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Esperanza/espera en tres novelas llevadas al cine

 

Estragón - ¿Adónde iremos?
Vladimir - No muy lejos.
Estragón - ¡No, no vayámonos lejos de aquí!
Vladimir - No podemos.
Estragón - ¿Por qué?
Vladimir - Mañana debemos volver.
Estragón- ¿Para qué?
Vladimir - Para esperar a Godot.
(Esperando a Godot. Samuel Beckett)

Revisando el mito clásico

Según el mitólogo Robert Graves, Epitemeo que había sido advertido por su hermano Prometeo, de no aceptar el regalo de Zeus. Y viendo que Prometeo (castigado por Zeus por haber entregado el fuego a los hombres) no aparecía, dispuso a casarse con Pandora, mujer bellísima creada por Hefesto por orden del vengativo Zeus. Poco después Epimeteo abrió una caja que ella le ofreció, rápidamente, todos los males salieron de la caja en forma de nube e hirieron, primero a Epimeteo, y luego a toda la raza de los mortales. Pero la Esperanza que “siempre engaña”, y que había quedado en el fondo de la caja, disuadió a la humanidad de cometer un suicidio general y masivo.

Algunos estudiosos llamaron a este “regalo” de los dioses a los hombres, la caja de la suerte: una hermosa caja de seductora apariencia.

Zeus quería que el hombre, por atormentado que estuviese por otros males, no se quitase la vida, sino que continuara dejándose atormentar siempre de nuevo

El relato tradicional cuenta que cuando Pandora, por curiosidad, abrió la tapa de la caja prohibida, y miró por una pequeña abertura, se apartó espantada. Un humo negro salió de la caja, mientras horribles criaturas aladas, invadieron el mundo oscureciendo el sol. Eran todos los dolores, enfermedades y vicios del hombre. Pandora trató de cerrar el cofre para remediar el desastre, pero ya era demasiado tarde. El destino inexorable se cumplía, desde entonces la vida de los hombres fue desolada. Cuando el denso humo se disipó y la caja parecía vacía, Pandora miró en su interior, y vio que un “gracioso” ser de alas brillantes estaba todavía en el fondo de la caja. Era la Esperanza. Pandora rápidamente cerró la caja impidiendo que ésta saliera. De esta forma, la Esperanza quedó guardada en el rincón más profundo del corazón del hombre.

Friedrich Nietzsche, nos proporciona otra lectura, más que interesante:

Según Hesíodo, Pandora aportó como dote a su matrimonio con Epimeteo una gran tinaja de barro con todos los males. Era el regalo de los dioses a los hombres, por fuera era muy bello y seductor, etiquetado como “el tonel de la dicha”. De ahí salieron volando todos los males, seres vivientes y alados. Desde entonces andan vagando y causando daño a los hombres, noche y día.

Cuando Pandora cerró la tapa por voluntad de Zeus, un único mal no había aún escapado y quedó dentro de la tinaja.

Tiene ahora para siempre el hombre “la tinaja de la dicha” en su propia casa. Y cree maravillas del tesoro que en él tiene; está a su disposición y se sirve de él cuando le place, pues no sabe que esa tinaja que Pandora trajo era la de los males, y considera el mal que quedó dentro como el bien supremo: la Esperanza.

En efecto Zeus quería que el hombre, por atormentado que estuviese por otros males, no se quitase la vida, sino que continuara dejándose atormentar siempre de nuevo. Para ello le da el nombre de Esperanza: ésta en verdad es el peor de los males, pues prolonga el tormento de los hombres.

En este sentido, y como veremos en tres novelas llevadas al cine: El desierto de los tártaros, de Dino Buzzati. El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez, y Zama de Antonio Di Benedetto, la esperanza/espera son males, ya que terminan inmovilizando a sus protagonistas.

El que espera desespera

En realidad estas novelas y sus respectivos films homólogos dirigidos por el italiano Valerio Zurlini, el mexicano Arturo Ripstein y la argentina Lucrecia Martel, son herederas de la obra de Franz Kafka. Por ejemplo en el relato Ante la ley, la espera está asociada a la infinita postergación. Una alegoría absurda, producto de la lectura del pasaje bíblico del antiguo testamento. Donde Moisés, después de haber sido elegido por Dios, para guiar al pueblo hebreo a través del desierto por 40 años, es condenado por ese mismo Dios, a ver de lejos la Tierra Prometida, y no poder pisarla. Moisés, una especie de “Tántalo judío”, es castigado a desear y no poder disfrutar de lo deseado, y a morir de tanta espera, en el exilio.

