaran capacidades para describir, analizar y criticar prácticas médicas insatisfactorias -biologistas, normalizadoras, discriminatorias, etc.-, así como sus propias prácticas como estudiantes en los centros de salud, hospitales, escuelas, etc., para reactuar con propuestas sobre las mismas. Este último aspecto se trabajaba específicamente en el espacio denominado “práctica reflexiva”, nombre adoptado siguiendo a Donald Schön (1992), que se desarrollaba durante la última hora de cada encuentro de “Campo”.Tomamos de Schön su concepción de reflexión como modalidad de conocimiento que orienta la acción,sostenida en la noción de pensamiento reflexivo desarrollada por John Dewey (1989)[3]- y su propuesta de aplicación en la formación y la educación permanente de profesionales –médicos/as, educadores/as, arquitectos/as. Propone la necesidad de desarrollar el pensamiento práctico a través de tres fases: conocimiento en la acción, reflexión en y durante la acción y reflexión sobre la acción y sobre la reflexión en la acción. Si bien las tres fases son consideradas en conjunto y están concatenadas, en la última se concreta la práctica reflexiva, es decir el análisis a posteriori de las acciones realizadas –que incluyen el pensamiento en acción. En esta última fase, según el modelo de Schön, se ponen en consideración, de manera individual y colectiva, las características de las situaciones experimentadas como problemáticas, los procedimientos que estuvieron en juego al definir el problema, la elección de objetivos y medios, así  como la intervención de cada uno en las acciones, las formas en que se pensó durante las acciones, las teorías implícitas, las creencias y, por supuesto, las formas de representar la realidad vivida por el/la profesional quienes se están formando como profesionales. Así, lareflexión parte de algo vivido, del estar ahí, del estar-en-el-mundo, de los juicios previos (pre-juicios) que guían nuestra actuación con el mundo. En su conjunto, éstos son materia prima para el proceso reflexivo. Se organizan como objetos de la reflexión que siempre son conocidos por los sujetos que eligen reflexionar sobre ellos. A esta noción la enriquecimos en diálogo con el concepto de reflexividad en debateen la investigación social, sobre todo desde la década de 1980 del siglo pasado. En particular, resultaron enriquecedores los aportes de la corriente afín a Pierre Bourdieu, a DonnaHaraway y a Rosana Guber. De Bourdieu (2003)tomamos la necesidad de incorporar a los relatos: condiciones personales (género, edad y generación, nacionalidad, etc), posiciones profesional y académica, circunstancias institucionales y las modalidades del logo-centrismo de las y los protagonistas de la situación que se toma como objeto. Los aportesde DonnaHaraway (1988)nos permitieron desarrollar un trabajo sostenido con tutores/as y estudiantes que atendiera a lo que esta autora denominó “conocimiento situado”, tópico que desarrollamos en el próximo apartado. Y de los trabajos de Guber la comprensión de “la reflexividad como la capacidad social de crear el orden del que se habla” (2014:22) y, por lo tanto, como un rasgo de cualquier forma de relato descriptivo de la realidad, tanto lego como académico.

Este fue, en términos generales, el punto de partida para diseñar y poner en práctica las prácticas reflexivas semanales que se desarrollaban al final de cada encuentro semanal de “Campo” en la carrera de Medicina de la UNLaM entre 2012 y 2014[4].Así, la hora final de cada encuentro se intentaba destinar a estimular y habilitar los procesos de transformación de experiencias en conocimientos, habilidades, actitudes y valores, a través del relato de los sucesos que generaban dudas, perplejidades, asombros, desconciertos, confusiones, enojos, indignaciones, satisfacciones[5]. Los relatos operaban como primeras instancias de objetivación que generaban la fase de problematización en la que todos y especialmente el/la protagonista planteaban preguntas para entender qué había provocado esa perplejidad, asombro, etc. y ayudaban a transformarlos sucesos  en problemas a resolver. Este tipo de problemas que se formulaban en las prácticas reflexivas no respondían a causas. Intentábamos reducir lo máximo posible las preguntas por el “por qué” y maximizar las preguntas por el “cómo” y por los significados. Las preguntas por el significados resultaban muy productivas porque ayudaban a localizar las problematizaciones en campos temáticos y buscar bibliografía de campos académicos, que ampliara las perspectivas y miradas sobre las cuestiones que preocupaban. A su vez, preguntar por significados otorgaba a los/las propios/as portagonistas autoridad sobre los conocimientos que comenzaban a ponerse en juego para construir los problemas.Las prácticas reflexivas daban lugar a un encuentro de miradas, relatos, preguntas que proporcionaba una mayor magnitud a la vivencia experimentada como individual y local. La circulación de las experiencias tendía a constituir un espiral en el que la práctica se iba problematizando en una constante articulación de realidades, conocimientos y visiones que colectiva e individualmente se vinculabanentre sí. Así, la producción de conocimiento alcanzaba una dinámica particular y situada.

