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Las imágenes ante la muerte

 

A Víctor Macri, en el recuerdo

...hasta que en un último símbolo
se une el de la muerte con el de toda la vida,
la imagen que es la realidad del alma,
su mansión, su ahora sin tiempo y por eso
la ley en ella realizada, su necesidad.
La muerte de Virgilio, Hermann Broch

 

La muerte domesticada

Recordemos que el nacimiento de las imágenes, sean éstas fijas o en movimiento (como en el caso del cine), están unidas desde el principio de la humanidad a la superación del dolor, el duelo y la incertidumbre ante la muerte. Pero si estas primeras imágenes surgen de las tumbas, es como rechazo a la nada y para prolongar en cierta forma la vida.

De ahí la necesidad de cubrir esas imágenes con colores, símbolos o dotarlas de la ilusión del movimiento, para soportar la idea insoportable de la finitud y del morir.

Es como si esos lejanos “artistas”, experimentaran por primera vez en la historia, ante la muerte, la paradoja crucial que da sentido al arte: “para expresar el silencio de la muerte, el silencio nunca es suficiente”. Y “a pesar que mi fe acreciento, solo evidencio que detrás de la tumba, tan solo hay silencio”, diría Oscar Wilde.

En su libro La lágrima de Eros, George Bataille, es muy claro e ilustrativo sobre el tema cuando dice: lo que sabemos de ellos nos permite afirmar que sabían -cosa que los animales ignoraban- que algún día, inexorablemente morirían. Desde la más perdida antigüedad, los seres humanos tuvieron un conocimiento doloroso y estremecedor de la muerte. Son pinturas rupestres que datan del paleolítico superior. Pero las sepulturas más antiguas que atestiguan ese conocimiento angustiado de la muerte, son considerablemente anteriores; para el hombre del paleolítico inferior la muerte tuvo ya un sentido tan evidente que le indujo, como hasta ahora, a dar sepultura a los cadáveres de los suyos. Al decir de Régis Debray, el arte surgiría como el intento de domesticar la muerte. Quizás por eso, y ante el incremento exponencial del dolor y la muerte en la vida social actual, nuestra necesidad de más y más imágenes. En este sentido, la materia prima de la actual velocidad y vertiginosidad que han adquirido las imágenes, y su paradojal indiferencia ante el dolor y la muerte de los demás, no sea la construcción de una mirada, sino la fascinación de una visión.

Ante la proliferación de imágenes del dolor y la muerte repetidas sin cesar, vemos lo que no miramos. Dichas imágenes “muestran lo que no muestran”: la relación inmediata entre lo que está presente y lo que está ausente. Un verdadero exilio de “nos-otros” mismos y de la muerte de los demás. Una pérdida de sentido que no es solo paréntesis de la conciencia, sino una devaluación de la existencia misma. Y que en un tiempo como el nuestro, atomizado, pareciera que todos los momentos son iguales entre sí. Esta fragmentación del tiempo reduce la muerte al simple perecer. A propósito, el filósofo coreano Byung-Chu Han, al reflexionar sobre la crisis temporal contemporánea, apunta: “Nada perdura más allá de la muerte. Hoy en día, morir resulta especialmente difícil. La gente envejece sin hacerse mayor.”

Tal vez las imágenes de la muerte sean el verdadero estadio del espejo humano: mirarse en un doble y, en lo visible inmediato (la imagen), ver también lo no visible (la muerte)

En esta “tranquilidad” del que mira, “la muerte ya no tendría sentido”. En Más allá del principio de placer, Freud concibe una tendencia a la reducción, a la continuidad, a la supresión de la tensión provocada por la excitación interna, descubriendo de este modo una relación con la noción de pulsión de muerte. Observación que no podemos dejar de tener en cuenta.

“La muerte como pulsión en tanto ésta habla no sólo de la condición finita del ser humano, sino también de sus efectos en relación al otro par pulsional: el Eros. Reconocer y aceptar la fuerza de la muerte como pulsión implica ponerla al servicio de la vida; oponérsele reforzaría su tendencia a la destrucción y a la autodestrucción”, afirma Enrique Carpintero, en un pasaje de su libro Registros de lo negativo.

Si consideramos que es lícito pensar que la primera experiencia trascendente del “animal humano”, fue el desconcertante espectáculo del individuo ante la muerte. Tal vez las imágenes de la muerte sean el verdadero estadio del espejo humano: mirarse en un doble y, en lo visible inmediato (la imagen), ver también lo no visible (la muerte). Traumatismo suficiente para reclamar al momento una contrapartida: construir una imagen de lo innombrable, un doble de la muerte para mantenerse con vida y, a la vez, no ver “ese no sé qué”, no verse a sí mismo como muerto. Esta inscripción significativa, hace de la fascinación ante las imágenes, una ritualización (global en la actualidad) del abismo por desdoblamiento especular. No es casual la relación con esta nueva idolatría virtual, ya que ídolo viene de la palabra griega eidôlon que significa espectro, el fantasma de los muertos, y después imagen. El eidôlon designaba el alma del difunto que sale del cadáver en forma de sombra intangible, o sea su doble, cuya consistencia sutil e incorpórea (hoy diríamos “virtual”), facilita y hace posible la figuración, la construcción de las imágenes. La imagen también es la ausencia, y la ausencia es el nombre común del doble. La imagen como sustituto vivo de la muerte. Aquello que quedará incluso más allá de la muerte.

