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¡ESTE ES EL MOMENTO!

 

Una oleada de gobiernos con una ideología fascistoide, enancados en un furibundo capitalismo devastador y haciendo gala de su deseo y capacidad para imponer a toda costa su política, hoy se desparrama por muchos lugares del mundo. Pero en América Latina ya está por sentarse en el trono de Brasil un tal Bolsonaro.

Aquí no vamos a sumarnos a la larga lista de adjetivos descalificativos que bien se tiene ganado este siniestro personaje, ni a dirimir la correcta categorización política para ubicarlo: fascismo, neofascismo, nueva derecha, etc. Lo que nos importa es aprovechar esta circunstancia, que parece recién comenzar, para abrir una brecha en el homogéneo horizonte político que la derecha conservadora neoliberal nos ha impuesto para que se consume su triunfo más significativo de los últimos 40 años: haber secuestrado la política, haciéndola desaparecer de la vida colectiva de los pueblos. Así lo entendemos, en la medida que afirmamos que el único pensamiento-acción-organización que merece llamarse política es el que se propone abolir el lazo social hoy dominante y el Estado que lo garantiza. El resto es pura gestión del orden existente o reacción ante cualquier amenaza contra el mismo.

Ese horizonte que esteriliza que circule la política, la emancipativa e igualitaria, es el resultado del balance que el pensamiento conservador hizo del desfondamiento del llamado “campo socialista” y la extinción de todas las luchas revolucionaras que se desarrollaron en el siglo pasado dentro de la matriz dominada por el marxismo-leninismo y las variantes tercermundistas.

La primera y más potente de ese balance reaccionario es que la caída del Muro de Berlín significó el triunfo de la democracia sobre la dictadura. Luego vinieron los derechos humanos, el respeto al diferente, el fin de las ideologías, la lucha por el reconocimiento de las minorías culturales, la caída de la verdad, de los absolutos, del universalismo, elegir el mal menor, y muchas cosas más que hoy han destrozado al pensamiento y viajan alegremente por las redes sociales en un vehículo llamado celular (como el camión de la policía) Su triunfo mundial fue espectacular y en nuestro país logró la adhesión de una inmensa legión de intelectuales que  escupiendo sobre la tumba del viejo Marx, dieron prueba de un fuerte arrepentimiento de sus antiguas travesías “totalitarias”. Todos colgados de los pantalones de un (¿inocente?) personaje que recitaba el preámbulo de la Constitución recibieron como recompensa quedarse con la Universidad de Buenos Aires. Después de todo si la esencia de la política es la gestión ¿porqué no empezar practicando en una escala pequeña?

¿Qué es la democracia? Un sistema de organización del gobierno basado en un Estado de derecho que rige la vida política de un país por medio de la representación, en donde el ciudadano vota a un representante que gobierna por él, que debe presentarse dentro de una organización llamada “partido”, que a su vez está sujeto a todos los requisitos legales para ser habilitado entre los que se encuentra el de nunca ir contra la democracia. Ahora bien, si la política es la potencia creativa de la vida colectiva de la gente, de cualquiera, de sus pensamientos, luchas y organizaciones para romper con la dominación, entonces esta democracia se presenta como una maquinaria compuesta por dos brazos: uno es apto para administrar y gestionar el sistema capitalista arbitrando los dispositivos que permiten suavizar los conflictos que brotan de sus entrañas; el otro brazo impide que la política exista. Administrar el orden existente e impedir que se produzca la política verdadera, aquella que justamente busca quebrar ese orden, es el núcleo real de esta democracia, sea más o menos participativa. 

La mesa está servida y si uno saca los pies del plato democrático cae en su opuesto: la dictadura totalitaria, terrorista y fundamentalista. Este es el horizonte sostenido por un principio rector que nos asfixia. Ese principio rector es la afirmación que la única elección política real que nos queda es optar entre la democracia o el totalitarismo. No hay otra alternativa ni hoy ni mañana. En el futuro no brilla otra cosa que no sea lo peor, el horror, venimos de allí, y se nos otorga la chance de elegir el mal menor. Encima, debemos agradecer: ¡menos mal que existe la democracia!