Se aspiraba a que las prácticas reflexivas constituyeran la instancia que permitiera enriquecer una articulación teórico-práctica e incorporar –en el sentido de hacer cuerpo- desde el inicio de la formación, que las experiencias pre-profesionales implican y suponen procesos de transformación, que nunca son completamente individuales, sino sociales y por eso mismo siempre, en mayor o menor medida, son colectivas y  producen un impacto social. Enseñar y aprender así, daba lugar a comprender las experiencias como formas de volver inteligible aspectos de la realidad; de crear las  mejorescondiciones posibles para entender la realidad, de contar con interpretaciones -producidas por un ejercicio de reflexividad-  que nunca son ajenas a dicha realidad, sino que la constituyen. Así intentábamos desenvolver otra forma de hacerse médico/a, ya que contábamos con prácticas pre-profesionales como en otras currículas innovadas, y éstas se verían potenciadas con una producción genuina de conocimiento que facilitaríalas miradas integrales e integradoras de las prácticas en salud.

 

“Campo” y conocimiento situado

 “Campo” era el espacio en el que se presentaba la posibilidad deponer en acción, materializar, la articulación entre los conocimientos teóricos y prácticos junto con la problematización de las perspectivas que pretendían la supremacía de la teoría sobre la práctica o de la práctica sobre la teoría. Las prácticas preprofesionales en las carreras  de Medicina de las curriculas innovadascomo la de la UNLaM, tienen como parte de sus propósitos lograr que la formación de los futuros médicos esté implicada con la problemáticas de salud de la comunidad. Se aspira a que la formación esté estrechamente ligada a la resolución de los problemas de salud que aquejan a una población. Se procura una comprensión profunda de la forma en la que el proceso salud/ enfermedad/atención/cuidado se desarrolla, a través de la experiencia concreta, a partir de palpar, sentir y hasta padecer, lo que la comunidad trae y refiere en su proceso de atención.Asimismo, se busca que los y las integrantes de los equipos de salud que reciben a las y los estudiantes también sean impactados con estas experiencias y, por ejemplo, vayan produciendo modificaciones que apunten a incorporar actitudes más ligadas al respeto, la escucha, la promoción de la salud. Es decir, una educación médica orientada desde una perspectiva de derechos, en coincidencia con los planteos de OMS y OPS (OMS, 2001; Macinko y otros, 2007; OPS, 2011) quetrasmiten la preocupación por el atraso en el cumplimiento de los objetivos de la Atención Primaria de la Salud, y la necesidad de incidir sobre las instituciones de salud para transformarlas. Esto requiere que los servicios puedan internalizar miradas y prácticas centradas en la comunidad, pero el tránsito requiere una movilización de los servicios de salud, que permita problematizar y modificar esas prácticas. La presencia de los estudiantes que se forman en esos mismos servicios, provocando situaciones que cuestionan y ponen en juego otras observaciones, genera condiciones para que esas transformaciones puedan realizarse. Entre los roles que los estudiantes de medicina debían desarrollar en campo se encontraba la de ser promotores de derechos. El análisis de las situaciones que se vivían, muchas veces de vulneración, requería de la puesta en cuestión de los conceptos previos, así como de la elaboración de nuevos conceptos, que generaran a su vez nuevos conocimientos.

En el caso que estamos analizando nos proponíamos también que la experiencia en “Campo” permitiera, tanto a tutores como a estudiantes,comprender que los conocimientos médicos que circulaban en las instituciones sanitarias, educativas, barriales, etc. en las que participaban,se entendieran como parte de las situaciones y las relaciones –siempre desiguales y jerárquicas- en las que se producían y utilizaban, y que dichos conocimientos no quedaran reducidos al saber biomédico.

Nos interesaba que en las sesiones de “Campo” se hiciera visible que los saberes vuelven inteligible aspectos y relaciones de la realidad en la medida en que los reconocemos y tratamos como “situados” y, que el conocimiento encuadrado dentro de la denominada biomedicina no se entienda como un simple resultado de la objetividad de la ciencia, sino del “objetivismo científico”, en los términos de Haraway (1988, 1995).Eladjetivo “situado” condensa una crítica a la ilusión objetivista de la ciencia occidental y una posición epistemológica y política que apunta a mostrar la imposibilidad de sostener la noción de conocimiento en abstracto, ya sea concebido desde visiones holísticas o relativistas. Tanto unas como otras las considera “trucos divinos que prometen, al mismo tiempo y en su totalidad, la visión desde todas las posiciones y desde ningún lugar, mitos comunes que rodean la Ciencia” (Haraway, 1995: 329). El conocimiento se produce y reproduce siempre en relaciones sociales y encarnado en sujetos: “desde un cuerpo, siempre un cuerpo complejo, contradictorio, estructurante y estructurado” (Haraway; 1995: 335). Se concreta localizándolo, posicionándolo, es decir, aceptando la parcialidad –ni la relatividad ni la totalización- que se produce en las distintas situaciones, como condición para aspirar a un conocimiento racional. De ahí que las perspectivas y puntos de vista se constituyen en la posibilidad de acceder a una “búsqueda objetiva, sostenida y racional” de conocimiento y “la racionalidad [de la Ciencia Occidental] es sencillamente imposible, una ilusión óptica proyectada de manera comprensiva desde ninguna parte” (Haraway, 1995: 333).

