El Grito del silencio | Topía

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El Grito del silencio

 
Editorial de la revista Topía Nº 67, abril de 2013

 

El consumismo consume toda capacidad de cuestionamiento.

John Berger, El cuaderno de Bento

 

El pintor Edvard Munch nació el 12 de diciembre de 1863 en Noruega. Su familia era humilde y vivió momentos muy difíciles en su infancia y adolescencia que lo llevaron a decir: “La enfermedad, la locura y la muerte eran los ángeles negros que vigilaban mi cuna”. Durante el transcurso de su vida los problemas con el alcohol y la depresión lo encaminaron a reflejar en su pintura la negatividad de sus emociones. De formación autodidacta se relacionó con el movimiento expresionista que cuestionaba el orden social y económico de los inicios del capitalismo. Trabajó intensamente en más de 1.000 cuadros, 15.000 grabados y 4.000 dibujos y acuarelas. En 1893 pinta en París El Grito. Luego realiza otras tres versiones del mismo cuadro y una litografía. Esta fecha es significativa ya que Francia fue uno de los lugares donde se puso en cuestionamiento los efectos sociales del inicio de la Revolución Industrial. Es decir, de una organización económica y política donde la sociedad se tenía que subordinar a una economía que beneficiaba a los poderosos. Donde todos los factores de la producción -incluso el ser humano- se comenzaron a considerar mercancías destinadas a la venta y sujetas a la oferta y la demanda del sistema capitalista. Por ello Munch se negaba a pintar cuadros para decorar las casas de la burguesía. Pretendía crear un arte que proporcionara una forma distinta de mirar al conmover al espectador reflejando sus angustias y miedos.

En referencia a esta obra Munch escribe en su diario: Caminaba yo con dos amigos por la carretera, entonces se puso el sol; de repente, el cielo se volvió rojo como la sangre. Me detuve, me apoyé en la valla, inexplicablemente cansado. Lenguas de fuego y sangre se extendían sobre el fiordo negro azulado. Mis amigos siguieron caminando, mientras yo me quedaba atrás temblando de miedo, y sentí el grito enorme, infinito, de la naturaleza”. Como toda obra de arte esta pintura revela la angustia personal del autor -no hay cuadro que no parta de una oscuridad interior- pero también es efecto del momento histórico en la que se produjo. Sin embargo si este cuadro atravesó todo el Siglo XX para seguir conmoviendo en este Siglo XXI es porque refleja elementos con los cuales nos seguimos identificando. El gesto que aparece en la pintura sigue representando el desvalimiento originario del ser humano ante un mundo que no puede responder a sus deseos y necesidades. Que no puede responder -al decir de Spinoza- a la alegría de lo necesario.

El cuadro muestra un paisaje en la afueras de Oslo que es de una gran belleza y que el autor lo convierte en un lugar siniestro. En un primer plano aparece una figura que puede ser un hombre o una mujer que, llena de miedo, grita hacia quién lo esta mirando mientras se apoya en una baranda de un puente que no tiene fin. De un puente que pude recorrer el mundo. Al gritar al espectador lo interpela para mostrar su dramática soledad. Al dar la espalda a los edificios y los barcos aumenta la sensación de aislamiento. El cielo rojo refuerza la angustia por la soledad de ese hombre-mujer. En definitiva, habla de un dolor que no podemos reconocer pero que tampoco quiere escuchar ya que se tapa los oídos; sabe que tiene un problema pero no quiere escuchar su propio grito. Dibujado como un fantasma muestra una desesperación -una de las variaciones del cuadro tiene ese nombre- ante la imposibilidad de una respuesta. Ante el silencio de quién lo esta mirando.

 

El camino del consumismo

 

A finales del Siglo XX Andy Warhol realizó una serie de estampas de la obra de Munch con el objetivo de convertirlo en un objeto de reproducción masiva. El Grito se transformó en un icono cultural que comienza a reproducirse en toda clase de productos para ser vendidos: remeras, tazas, manteles, vasos, lápices, etc. Una forma de desactivar su contenido emocional. Es interesante señalar que fue rematada durante el año 2012 en 119,9 millones de dólares convirtiéndose en la obra de arte más cara de la historia de una subasta. También es considerada -en sus cuatro versiones- la más robada de la historia del arte. A pesar de lo que pretendía Munch sus cuadros no solo decoran las casas de los burgueses también están muy bien guardados con fuertes sistemas de seguridad por el valor que le ha asignado el mercado. Por ello rescatar la fuerza expresiva de esta pintura lo consideramos un homenaje a su autor. 