Esta democracia que es el imperio de las formas y el número como estrategia de funcionamiento, es la vaca sagrada de nuestro tiempo. Cuando Alfonsín propició las leyes de punto final y obediencia debida, para mitigar la responsabilidad de las FF.AA, una madre de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, pronunció las palabras profanadoras, lo que jamás se podía decir: “Alfonsín es lo mismo que Videla”. Eso le valió el mote de “mandona e intolerable”, la repulsa de todo el espectro político y divisiones profundas en el interior de la Asociación que nucleaba a las Madres. Lo que aquí importa no es analizar dentro de qué estrategia política se lanzó esa herejía, ni el destino político de quien la profirió, sino puntualizar su capacidad de violentar al santuario democrático. Esa afirmación iba más allá de los límites, casi diría que desconoció el reino de lo posible para internarse en el campo de lo imposible.

Estoy convencido que cualquier proyecto político emancipador que quiera quebrarle el espinazo al sistema tarde o temprano tendrá que atravesar ese límite y ponerse a trabajar para desbaratar esa encerrona. Las palabras ya han sido pronunciadas, pero aún no fuimos capaces de inventar una nueva política emancipativa que desembarazándose de esa trampa pueda hacerse cargo de las consecuencias de su propio acto para ir construyendo otro discurso político. Y más difícil es aún en nuestro país en el que sufrimos el terrorismo de estado en proporciones descomunales.

Macri puede encarnar una política neoliberal de empobrecimiento, entrega y represión realmente alucinantes. Todo el arco “opositor” incluida la izquierda del FIT no hace más que denunciar  estos atropellos intolerables, pero el límite está clarito: no propiciar ninguna acción ni discurso que atente contra el orden constitucional, es decir, la democracia. Hasta la izquierda “dura” busca procedimientos constitucionales (convocar a una Asamblea Constituyente) para que los representantes decidan si sigue o no “Cambiemos” en el gobierno.

Estos opositores dicen a cada rato que la política económica de “Cambiemos” es la misma que la de Martínez de Hoz en la dictadura de Videla. ¿Hay una manera de decir más claramente que la diferencia entre dictadura y democracia no es decisiva para el destino de la vida de un pueblo? Si un dictador y un demócrata pueden realizar el mismo proyecto de explotación y empobrecimiento de la sociedad ¿Dónde estriba la diferencia? Dos posibles respuestas inútiles: a) que en la dictadura no se puede protestar y en democracia si; b) que en democracia se tiene la chance de votar a otro gobernante en las próximas elecciones y en la dictadura no. ¿Por qué son inútiles? Porque en la dictadura  me quedo (sin protestar) en mi casa, y en democracia vuelvo (de protestar) a mi casa, pero en ambos casos siempre termino en mi casa con las manos vacías. Y la chance de volver a votar es repetir el mismo juego de siempre, que no cambia nada.

 

Pero de repente:¡trumpazo de Trump!

Si, en el faro democrático de América que ilumina por más de un siglo al mundo entero, un presidente con un discurso elitista, discriminador, misógino, anti-sistema (el democrático) con un lenguaje desbocado y guerrero, llega por las venas abiertas de la democracia a la Casa Blanca.

Lo más productivo que tiene esta irrupción, es el desconcierto e impotencia que genera entre aquellos que creen en serio que lo opuesto a la democracia es la dictadura. Y, aunque parezca paradójico, lo que tenía que ser una obra de las nuevas políticas emancipativas, reciben del complejo que forman el capitalismo-democracia-dictadura, una llave inesperada para poner en evidencia que el discurso hoy dominante se desmorona ni bien aparece en la superficie lo real de la democracia: ser una variante más de la dictadura política del neoliberalismo.

