La transgresión cuestiona lo natural del orden de la cultura | Topía

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La transgresión cuestiona lo natural del orden de la cultura

 
Editorial Revista Topía Abril/2012

-Grundnorm -repitió-, ¿capta el concepto?

-Norma base -dijo Firmino intentando servirse del poco alemán que sabía.

-Sí naturalmente, norma base -precisó el obeso-, solo que para Kelsen esta situada en el vértice de la pirámide, es una norma base invertida, está en la cima de su teoría de la justicia… es la Norma que nos enreda a todos y de la cual, aunque le pueda parecer incongruente, se deriva la prepotencia de un señorito que se cree con derecho a azotar una puta. Las vías del Grundnorm son infinitas.

La cabeza perdida de Damasceno Monteiro, Antonio Tabucchi

 

Siempre habrá canallas. Lo que ha cambiado hoy es que los canallas son sinceros.

El dinero se inventó para que no nos miremos a los ojos.

-¿Deseas más poder?

-Ningún poder. Una sociedad, no un Estado.

-Discúlpame Florine, no entiendo.

-El sueño del Estado es quedarse solo. El sueño del individuo es volverse dos.

Cundo la Ley no hace justicia, la justicia pasará por encima de la Ley.

Film Socialisme de Jean Luc Godard

 

 

Cuando hablamos de transgresión nos estamos refiriendo a aquellos actos que franquean un límite a las normas establecidas. Su resultado es realizar un acto considerado “anormal” que es sancionado por la sociedad y considerado delictivo por la ley que regula esas normas.

En este sentido las transgresión esta relacionado con el límite. Esto nos lleva a cuestiones que refieren a la ética pero también a la política en tanto debemos tener en cuenta una cultura hegemónica que sostiene un poder que establece lo que está permitido y prohibido. De hecho se usa el término “transgresión” con una connotación positiva cuando ciertas acciones permiten romper tabúes y prejuicios de una cultura. Por otro lado también se lo usa cuando al negar la ley lleva a acciones destructivas y autodestructivas. Mantener esta ambigüedad del concepto es una necesidad de sectores del poder para sostener que todo acto que vaya en contra de las regulaciones que impone es un atentado contra el conjunto de la sociedad. La criminalización de algunos derechos civiles y la criminalización de la protesta social es una de sus consecuencias. De allí la necesidad de delimitar que consideramos una transgresión.  

El término “transgresión” viene del verbo Gradior  que significa andar, ir, marchar. Tiene una reminiscencia onomatopéyica del sonido “gr”  que también aparece en otras lenguas con significados parecidos. Cuando el verbo se sustantiva se transforma en la palabra “Gradus”  que pasa a significar escalón, salto, nivel, zanja, avance. De ellos derivan grado, grada, graduar, degradar, regresar, progresar, ingresar, agredir y transgresión. En todas ellas está contenida, de una u otra manera, la idea de saltar. Cuando pasamos al latín transgredior, trasgressus y transgressio tenemos unos términos que nos señalan el paso de un lugar a otro, generalmente saltando un obstáculo. Al aplicarlos metafóricamente a las leyes y a las normas sociales llegamos al sentido que tiene en castellano: infrigir (de frangere y fractum), quebrantar, vulnerar (de vulnerem) y de desobedecer una orden, una ley de cualquier clase.

Evidentemente aquí nos encontramos con un problema ya que no es lo mismo rebelarse contra leyes injustas que asesinar a una persona por cuestiones personales. No es lo mismo una mujer que se hace un aborto prohibido por la ley que un gerente de banco estafe a sus clientes con créditos financieros. No es lo mismo un adolescente que transgrede normas sociales como una forma de ir conquistando su autonomía que un adolescente cuando realiza un acto de violación. Todos transgreden la ley pero no todos estos actos se pueden unificar con el término transgresión.   

¿Cómo diferenciar unos de otros?

Todo poder representa intereses económicos, políticos y sociales que reglamentan normas (leyes escritas) y preceptos culturales (usos y costumbres) que se transforman en una indicación para la vida cotidiana del conjunto social. De allí que cualquier transgresión sigue el camino inevitable de ser desaprobada y ser considerada un hecho delictivo. Lo “normal” se asocia a lo natural y aquellos que transgreden esa norma realizan un acto “antinatural”.