Diríamos que por las imágenes, los vivos se imponen a los muertos. O como dijo Eisenstein, después del cine, la muerte total ya no va a ser posible

La fascinación ante las imágenes, hacen que el yo quede en cierta forma inmunizado, puesto en un “lugar seguro”. Diríamos que por las imágenes, los vivos se imponen a los muertos. O como dijo Eisenstein, después del cine, la muerte total ya no va a ser posible.

Cada ser humano experimenta la muerte a solas y no puede tener una experiencia directa de la muerte del otro. Aunque también resulta interesante reflexionar sobre lo expresado por Jean-Luc Godard sobre la relación entre las imágenes y el fenómeno de la muerte: “el cine fue el primer espejo en el que el hombre pudo contemplar el proceso espacio-temporal de su propia muerte sin tener que experimentarla directamente.” Muchos films en la historia del cine dan cuenta de este proceso. Imágenes ante la experiencia del límite, que Font Domênec llamó “la última mirada” y que constituirían verdaderos “testamentos fílmicos”.

En el libro Nada que temer, el escritor británico Julian Barnes, plantea que escribir sobre la muerte sugiere, en principio, una forma de calmar el temor que produce. Quizás para un escritor, la palabra más llena de significado sea la palabra muerte. Aunque hoy, ésta sea una experiencia tan privada, que se diría “que nadie muere, sino que simplemente desaparece”.

Entonces, podríamos afirmar que no es casual el hecho que en la actualidad, la negación de la muerte sea compensada por una sobrevaloración cuantitativa de la vida, en detrimento de la calidad y la intensidad de la misma. Esto ameritaría, al menos, una sospechosa paradoja contemporánea: cuánto más negamos la muerte, menos viviríamos cualitativamente. En consecuencia, podríamos plantear que una calidad de vida más intensa, parecería hacer más “fácil” la muerte.

Ya que ésta, nos obligaría a considerar las cuestiones más esenciales de la vida, frente a las banalidades que nos ofrece este sistema capitalista-consumista actual. Que para negar la importancia de la muerte, de su significado y del dolor que implica la elaboración del duelo, la ha reducido a un trivial y mercantil ritual carente de valor. A pesar que hasta el día de hoy, los humanos contamos con una única certeza: que tarde o temprano todos vamos a morir.

A propósito, es importante recordar y releer el clásico libro de Philippe Ariès, El hombre ante la muerte: una exhaustiva investigación en torno al tema de la muerte. En especial la Quinta Parte: La muerte invertida, donde hace un minucioso estudio sobre “cómo el moribundo fue privado de su muerte”, y de “cómo cuanto más se avanza en el tiempo y se asciende en la escala social y urbana, tanto menos siente el hombre por sí mismo la proximidad de su muerte”. Siendo las tres características relevantes de nuestro tiempo: la negación del duelo - el desposeimiento del moribundo - la invención de un nuevo ritual funerario (en especial en Estados Unidos).

Quizás para un escritor, la palabra más llena de significado sea la palabra muerte. Aunque hoy, ésta sea una experiencia tan privada, que se diría “que nadie muere, sino que simplemente desaparece”

Dice Ariès: “Hoy nada queda ya ni de la noción que cada uno tiene o debe tener de que su fin está próximo, ni del carácter público y solemne que tenía el momento de la muerte… La nueva costumbre exige que muera en la ignorancia de su muerte.”

Imágenes y más imágenes

Representar es hacer presente lo ausente. Por lo tanto, no es simplemente evocar, sino también reemplazar. Las imágenes están ahí para cubrir una ausencia, aliviar una pena. Ninguna imagen es en este sentido totalmente inocente.

Comenta Règis Debray, en su libro Vida y muerte de la imagen (Historia de la mirada en Occidente), “al sol y a la muerte no se les puede mirar a la cara. Perseo tuvo que utilizar un espejo para cortar la cabeza de Medusa. La imagen, toda imagen, es sin duda esa argucia indirecta, ese espejo en el que la sombra atrapa a la presa. El trabajo del duelo pasa así por la confección de una imagen del otro que vale por un alumbramiento.” De ahí que sea imposible deshacerse del doble sin materializarlo.