Estamos observando cómo un discurso absolutamente violento, totalitario, desafiante de la ley y el derecho, que hace 50 años atrás era suficiente para quedar expulsado del “juego democrático”, se desliza cómodamente por el entramado democrático. Y no solo se desliza sino que también enviste contra las regiones más “puras” de la democracia como es todo el sistema judicial, sistematiza la corrupción y desnuda la impotencia de las instituciones para afirmarse como un poder real. Y no solo enviste sino que inaugura gobiernos a los que no habrá más remedio que llamar “dictaduras democráticas”.

Este cuadro reafirma mi convicción de que hace muchos años que vivimos sin política, es decir, un discurso que de consistencia a una acción, pensamiento y organización con capacidad de enfrentarse al lazo social del capitalismo. Pero lo que  aplasta el ánimo y las fuerzas del más entusiasta es ver como la reacción ante la caída de esta máscara en vez de ser una oportunidad para dar un paso adelante, producir un mínimo corrimiento y salir de la falsa encerrona conservadora, nada de eso sucede. ¡Todo lo contrario! -y esto es lo que aplasta- se encienden los discursos en defensa de la democracia “en peligro” frente a la amenaza totalitaria! Gritan: “Trump, Bolsonaro, ¡están atropellando a la democracia!” Estos personajes,  seguros en su papel, responderán: “tranquilos ciudadanos, no estamos atropellando nada, sucede que el capitalismo mundial y regional pasa por un momento de crisis, aún poco clara para nosotros, y necesitamos tomar ciertos recaudos en el ejercicio de nuestra dominación política y creemos que deslizándonos por la ladera democrática de nuestra montaña del poder tendremos más fuerza y legitimidad para poner las cosas en orden que si lo hacemos por la otra ladera, la que ustedes en su ingenuidad llaman “dictadura”, ingenuidad que se explica porque nunca estuvieron en la cumbre de la montaña del poder, desde ahí verían como las laderas se juntan”

 

La barbarie de los Estados democráticos.

¿Nos animaremos? Tenemos que hacerlo. Tenemos que empezar a hablar de las barbaries democráticas, romper con la monstruosa mentira que el “Holocausto”, por ejemplo, es el patrimonio exclusivo y la marca registrada de las dictaduras totalitarias.

Si no somos tan torpes de medir las masacres por el número de masacrados, entonces refresquemos nada más lo que fueron el despojo, invasión, explotación y aniquilamiento de los pueblos colonizados por las repúblicas democráticas de Occidente durante el siglo XIX y el XX y las formas neocoloniales de nuestros años. Veamos los “campos de retención”  en donde se confinan a miles de inmigrantes “sin papeles” que buscan transitar “libremente” por los países democráticos. Caravanas de miles de refugiados por las guerras de baja intensidad, despojadas de un mínimo de orden o racionalidad bélicas, que destruyen todo lo encuentran a su paso. O los cientos de miles que huyen de la pobreza más indignante producto del neoliberalismo mundial. El racismo exacerbado que recorre a los países dominantes y que exportan a los dominados para que estos protejan a sus oligarquías nativas. Sin seguir escarbando sobre lo que todo el mundo conoce y padece, esto basta y sobra para hacer caer la gran mentira que se enuncia: el Estado democrático es el único antídoto contra los estados totalitarios, el que defiende los derechos humanos, respeta al diferente, ofrece los beneficios de la libertad…etc.

Aquí empieza el problema ¿tenemos que luchar contra la democracia? ¿No es eso hacerle el juego a los fascismos? Y siguen las objeciones obvias que forman la monumental enciclopedia con la que el sistema nos deja políticamente impotentes para caer en la resignación de tener que elegir el mal menor. Pero no. No se trata de luchar contra la democracia sino lo contrario: luchar para conseguirla. Pero esto requiere una decisión que implica recuperar la política y ponerla a funcionar sobre bases radicalmente distintas a las que nos han acostumbrado y que  han terminado por extinguirla.