También en Esperando a Godot, de Samuel Becket, la esperanza depositada en la espera de la llegada de Godot, termina inmovilizando a los protagonistas. Y como en Kafka la espera hace que la acción y el movimiento sean imposibles. La esperanza se transforma en “infinita postergación”. O en una “espera desesperanzada”.

En cuanto a la “desesperación”, ésta implica la existencia del concepto relativo de “esperanza”, y la “esperanza” implica una continuidad en el tiempo, que al postergarse indefinidamente, hace que toda acción superadora de la condición en la que se encuentran estos personajes, sea imposible. En este contexto, el tiempo y el espacio, incluso el hombre carecen de significado, o se convierten en absurdos.

“El que espera desespera”, ya que el microcosmos mortal de los humanos, no puede perdonar la inmortalidad ligada al macrocosmos. Beckett lo expresa irónicamente en una frase genial: El whisky provoca rencor contra la botella que lo contiene.

El miedo y la esperanza

Tres reflexiones nos pueden servir como marco teórico, para ampliar y aplicar al análisis de las tres novelas y sus respectivos films, en cuanto a la relación miedo-esperanza que atraviesan sus personajes.

Según Enrique Carpintero: la potencia es el poder producir en acto. En esta perspectiva, hay dos pasiones que constituyen para Spinoza un valor importante para los problemas éticos, religiosos y políticos que intentan resolver: la esperanza y el miedo. Se trata de dos afectos inestables e imprevisibles. Ambas afecciones están relacionadas, ya que no hay esperanza sin temor, ni temor sin esperanza. Mientras se está pendiente de la esperanza se teme que no se realice. Por el contrario, quien experimenta temor imagina algo que lo excluye de existencia, su resultado es que lo conduce a la resignación y a la parálisis. Es decir, se transforma en una promesa de seguridad que da origen a su utilización como instrumento de dominación política.

Según Emiliano Galende: tanto el miedo como la esperanza debilitan la experiencia del presente, y también el ánimo y la pasión por lo actual, tienden a expulsar al individuo de su experiencia y de su acción sobre sus semejantes. Por eso el miedo es desde siempre un eje de la política y la esperanza es un dominio de las religiones. El hecho de que son comunes a todos los hombres, presentándose como amenazas o promesas que afectan la vida de cada uno, contribuyen a orientar las voluntades...y es Maquiavelo quien ejemplarmente nos muestra cómo es el príncipe quien debe saber producir y dirigir estas pasiones. El miedo y la esperanza dominan el cuerpo, la mente y la imaginación de los individuos, dejándolas a merced de la incertidumbre y volviéndolos por esto dispuestos a la renuncia y a la pasividad en su presente.

Para Spinoza, “La Esperanza es una alegría inconstante, que brota de la idea de una cosa futura, de cuya efectividad dudamos de algún modo.

El miedo es una tristeza inconstante que brota de la idea de una cosa futura, de cuya efectividad dudamos de algún modo”.

El desierto de los tártaros

Miró con el anteojo el triángulo visible de desierto, esperó no divisar
nada, que la carretera estuviera desierta, que no hubiera ninguna
señal de vida; Drogo deseaba eso, tras haber consumido toda su
vida en la espera del enemigo.

Es un film italo-franco-alemán dirigido en 1976 por Valerio Zurlini. El film es una adaptación de la novela homónima del escritor italiano Dino Buzzati, publicada en 1940 (Jorge Luis Borges escribió el prólogo de la traducción al español) y considerada la obra más importante de Buzzati.

La novela y el film narran la vida del teniente Giovanni Drogo, quien es destinado a la Fortaleza Bastiani tras completar su formación militar. Una construcción rodeada por los restos de una ciudad destruida, estratégicamente ubicada para defender el paso de un inmenso y legendario desierto que fuera ocupado por los tártaros, en realidad es una verdadera “frontera muerta”. A pesar de la soledad y el aburrimiento que siente Drogo al principio, éste decide sacrificar su juventud y toda su vida permaneciendo en la Fortaleza, a la espera de la llegada del enemigo, y de la gloria que una batalla contra los tártaros le pudiera otorgar.