Esto nos lleva a puntualizar algunas de las características del consumismo en la actualidad.[1]

La particularidad de la sociedad capitalista -en relación a las anteriores formas de producción- es la fetichización de las relaciones de trabajo para la producción de mercancías. Sus consecuencias fueron develadas por Marx cuando sostiene que, con la aparición del capital “El producto es fabricado como valor, como valor de cambio, como equivalente; ya no es fabricado según su relación inmediata, personal con el productor”. Este viene a ser esclavo de su necesidad tanto como de las necesidades del prójimo. Todo el poder ejercido por cada individuo sobre la actividad de los demás proviene de su posesión de los valores de cambio, del dinero, mediador de poder social. Cualquiera que sea la manifestación y naturaleza particular de su actividad, toda ella se convierte en valor de cambio, abstracción en la que se niega y se borra toda subjetividad. Ante los sujetos indiferentes, el carácter social de las actividades y de los productos aparece proyectado en las cosas que adquieren un aspecto mágico de relaciones entre las cosas. Este carácter fetichista de las cosas y las relaciones humanas lleva a que detrás de la relación social abstracta de los productos transformados en valores, se esconde la realidad concreta de las relaciones de los sujetos en la sociedad. En este sentido afirma Marx: “El trabajo creador del valor de cambio se caracteriza por el hecho de que la relación social entre las personas se presenta en cierto modo invertida, es decir, como una relación entre las cosas”. Y continúa “El comportamiento atomista de los hombres en el proceso social de su producción y, por lo tanto, la reificación que asumen las relaciones productivas al escapar al control y a la acción del individuo consciente, se manifiesta en primer término en que los productos de su trabajo revisten generalmente la forma de mercancías. Por ello es que el enigma del fetiche-dinero no es otra cosa que el enigma del fetiche-mercancía, su clave definitiva”.    

De esta manera el grado de integración del sujeto a la sociedad varía según la estructura económica. Es en función de las condiciones objetivas en las que se ejerce la actividad material, de la clase o sector social al que se pertenece y de su modo de apropiación de esas condiciones de existencia. Es decir las relaciones sociales se transforman en relaciones entre las cosas. Las mercancías no se consumen por su valor de uso sino por las características fetichistas que adquieren como valor de cambio ya que determinan quien es el sujeto: uno vale por lo que tiene no por lo que es o lo que hace; lo cual lleva a que el sujeto se exprese por medio de sus posesiones.

Es Zygmunt Bauman quien describe este proceso: “para que la fluidez pudiera erigirse en la mayor solidez, la condición más estable que pudiera concebirse y, justamente, de eso se trata la sociedad de consumo poner `el principio de placer` al servicio del `principio de realidad`, enganchar el deseo, indómito y volátil, al curso del orden social, utilizando la espontaneidad, con toda su fragilidad e inconsistencia, como material para construir un orden sólido y duradero, a prueba de conmociones. La sociedad de consumo ha logrado algo que anteriormente había sido inimaginable: reconciliar el principio de placer con el de realidad, poniendo, por así decirlo, al ladrón a cargo de la caja de caudales”.

Sin embargo la actualidad del capitalismo tardío trajo como consecuencia la precarización de la vida social. No hay orden duradero, el pasado no existe y el futuro es vivido como catastrófico. Esta incertidumbre conlleva la imposibilidad de hacer proyectos a largo plazo. El deseo basado en la comparación, la envidia y las supuestas necesidades que permitían los procesos de subjetivación en otras épocas del capitalismo no alcanzan para vender mercancías. Por el contrario, la angustia y la incertidumbre que la propia cultura genera se ha transformado en el camino del consumismo. Los agentes del mercado saben muy bien que la producción de consumidores implica la producción de nuevas angustias y temores. Por ello en la actualidad no es el goce en la búsqueda de un deseo imposible el motor del consumismo sino la ilusión de encontrar un objeto-mercancía que obture nuestro desvalimiento originario, ya que se repite en la búsqueda de poder resolver lo que quedo inacabado y que la actualidad de la cultura lo pone en evidencia. Es así como el consumo como eje de la subjetivación y de las formas de identificación de la singularidad conducen -al decir de Spinoza- a la impotencia de  las pasiones tristes.    