 

La política y su distancia del Estado.

Esta decisión comienza por interrogarnos lo siguiente: ¿qué obliga a los pueblos a tener que realizar sus proyectos políticos bajo la forma que impone el Estado? ¿Por qué hay que “hacer política” dentro de una estructura ya preconstituída, legal, institucional y de poder que da forma al Estado? ¿Por qué el Estado tiene que ser el trofeo único y decisivo de cualquier política?

Si “política” es la palabra bajo la cual los pueblos toman en sus manos el destino de su vida colectiva, entonces esta experiencia de pensamiento y acción entró al mundo con la “democracia”, es decir, el gobierno del pueblo. La democracia como una forma de Estado es la negación rotunda de esto. La decisión que hay que tomar comienza por pensar, hacer y organizar la política tomando distancia respecto a lo que declara y obliga el Estado.

¿Pero qué es la política? Pienso que no hay una definición de lo qué es “la política”. Pero si el lazo social humano implica objetivamente una dominación que sujeta al colectivo social a un orden que se  articula en un discurso en el que se sostiene el poder que lo garantiza, entonces la política es, por sí misma, el lugar en donde esa estructura pasa a ser considerada, no como una fatalidad inamovible, sino un campo de disputa que pone en movimiento la capacidad del colectivo humano para orientar y decidir  el tipo de existencia social deseable. Esta mirada ubica de entrada a la política como una excepción a ese lazo social. Esa excepción no sigue la lógica “natural” de las relaciones sociales, es su cuestionamiento. Además, no es una “excepción pura” ni mucho menos, desde siempre esa excepción se encarna en uno modo histórico y particular de existir.

Aquí no importa el contenido específico que puede asumir ese cuestionamiento. Lo que si importa, y mucho, es que la política (cualquiera sea su forma particular con la que ingresa) abre un lugar subjetivo en medio de la objetividad social. Impide que el lazo social ya no sea algo cuya realidad aplastante esté por fuera de la decisión de quienes los padecen. Y este es el momento en el que en el interior de esta excepción llamada “política” aparece la reacción a cualquier intento de cambiar el orden social establecido. Son las políticas reaccionarias. Es la lucha política. Pero en esa lucha es de mucha importancia no perder de vista lo dicho antes. Si hay políticas reaccionarias es porque reaccionan a esa excepción llamada política, que por el solo hecho de interferir (bajo la manera concreta que sea) lesionan un poder establecido. Reaccionaria es la política que resiste al cambio.

En la historia real de la vida social de los pueblos la dominación real, objetiva, estructural, es primaria y constitutiva. Un segundo momento es cuando aparece (pues no existió siempre, fue producto de una invención) esa excepción que llamamos política, y con ella ingresa la posibilidad misma de cambiar la vida social. Esto nos autoriza a decir que la verdad de toda política y que la acompaña desde que existe, es liberar, distender,  entorpecer, etc. el orden establecido. Y un tercer momento inmediatamente ligado al segundo, tenemos las políticas que no cejan de querer reaccionar ante el cambio. Entonces, en política, esta excepción inmanente a la vida social es emancipadora por el solo hecho de existir y la reacción política conservadora cumple la función de rebote o contragolpe.

Las grandes políticas reaccionarias son las que pueden construir una fuerza suficientemente poderosa para desactivar, borrar del mapa o licuar lo más que puedan a las políticas “verdaderas” (espero que ahora se entienda el significado de este término). Pero siempre está presente un horizonte más profundo en esa lucha reaccionaria. Es la de destruir no solo a la política concreta contra la que se enfrenta sino tratar de desactivar ese lugar de excepción que es la política. Eliminar de la conciencia de los pueblos que existe un lugar subjetivo que encierra la posibilidad de organizar la resistencia y transformación del lazo social imperante.