 

Cuerpo y género: temas poco frecuentados en Educación Médica

Los debates acerca de la Educación Médica se han extendido en varios temas de interés. Entre estos, si bien se han discutido los espacios que ocupan en la enseñanza “la teoría y la práctica” y sus formas de articulación, poco se ha dedicado a pensar sobre la superioridad que han adquirido los sistemas abstractos de representación del conocimiento, como la ciencia, sobre otros sistemas de representación más directamente vinculados a la experiencia, muchas veces denominados saberes. Los sistemas abstractos –aceptados como Conocimiento-han alcanzado su lugar de relevancia y de verdad sobre otros, imponiéndose por el hecho deser abstractos y distanciándose de las experiencias que están en su origen. Como uno de los resultados de este proceso de jerarquización,estos conocimientos se transmiten haciendo poca o ninguna mención a las experiencias, y quienes aprenden, incorporan modelos, fórmulas, protocolos, alejados del saber empírico que permitió diseñarlos y sistematizarlos. Estoinclusive ocurre con saberes ligados directamente a la práctica en salud y tiende a producir que para los sujetos, “el conocimiento aparezca a menudo como producto de una forma incorpórea de ejercitar la razón, que acontece como externalidad del sujeto corpóreo en un ambiente desencarnado en el que habita, solo, el logos (Pedraza, 2010:48)[6]. Esta exclusión del cuerpo de su participación activa y protagónica en los procesos vinculados a pensar, conocer y entender, es parte de la tradición moderna que generó una forma novedosa de escisión entre el cuerpo y la mentey provocó la generación y naturalización de múltiples formas de dicotomía (físico-mental,  naturaleza-cultura, objetos-sujetos, pensamiento- emoción, percepción-razón, etc.)en las que está implicada la extrañeza con nuestros cuerpos.

Sin embargo “la verdadera extrañeza consiste en haber sustentado por tanto tiempo una imagen de nosotros mismos como escindidos del mundo, encerrados en la actividad incorpórea, des- contextualizada, desraizada, des-relacionada de una mente solitaria, de un sujeto desencarnado. Aquello que debería causarnos extrañeza, perplejidad, es la idea de concebir que nuestro cuerpo, fuente primera y primigenia de relación con el mundo en tanto locus primario de sensaciones, emociones, afecciones, perspectivas, contactos, intuiciones, nada tiene que ver con nuestro ser-en-el-mundo, con nuestro modo de habitar un mundo en permanente amalgama, interacción y mutuo reflejo con el mundo y los otros(Arnao, 2013:61).

Muchos de los encuentros en “Campo” y, sobre todo, durante sesiones de “prácticas reflexivas”, pusieron en evidencia  que para nuestros estudiantes sus cuerpos eran fuente de pensamiento y conocimiento y que era posible poner en palabras esta manera de pensarse y pensar a los otros. Un ejemplo interesante ocurrió en 2013 con una estudiante de segundo año de la carrera. Durante el desarrollo de una práctica reflexivacomentó que estando en una consulta que desarrollaba una pediatra, ella notó que la mamá del niño que estaba siendo atendido tenía lesiones en la cara secundarias a golpes. La estudiante le hacía señas a la médica para que se fijara en la cara de la mujer, esperando alguna intervención. Pero la médica no hizo caso a sus esfuerzos. Cuando la mujer con el niño se van del consultorio ella le pregunta si no debería haber preguntado algo sobre los golpes, y la médica responde “no , si abro el tema no termino más …” Ante esa respuesta la estudiante dijo: - “me quedé paralizada y sin palabras. Me sentí mal, con náuseas, mareada, no podía quedarme en el consultorio”. Tiempo después, en otra oportunidad en que se discutía grupalmente con una tutora cuestiones referidas a violencia de género, esta estudiante evocó esta escena y comprendió que el malestar que había sentido en su cuerpo había sido expresión de esa sensación de parálisis que le había causado su no intervención en consultorio en aquella oportunidad. Ella dijo: - “sentí en mi cuerpo la repulsión que me había generado la indiferencia de la médica y la violencia que debía sentir la mujer, la mamá de la nena. Pero no me di cuenta en el momento, que era por eso… recién ahora veo que podría haber hecho otra cosa, puedo pensarlo”. Así, en esta situación y tantas otras, experimentaban y ponían en acción la capacidad que tienen nuestros cuerpos para participar activamente en la creación y recreación de significados sociales, en este caso incorporando la perspectiva de género para comprender una situación de violencia de género en la que se implicó una relación de poder entre mujeres y un niño: la médica, la estudiante de medicina, la mamá y su hijo.

La perspectiva de género en el conocimiento propone una “mirada” social y política, que lejos de introducir el sexo como variable de análisis o desglosar los resultados por sexo, propone pensar cómo esas diferencias biológicas, y planteadas desde un binarismo absoluto, reflejan y refuerzan un sistema de poder, de jerarquías, que   impactan en las  formas de transitar por la vida. Desde esta perspectiva, esta “mirada” está siempre presente en los saberes, las metodologías y los objetos de estudio relacionados con los procesos de salud/enfermedad/atención/cuidado y de la atención/servicios sanitarios.

Las inequidades en salud se sostienen a través del aprendizaje que los sujetos hacemos sobre la feminidad o masculinidad hegemónica, basada en las relaciones de autoridad y poder existentes, en relación con otras variables tales como sexo, clase, edad, entre otras. En ese sentido, género es un elemento estructural y no solamente un conjunto de roles útiles para que los estudios individualicen y oculten o desdibujen problemas.

