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Elementos para reflexionar acerca del trabajo psicoanalítico con familias que “salen del armario”

 

Nuevas configuraciones familiares ocupan la escena de quienes trabajan con parejas, niños y adolescentes en el mundo occidental contemporáneo. La familia recompuesta a partir de la separación de cada uno de los miembros de la nueva pareja, con los hijos del primer matrimonio de cada uno, tal vez fue la primera de una serie. Tenemos la familia homoparental, familias que apelan a diferentes formas de procreación, proporcionando al niño una madre genética, una madre “de vientre”, un padre “donante” de esperma. Entre tantas otras, podemos ahora introducir una más: la familia en la que uno de los miembros de la pareja es transexual. De hecho, aparentemente, la estructura familiar tradicional no se altera tanto. Tenemos dos adultos y niños. Si los adultos son del mismo género, tendríamos una semejanza con la familia en la que la pareja es homosexual. La diferencia entre esta última y la familia con personas transexuales es que el cambio de género en uno de los miembros genera situaciones inusitadas: por ejemplo, un padre puede quedar embarazado, la madre puede ser un hombre, el padre que antes era hombre ahora se convirtió en mujer. En fin, cambios de género que arrojan nuevos desafíos a nuestra comprensión y a nuestra práctica.

Es posible argumentar que estas diferentes modalidades de familia ya existían. Las familias recompuestas, incluso antes de la Ley del Divorcio (1977, en Brasil[2]), siempre existieron. Las madres que criaron a sus hijos solas, familias con niños adoptivos, niños criados por dos madres en una relación homosexual: siempre se supo de esas familias, aunque, en cierta medida, tal vez no se hablara de ellas -alguna especie de tabú sobre el asunto llevaba al silenciamiento. Incluso las familias con un padre o una madre transexual, eventualmente, se oía hablar al respecto. Lo que todas estas familias ganan actualmente es visibilidad. Las familias homoparentales tal vez hayan sido las responsables de traer esa discusión al público.

La lucha por los derechos de la población LGBT y, más específicamente, por el derecho a su unión legal, al matrimonio y a la adopción de hijos por parte de los y las homosexuales, todo ello trajo al primer plano la necesidad de repensar lo que es una familia. Más aún: cuestionar nuestros criterios acerca de las condiciones necesarias para criar niños sanos, afectivos, espontáneos, que se vuelvan jóvenes con capacidad de establecer vínculos consistentes, de ser críticos y constructivos en relación a la sociedad, en fin, con condiciones de manejar el sufrimiento y de buscar su bienestar.

Actualmente, tenemos a estas familias bajo la mira de los medios, del derecho, de la educación, de la psicología y del psicoanálisis. ¿Se trataría de una mirada voyeur? ¿Una curiosidad para saber “si ‘eso’ va a resultar”? Para saber el “resultado” de esas “experiencias familiares”, digamos así, nuestra intuición podría llevarnos a observar a los niños. Pero observar, en la condición de psicoanalista, significa también tratar. Y no sólo tratar porque la demanda se presentó. Es verdad que los niños de familias abyectas (consideradas al margen de la sociedad, víctimas de prejuicio social, excluidas de un cierto campo de inteligibilidad) son comúnmente encaminadas al análisis por la escuela, por el médico, por la asistencia social o por los propios padres y madres que identifican su sufrimiento. El otro motivo para tratar, y allí me refiero a los adultos que eligieron formar esas familias, es porque podemos efectivamente ayudarles a sostener la resistencia a las normas dominantes. Para ello, el analista debe estar culturalmente preparado.

Para trabajar con las cuestiones que se refieren a la homoparentalidad y a la transexualidad, es importante estar al corriente de las discusiones acerca de la distinción entre sexo y género y acerca de la constitución de las diferentes identidades de género. También se hace necesario conocer mínimamente la terminología en torno a la transexualidad (transidentidad, transgeneridad, cisgeneridad, travestilidad, género no binario, etc.). Los estudios de género, los estudios de la mujer, la teoría queer y los feminismos forman el campo que circunda culturalmente esas cuestiones. Para ello, remito al lector a la bibliografía existente (Arán, 2006; Ayouch, 2015; Bento, 2006; Porchat, 2013; Lanz, 2015; Muszkat, 2014; Tajer, 2013).