Este pensamiento sigue presente en la actualidad y su origen debemos rastrearlo en los mitos que fundan la cultura patriarcal de las religiones donde el rompimiento de una norma se relaciona con la idea del mal que enfrenta al ser supremo. Esta ruptura es un pecado considerado como una transgresión de una ley sagrada que ha sido establecida por la divinidad que merece ser castigada.

 

Lilith: la primera transgresora

 

En La Biblia hay dos versiones de la creación de la mujer y del hombre. En el capítulo uno del Génesis se dice: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó”. Por lo tanto la mujer y el hombre fueron creados al mismo tiempo. Una segunda versión aparece escrita en el capítulo dos. Aquí se dice que Dios luego de crear a Adán y convencido de que no era bueno que estuviese solo, creó a los animales y luego de la costilla de Adán hizo una mujer; esta fue Eva.

Hay muchas interpretaciones de estos dos textos. Vamos a tomar el relato que nos aporta el historiador Robert Graves[1]. Dios crea a Lilith, la primera mujer, como había creado a Adán. Ellos nunca encontraron la paz juntos ya que cuando Adán quería acostarse con ella, Lilith se negaba a estar acostada debajo de él ya que consideraba esa postura ofensiva. Como Adán permanece inflexible Lilith invoca el nombre de Dios que le da alas, las cuales le permiten alejarse volando del Edén. Adán se queja al creador que condolido envía a tres ángeles a buscar a Lilith. Ella se niega a volver ya que, por orden de Dios, debe aceptar el sometimiento y hacerse cargo de todos los niños recién nacidos. Lilith quiere permanecer en el Mar Rojo región donde abundan los demonios lascivos. A partir de allí Lilith es considerada un demonio, al menos así lo entiende la religión judía que le atribuye el robo de niños de corta edad a los que se lleva de su cuna por la noche. El cristianismo la ignora por completo. Sin embargo Lilith no nació demonio, en su origen es un espíritu libre dedicado a los sagrados placeres del amor sexual. La llegada del patriarcado pone fin a los ritos sexuales celebrados en el templo de la Diosa, eliminando una fuente del poder femenino, al considerarlo como algo digno de ser temido por su influencia sobre los hombres, y que por lo tanto debía mantenerse bajo control. Desde esta perspectiva se escriben estos mitos. Recordemos que en el mito de Eva ella es la que no acepta la ley de Dios, al comer la manzana del árbol prohibido, corrompiendo a Adán. De este modo, la sexualidad femenina se convirtió en algo diabólico; Lilith de un espíritu libre pasó a ser un demonio alado. Sus alas la hace libre ya que nadie la expulsó del Paraíso, y nadie le negó la entrada. Puede volver e indicarnos la importancia de su libertad. Su transgresión nos habla de preservar su autonomía como mujer. Nos habla de la liberación de la mujer pero también de la liberación del hombre sometido a las leyes naturales de la divinidad. Leyes naturales que siempre esconden la hegemonía de un poder económico, político, social y cultural.              

 

El poder del Soberano

 

Si la ética antigua se sustentaba en las nociones de pecado, culpa, redención y obediencia incondicional a la palabra divina para sostener el poder patriarcal, más adelante la teología reformularía estas tradiciones. Para ello convirtieron el derecho natural en una derivación racional de los mandatos divinos proponiendo una jerarquía entre la ley divina, la ley natural (la superioridad de lo que es natural sobre lo convencional. Es decir la superioridad de lo que es justo por naturaleza sobre lo que es justo por convención) y la ley positiva (el derecho escrito). Esta perspectiva servirá por muchos siglos de modelo teológico político para fundamentar el poder absoluto del Soberano. Este iusnaturalismo premoderno supone la superioridad de las leyes naturales sobre las leyes positivas, así como la prioridad de los deberes y obligaciones con el Soberano sobre los derechos de actuar libremente. (Nota: El iusnaturalismo o Derecho natural es una teoría ética y un enfoque filosófico del derecho que postula la existencia de derechos del sujeto fundados en la naturaleza humana, universales, anteriores y superiores al ordenamiento jurídico positivo y al derecho fundado en la costumbre). Como dice Zaffaroni la sociedad es entendida como un organismo natural con un reparto de funciones que no puede alterarse ni decidir su destino por elección de la mayoría de sus células. Cualquiera que pretenda una modificación genera una enfermedad contra la ley natural. Cualquier transgresión es considerada un acto criminal que debe ser castigado con la máxima dureza.[2]