De esta manera los importantes desarrollos técnicos no están al servicio del conjunto social ya que su objetivo es que el sistema se autoperpetúe. Dicho más claramente, no es la técnica lo que genera este circuito sino la necesidad de seguir sosteniendo el sistema capitalista. Esta racionalidad de la sociedad consumista se construye sobre la base de una subjetivación en la que se ofrecen mercancías cuyo valor de cambio genera la ilusión  de una certidumbre tranquilizadora ante las mociones desligantes y destructivas de la pulsión de muerte. El mercado de consumo promete una supuesta seguridad que se puede comprar en cómodas cuotas mensuales. Caso contrario están aquellos que tienen trabajos precarizados y los excluidos del sistema que muestran un futuro posible. Su costo es el sometimiento de un poder que se sostiene en la ruptura del lazo social. De un poder que necesita de un sujeto solo y aislado.

Podemos decir, siguiendo a Antonio Gramsci, que la clase dominante tiene una concepción del mundo elaborada y políticamente organizada que es hegemónica en tanto se impone al conjunto social. Las clases sociales solo se constituyen como resultado de diferentes procesos de articulación política. En la ausencia de esta articulación las clases no existirían ya que serían categorías económicas aisladas unas de otras. En este sentido las luchas sociales tienen que ver con la posibilidad de tomar conciencia de sus experiencias e intereses comunes. De allí la importancia de producir comunidad.            

 

La soledad como sentimiento de negatividad

 

Si retomemos la pintura de Munch encontramos la sensación de soledad que nos trasmite el personaje. No es lo mismo estar solo que la soledad: se puede estar acompañado y sentirse en la más absoluta soledad. Estar solo es un momento necesario para el desarrollo personal en tanto el otro sigue estando en su ausencia; aún más, el otro cobra dimensión de su importancia en la ausencia. El miedo a estar solo es efecto de una dependencia infantil por la angustia que produce el sentirnos abandonados. De esta manera muchas personas no pueden estar solas y se refugian en la permanente necesidad de tener relaciones sociales para escapar a su angustia. Por supuesto un acto que no puede cumplir su objetivo ya que nada ni nadie va a resolver su angustia primaria.

El sentimiento de soledad muestra a un sujeto desamparado que se refugia en sus fantasías omnipotentes dominado por la negatividad de lo que llamamos los factores estructurantes primarios.[2]

El sentimiento de soledad es la experiencia arcaica que se vivencia luego del trauma de nacimiento. En el recién nacido encontramos la necesidad de autoconservación conjuntamente con la pulsiones entrópicas producto de la angustia de muerte ante la sensación de impotencia y de desvalimiento originario. Para que se vaya desarrollando la autoconservación esta debe encontrarse con el Eros, la pulsión de vida. Para ello necesita de un Primer otro que le de amor para que pueda constituir un espacio libidinal, afectivo, imaginario y simbólico que le permita soportar sus pulsiones destructivas y autodestructivas, la sensación de vacío, la nada. Su ausencia o sus fallas en la constitución de este espacio-soporte es vivido como una amenaza de muerte ya que la necesidad de sobrevivir deja de ser posible. Esta amenaza puede constituirse, a lo largo de la vida, en un miedo a la muerte que lleva al sentimiento de soledad y aislamiento donde se refugia en un yo ideal de la omnipotencia narcisista infantil. 

Venimos diciendo que no es lo mismo estar solo que sentirse solo. Uno puede sentirse solo teniendo muchas relaciones sociales y, por lo contrario estar solo y tener la vivencia de que me constituyo con los otros disfrutando de la soledad. En la primera es una soledad atravesada por lo negativo en la segunda la soledad es una experiencia de vida.

Esta necesidad de un Primer otro que permite ir construyendo nuestra subjetividad conlleva que nuestra singularidad se realiza en la intersubjetividad donde -como afirma Spinoza- los cuerpos afectan y son afectado en el colectivo social. Pero no implica el orden de un hormiguero donde hay una obligación perpetua de cooperación. La organización de los seres humanos necesitan de una autonomía donde se requieren momentos de soledad. Es decir, sujetos singulares que encuentran en los otros la posibilidad de resolver sus necesidades y deseos. Como dice un refrán: “Si quieres ir rápido camina solo. Si quieres llegar a algún lugar camina con otras personas”.   

En este punto debemos reconocer que vivimos una cultura mundializada que nos propone ir rápido. No se sabe hacia adonde pero tenemos que correr. Para ello tenemos Internet que cada día aumenta la velocidad para conectarnos a las redes sociales. Allí en la soledad de una habitación podemos tener imaginariamente miles de “amigos”. También los celulares aumentan su capacidad de conexión. Los ritmos acelerados de la ciudad llevan a que se reduzcan las relaciones cuerpo a cuerpo y, cuando estas ocurren, son reemplazadas por un aceleramiento de las actividades que finalizan con una sensación de mayor soledad.