Nuestra intención ahora es presentar algunos elementos especialmente importantes para el trabajo con niños y con adultos que forman parte de esas familias. Dos de estos elementos vienen directamente del psicoanálisis: la novela familiar y la escena primaria. Los otros dos atraviesan la teoría psicoanalítica y son condiciones para sus constructos: la concepción de parentesco y la de parentalidad.

 

La novela familiar

Freud presenta la novela familiar del neurótico como una construcción que revela la falla de algunos individuos en liberarse de la autoridad de los padres al crecer. Esta liberación, considerada fundamental en el desarrollo individual y en la propia organización de la sociedad, depende de la oposición que se establece entre las generaciones. Para ello, la relación del niño con sus padres recorre un determinado camino. Los padres, que inicialmente eran la única fuente de autoridad, objeto de deseo y modelo a seguir, al ser puestos en la categoría padres, por el descubrimiento del niño de que, al final, existen otros padres, sufren innumerables comparaciones por parte de los hijos. Las cualidades incuestionables que presentaban caen por tierra. Se convierten en objeto fácil de críticas de todo tipo. Freud añade a ese recorrido los impulsos de rivalidad edípica. Aún temprano, comienzan las fantasías, que posteriormente podrán ser conscientemente recordadas o reveladas por el análisis, de ser un niño adoptado, o de que el padre o la madre serían de hecho su padrastro o madrastra. El alejamiento de los padres, que comenzó en esa actividad imaginativa, será descrito por Freud como la novela familiar del neurótico. Es por esta estrategia que el niño relativiza la autoridad de los padres, se libera de la idealización que tenía hacia de ellos y finalmente se libera. Los padres descienden en su estima, y él los reemplaza por otros, normalmente “de mejor linaje” (Freud, 1909 / 2006b, p 220).

Los analistas que se inclinan sobre situaciones de procreación/filiación no tradicionales están particularmente a las vueltas con la novela familiar de sus pacientes. Tomemos el ejemplo de una familia homoparental. Ken Corbett (2009), analista estadounidense, propone la construcción de una novela familiar no tradicional. Andy, su paciente de 7 años, es hijo de dos madres. Se trata, en el trabajo de Corbett, de actuar en dos planos distintos, pero que se intercomunican. Andy debe forjar su propia historia y, para ello, Corbett propone ayudar a la familia a forjar su historia de minoría. “Hace una apuesta política de que la función del analista aquí no es la de ver cómo el paciente va a ser afectado en su relación con la ‘diferencia de los sexos’, sino percibir el efecto en ese paciente, en particular, de tener dos madres. Considerando que vivimos en una sociedad heteronormativa y considerando que nadie se desarrolla fuera de un sistema de normas, ‘cada niño y cada familia se desarrolla a través de su lucha con y contra la lógica de las estructuras sociales normativas’ (p.56).” La familia de Andy, así como otras en esa condición, por su propia existencia defiende la marginalidad en confrontación con las normas dominantes. Cabe al analista dar soporte a la familia, ayudar a sostener esa confrontación.

Corbett actúa con el propósito de ayudar a Andy a traer a la luz su novela familiar no tradicional. Para ello, recibe regularmente a las madres de Andy y trabaja para que ellas puedan estar abiertas a las identificaciones proyectivas del hijo. Freud ya decía que el desarrollo de las fantasías dependía no sólo de la inventiva del niño, sino también del material disponible para ello. Cuando se enfrenta a la diferencia de los papeles desempeñados por el padre y la madre en sus relaciones sexuales, “comprende que ‘pater semper incitus est’, mientras que la madre es certísima” (Freud, 1909 / 2006b, 220).