Salud y sistemas de clasificación según género son construcciones y producciones culturales que atraviesan las prácticas y los discursos biomédicos marcados por perspectivas androcentradas, etnocentradas, adultocentradas y clasistas. Los estudios sobre ciencia y género que emergen en las ciencias sociales desde los años 70 del siglo pasado han mostrado cómo la Ciencia está cargada de valores de género que originan formas de androcentrismo científico. En primer lugar, el hecho que las preconcepciones acerca del género, también compartidas por los científicos, se extienden en los estudios científicos provocando efectos de naturalización de procesos biológicos según categorías y formas de clasificación culturales, tal como argumenta de manera clara y contundente Emily Martin (1991). En segundo lugar,mostró que los científicos como sujetos cognoscentes, lejos de ser individuos que pueden imaginarse como neutrales e incontaminados –tal como han sido pensados por las Epistemologías occidentales- son sujetos histórica y geográficamente situados, cuyos razonamientos, intereses, emociones y sensaciones son aspectos indisolubles de los resultados del conocimiento que producen. Más aun, siguiendo a Helen Longino (19) se trata de atender a grupos formados por sujetos quienes construyen colectivamente el conocimiento y, por lo tanto, el contexto en el que se construye forma parte de los resultados. En segundo lugar,Sandra Harding (1996) plantea la crítica a las formulaciones de “objetividad” y “verdad” en la Ciencia como resultado de una perspectiva que ha privilegiado la posición de la perspectiva masculina por su posición de poder en la estructura social. Esto ha dado lugar a planteos que incluyen en esta posición de poder,además las diferencias de género, las de raza, orientación sexual y clase.Cabe aquí retomar el concepto de “conocimiento situado” (Haraway, 1995) que ofrece una alternativa para repensar los criterios de “objetividad” y “verdad” sin privilegiar perspectivas desde posiciones de poder o subalternidad, sino incorporando dichas posiciones y las relaciones de poder a la validación y la legitimación de conocimientos. Las prácticas y los discursos biomédicos sostenidos en gran parte por los criterios de “objetividad” y “verdad” de la Ciencia, también atraviesan las prácticas y los discursos de la educación médica, inclusive la innovada. Esto es así, en tanto los discursos y las prácticas biomédicas son sostenidos y reconocidos como devenidos de un “conocimiento autorizado” (“authoritativeknowledge”) que opera,en la mayor parte de los casos,“como la fuente fiable de conocimiento, porque parece natural, razonabley construido por consenso” (Jordan, 1997:57).Jordanargumenta también, que el reconocimiento a la autoridad que goza este tipo de conocimiento no deriva del hecho de ser correcto, sino del status que goza dentro de un grupo social particular y de la función que cumple para mantener la definición de moralidad y racionalidad de dicho grupo. (Jordan, 1997:58).

Una dimensión que debemos tomar en cuenta en este último sentido referido a la definición de moralidad y racionalidad es que “parte de la legitimidad de la medicina moderna proviene del establecimiento de un sistema de formación universitaria, por el cual los médicos fueron organizados y formados como grupo profesional (Starr en Bellón Sánchez, 2015:100). Esto permitió y continúa posibilitando no solamente la desautorización y deslegitimación de otras prácticas y discursos médicos –aunque sean utilizados y den buenos resultados- sino también la desautorización y deslegitimación del conocimiento que producen y reproducen estudiantes de Medicina –así como de otras profesiones dentro de las Ciencias de la Salud- hasta tanto sean admitidos por la comunidad profesional como Médicos/as.

De ahí que, las perspectivas androcentradas, etnocentradas, adultocentradas y clasistas también se reproducen en las prácticas y los discursos destinados a educar a médicos y médicas y en escasas oportunidades se tiende a estimular la reflexión sobre el monopolio de las concepciones del saber biomédico, los estereotipos de género que influyen en la construcción de dicho saber y las relaciones de poder que se dan entre los/las profesionales de la salud y las mujeres, así como con niños, niñas y varones en situaciones de clase y étnicas subalternizadas

Las dos situaciones que relatamos en el próximo apartado dan cuenta de las posibilidades que se abren cuando se producen estas oportunidades. Su descripción, análisis y discusión intentan mostrar cómo el cuerpo y el enfoque de género emergieron como ejes para problematizar temas que en la formación médica –inclusive en las que tienen tendencia innovadora- se enseñan como parte de “las formas incorpóreas de ejercitar la razón”, en los términos de Pedraza (2010). Dando continuidad a los aportes de las teorías feministas intentaremos mostrar que no son realmente incorpóreas, sino que su corporeidad se construye con valores asignados a los géneros y por lo tanto, la razón y la emoción son valores distribuidos diferencialmente según los géneros.

 

Cuerpo y género. Temas muy frecuentados en las “prácticas reflexivas”

La primera situación sucedió en junio de 2014 durante una sesión de “práctica reflexiva” en la que participaban alrededor de 40 estudiantes de  segundo año, y tres tutoras.