Es lícito pensar que la experiencia trascendente del animal humano, fue el desconcertante espectáculo del hombre ante la muerte. Primero esculpida, después pintada, luego fotografiada y por último filmada, la imagen de la representación de la muerte está en el origen de las distintas culturas, siendo su misión la de mediar entre los vivos y los muertos, entre los dioses y los mortales, entre lo visible y las fuerzas invisibles. La imagen, simulacrum en latín, es decir, el espectro (imago) era la mascarilla que reproducía el rostro del difunto. O sea, primero el fantasma, después la figura: la sombra del ausente que se hace presencia en la representación, como sustituto del muerto. Y como bien marcó Gastón Bachelard, la imagen es antes que la idea. “La muerte es primero una imagen, y sigue siendo una imagen, la idea (la muerte como tránsito o viaje) apareció después.”

El arte de las imágenes, por lo tanto, nace funerario, inmediatamente muerto, pero para renacer y trascender la muerte.

La fotografía, y luego el cine, “inmortalizan” un instante, una escena, una determinada situación.

Y si la muerte está al principio del arte, podemos inferir que las imágenes no tengan fin. La historia de la mirada en occidente, es la historia de la muerte. Aunque, sin valor de emoción, las imágenes con el paso del tiempo no tendrán más valor que de documentos, convertidos inevitablemente en anacrónicos.

Plinio el viejo, en su libro Historia Natural, nos cuenta que el origen de la pintura -la hermana mayor del cine-, consistió en dibujar el contorno de una sombra humana: el rostro del amado que partía a la guerra, a pedido de su amada, intuyendo que éste no volvería. Para recordarlo y tenerlo presente durante su ausencia. El dibujo se transformaría así en una especie de “pensionista de la memoria”. Esta leyenda confirmaría, a su vez, que la muerte definitiva, en realidad, es el olvido.

Es lícito pensar que la experiencia trascendente del animal humano, fue el desconcertante espectáculo del hombre ante la muerte

En cuanto a las imágenes cinematográficas, el film El Séptimo sello (1957) de Ingmar Bergman, es la más famosa representación de la muerte en la historia del cine. La muerte como protagonista. Y ante el silencio de Dios, la muerte siempre gana la partida. Se trata de la puesta en escena de una leyenda sobre la peste negra en la Baja Edad Media. Y donde una de las escenas más recordadas es la partida de ajedrez entre el caballero (Max von Sydow) que regresa de las cruzadas, y la Muerte (Bengt Ekerot) en un recodo del acantilado. La otra escena memorable la encontramos en el final del film: La Muerte preside en el castillo, la danza de la muerte. Solo la familia de titiriteros se salvará de la guadaña.

Una lista de films sobre la temática de la muerte, en sus distintos aspectos, sería imposible de enumerar y comentar en este artículo. Incluso sería deficitaria si se tratara de un solo libro. Recordemos, a modo de escaleta, al menos, algunos films representativos, siempre teniendo en cuenta que toda antología es en cierta medida arbitraria, no por lo que ésta rescata, sino por lo que deja afuera. Además del inevitable gusto personal por los films seleccionados:

 

21 Gramos (2003) de Alejandro González Iñárritu: ¿Cuánto peso perdemos después de morir?, 21 gramos ¿es lo que pesa un alma?

Providence (1977) de Alain Resnais: El proceso creador ante la inminencia de la muerte.

La balada de Narayama (1982) de Shohei Imamura: ¿Senecticidio o muerte digna?

Blue (1992) de Krzysztof Kieslowski: La elaboración dolorosa del duelo.

Vivir (1994) de Akira Kurosawa: Cómo dar sentido a una vida vacía antes de morir.

La habitación del hijo (2001) de Nanni Moretti: “La muerte según Raymond Carver”.

Las invasiones bárbaras (2003) de Denys Arcand: o del buen morir.

Mar adentro (2004) de Alejandro Amenabar: o del derecho a morir.

El tiempo que queda (2005) de François Ozon: ¿Y si la muerte pudiera posponerse, entonces qué?

La muerte en directo (1980) de Bertrand Tavenier; o de la muerte como espectáculo.

La eternidad y un día (1998) de Theo Angelopoulos: frente a la cercanía de nuestra propia muerte, el repaso de toda una vida.

Madre e hijo (1997) de Aleksandr Sokúrov: los aspectos pictóricos de la muerte.

El extraño caso de Angélica (2011) de Manuel de Oliveira: fotografiar la muerte, y después...

 

The End

 

Y para finalizar, una propuesta para reflexionar, extraída del texto Doce tesis sobre la economía de los muertos, de John Berger:

¿Cómo viven los vivos con los muertos? Hasta que el capitalismo deshumanizó a la sociedad, todos los vivos esperaban la experiencia de la muerte. Era un futuro final. Los vivos eran en sí mismos incompletos. De esa forma, vivos y muertos eran interdependientes. Siempre. Sólo una forma de egotismo extraordinariamente moderna rompió esa interdependencia. Con consecuencias desastrosas para los vivos, ahora pensamos en los muertos en términos de los “eliminados”.

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Articulo publicado en
Julio / 2016

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