Andy le dice al analista que no tiene un padre, sino un donante. El trabajo de Corbett sobre el modo como Andy maneja la idea de padre es comentado por Michel Tort:

No se trata de denunciar los efectos funestos de la ausencia del padre, invocando la carencia de su famosa función de separación, sino de saber cómo construir, en el análisis, una idea de padre con los recursos que cada uno tiene a mano en el dispositivo de procreación dado, permitiendo que se desarrolle la imaginación familiar, con los fantasmas de las madres sobre el donante y aquellos que el niño se autorizará a enunciar en su relación transferencial con el analista. (2016, p. 124)

Una vez en posesión del material que funda su procreación -no sólo a través de la información dada por sus madres, sino también a partir de la imaginación familiar activada por el analista, que permite la circulación de los diversos fantasmas en escena-, Andy puede construir su novela familiar no tradicional y dar inicio al recorrido que le llevará posteriormente a poder confrontar a la generación de sus madres y a separarse de ellas.

 

La escena primaria

La escena primaria o escena originaria es así denominada por Freud en el artículo del Hombre de los Lobos (1918 / 2006a) y se refiere a la observación por el niño del coito parental. Sin embargo, permanecerá en el psicoanálisis la idea de que ella puede haber sido sólo supuesta y disfrazada a partir de índices como ruidos o incluso por la observación del coito animal (Laplanche & Pontalis, 1998).

El punto que se discute en relación a las nuevas configuraciones familiares es que la escena primaria no es sólo la relación heterosexual como núcleo de la sexualidad. No debe existir en el psicoanálisis una escena primaria estándar. De nuevo, la estrategia no sería la de denunciar los efectos nocivos de una falta de padre o de madre de acuerdo con la norma heteronormativa, sino por el contrario, preguntarnos, como psicoanalistas, por el “efecto del dispositivo procreativo inédito sobre la estructuración psíquica” (Tort, 2016, p. 125). La respuesta no es única. Debemos pensar, en cada caso, cómo se vieron los sujetos, cómo se arreglan subjetivamente a partir de los procedimientos específicos que marcaron su concepción. Estamos en un tiempo de investigación, se puede decir, pero también en un tiempo de apertura social, ya que familias que tuvieron arreglos diferentes de aquellos propuestos por las familias nucleares burguesas ahora pueden “salir del armario” y ser finalmente escuchadas por el psicoanálisis.

Corbett insiste en que el punto de partida de la fantasía de la escena primaria debe ser, por un lado, el conocimiento por el niño de la procreación y de los procedimientos particulares de su concepción y, por otro lado, las construcciones fantasmáticas sobre el sexo, nombre de los misterios excitantes de los adultos, de los cuales sabemos que las parejas poco o nada hablan, pero que son percibidas a través de risas y rubor (citado por Tort, 2016, p. 125). Según Tort, debemos interesarnos por la capacidad del niño de fantasear sobre relaciones sexuales múltiples, superando las categorías que se han dado, y pensar sobre lo que ellos saben acerca de sus familias y de los deseos que las modelan, poniendo en escena a sus padres (incluso donadores o múltiples) y sus fantasmas.

Tanto la novela familiar como la escena primaria fueron traídos en contextos diferentes de la cuestión de la transexualidad. En el caso del primero, el ejemplo era el de una familia homoparental. El segundo caso se centraba en la cuestión de la concepción sin la figura de un padre, pero sólo la de un donante. Sin embargo, me parece que ambas ideas freudianas son extremadamente útiles para pensar los fantasmas familiares contemporáneos, los efectos de los nuevos arreglos sobre la estructuración psíquica de los sujetos, así como algunos norteadores para la escucha analítica hoy.