Miedo-espera-esperanza-miedo, una verdadera retórica de la sumisión a lo cercano por temor a lo lejano y desconocido

Los años van pasando “sin novedad en el frente”, Drogo es ascendido, pero la vida rutinaria, llena de ritos sin sentido, así como la desconcertante espera, lo aniquilaron física y moralmente. Cuando la invasión “supuestamente” llega, Drogo muy enfermo y envejecido, es trasladado de la Fortaleza por “inservible”. Al salir, ve o cree ver los refuerzos enviados por el Alto Mando. Piensa en todos los años de espera en vano, y muere, como dijo el poeta Villon: muere de sed tan cerca de la fuente. Con el pesar de no haber podido vivir sus sueños. El film también fue un proyecto anhelado por Luis Buñuel, pero que nunca realizó.

Tanto en la novela como en el film, la huella de Kafka resulta innegable, emparentada por una misma preocupación metafísica.

En El desierto de los tártaros, la espera se impone como tema central desde el inicio, la vigilancia “infinita” del desierto donde acecha la llegada de los enemigos. El miedo y la espera penden sobre una amenaza aplazada e inconcreta, pero obsesivamente presente. Esta amenaza está cargada de indicios, dudas y resonancias que la conectan con los más profundos conflictos de la existencia como ser: la resignación ante las posibilidades vitales de realización de los deseos. La seguridad como valor contrapuesta a la libertad. La elección del deber ser antes que el ser. En el texto literario como en el fílmico la vida está fijada en la enervante espera, corroída por la rutina (como una muerte a plazos), y donde el paisaje, el desierto, la nada alcanza la dignidad de protagonista.

Ambos términos (espera-esperanza) no pueden dividirse, y se potencian mutuamente. Y como en los textos de Kafka, la espera como “infinita postergación” al final termina en la muerte de la esperanza misma

Al final, sin saber por qué, antes de morir, Drogo ve pasar su absurda vida, sólo aferrada a la esperanza de que alguna vez llegaran los bárbaros. Y como el personaje de Ante la ley de Kafka, se ha vuelto un viejo enfermo. La espera aniquila así toda esperanza del protagonista.

En realidad todos los veteranos de la Fortaleza sienten y sufren de la misma y extraña enfermedad, producida, según el médico (Jean-Louis Trintignant) por la “Fortaleza de la Espera”, y la construcción imaginaria de un enemigo que nunca llega o llega a destiempo. Se podría decir que el protagonista entregó su vida a un espejismo. Leemos al final de la novela: Pero después algo pasó por su cabeza: ¿y si todo fuera un engaño? ¿y si su valor no fuera sino una borrachera?

La novela y el film se conectaría también con El mito de Sísifo, de Albert Camus: la espera como un sinsentido, donde la vida quedaría reducida a una serie de repeticiones sin fin que termina en la muerte. Con la esperanza de que alguna vez la piedra se quede en la cima de la montaña, o que llegue Dios (Godot) o los tártaros.

A esta altura no puedo dejar de recordar algunos de los versos del poema Esperando a los bárbaros, de Konstantino Kavafis: ¿Qué esperamos agrupados en el Foro? / Hoy llegan los bárbaros / ¿Por qué inactivo está el Senado e inmóviles los senadores no legislan? / ...¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros? / Quizás ellos fueran una solución después de todo.

Miedo-espera-esperanza-miedo, una verdadera retórica de la sumisión a lo cercano por temor a lo lejano y desconocido.

El coronel no tiene quien le escriba

y él quedó convertido en un hombre solo sin otra ocupación
que esperar el correo todos los viernes…

Es un film de 1999, dirigido por el mexicano Arturo Ripstein, coproducción de México-España-Francia. Adaptación lineal de la novela corta de Gabriel García Márquez, publicada en 1961. Con las actuaciones memorables de Fernando Luján (el coronel), y Marisa Paredes (Lola su mujer).

El Coronel, un veterano de la Guerra de los Mil Días, espera y espera. Le prometieron una pensión, y hace 15 años las autoridades le incumplen la promesa.

Viernes tras viernes, trajeadito y solemne, se para ante el muelle aguardando la carta que anuncie la llegada de su merecida y dilatada pensión.