En el comienzo de la sesión de trabajo, las tutoras percibieron malestar entre los y las estudiantes. Estaban en silencio y notabandificultades para presentar relatos de alguna situación vivida durante las actividades en los centros de salud a los que asistían. Una vez cada quince días, la sesión de “práctica reflexiva” se desarrollaba en la sedede la Universidad entre los estudiantes de varias comisiones con el fin de compartir experiencias y enriquecer análisis. Eran sesiones difíciles para las y los tutores porque era complicado coordinar la conversación y las sesiones solían quedar reducidas a que alguno por grupo narrara algo de lo realizado en su lugar, con poca escucha por parte de los integrantes de los otros grupos y con pocos comentarios y propuestas de análisis.  En esta oportunidad, una tutora decidió hacer una propuesta para estimular una sesión más activa y participativa. Representen una escena que los haya conmovido/impactado”- dijo, dirigiéndose a los estudiantes.

La consigna movilizó a todos –dialogaban, se reían, se movían en sus asientos- y dos estudiantes mujeres se propusieron para dramatizar lo que les había sucedido cuando participaron en el consultorio del pediatra en el centro de salud.

Acomodaron las sillas para organizar un espacio para la escena. Un estudiante representó al médico y las dos estudiantes, el papel de estudiantes. Mientras actuaban, contaban lo que había sucedido con la paciente, su madre y sus hermanos, porque los personajes de la niña que era atendida, su madre y sus hermanos menores no fueron actuados. A través de esta representación de lo vivido, más hablada que actuada, contaron que el médico hizo desvestir a una niña de 11 años, prepúber, para mostrarles a las estudiantes los estadíos de Tunner[7]. En la consulta la mamá se mantenía lejos y como mirando hacia otro lado, como incómoda, pero sin poder decir nada. Uno de los hermanitos se distraía,  jugaba,  miraba hacia otro lado, y estos comportamientos no  parecían casuales, de acuerdo a lo que las estudiantes observaron. Más bien parecía estar activamente intentando salir de la escena entre el médico, la niña y las estudiantes. La niña miraba hacia el piso parecía tener mucha vergüenza y estar sufriendo. Las estudiantes actuaban su incomodidad, no sabían a donde mirar y no encontraban la manera de salir, de no estar allí, estaban rígidas, se miraban entre ellas y no hablaban. Y de acuerdo a la expresión de ellas, la niña había sido convertida de sujeto en objeto.

Finalizada esta dramatización que duró 3 o 4 minutos y mientras las estudiantes protagonistas se acomodaban en sus sillas, se produjeron diálogos. Enseguida una de las tutoras propuso que las protagonistas hablaran de la incomodidad que habían sentido en la consulta. Ellas dijeron que querían salir de “esa escena”, la real, y no pudieron. Contaron que sintieronparálisis ante la violencia que les generaba el avasallamiento del cuerpo y el pudor de esa niña. Pero que ante eso solo pudieron optar por el silencio y el intento de entablar miradas cómplices con la chica. Ellas sentían que tendrían que haber hecho algo distinto.

Una tutora preguntó a todos qué pensaban que podrían haber hecho ellos en una situación similar. Varias estudiantes relataron situaciones referidas a interrogatorios médicos en las que se habían sentido incómodas, pero tenían que quedarse y no podían hablar; tenían que tolerar, porque no se sentían con autoridad para cuestionar la práctica del profesional en la consulta.A partir de estas intervenciones, otra tutora propuso poner en discusión el vínculo estudiante-profesional en las consultas. ¿Cómo intervenir sin ser irrespetuosos y sin tensar ese vínculo?, preguntó la tutora.Varios comentan que es muy difícil, porque en esos momentos lo que más pesa es la asimetría entre ellos -que son estudiantes de segundo año- y los médicos. Para una gran parte de  médicos y médicas - integrantes de los equipos de salud- los y las estudiantes estaban ahí pero solamente para mirar o hacer lo que ellos/as indicaban y/o sugerían. Los aceptaban como pasantes en sus consultorios pero considerando de manera explícita que no sabían porque eran estudiantes de los primeros años de la carrera, dijo un estudiante.

En esta primera ronda de diálogo se hablóacerca de cómo se juegan las asimetrías, pero más ligadas alos roles de médico/a y estudiante de Medicina. Desapareció un poco el protagonismo del personaje de la niña, tal como había estado durante la dramatización y en los primeros diálogos que se habían producido de manera desordenada y todos al mismo tiempo.

Continúa la conversación sobre los propios pudores. Una de las estudiantes que tenía alrededor de 25 años, a través de un relato referido según sus términos acuando era más joven, sin especificar el momento de su vida al que se refería,evocó situaciones que dieron lugar a que una tutora preguntara cuándo y ante quién exhibimos o no, el propio cuerpo. Continuaron preguntando y proponiendo respuestas sobre quién decide qué se muestra; qué hubiera pasado si el paciente era varón; si el médico hubiera hecho lo mismo o no frente a un niño, frente a un estudiante varón; y si una médica hubiera actuado de lamisma manera.Contaron más escenas autobiográficas, de sus vidas y de otras, de sus cotidianeidades, de sus experiencias como pacientes.