 

El parentesco

¿Qué es una familia? Esta pregunta debe ser hecha por cada uno que trabaje con nuevas configuraciones familiares. Hay una enorme diferencia entre considerar a la familia como una unidad natural, arraigada en procesos biológicos, o considerarla un producto ideológico históricamente producido. Tenemos ahí la familia nuclear burguesa, que encontramos en Freud. Algunos psicoanalistas la ven como natural, otros como producto ideológico, pero casi cristalizado. De acuerdo con Segalen: “Finalmente, la familia hoy tiene una geometría variable [...]. Sus contornos son múltiples y eventualmente se mueven por alianzas electivas. Lo que permanece es la fuerza de las relaciones de parentesco en la sociedad moderna” (citado por Pederzoli, 2017, p.7). El parentesco “legisla” sobre la relación entre individuos que pertenecen a un mismo grupo. La discusión se desplaza entonces hacia el establecimiento de lo que son relaciones de parentesco. Al final, a partir de esas relaciones entramos en el campo de lo simbólico y a través de él atribuimos valor a las personas en la medida en que ellas ocupan determinados lugares, unas en relación a las otras, reconocidas por las normas sociales, entre ellas la del tabú del incesto. Pero, ¿qué sucede cuando la sociedad no reconoce ciertas relaciones? ¿Ellas dejan de ser relaciones de parentesco? De acuerdo con Marilyn Strathern, el parentesco euroamericano reconoce sólo dos lados biológicos de parentalidad, determinado por una relación asimétrica de género: el padre y la madre (citada por Pederzoli, 2017, p.67). La diferencia biológica, como criterio máximo de la clasificación de los seres humanos, nos condena a pensar lo femenino en oposición a lo masculino, sin mezclas o dificultando el atravesamiento de las fronteras (Badinter, citado por Pederzoli, 2017, p.67). Si la familia se asienta sobre esa relación dicotómica y complementaria entre los géneros, “sugerir cualquier alteración en ese orden implica amenazar la estructura sobre la cual la sociedad está consolidada” (Pederzoli, 2017, p.67). Sin embargo, esta concepción de parentesco actualmente no da cuenta de las nuevas configuraciones familiares. En ese sentido, o hacemos el ejercicio de redefinir el parentesco, hacerlo elástico, maleable, para incluir las relaciones que de hecho existen en determinados grupos de individuos que se reconocen como familias, o seguiremos patologizando niños, adolescentes y adultos en función de lo que no consiguieron, de sus supuestas fallas y carencias, en fin, de todo lo que ellos tienen de diferente en relación a un determinado modelo supuestamente ideal de familia. ¿Dónde nos lleva este tipo de patologización? Actualmente, lleva a la incomprensión de las transformaciones sociales y a la exclusión del campo de lo humano de sujetos y de sus familias que están en la condición de abyección desde hace muchos años.

Es en un famoso texto de Judith Butler que encontramos una concepción de parentesco orientada hacia la inclusión en el campo de la inteligibilidad de las familias abyectas, que ya existen, y de cualquier familia que venga a existir. En “¿El parentesco es siempre de antemano como heterosexual?”, Butler dice:

“Si entendemos parentesco como un conjunto de prácticas que establecen relaciones de varios tipos que negocian la reproducción de la vida y las demandas de la muerte, entonces las prácticas de parentesco son aquellas que emergen para dirigir las formas fundamentales de la dependencia humana, que pueden incluir el nacimiento, la creación de los niños, las relaciones de dependencia y apoyo emocional, los vínculos de generaciones, la enfermedad, el fallecimiento y la muerte (por citar algunas).” (2003, p. 221).

En este texto, Butler aborda el parentesco pensando en las diferentes formas por las cuales una sociedad se organiza. El texto discute las ideas de Lévi-Strauss, pero Butler, en cierto modo, parece tener en cuenta la experiencia que vivió en sus años de doctorado (Porchat, 2015). Se trata de la observación de la escena gay de Nueva York en la década de 1980 (de la cual Butler participó), retratada en el documental Paris is burning, de Jennie Livingston (1990). Butler comentará eso en 1993, en Cuerpos que importan. La película retrata los salones de baile en el Harlem. Muestra una comunidad gay y trans de personas pobres, negras y latinas, performando drags y bailando. Ellas se organizaban en familias llamadas houses. La cultura ball describe una subcultura LGBT underground en los Estados Unidos, donde las personas compiten por premios en eventos conocidos como balls. Algunos de los que desfilan también bailan; otros compiten en el género drag, intentando pasar por otro género y clase social. Las familias son encabezadas por alguien, no siempre más viejo, que adopta, cuida y vela por los demás. Viven en comunidades o no, pero cargan el apellido del jefe de la familia. Para pertenecer a la familia, es necesario un ritual de entrada: participar del baile, desfilar, bailar, performar. Una vez dentro, el parentesco está constituido. Los vínculos se establecen, las dependencias afectivas empiezan a nacer, la protección y los cuidados están garantizados.