Es evidente que esta sucediendo una reestructuración del tejido social y ecológico. Por ello la importancia de los procesos tecnológicos que permiten la posibilidad de intercambiar información sin necesidad de un encuentro con el otro conjuntamente con los adelantos científicos que se registran en los últimos cuarenta años para mejorar la calidad de vida no encuentran un alivio para nuestra angustia. Al contrario, la refuerzan ante la incertidumbre que se vive socialmente. La solución que propone la cultura hegemónica es consumir objetos para paliar nuestro desamparo. Pero el consumo fortalece nuestro sentimiento de soledad. De allí que el grito que expresa la figura de Munch al taparse los oídos tenga la forma de las sintomatologías que caracterizan a nuestra época.      

 

El Grito del sufrimiento primario

 

Si pensamos en Freud el grito es caracterizado como una descarga motriz, un exutorio del dolor, de una sensación displacentera que se ha vuelto intolerable. El grito es la primera reacción del sujeto humano. El bebé grita en su desvalimiento originario para modificar a su entorno y obtener la satisfacción de sus necesidades con las cuales puede soportar la angustia de muerte que trae al nacer. Con el grito atrae la mirada del Primer otro ya que es una llamada para que sostenga sus necesidades primarias. La llamada es fundamental porque lo reclamado puede ser rehusado. Luego aprende a recurrir a él en un intento de llamado cuando el Primer otro no responde. Por lo tanto el grito ya no es solo una descarga sino también una acción para ser reconocido en el dolor de su desamparo.

El niño va saliendo de ese estado de desvalimiento, de desamparo estructural y primario a partir de un proceso facilitado por el lugar que ocupa en la relación intersubjetiva con sus padres o sustitutos y con el ambiente familiar y social. Las sucesivas identificaciones primarias y secundarias permitirán la constitución de su Yo real definitivo donde puede discriminar y discriminarse como sujeto, cuya forma particular estará dada por la castración edípica.

Es aquí donde la subjetividad se encuentra con una cultura que puede potenciar la creatividad -en el sentido de potencia de vida- o llevar a la impotencia efecto de la negatividad.

La consecuencia de la actualidad de la cultura mundializada es que el sujeto queda atrapado en el desvalimiento originario propio de la muerte-como-pulsión[3]. De esta manera la cultura no se puede constituir en un espacio-soporte de los intercambios sociales; lo cual lleva a síntomas donde predomina lo negativo.

Si volvemos al Cuadro de Munch vemos que el sujeto que grita se tapa los oídos para no escuchar su propio grito, para no escuchar su propio dolor. Si lo analizamos en clave de la actualidad de nuestra cultura estaría representando los síntomas de una sociedad basada en la ruptura del lazo social donde nadie se escucha incluyendo el propio sujeto.

En este sentido, Freud estableció la especificidad del psicoanálisis al comprender los efectos de la realidad de la fantasía, hoy debemos incluir lo traumático que produce el exceso de realidad en la perspectiva que desarrolló cuando introduce el concepto de pulsión de muerte. Sus efectos son los síntomas en los que encontramos los aspectos más angustiantes y dolorosos, lo más sufriente del sujeto producto de significaciones que no puede poner en palabras; es decir, por los síntomas del desvalimiento, del desamparo característicos de nuestra época: suicidios, adicciones, depresión, anorexia, bulimia, etc. Aunque debemos decir que cada vez encontramos menos rasgos sintomáticos ya que aparecen rasgos de carácter asociados a la histeria, la fobia y la obsesión cuyas características son la seducción, el control, la dominación y los miedos.

La solución que plantea la cultura hegemónica es responder al síntoma elidiendo la corposubjetividad[4] del sujeto ya que la reduce solamente a sus manifestaciones orgánicas. En este sentido plantear un síntoma sin sujeto es propio de las diferentes técnicas que se validan en la psicología cognitiva-comportamental. Pero fundamentalmente debemos señalar la hegemonía de la psiquiatría biológica que apoyada en los descubrimientos de las neurociencias y la psicofarmacología recurren a los DSM donde su objetivo no es organizar un tratamiento psicoterapéutico sino clasificar cada trastorno para poder aplicar la droga correspondiente.