Es Thomas Hobbes quien inaugura en el Siglo XVII el iusnaturalismo moderno.[3] En su libro Leviatán parte de la idea de que la condición natural del ser humano es de una guerra de todos contra todos. A este problema Hobbes plantea que la solución es que el ser humano queda libre de sus debilidades al renunciar a sus derechos naturales a favor de una estructura coercitiva, legalizada por un consenso que pone freno al desarrollo de sus pasiones. Para Hobbes el “hombre es lobo del hombre” por lo tanto el miedo es la única garantía para la paz y la seguridad de la sociedad. En el modelo absolutista hobbesiano, la sociedad política no cambia su naturaleza pasional ya que puede estallar en cualquier momento al romperse el contrato social de protección y obediencia. Es que para Hobbes no existe posibilidad de una transformación de la subjetividad de las pasiones que permitan establecer vínculos de solidaridad por fuera de un Estado coercitivo basado en el miedo. Evidentemente para Hobbes no importa que existan pobres y ricos; sometidos y poderosos ya que su único interés es la cohesión del conjunto de la sociedad. De esta manera evita que la idea de Jus Naturale funcione como lo hacía en el iusnaturalismo premoderno, es decir independiente del Soberano para evaluar al Soberano. Al contrario, el contrato social que deben respetar todos los ciudadanos implica que tienen que aceptar incondicionalmente al Soberano, salvo cuando éste es incapaz de mantener la paz y la vida del colectivo social. En Hobbes lo natural que proviene de la divinidad se transforma en lo natural del orden establecido para cohesionar la sociedad. Todo el que atente contra este orden es un criminal, un subversivo o un terrorista. Por ello lo naturalmente justo o injusto es lo que conduce a la paz o a la guerra. De esta manera la superioridad del derecho natural sobre el derecho positivo se resuelve en la obligación natural-racional de obedecer las leyes positivas dictadas por el poder del Soberano. De allí que cualquier transgresión a cualquier ley debe ser castigada ya que atenta contra el orden establecido. Por ello Hobbes no aceptaba ningún derecho de resistencia a la opresión ya que su respuesta era que cualquier opresión era preferible al caos. Justificación que hemos escuchado en la historia de la humanidad para llevar adelante terribles matanzas.[4]

 

El fin del Estado es la justicia y la libertad

 

Es Spinoza quien desarrolla otra perspectiva reformulando las categorías iusnaturalistas en términos ontológico y gnoseológicos desde su filosofía de la inmanencia. (Nota: La inmanencia es el ser intrínseco de un cuerpo. En filosofía se califica a toda aquella actividad como inmanente a un ser cuando la acción perdura en su interior, cuando tiene su fin en ese mismo ser. Inmanencia significa que este mundo no tiene ningún afuera. Que el ser en que nos encontramos no es una esencia es un devenir abierto que no es prefigurado ni preformado sino se produce y se reproduce en la relación con los otros. Se opone, por lo tanto, a trascendencia. El Dios de Spinoza es inmanente en tanto es la Naturaleza. De esta manera niega la existencia de un Dios trascendente sobrenatural.)