Lo que Butler nos hace pensar es en cómo el establecimiento de vínculos entre los seres humanos puede darse por diferentes rituales. Son éstos y la comunidad alrededor de un grupo, o de algunos individuos, que reconocen y validan los vínculos a partir de un campo de inteligibilidad previamente establecido. Este campo codificó los tipos de vínculos, así como codificó los rituales. Sin ser necesario allí el género, las parentalidades biológicas, ni tampoco los binarismos.

 

La parentalidad

Queremos por último problematizar las concepciones de padre y madre a partir de la idea de Pederzoli (2017) de que éstas pueden ser prácticas performativas. Decir que las parentalidades son prácticas performativas, es decir, siguiendo el raciocinio de la teoría del acto performativo de Butler, que no existe esencia de padre, ni esencia de madre. Son los gestos, las palabras, los actos que crean la ilusión de una sustancia madre o de una sustancia padre. Así como el género es un organizador social, el padre y la madre también lo serían. De igual modo que hombre y mujer pueden ser desempeñados por cualquier individuo, independientemente del sexo biológico (Butler, 2003), eso también se daría, según Pederzoli (2017), con la parentalidad del padre y la parentalidad de la madre. Y todavía podríamos rechazar el binarismo parental y pensar en una forma de parentalidad no binaria.

En cuanto a las parentalidades trans, serían prácticas de parentesco que cuestionan y rearticulan el sistema normativo, en vez de adecuarse a él. Ellas “reconfiguran las representaciones del pensamiento occidental en el momento en que performatizan la parentalidad en su relación con el género” (Pederzoli, 2017, 61).

¿Qué es un padre? ¿Qué es una madre? Creo que no es igual pensar que la función paterna o la función materna seán ejercidas por personas transexuales, transgénero o travestis, en vez de por personas cisgenero. ¿Pero cuál sería exactamente la diferencia? Hay poca literatura sobre niños hijos de padres transexuales. Chilland (1999) se refiere a algunos estudios (Ebaugh, 1988; Green, 1978; Misès, Noël y Castagnet, 1980) en el que surgen cuestiones como la preocupación por la opinión de la sociedad, la adopción y, en el estudio de Green con niños de personas transexuales, la comprobación de que estos niños, por ocasión de la investigación, están conformes con su género de asignación al nacimiento y son heterosexuales. En resumen, poco se sabe aún sobre los efectos de las parentalidades trans. Pero también poco se sabía, en tiempos lejanos, sobre los efectos de las personas divorciadas, de la mujeres que trabajaban fuera de su casa, etc.

En una entrevista realizada por Pederzoli, con un hombre trans de 39 años, encontramos la siguiente respuesta: “Lo que es ser padre es como yo me identifico, me identifico como hombre y socialmente esa expresión es usada aquí dentro de casa, una vez que yo ‘soy padre’” (2017, p 108).

Chilland (1999) sugiere que existe una contradicción en nuestra cultura: al mismo tiempo que se valoran los vínculos biológicos -por ejemplo, cuando se determina que todo niño tiene el derecho de conocer sus raíces biológicas, a pesar del enraizamiento cultural y psicológico que ello estableció-, “se lanza un desafío a la biología al considerar en cierta medida conveniente [...] dar dos padres sin una madre a los niños o dos madres sin un padre, o llamar papá a una mujer o mamá a un señor” (p. 214). Chilland denuncia una situación que permite problematizar la idea de parentalidad como práctica performativa. El status atribuido por la sociedad a la filiación determinada por los orígenes biológicos de un individuo legitima la problematización de parentalidades en la que no hay vínculos biológicos. En este sentido, problematiza también las parentalidades trans, ya perjudicadas previamente por la discusión acerca de la patologización de las transiciones entre géneros (con o sin intervenciones sobre el cuerpo).[3] Para los segmentos que aún patologizan las identidades trans, si el individuo es considerado “enfermo de género”, no sería deseable que él fuera padre o madre, ni biológico, ni adoptivo. O, si tuviera hijos anteriores a la transición, su maternidad, su paternidad o simplemente su parentalidad sería a priori un problema grave.