Todos en el pueblo saben que espera en vano. Lo sabe también su mujer, que cada viernes lo mira prepararse ante el espejo para recoger la carta que hace ya demasiados años lo esquiva. Pero el Coronel cierra los ojos ante esta verdad tan evidente y se aferra a su esperanza. Y es que si no, ¿qué me queda?

Porque en la casa miserable del Coronel hay hambre. Su mujer es un saco de huesos comidos por la tos asmática, y al Coronel lo abochorna su pobreza, con bochorno de viejo decente, ya que pretende, a pesar de la espera demasiado prolongada, permanecer siendo humano, más que sobrevivir.

Contra viento y marea (como el mítico Sísifo), contra el hambre, contra los reclamos de su esposa que le repite hasta el cansancio: ¿qué comeremos?, la respuesta al final del relato es tajante: una respuesta que el Coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: MIERDA.

En realidad, Ripstein filma no sólo la espera, sino también una historia de amor conmovedora, la de una digna pareja de viejos olvidada por el mundo. Incluso ellos mismos se definen como: somos huérfanos de nuestro hijo. Sin ninguna fuente de ingresos, la única esperanza de ganancia es un gallo de riña, heredado de su difunto hijo (acribillado por transmitir información clandestina), que el Coronel se resiste a vender, y ha estado criando con mucho sacrificio durante varios meses, con la intención de hacerlo pelear y ganar en las apuestas. Sin embargo la espera y la postergación, lo va carcomiendo.

En la primera lectura, podríamos decir que se cuenta una historia centrada en la dignidad del Coronel para resistir la humillación que le impone un sistema político represivo. Luego se advierte que lo que allí se nos relata podría ocurrir en cualquier tiempo y lugar, ya que se trata de la lucha que sostiene el hombre contra el transcurrir del tiempo. Una doble lucha: la física contra la vejez y la enfermedad, y por otro lado, quizás la más trascendental, que es la lucha contra la postergación de una persona, postergación que casi equivale a la muerte. El Coronel pasará sus últimos días esperando una carta que nunca será escrita. Recordemos que Nicolás Márquez, abuelo del escritor e inspirador de la novela, fue Coronel pero nunca recibió oficialmente el grado ni la pensión que le correspondía.

Zama

A las víctimas de la espera

Es un film argentino de 2017, dirigido por Lucrecia Martel. El guión está basado en la novela homónima del escritor mendocino Antonio Di Benedetto (1922-1986), publicada en 1956. Y que junto a El silenciero (1964) y Los suicidas (1969), conforman la “trilogía de la espera”. Cabe recordar que Di Benedetto fue secuestrado por los militares el 24/3/1976 siendo subdirector del diario Los Andes, de Mendoza. Encarcelado y torturado hasta el 4/9/1977. Sufrió 4 simulacros de fusilamiento, y quedó anímicamente destrozado. Luego de un exilio de seis años (Francia-España) volvió a la Argentina en 1984, para terminar con un modesto empleo en la Casa de Mendoza de Bs.As., que le permitió sobrevivir hasta su muerte. Su obra, una de las más importantes de la literatura latinoamericana sufrió una larga espera y postergación, su aparición en 1956 pasó prácticamente desapercibida, hasta que la elogiosa reseña que hizo el Premio Nobel J. M. Coetzee para The New York Times abrió a partir de 2017 las puertas para el reconocimiento mundial (localmente ya había sido muy elogiado por Saer, Borges, Mujica Láinez y Cortázar). 60 años después, su obra se traduce al inglés y Zama llega al cine con proyección internacional. Escribió Saer en su prólogo a una de las ediciones, si Antonio Di Benedetto hubiese escrito sus textos en París y no en Mendoza, sería mundialmente famoso... Si los críticos de habla española hablaran de los buenos libros y no de los libros más vendidos y publicitados, de los libros que trabajan deliberadamente contra su tiempo y no de los que tratan de halagar a toda costa el gusto contemporáneo, Zama hubiese ocupado en las letras de habla española, desde su aparición, el lugar que merece y que ya empieza, de un modo silencioso, lento y férreo, a ocupar: uno de los primeros. Este comentario que hoy resulta anticipatorio, nos confirma la problemática de la espera y la postergación no sólo del protagonista de la novela, sino de la obra y la vida misma de su autor.