Para Spinoza así como existen pasiones alegres (el amor, la solidaridad) que potencian al sujeto y pasiones tristes (el odio, la melancolía, la depresión) que lo limitan también es posible establecer formas de organización política que potencien o limiten el colectivo social. Pero éstas no dependen de que se alejen o aproximen a un marco normativo jurídico-moral-racional sino porque su funcionamiento efectivo promueva una mayor potencia de actuar y de entender del sujeto y del colectivo social. Es decir, la racionalidad de una organización social depende de su capacidad para promover la justicia y las libertades sociales sobre la base de que su funcionamiento se deberá sustentar no en la racionalidad sino en la pasionalidad común de los seres humanos. Por ello sostiene:

“…el fin último del Estado no es dominar a los hombres ni sujetarlos por el miedo y someterlos a otro, sino, por el contrario, librarlos a todos del miedo para que vivan, en cuanto sea posible, con seguridad; eso es, para que conserven al máximo este derecho suyo de existir y de obrar sin daño suyo ni ajeno. El fin del Estado, repito, no es convertir a los hombres de seres racionales en bestias o autómatas, sino lograr más bien que su mente y su cuerpo desempeñen sus funciones con seguridad, y que ellos se sirvan de su razón libre y que no combatan con odios, iras o engaños, ni se ataquen con perversas intenciones. El verdadero fin del Estado es, pues, la libertad.”[5]

A diferencia de Hobbes para Spinoza el derecho natural no tiene un límite normativo, no refiere a una supuesta racionalidad trascendente sino a la inmanencia del deseo y a la potencia de cada sujeto. Y esta no es una libertad para hacer o no hacer sino el resultado necesario de la potencia del colectivo social en la afirmación de la justicia y la libertad. De esta manera la preocupación de Spinoza no es porque se debe obediencia al Soberano sino porque el Soberano logra la obediencia de sus súbditos. Por ello afirmaba: “Si la esclavitud, la barbarie y la soledad han de ser llamadas paz, nada más deplorable para el hombre que la paz”.

En la actualidad hay autores molestos que siguen hurgando los problemas aún no resueltos de la Conciencia Moderna. Marx con el dinero y el capital; Freud con la sexualidad, la pulsión de muerte y la locura; Spinoza con su política de las pasiones y la potencia del colectivo social que permite fundar una democracia radical. Con estos temas ponen en evidencia las principales heridas del mundo actual. 

En el mundo de la modernidad tardía el miedo al otro y la búsqueda de seguridad que plantea la cultura hegemónica se encuentra presente en amplios sectores de la sociedad. De allí la necesidad de un Leviatán a costa de las más gravosas de las servidumbres. Cuando Eugenio Trias reflexiona sobre la “política del límite” es para entender cómo responde la sociedad a esa “sombra” que nos acecha y nos reta. Esa “sombra” que Freud denominó “El malestar en la cultura”. Pero esa “política del límite puede dar cauce y curso a la libertad que es nuestro mejor don, y también el más peligroso de los regalos. Ya que esa libertad puede ejercerse, en lo ético y en lo político, para habitar y colonizar ese ámbito, pero también para extraviarlo en los vanos esfuerzos para traspasarlo, o para introducir una estructura de dominación. En ella la eterna y monótona letanía repetitiva de la dualidad Amo/Esclavo o Señor/Servidumbre, se reproduce una y otra vez siempre con las características de épocas que en cada formación histórica presentan.”[6]

 

La transgresión como potencia de ser

 

Desde lo que venimos afirmando cuando hablamos de transgresión se plantea una oposición entre aquéllos que sostienen la necesidad de obedecer la legalidad natural de un orden trascendente y ahistórico de aquéllos que afirman la inmanencia de las normas sociales. Para los primeros toda transgresión es un acto delictivo y, como tal necesario de ser castigado. Sin embargo si damos cuenta de la historicidad de las normas sociales propia de cada cultura la transgresión adquiere la fuerza de oponerse a los condicionamientos que limitan la potencia del sujeto y del colectivo social. Por ejemplo los movimientos sociales realizan acciones que se sitúan en la transgresión de la legalidad. Pero estas acciones no utilizan la transgresión a la ley de forma instrumental sino para modificarlas. De esta manera debemos diferenciar entre Justicia y Ley o, en otros términos entre el Derecho (con mayúsculas) y el ordenamiento jurídico o ley (con minúsculas). La ley es derecho pero no todo es Derecho. Razón esta por la que desobedecer la ley no es necesariamente sinónimo de desobedecer el Derecho. Razón también por lo que es posible desobedecer a la primera por no desobedecer al segundo, es decir, transgredir la norma para no cometer una injusticia.[7]

En este sentido la transgresión implica afrontar un límite que permite ampliar la potencia del sujeto y del colectivo social en la búsqueda -como diría Spinoza- de la alegría de lo necesario. Por ello la transgresión cuestiona la ley planteando otros fundamentos de las normas sociales en beneficio de la libertad y la justicia.