Entender el lugar de lo biológico en nuestra cultura, saber de sus efectos sobre los individuos y posicionarse ante esta cuestión parece ser necesario para escuchar y actuar en relación a las parentalidades trans.

Hagamos algunas consideraciones a partir de una situación clínica.

Juan tiene casi 30 años. Su compañera es cinco años mayor y juntos tienen tres hijos (un niño y dos niñas). Una de las hijas es de su compañera, con quien vive desde hace seis años. Las otras dos hijas son suyas, frutos de relaciones con dos hombres diferentes. Juan habla poco de su infancia. No le gustaba la ropa femenina, prefería jugar a la pelota con los niños, no aceptaba el hecho de ser niña. Con 10 años ya percibía que sentía atracción por las niñas. Guardaba esos sentimientos para sí y trataba de olvidarlos. Relata habere aislado en su casa por causa de eso y jugaba solo. A los 15 años le contó a la abuela, con quien vivía, que le gustaban las mujeres, pero ésta no lo aceptó. Se acercó a su madre biológica, que tampoco aceptó la homosexualidad de su hija. Por este rechazo familiar, intentó ajustarse a las expectativas de la familia y acabó teniendo los dos hijos, un niño y una niña. La relación con los hombres no funcionó y Juan volvió a tener relaciones con mujeres. Por fin, encontró a la actual compañera y se quedó con ella, componiendo una familia. El escenario familiar contribuye a que Juan imagine un modo de vida que desea tener como hombre. Le gustaría ser policía y ocupar un lugar destacado dentro de su familia. Siendo hombre en la relación, “voy a ser la persona que toma el frente”. Para Juan, parece que ser hombre es la posibilidad de ocupar el lugar de persona estabilizadora de una família, familia en la cual él sería la figura central.

Lo que aquí relatamos de Juan se refiere a algunas entrevistas para apoyar el encaminar una terapia hormonal y, cerca de un año y medio después, a algunas sesiones iniciales de psicoterapia de base psicoanalítica. Juan decidió comenzar la terapia para acompañar su proceso de transición de género. Hace el tratamiento hormonal y aguarda en la lista de espera para realizarse cirugías de retirada de senos, útero y ovarios.

Después del nacimiento de su primer hijo, relata haber tenido un episodio de depresión. El amamantar era algo muy difícil, pues los senos “recuerdan que soy mujer”. No le gusta su cuerpo. No habló a nadie sobre su tristeza y dificultad para lidiar con la lactancia. Al ser preguntado sobre el motivo del segundo embarazo, Juan relata que también buscó la aprobación de la madre biológica al acercarse al hombre que ella le había presentado. Pero afirma que estaba alcoholizado al relacionarse con él y que posteriormente, al descubrirse embarazada, consideró la posibilidad de un aborto.

El tema de la familia atraviesa muy temprano la historia de Juan. Sólo conoció a la madre biológica a los 11 años. Su madre tuvo primero dos hijos, siendo Juan el tercero. Cuando nació, la familia consideró que no podía criar otro hijo. Juan fue adoptado por una familia en la que más de una mujer quisieron asumir la maternidad (las tías adoptivas). Se acabó quedando con una madre adoptiva que falleció un año después. Su abuela adoptiva asumió los cuidados y se convirtió en la principal figura materna. Varias personas circulaban en la casa (tías-abuelos, tíos, primos). Con frecuencia lo llamaban bastardo. A los 18 años, por peleas con parientes que vivían en la casa de la abuela, decide vivir con su madre biológica. Su abuela adoptiva se enferma y Juan se siente culpable, creyendo que ella se sintió abandonada por él. En esa ocasión, conoció al padre también (que se había separado de su madre). Sobre el padre, dice que es un hombre bueno, pues aceptó su homosexualidad y dijo: “Las mujeres son buenas, usted está en el camino correcto”. Era policía.