La psiquiatría biológica trata de encajar al sujeto en una clasificación previamente establecida. Se ordena lo que dice el paciente para encuadrarlo en una clasificación prefabricada con la cual se le da la droga correspondiente y/o terapias cognitivo-conductuales construidas específicamente para cada diagnóstico. Apoyada en una perspectiva de las neurociencias reducen al ser en estímulos neuronales donde desaparece la dimensión subjetiva. No se escucha la historia del paciente ya que se trata de un “trastorno mental” clasificado en una información estadística cuyo tratamiento es solamente un medicamento donde se trata de eliminar el síntoma. Este se puede curar con una técnica particular o una pastilla -que adquiere las características mágico-fetichistas de las mercancías- dejando de lado la subjetividad del sujeto. Sostener la necesidad de dar cuenta de la singularidad de cada sujeto no impide desconocer los avances en las neurociencias, así como situaciones que requieren la necesidad de implementar diferentes técnicas: grupales, familiares, de pareja o el continente de un grupo de autoayuda, los tratamientos mixtos en lo que es necesario medicar al paciente.  

Sin embargo aislar el síntoma de un sujeto es una característica de la cultura dominante cuyo propósito es anudar la capitalización de los descubrimientos biológicos y médicos con el rédito económico. Un ejemplo lo podemos encontrar en la cuestión del dolor. Nuestra cultura nos dice que el dolor es solamente un problema médico. Pero el dolor es algo más que una cuestión de neurotrasmisores. El dolor pertenece a nuestra intimidad pero su percepción es un entramado de factores sociales y culturales que genera un sistema de creencias sobre el dolor. Dicho de otra manera, el síntoma lo produce un sujeto que sufre. No hay dolor sin sufrimiento. No hay dolor sin un grito aunque este no se lo quiera escuchar. Aunque este se exprese en forma silenciosa. Es el sufrimiento el que da un significado afectivo que traduce un fenómeno fisiológico en nuestra subjetividad.

Lo que venimos planteando esta ejemplificado en este breve relato de Eduardo Galeano:

“Rubén Omar Sosa escuchó la lección de Maximiliana en un curso de terapia intensiva, en Buenos Aires. Fue lo más importante de todo lo que aprendió en sus años de estudiante.Un profesor contó el caso. Doña Maximiliana, muy cascada por los trajines de una larga vida sin domingos, llevaba unos cuantos días internada en el hospital, y cada día pedía lo mismo:-Por favor, doctor, ¿podría tomarme el pulso?Una suave presión de los dedos en la muñeca, y él decía:-Muy bien. Setenta y ocho. Perfecto.-Sí, doctor, gracias. Al otro día insistía, por favor, ¿me toma el pulso?Y él volvía a tomarlo, y volvía a explicarle que estaba todo bien, que mejor imposible.Día tras día, se repetía la escena. Cada vez que él pasaba por la cama de doña Maximiliana, esa voz, ese ronquido, lo llamaba, y le ofrecía ese brazo, esa ramita, una vez, y otra vez, y otra.Él obedecía, porque un buen médico debe ser paciente con sus pacientes, pero pensaba: Esta vieja es un plomo. Y pensaba: Le falta un tornillo.Años demoró en darse cuenta de que ella estaba pidiendo que alguien la tocara.”

La lectura de este texto nos muestra el modelo del saber médico y tecnológico que da cuenta de un síntoma sin sujeto. De un modelo que reduce la corposubjetividad a sus aspectos orgánicos. Las conceptualizaciones del psicoanálisis como analizador de la cultura y en sus aspectos clínicos tratan de entender un sujeto que sufre. Un sujeto que necesita encontrarse con sí mismo ante una cultura que lo lleva a adaptarse a los tiempos que corren donde se postula un sujeto sin identidad, sin deseo, sin historia, sin la posibilidad de realizar un proyecto.

Sin embargo debemos reconocer los límites de nuestra práctica. De allí la necesidad ética de cuestionar los valores de la cultura hegemónica. Como dice John Berger “Protestar es negarse a que te reduzcan a cero y a un silencio impuesto. Por consiguiente, en el momento en el que se hace una protesta, si se llega a hacer, ya hay una pequeña victoria. El momento, aunque pase, como todos los momentos, adquiere cierta permanencia. Pasa, pero queda impreso. Una protesta no es principalmente un sacrificio hecho en aras de cierto futuro alternativo, más justo; una protesta constituye una redención inconsecuente, insignificante, del algo presente. El problema reside en como seguir viviendo con el adjetivo inconsecuente repetido una y otra vez.”    