Para mí, la afirmación que hoy vivimos una época en donde la política así entendida ha sido desterrada de la vida colectiva de la humanidad, es el punto de partida para un re-comienzo de la misma a la altura de las circunstancias que vive el planeta. Sostengo que el triunfo más preciado, pero también del que menos se habla, que ha logrado el neoliberalismo -después del desfondamiento de las experiencias revolucionarias del siglo pasado e imponer mundialmente el lazo social capitalista- es haber desactivado completamente toda idea de la política como excepción amenazante a su imperio.

Veamos los trazos más visibles de esa operación. Primero, identificar la política con la gestión-administración del orden existente, el capitalismo mundial, frente al cual se reconoce que no existe  ninguna otra alternativa. En segundo lugar ligarla al Estado para introducirla dentro del Derecho y sus normas jurídicas, no hay política por fuera de lo que norma el Estado. Descartar que el pensamiento y las ideas sean constitutivos de la política aduciendo el fin de las ideologías que son reemplazadas por el sentido común y la opinión pública. Imponiendo el principio de que la política es siempre representación y todo lo que sea una protesta directa será calificada de “protesta social realizada por movimientos sociales”. Otra vía es desparramar la política por todos los rincones de la existencia humana para que pierda toda su especificidad y autonomía. Finalmente, nunca se escuchó en la historia de la política que se hablara de ella de tal manera que la anti-política fuera una consigna destinada a llenar de oprobio cualquier acción que intentara recuperarla.

 

La batalla es política e ideológica

Ninguna política tiene en nuestro tiempo futuro si no se hace cargo de lo que en sus comienzos detectó Marx en el Manifiesto Comunista y que hoy tomó dimensiones insospechadas. Decía Marx que la lógica imparable del capitalismo que reducía todo al frío cálculo del interés, provocaría un fuerte deterioro de lo simbólico. Poco a poco todo lo sólido se fue licuando y los lazos sociales se quedaron cada vez más reducidos a una operación vertiginosa del dinero, el consumo y la novedad, para que el ciclo del capitalismo que parece no tener un “afuera” de él mismo, o un punto de imposible que lo ordene, se repita constantemente  retroalimentándose sin fin.

La vida cotidiana de los habitantes empieza a perder poco a poco significado, una sombra de “usencia de sentido” (au-sentido) amenaza la existencia humana. La muerte, que según Hegel es el Amo absoluto, queda como la única certeza, pero nada parece poder sostener esta finitud radical porque el capitalismo se ha encargado de disolverlo todo.

Este horizonte subjetivo, esta subjetividad nacida al calor de la compra-venta de cualquier cosa, es la atmósfera hoy dominante, y dentro de ella habrá que dar una batalla sin cuartel. Descuidarla poniendo solo el acento en el desastre económico que produce las políticas neoliberales puede ser suicida.

Vivimos en un mundo cuya subjetividad está inundada por la ausencia de sentido, por una vida a la que no se le encuentra sentido.

En un mundo que en el futuro no se ve otra cosa que lo peor.

En un mundo en donde la única certeza es la de nuestra propia muerte.

En un mundo en donde la ciencia predice que la vida en este planeta será en pocos años caótica e invivible.

En un mundo donde la aspiración de máxima es lograr sobrevivir y evitar lo peor.

En un mundo así no podemos extrañarnos. ¿Extrañarnos de qué? Que la gente en vez de elegir una aspirina democrática que sólo calma el dolor, vuelque toda su desesperanza detrás del discurso de un personaje que, absorbiendo toda esa desesperanza la condense y la relance en pos de una promesa salvadora que articule una serie de pequeñas identidades siniestras capaces de restituir un orden perdido. Entonces empecemos a contestar por qué Bolsonaro, Trump, y los que siguen. Dejemos en el baúl la vieja y anquilosada pregunta: ¿por qué los pobres votan por candidatos de derecha?