Juan tiene una historia familiar compleja (la adopción, el reencuentro con la madre biológica y su sumisión a ella, la enfermedad de la abuela adoptiva), y la cuestión de la aceptación por parte de sus dos familias parece haber sido fundamental en su vida.

Actualmente, Juan es un hombre trans. Un padre trans. Su madre biológica no acepta la transexualidad y lo llama por el nombre femenino de bautismo. La abuela desarrolló serios problemas de memoria y no lo reconoce más. Le duele aún que su madre lo haya colocado en adopción, pero haya mantenido los otros dos hermanos consigo. Dice que reconoce sólo a la abuela como madre de verdad.

Sus hijos tienen 7 y 5 años. Llaman padre a los padres biológicos, con quienes tienen contacto. Ambos tienen 50 años, o sea, eran cerca de 30 años mayores que Juan en ocasión de la relación. Los hijos de Juan lo llaman madre-y-padre y llaman a su compañera, mamá.

Juan no está trabajando y se queda en casa cuidando a los niños. Quien sostiene la casa es su compañera. Él busca trabajo, pero relata dificultades en encontrar o en mantenerse en un empleo. Quería un trabajo pesado, de albañil, de cargador, pero no lo aceptaban por cuenta de su condición femenina (nombre de registro y cuerpo físico). Se queja de que las personas suelen criticarlo por diversos motivos muy frecuentemente.

Juan habla muy poco de sus hijos. No hay una sesión en la que no mencione a su abuela, la falta que siente de ella, la culpa por su enfermedad, la imposibilidad de estar con ella por motivos financieros (transporte hasta su casa, que no está cerca de donde Juan vive). En las sesiones, básicamente trata de su proceso de transición y de la culpa hacia la abuela. Lamenta no poder cuidar de ella, pero no puede ni cuidar de sí. No tiene tiempo. Necesita cuidar a los niños y llevarlos a la escuela.

De su familia adoptiva, que tenía tantas tías, hoy sólo queda la abuela como persona que realmente cuenta afectivamente para él. Ella es “su piso/base”, junto con los niños, que también son, actualmente, “su suelo”. Es curioso cómo, incluso para hablar de ese lugar que los niños ocupan emocionalmente para él, es necesario afirmar primero el papel que su abuela ocupa en su vida.

Pide que la analista anote el nombre de sus familiares, pues son muchos tíos y tías, y no quiere quedarse explicando cada vez quién es quién en la familia. Se molesta si la analista se olvida. Una sola vez que Juan mencione el nombre de alguien de la familia ya es motivo para molestarse la próxima vez, si la analista olvida el nombre de esa persona.

Los hijos de Juan, un niño y una niña, ya tienen padre. Pueden encontrar para Juan un lugar en la familia: madre-y-padre. Este lugar es diferente del lugar de madre o de padre. Pero y Juan, ¿qué siente que es para sus hijos?

¿Donde parte la analista para entender, escuchar e intervenir en el habla de Juan? Él parece venir a pedir ayuda para entender cómo es y quién es su familia. En ese sentido, sus hijos le ayudan por haberle dado a él un lugar. Madre-y-padre tal vez sea el nombre que le permita circular por las generaciones- mientras hij@ y mientras alguien que ejerce la función parental. Madre-y-padre también puede ayudarle a encontrarse en relación con su origen. Abandonado por su madre, vive capturado por la culpa de haber abandonado a su abuela. ¿Se hace madre por el abandono? No se identifica con la idea de ser madre de sus hijos, pero todavía está lejos de ser el padre que le gustaría ser. Curiosamente, al no conseguir empleo, cuida a los niños y hace las funciones domésticas de la casa, lugar marcado tradicionalmente por el papel femenino en nuestra sociedad. Juan no se ve como madre, pero tampoco llega a ser el padre-policía que estabiliza a la familia y es el centro de ella. Por otra parte, los hombres en las familias de origen de Juan ocupaban papeles secundarios. Su padre sólo aparece en su narrativa como alguien que refuerza su orientación sexual: “¡mujer es buena!”