 

*Este texto esta basado en una exposición realizada en Las Jornadas Psicoanálisis y Comunidad 2012: “El Grito como síntoma y como real en el psicoanálisis y la sociedad” organizado por el Departamento de Psicoanálisis y Sociedad coordinado por el Dr. Carlos Repetto de la Asociación Psicoanalítica Argentina, APA.

 

Bibliografía

 

AAVV “El Grito de Munch” en http://www.ucm.es/info/echi1/imagen/pint.htm

Armada, Alfonso “Una teoría sobre el origen del grito que lanzó Munch”, en http://www.abc.es/blogs/libros/una-teoria-sobre-el-origen-del-grito-que-...

Berger, Johan, El cuaderno de Bento, Alfaguara, Buenos Aires, 2012.

Bauman, Zygmunt, La sociedad sitiada, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2004.

Carpintero, Enrique, La alegría de lo necesario. Las pasiones y el poder en Spinoza y Freud, editorial Topía, Buenos Aires, 2007.

De Michelis, Mario, Las vanguardias artísticas del siglo XX, editorial Alianza, Madrid, 1990. 

Freud, Sigmund, Proyecto de psicología para neurólogos (1895), tomo I,

                           La moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna (1908), tomo IX

                           Más allá del principio de placer (1920), tomo XVIII

                           El malestar en la cultura (1930), tomo XXI, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1979.

Marx, Karl, El capital, tomo I, Fondo de Cultura Económica, México, 2000. 

                    Manuscritos económico-filosóficos de 1844, en: Escritos de juventud, Antídoto, Buenos Aires, 2006.

                    Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Borrador) 1857-1858, volumen 2, Siglo Veintiuno Argentina Editores, Buenos Aires 1972. 

Nasio, Juan David, El libro del dolor y del amor, editorial Gedisa, Barcelona, España, 1998.

Ordoñez, Patricia, El grito (1893) de Edvard Munch”, en http://portaleureka.com/accesible/arte/84-el-grito-1893-de-edvard-munch

Rubel, Maximilien, Karl Marx, ensayo de biografía intelectual, editorial Paidós, Buenos Aires, 1970.

Spinoza, Baruch, Ética, editorial Porrúa, México, 1977.

 

Notas

 

[1] Este apartado forma parte de la introducción del texto, Actualidad de “El fetichismo  de la mercancía”, Enrique Carpintero (compilador), Carlos Marx, Eduardo Grüner, Pablo Rieznik, Miguel Kohan, Oscar Sotolano y Cristián Sucksdorf, editorial Topía, Buenos Aires, 2013. 

[2] Para ampliar algunos conceptos elaboradas en este texto, entre otros podemos citar: Carpintero, Enrique:El costo de integrarnos. Los procesos actuales de subjetivación”, revista Topía Nº 66, noviembre de 2012; “El mal y el bien son inmanentes a nuestra condición humana”, revista Topía Nº 65, agosto 2012; “Tiempo libre para comprar (el consumidor consumido por la mercancía)”, revista Topía Nº 54, noviembre 2008; “La curiosa anatomía del alma”, revista Topía Nº 53, setiembre 2008; “Un paradigma de época: lo innombrable de la pulsión de muerte”, revista Topía Nº 51, junio 2008; “La subjetividad del idiota plantea la pregunta ¿Cómo inventamos lo que nos mantenía unidos?”, revista Topía Nº 40, abril 2004; “La crueldad del poder en Saverio el cruel”, revista Topía Nº 38, agosto 2003; “El yo es nosotros (comentarios sobre psicoanálisis, subjetividad e ideología)”, revista Topía Nº 37, julio 2003. Todos esto textos puede ser consultados en www.topia.com.ar     

[3] Freud dice que la vida se da entre dos muertes. Las consecuencias psíquicas de esa primera muerte de la cual nacemos produce un desvalimiento originario cuyos efecto a los largo de la vida denominamos la-muerte-como-pulsión. Esta es una fuerza primaria destructiva que amenaza la integridad del aparato psíquico y su vínculo libidinal con los objetos. Esta fuerza primaria destructiva tiene su base en los factores estructurantes del proceso primario. En ellos aparece lo que queda fuera de la significación con lo no-ligado, con lo que nunca estuvo ligado e insiste en una situación traumática a través de la repetición.

[4] Definimos el cuerpo como un entramado de tres espacios (psíquico, orgánico y cultural) que constituyen la subjetividad del sujeto. En esta corposubjetividad el cuerpo se dejará aprehender al transformar el espacio real en una extensión del espacio psíquico.

 

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Articulo publicado en
Abril / 2013

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