El mecanismo siniestro de la lógica del capital es debilitar al extremo o romper el lazo social. Podemos verificar la explosiva dimensión que ha tomado el individualismo, el egoísmo, el “yo siento que” (que viene a suplantar al: “yo pienso que”). Pero esa multitud de pequeños “yoes”, de pequeños “unos” ligados a lo sumo por la versatilidad de la comunicación digital, perdidos en la red, no pueden satisfacer sus ambiciones porque el propio capitalismo los arrincona arrojándolos a una despiadada competencia de todos contra todos, o al desamparo de quedar flotando sin futuro a merced a la fría lógica de los mercados.

Si lo constitutivo de todo lazo social es una segregación encubierta, cuando el lazo se empieza a despedazar, esa segregación sube descontrolada a la superficie y la necesidad de un “otro diferente” para combatirlo se presenta como el salvavidas indispensable para darle algo de consistencia o sentido a la existencia social e individual.

Si todo lo sólido se desvanece, si las ligaduras más densas el capitalismo “las ha desgarrado sin piedad para no dejar subsistir otro vínculo entre los hombres que el frío interés, el cruel ‘pago al contado’” (Marx) lo que debemos esperar, y lo estamos viviendo, es que lo sólido regrese bajo  las formas  de cerradas identidades con las que se intenten cobijar tanta desolación subjetiva. El caso del rechazo casi global a la figura del migrante es significativo. Con los vínculos sociales destrozados ¿cómo producir un lazo mínimo de hospitalidad con el extranjero? Sobre todo si su figura se encarna en una amenaza que viene a perturbar lo poco que nos queda.

 

La democracia: un “estado de excepción”dosificado.

Como lo supo desentrañar Agamben, el verdadero soberano de los sistemas políticos basados en el Derecho y la Ley, como se jacta de serlo el Estado democrático, es el que tiene la facultad de suspender la ley para resguardar a la ley. La democracia está habilitada por este mecanismo, que no hace otra cosa que poner en evidencia cuál es el real que la sostiene. Este acto “constitucional” deja a todos los cuerpos de los habitantes expuestos a la brutal discreción del poder. Es el estado de excepción o estado de sitio, por medio del cual una democracia se transforma en un abrir y cerrar de ojos en una dictadura, pero esa transformación se hace en virtud de una potestad que la misma democracia autoriza. El que puede decretar el estado de sitio es el auténtico soberano porque él actúa dentro de la ley pero deja al resto por fuera de ella, a su entera discreción.

Ahora bien, estos “golpes blandos” y todos los vericuetos “legales” que pasan por un oscuro desfiladeros de formas que se consiguen con el soborno, la presión, los dispositivos mafiosos, en secretas conjuras, en operaciones mediáticas, etc., nadando por las “lagunas” del derecho, es la aplicación dosificada del estado de excepción  para conseguir fines específicos y determinados. Y no hay que extrañarse que el Poder Judicial, el encargado de “velar por la Ley”, sea el campo de batalla privilegiado. Bien podemos decir que la democracia inmaculada dentro de la cual el neoliberalismo nos obliga a desarrollar nuestra vida política, no es otra cosa que una dictadura blanda o una democracia que aplica selectivamente su estado de excepción según sean las coyunturas del momento.

Para concluir algo, se puede afirmar que este es el momento a partir del cual hay ciertas cosas que ya no se pueden decir sin caer en los brazos de nuestros enemigos:

*Estoy a muerte en contra de Macri, pero defiendo la democracia.

*Estoy a muerte en contra de Trump, Bolsonaro, Salvini…pero defiendo la democracia.

*Estoy a muerte en contra de las dictaduras y por eso defiendo la democracia.

Tenemos una oportunidad para despertar y reflexionar: no se puede estar en contra del que ejerce el poder desligándolo de las formas de estado en que ese poder se encarna y se ejerce.

Raúl Cerdeiras
rcerdeiras [at] arnet.com.ar

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Articulo publicado en
Junio / 2019

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