Siendo Juan, por un lado, rechazado en la familia de origen y, por otro lado, llamado bastardo y cuidado por la abuela en la familia de crianza (la madre falleció después de un año de la adopción), ¿quienes son la madre y el padre de Juan, después de todo? ¿Puede haber otros parentescos? ¿Quién ejerce la parentalidad? ¿Cuál es el lugar de lo biológico en su historia? ¿Quién concibió a sus propios hijos? Además de los padres (hombres mayores, con edad para ser su propio padre), ¿él mismo, como madre - que rechazaba la lactancia, símbolo de la maternidad?

Trabajar con Juan le ayudará a forjar una historia familiar en diversos niveles: una historia al margen, que resiste a las normas dominantes y a las expectativas sociales basadas en el modelo heteronormativo y binario de género. Entender, fantasear y construir para sí una novela familiar, una escena primaria es lo que le dará acceso de modo más efectivo a su parentalidad y a la comprensión de sus relaciones de parentesco.

 

Resumen

Familias en las que uno de los miembros de la pareja es una persona trans (transexual, travesti o transgénero) lanzan nuevos desafíos a la teoría y a la práctica del psicoanálisis. Reflejos sobre algunas cuestiones que esta diferente configuración familiar trae como la de la definición de lo que es una familia para el psicoanálisis y para sus practicantes, o sobre la existencia de un compromiso ético y político de ayudar a la familia a sostener la resistencia a las normas dominantes. También sugerimos que el analista debe estar culturalmente preparado para encarar estos desafíos, conociendo los campos adyacentes al psicoanálisis que pueden apoyarlo en esa tarea. Presentamos conceptos y perspectivas de trabajo que pueden auxiliar en el abordaje de esas familias, sea con los niños, sea con los adultos: los conceptos de novela familiar y de escena primaria y el cuestionamiento de lo que es parentesco y parentalidad. Por último, abordamos una situación clínica que permite reflexionar sobre nuestras propuestas.

Palabras clave la familia; homoparentalidad; transexualidad; parentalidad trans. Nuevas configuraciones familiares ocupan la escena de quienes trabajan con parejas, niños y adolescentes en el mundo occidental contemporáneo. La familia recompuesta a partir de la separación de cada uno de los miembros de la nueva pareja, de la que los hijos del primer matrimonio de cada uno vienen a formar parte, tal vez fue la primera de una serie. A partir de ahí tenemos la familia monoparental, la familia homoparental, familias que apelan a diferentes formas de procreación, proporcionando al niño una madre genética, una madre "de vientre", una madre social, un padre "donante" de esperma. Entre tantas otras, podemos ahora introducir una más: la familia en la que uno de los miembros de la pareja es transexual.

Patricia Porchat [1]
Docente en el Departamento de Psicología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Estadual Paulista (Unesp), campus Bauru. Brasil.
patricia.porchat [at] unesp.br

 

Referencias

 

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Patrícia Porchat

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Notas

 

[1]Texto publicado en la Revista Brasileira de Psicanálise v. 51, n2, 2017 - Familias

[2] 1987 en Argentina.

[3]Chilland se encuentra entre los autores que hacen esta discusión, habiendo ralentizado su posición de 1997 (año de la publicación original de su libro sobre transexuales),cuando era abiertamente contra la cirugía y el tratamiento hormonal. En 2011, sugirió que hay una cuestión social, y no solamente médica, en la demanda de tratamiento hormonal-quirúrgico por adolescentes. Sin embargo, es considerada una autora que participa de la visión patologizante de las personas trans.

Temas: 
 
Articulo publicado en
Junio / 2019

Boletín Topía

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