Cuando ya faltaban pocos minutos para que finalizara la sesión de “práctica reflexiva”, una de las tutoras propuso un cierre provisorio del tema, como se hacía en estos encuentros y dijo:

“…Hay una historia propia de experiencias en las que se ha vulnerado el propio pudor que se reactiva en esos procesos de aprendizaje. (…) Traerlos a la conciencia y a la descripción, al relato o a la dramatización nos permite poner en discusión los atravesamientos de género y las situaciones humillantes recorridas e inscriptas en los propios cuerpos, que pueden paralizar la acción, aun cuando estamos en un rol distinto (…)El pudor es un mandato dirigido solo, oprincipalmente,  a las mujeres (…) Y ¿cómo, a la vez, sus cuerpos pueden ser expuestos en consultas para que otros aprendan? ¿Los pudores, pueden ser leídos al margen del género?(…)¿Una práctica reflexiva los puede transformar de obstáculo en  herramienta ?”(fragmento de crónica de  tutora, 12/06/2014)

 

La segunda situación sucedió durante una jornada en agosto del 2014 con estudiantes de segundo año y su tutora en la sede del Centro de Salud. Una estudiante, durante la “práctica reflexiva” luego de la jornada de cuatro horas de actividades, comentó una situación que la había dejado muy angustiada.Había sucedido que para desarrollar las actividades con el grupo de estudiantes ese día, la tutora había citado a un paciente que padecía problemas de salud cardiovasculares, para que las estudiantes pudieran indagar acerca del impacto de las enfermedades crónicas en la vida de los adultos. Desde el momento en que había comenzado a conversar esta estudiante con ese paciente, de acuerdo al comentario de la estudiante,había un tono desafiante en el hombre que en algún punto la incomodaba. Y cuando se dispuso a tomarle la presión y le pidiópermiso para ponerle el manguito del tensiómetro en el brazo, el señor le dijo: Tocame lo que quieras, mi mujer no es celosa.

La estudiante explicóque, a partir de ese momento,le costó continuar con la atención y solo quería que terminara esa situación.

La tutora, luego de escucharla y sin dar lugar a que otros estudiantesse manifestaran, dijo: son pavadas, hay que hacer como si no se oyen, y seguir adelante.

Este comentario era coincidente con la advertencia que un docente de la Unidad de Aprendizaje[8]Salud de Adultos Mayores había hecho unos días antes en una clase en la que participaba esta estudiante: las mujeres tienen que acostumbrarse a alguna mano fuera de lugar con los ancianos.Una de las tareas que tienen que realizar los estudiantes en “Campo” es llevar un registro narrativo-descriptivo de cada jornada de trabajoen su cuaderno de campo que es un documento público[9]. Esta estudiante escribió en el registro de ese día la situación vivida y el intercambio con la tutora.En ese registro la estudiante narró “la aversión que le produjo esa situación” (…) “la necesidad de sacarse de encima a ese paciente”(…) “la imposibilidad de pensar que le generó” y, al final escribió “expresar el malestar generado me permitió superar el espacio del centro de salud y su consultorio”.

Tan importante le resultó el evento que fue ese registro el que seleccionó para entregar al equipo de coordinación de “Campo”cuando le fue requerido. Antes de finalizar cada cuatrimestre de actividades desde el año 2013 la coordinación solicitaba a todos los estudiantes que eligieran dos registros entre todos los realizados como parte del proceso de evaluación cualitativa del proceso de enseñanza/aprendizaje.Gracias a la insistencia de esa estudiante para que ese registro fuera leído-escuchado por otros, pudimos conocer la situación a través del relato hablado de la estudiante y decidimos convocar a la estudiante y su grupo, para pensar el episodio desde una perspectiva de género. Analizar cómo las relaciones de género imprimen todas las relaciones sociales, y la importancia que el reconocimiento de ello tiene, ya sea para la defensa de sus propios derechos como ciudadanas, como para poder desarrollar prácticas profesionales que no reproduzcan esos vínculos. Pensábamos en la importancia de lo grupal, la escritura y la reflexión: herramientas para hacer consciente la dimensión del cuerpo y el género en la formación de los estudiantes de Medicina.

En esa instancia, y con la tutora también presente, se le pidió a la estudiante que comentara lo sucedido con los y las colegas de su grupo de “Campo”. La mayoría de ellos/as no había atendido a ese relato hasta el momento. La tutora, intentaba minimizar los hechos, subestimar la implicancia que generaba en la práctica médica. Insistía en que “había que dejarlo pasar” … que “siempre iba a haber gente que se desubique”. Desde la perspectiva de Viviana (coautora de este trabajo, integrante del equipo de coordinación y partícipe de esta reunión) quien estaba participando como docente del equipo coordinador en esa situación, la tutora parecía sentirse interpelada en el poco valor que le dio a esta circunstancia en ese momento…y quizás también compartía su resignación a un rol de género en el que el “aguantar” es moneda corriente. En el relato de la estudiante, aparecía con fuerza la indignación y el rechazo. En sus compañeros/as, la sorpresa por sentir que estas situaciones que sucedían de manera más o menos explícita, no eran habitualmente reconocidas como un problema en la práctica médica ni en el proceso de formación.