Una breve síntesis del argumento para aquellos que todavía no vieron el film de Martel, ni leyeron la novela de Di Benedetto:

Atrapados en una red burocrática, víctimas de una rutina repetitiva y absurda, que potencia aún más la espera, inmovilizándolos, y frenando su reacción contra una estructura de poder rígida y vertical

Diego de Zama, un funcionario americano de la Corona española, espera una carta del Rey que lo aleje del puesto de frontera en el que se encuentra estancado (1790-1799). Se ve obligado a aceptar con humillación cualquier tarea administrativa que le ordenen los poderes de turno, los distintos Gobernadores burócratas que se suceden en su larga espera por la carta que nunca llegará. Zama comprueba con el paso de los años que su “espera física”, se ha transformado en “espera metafísica”, que se ha vuelto viejo y enfermo, y que lo ha perdido todo, incluso la esperanza de ver a su familia. Al final, libre de su esperanza de traslado, Zama decide sumarse a una partida de soldados, internándose en tierras lejanas y desconocidas en una “búsqueda suicida” del legendario Ventura Prieto, un peligroso bandido asesino.

En realidad Zama, es un anti héroe, su épica es al revés, el de los que son víctimas de la espera (como leemos en la dedicatoria), de los que fracasan (Kafka, Camus).

Aunque Martel, a la lectura existencialista le agrega la reflexión por la identidad como una trampa, de Zama y de quienes lo rodean, en medio de una geografía extraña, y un calor asfixiante hacia “el corazón de las tinieblas”. En unas coordenadas difusas a orillas del Paraguay. ¿En las afueras de Asunción?

A propósito, son más que significativas las opiniones de la propia Lucrecia Martel, recogidas de dos entrevistas: -Zama nos abre la posibilidad de pensar sobre la insatisfacción, lo que significa el fracaso. Sobre el misterio de la existencia-

-“Digo no a sus esperanzas. Somos un país tan católico que pensamos que decir “no” a las esperanzas es algo malo. Al contrario, decir “no” a las esperanzas es el acto humano de rebeldía más grande. Ser capaces de destruir las esperanzas. Si anduviéramos así por el mundo, seríamos casi inmortales. Terminé la novela imbuida en ese veneno. Y pensar que hay lectores que se lo pierden y se enfocan en la boludez del argumento.

La espera, la soledad y la oscura agonía de Zama, la encontramos representada en forma contundente y magistral en las primeras líneas de la novela (curiosamente no registrada en imágenes en el film): Salí de la ciudad, ribera abajo, al encuentro solitario del barco que aguardaba, sin saber cuándo vendría… Llegué hasta el muelle viejo… entreverada entre sus palos… Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estábamos. Ahí estábamos, por irnos y no.

Postdata

La lengua francesa es más específica en diferenciar attendre (esperar algo, una cosa. Espera física) de espérer (relacionada con la esperanza, como una espera metafísica). Tanto en El desierto de los tártaros, El coronel no tiene quien le escriba como en Zama, se espera una carta, una notificación para el traslado para poder estar con su familia, o para cobrar el dinero de la pensión, y así poder salir de la miseria; o la tan esperada llegada del ejército enemigo, los temibles tártaros. Se empieza con la espera física como detonante y se termina en una espera metafísica.

Ambos términos (espera-esperanza) no pueden dividirse, y se potencian mutuamente. Y como en los textos de Kafka, la espera como “infinita postergación” al final termina en la muerte de la esperanza misma.

En El sentido de la espera en la literatura del siglo XX, su autor Javier Gutiérrez Pérez, nos marca que la obra original de Becket se llama En attendat Godot. Como vemos el verbo utilizado es attendre, pues los personajes esperan algo, a alguien, pero esta espera física y convencional adquiere un sentido más profundo, al representar esta espera una búsqueda de sentido de la vida misma.

En las tres novelas y en sus adaptaciones llevadas al cine, debemos considerar también, como una “coincidencia significativa” que los tres protagonistas: el teniente Drogo, el Coronel, y el doctor don Diego de Zama son militares, atrapados en una red burocrática, víctimas de una rutina repetitiva y absurda, que potencia aún más la espera, inmovilizándolos, y frenando su reacción contra una estructura de poder rígida y vertical. Deben esperar, e intentan esperar viviendo, mejor dicho sobreviviendo. Ante esta perspectiva, un antídoto posible se concentraría en el verso del poeta griego Píndaro: ¡Oh, alma mía no esperes la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible!

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Articulo publicado en
Abril / 2018

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