Aquéllos que transgreden la ley en su beneficio personal o de grupo aceptan sus consecuencias o alegan una inocencia utilizando los recursos que la misma ley les otorga. Los primeros se rebelan contra los condicionamientos de la ley; los segundos se someten a sus consecuencias. Unos cuestionan lo natural del orden establecido los otros aceptan la ley al franquear alguno de su límites. De esta manera la transgresión abre paso a un nuevo suceder ignorando la ley. Las máscaras de su función como límite permiten destituir la norma por la vía de una nueva normatización. De allí que no se puede prescindir de la transgresión en tanto es la condición en la que se orienta el devenir.   

 

Transgresión y perversión

 

Lo que venimos relatando lo podemos trasladar al campo de la Salud Mental para advertir que en la práctica de muchos profesionales vamos a encontrar como aparece la aceptación de conceptos como naturales. Los problemas en la práctica del psicoanálisis devienen de un naturalismo que en la teoría encuentra los desarrollos de la sexualidad. De allí la necesidad de plantear lo que denominamos “El giro del psicoanálisis” donde -entre otras cuestiones que aluden a reflexionar sobre un nuevo paradigma en el psicoanálisis que al dar cuenta de la complejidad rompe con la perspectiva positivista- sostenemos que en sus orígenes la teoría psicoanalítica fundamenta que la sexualidad humana es desviada.[8] Sin embargo la ambigüedad que aparece en muchos conceptos se puede entender en tanto Freud los produce en un momento histórico determinado: una sociedad patriarcal, heterosexual y puritana como fue la Viena de fines del Siglo XIX. Esta situación ha llevado a que aún se siga abusando de conceptos como negación, escisión, pregenitalidad, fetichismo al servicio de una sexualidad normalizadora.

¿Cómo seguir sosteniendo que son del orden de la perversión formas amorosas pregenitales a través de las cuales una pareja tiene un encuentro erótico? Es evidente que la práctica de una sexualidad denominada por Freud “transgresiones anatómicas”, y que forman parte de una sexualidad adulta, no podemos seguir llamándola perversa. Lo mismo ocurre con las prácticas en la que predomina una sexualidad homosexual, bisexual o transexual.[9]   

Si bien esta problemática la fuimos desarrollando en otros textos[10] plantear lo que denominamos una “sexualidad plural” nos lleva a revisar algunas cuestiones:

1º) La pérdida de centralidad de la diferencia sexual como determinante exclusivo de la identidad del sujeto.

2º) La resolución del Complejo de Edipo como normalización de la cultura debe ceder a una resolución dinámica propia de la anormalidad que nos hace humanos. Su protagonismo tiene que dar cuenta de procesos primarios ligados a ese vacío que nos constituye en tanto seres finitos: la-muerte-como-pulsión.[11]

3º) La actualidad del campo de lo sexual se ha abierto a formas que no pueden seguir siendo calificadas de patológicas. De allí la necesidad de diferenciar claramente el erotismo de la perversión.

El erotismo, como plantea Bataille, es transgresor pues aspira a libertad, es excesivo y explora lo nuevo. Sin transgresión no hay erotismo. Por ello afirma: “Hablamos de erotismo siempre que un ser humano se conduce de una manera claramente opuesta a los comportamientos y juicios habituales. El erotismo deja entrever el reverso de una fachada cuya apariencia correcta nunca es desmentida; en ese reverso se revelan sentimientos, partes del cuerpo y maneras de ser que comúnmente nos dan vergüenza.” En este sentido el erotismo es una sexualidad vivida como transgresión de la ruptura de ciertos códigos.[12]

En cambio cuando la sexualidad no tiene la fuerza para la transgresión del erotismo al servicio de la vida queda domeñada por la perversión efecto de la-muerte-como-pulsión. Por ello decimos que la perversión es el negativo del erotismo.