 

Cuerpos que saben, cuerpos que legitiman otras formas de aprender y conocer

En ambas descripciones registramos que en el devenir de los intercambios entre estudiantes y tutoras se tornaron visibles conocimientos vividos, sentidos, pensados y organizados en modos de expresión y comunicación que permitieron un primer abordaje de temas que no se incluyen en las curriculas innovadas, pero atraviesan siempre la formación de los médicos y las médicas.Probablemente por la escasa utilización de conceptos disciplinares y una expansiva carga emotiva y sensible, podrían dar lugar a suponer que en términos de aprendizaje de un médico o de una médica, los procesos mostrados están, sobre todo, vinculados a la práctica. Sin embargo, en ambas situaciones se abordaron tópicos reconocidos como conocimiento dentro de las ciencias de la salud.

Está aceptado como parte de la tradición cartesiana e inclusive desde perspectivas críticas de esa tradición, que “el cuerpo en su materialidad más `carnal´” (Vartabedian, 2007)[10]esté ausente en el conjunto de programas de enseñanza (llámense asignaturas, materias, unidad hospitalaria –UDH-, etc.) como condición necesaria para que los médicos y las médicas aprendan -en el sentido de apropiarse y aprehender- los procesos vinculados a la salud y la enfermedad. Las escenas registradas muestran que el cuerpo sabe y que cuando es escuchado se enriquecen las posibiidades de comprender el sentido de situaciones y conflictos. En muchas circunstancias, los sujetos tenemos dificultades para verbalizar un saber cuyo significado hemos captado corporalmente y esto provoca que minimicemos la relevancia de su significado, ya sea porque restringimos su impacto a una dimensión personal e individual, o porque no consideramos que el cuerpo también tiene sus razones, en el sentido más profundo del término razón.

Sin embargo, cuando analizamos el conjunto de referencias, ejemplos y episodios que se fueron vinculando a partir de la primera escena relatada y actuada advertimos cuánto sabían las y los estudiantes sobre el pudor como convención social. Cuando el cuerpo es definido como parte del sujeto donde residen sensaciones y emociones, pero no pensamientos, resulta impostble procesar significados sociales captados en y por nuestros cuerpos. En esos casoslo que estamos suprimiendo, impidiendo y hasta anulando, es la posibilidad de aprender, de entender y, por lo tanto, de conocer. Porque la situación se vivió y se entendió corporalmente y requiere otro trabajo para procesarla verbalmente. La violencia experimentada de acuerdo a lo narrado en ambas escenas fue el resultado de una transgresión al pudor promovida por el “conocimiento autorizado” y eso generó la tensión en las estudiantes. Vemos así un doble juego de poder con el saber:en el cuerpo no hay saber y el saber válido está en lo que actúa el médico como instructor en la primera escena, y como tutora, en la segunda.

En esta segunda escena la violencia comprendida en el cuerpo se vincula a la respuesta del paciente –autorizado por la médica tutora (recordemos que lo invitó para la práctica del grupo de estudiantes)- y a la respuesta de la propia tutora. La estudiante escucha el saber de su cuerpo, lo traduce al lenguaje verbal oral y escrito y advierte las dificultades para que eso que ella entendió sea escuchado, inclusive por los otros estudiantes. Porque es en la situación, que lo que vive en y con su cuerpo se vuelve significativo y devela el sentido de esa escena. Fuera de esa relación desigual mediada por el conocimiento de uno y no del otro, y por relaciones de género y de edad investidas por autoridad, no es posible entender lo sucedido.

Es el “conocimiento situado” y la apertura a la crítica permanente al “conocimiento autorizado”,lo que posibilita que el proceso de aprender y enseñar incluya la producción de conocimiento. BrigitteJordan (1997, 57) en su análisis sobre la construcción del “conocimiento autorizado” explica cómo la autoridad cultural ganada por la medicina,ha provocado que, en la mayoría de casos, el conocimiento proporcionado por sus profesionales se acepte como natural y sostenido por la verdad de la razón, aunque tenga consecuencias negativas para el bienestar de las mujeres, cuyo conocimiento queda deslegitimado y a veces suprimido. En el caso que estamos analizando, estas consecuencias negativas alcanzan a estudiantes mujeres y varones, inclusive en carreras que se proponen desarrollar una curricula centrada en los estudiantes y orientada desde una perspectiva de derechos.

Las escenas también dan lugar a observar el impacto que los estereotipos de género juegan en la práctica de enseñanza. El género como categoría que organiza sistemas de clasificación social y representaciones colectivas,  habla en ambas escenas de manera bastante obvia, de violencia. Si bien el análisis de la relación médico paciente podría enriquecer aun más los tópicos que abrimos a la discusión, no lo hemos incluido porque no contamos con registros etnográficos de las situaciones tal como fueron experimentadas en el consultorio, que nos permitan reconstruir perspectivas de otros actores, indispensables para ese análisis. Sin embargo, contamos con elementos para mostrar que cuando llevamos y sostenemostransversalmente en un programa de enseñanza la perspectiva de género, se acrecientan las posibilidades de percibir y distinguiralgunas de las distorsiones poco visibles que produce el conocimiento biomédico. Entre ellas, la legitimación de“proyectos que perpetúan la existencia de poderes sociales hegemónicos, que bloquean y excluyen a todos aquellos sectores de población exentos de poder” (SanchezBellon, 2015: 97)

Las innovaciones curriculares, la capacitación de docentes, las leyesque garantizan derechos, permiten que escenas como las mostradas se vuelvan visibles, relatables y discutibles. Y esto es lo que podría dar lugar a contribuir a cambios y transformaciones estructurales y a constituirnuevas relaciones dentro de las “comunidades de práctica”(Lave y Wenger, 1991)[11], que generen rupturas en el sentido común de las prácticas y los discursos médicos.

 

Un final que no cierra

Indudablemente, el proceso de feminización del estudiantado de Medicina (que, en esta carrera, por ser nueva, es una marca desde los inicios), junto con la inclusión temprana de las prácticas pre profesionales (desde la quinta semana de clases del primer año), dio lugar a que ciertas vivencias, que han formado parte del curriculum oculto en la formación de médicos/as, hayan tenido un espacio para ser expuestas, adquiriendo una dimensión imprevista. Una vez más, la irrupción de la presencia de mujeres en carreras tradicionalmente conformadas por mayoría de hombres, posibilita ampliar en magnitud y diversidad la circulación de conocimientos, acelerar procesos de desnaturalización de los órdenes sociales establecidos, producir modificaciones en las comunidades de aprendizaje como resultado de desplazamientos de relaciones entre expertos y aprendices y de valoraciones del conocimiento autorizado. Tal vez, estos resultados posibles que tanto valoramos nosotras y muchas otras y otros, hayan producido -junto con otras circunstancias políticas y sociales- la interrupción del proceso de innovación en la carrera de Medicina del Departamento de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de la Matanza.

 

Referencias bibliográficas

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Las autoras agradecemos a estudiantes y tutoras de Campo con quienes intercambiamos algunas de las intuciones que dieron origen a las ideas que aquí desarrollamos. Agradecemos también la oportunidad que nos dieron las dos editoras de esta publicación para participar en 2015 en el Taller que nos reunió a las autoras de este trabajo y sus enriquecedores comentarios.

 

[1] Esta idea de innovación estaba encuadrada en el nuevo paradigma de formación de los profesionales de salud, que en Latinoamérica tuvo un gran impulso. Sobre el mismo se puede consultar, entre otros, en Almeida, Feuerwerker y Llanos, 1999; Byrn y Rosenthal, 1993; Venturelli, 1997; Pinzón, 2008; Tizon, 2009, entre otros.)

[2] Este estudio se desarrolló en dos etapas. El primer proyecto fue “La educación médica innovada; cotidianeidad, debates y experiencias educacionales en la implementación de una nueva carrera” (E001) 2102-2013, y el segundo, “La educación médica innovada. La construcción del cuerpo como materialidad, discurso y experiencia en la implementación de una nueva carrera” (E005) 2014-2015. Ambos   dirigidos por Diana Milstein, integrados por un equipo constituido por docentes y estudiantes de la carrera y subsidiados por la Universidad Nacional de la Matanza.

 

[3] John Dewey en su obra “Cómo Pensamos” sostiene que pensamiento reflexivo nos orienta a comprender el pensamiento como un encadenamiento ordenado de ideas sobre el que voluntariamente mantienen control los sujetos, porque persigue una finalidad que es el examen activo  de cualquier forma de conocimiento a la luz de los fundamentos que la sostienen. En las primeras páginas de la obra afirma: “Lo que constituye el pensamiento reflexivo es el examen activo, persistente y cuidadoso de toda creencia o supuesta forma de conocimiento a la luz de los fundamentos que la sostienen y las conclusiones a las que tiende” 1989, pg. 25 el énfasis pertenece al autor).

[4] Señalamos este período, porque a partir del año 2015, razones de política académica ajenas a la voluntad y el deseo de quienes escribimos este trabajo, detuvieron el desarrollo de esta modalidad de enseñanza y aprendizaje en “Campo”.

[5]Señalamos las satisfacciones, para hacer notar que, si bien las situaciones que analizamos en este capítulo tienen que ver con enojos e incomodidades, en ciertos casos  fue muy rico revisar reflexivamente hechos que “salieron bien” y quienes los viveron   manifestaban no saber cómo había “salido tan bien”.

[6] Tomamos esta reflexión de un trabajo que Zandra Pedraza escribió refiriéndose al conocimiento en la escuela y que puede extenderse al conocimiento tal como es tratado y enseñado en las instituciones educativas de nivel superior.

[7]Estadios de Tunner es una escala que mide los grados de desarrollo puberal a través de la valoración del desarrollo mamario, del vello pubiano y características de genitales externos

[8] En el currículo de esta carrera de Medicina se denominan Unidades de Aprendizaje a las asignaturas que tradicionalmente en las universidades argentinas son designadas como cátedras.

[9] Los cuadernos de campo son leídos por los docentes del equipo de “Campo” y su elaboración es considerada como parte de la evaluación de las tareas anualmente desempeñadas por los y las estudiantes

[10] Tomamos esta expresión en el que la autora rescata y a la vez critica la perspectiva representacional de estudios sobre el cuerpo

 

[11]“Comunidad de práctica” en los términos de estos autores alude al aprendizaje entendido como una práctica social llevada a cabo en comunidades o grupos donde se relacionan expertos y novatos produciendo diferentes formas de participación entre las que se destacan sobre todo la “participación periférica legítima”

 
Articulo publicado en
Junio / 2017

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