No es en relación a una norma lo que determina lo propio de las llamadas perversiones, sino una sexualidad al servicio de la-muerte-como-pulsión. Una sexualidad que se expresa como renegación y corte de la muerte. Una sexualidad que se le impone al sujeto como actos repetitivos. Una sexualidad sostenida en el sometimiento y la destrucción del otro. En definitiva una sexualidad que produce un proceso de desestructuración subjetiva.     

En este sentido podemos señalar que en la perversión no hay sexualidad ya que es domeñada por la muerte-como-pulsión. No hay placer sexual, hay compulsión. No hay otro, hay una cosa. No hay subjetivación en la relación con el otro, hay cosificación. No hay amor, hay odio. No hay satisfacción narcisista, hay una búsqueda de la fusión perdida en el narcisismo primario. No hay organización edípica, hay desorganización sostenida en un cierre de la escisión del yo.       

En el Prefacio a la transgresión Foucault dice: “Lo que caracteriza a la sexualidad moderna no es el haber encontrado, de Sade a Freud, el lenguaje de su razón o naturaleza, sino el haber sido, y por la violencia de sus discursos, <desnaturalizada>, echada en un espacio vacío en el que ella no encuentra sino la forma escasa del límite, y donde ella no tiene una prolongación sino en el frenesí que la rompe.”[13]

Sin embargo mientras en Foucault hay una racionalización de los límites del lenguaje en Bataille el erotismo como transgresión se realiza como experiencia. Por ello su afirmación de que “el erotismo es la afirmación de la vida hasta en la muerte.”     

   

Notas

 

[1] Graves, Robert y Patai, Rafhael, Los mitos hebreos, Alianza Editorial, Madrid, 1986.

[2] Zaffaroni, Eugenio Raúl, La cuestión criminal, Suplemento especial Nº 5, Página /12, Buenos Aires, 2011.

[3] Carrión, Luis Salazar, El síndrome de Platón ¿Hobbes o Spinoza?, Universidad Autónoma Metropolitana, México 1997.

[4] Ídem anterior.

[5] Spinoza, Baruch, Tratado teológico político, Altaya, Barcelona, 1997.

[6] Trías, Eugenio, La política y su sombra, Anagrama, Barcelona, 2005.

[7] Bau, Carlos Olmos, “La desobediencia a la ley en la teoría política feminista”, Revista Telemática de Filosofía del Derecho, nº 11, 2007/2008, www.rtfd.es

[8] Carpintero, Enrique, “El giro del psicoanálisis”, revista Topía en la Clínica Nº 5, marzo de 2001, en www.topia.com.ar

[9] Raíces Montero, Jorge Horacio compilador, Un cuerpo, mil sexos. Intersexualidades, Editorial Topía, 2010.

[10] Carpintero, Enrique, Se puede consulta estos textos: “El Eros o el deseo de la voluntad”, Topía Nº 42, noviembre de 2004; “La sexualidad plural (la sexualidad humana es desviada)”, Topía Nº 44, agosto de 2005; “Tiempo libre para comprar (el consumidor consumido por la mercancía), Topía Nº 54, noviembre de 2008; “La salud es soporte de la anormalidad que nos hace humanos”, Topía Nº 55, abril de 2009. En www.topia.com.ar

[11] Uso el concepto de “La-muerte-como-pulsión” para dar cuenta de los factores estructurantes del proceso primario y sus efectos en la vida del sujeto: narcisismo primario, angustia primaria, funcionamiento a partir del principio de displacer-placer. Su consecuencia es que el sujeto queda atrapado en lo negativo.  

[12] Bataille, George, El erotismo, Tusquets editores, 1980.

[13] Michel, Foucault, Prefacio a la transgresión, ediciones Trivial, Buenos Aires 1993.

 

 

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Articulo publicado en
Abril / 2012

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