La intrincada adolescencia de una niña abusada sexualmente por el padre | Topía

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Nota de los editores: La era de la depresión

El cierre de esta edición coincide con la declaración de pandemia ante el coronavirus. Esta situación llevó a tomar medidas de gran dramatismo: gente aislada en sus casas, ciudades vacías, cierres de fronteras, cancelación de vuelos. El coronavirus aparece interrumpiendo la vida cotidiana. Leer nota de editores completa...

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La intrincada adolescencia de una niña abusada sexualmente por el padre

 

¿Cómo se hace para construirse una identidad en la adolescencia, cuando una se tiene que encontrar con huellas de un pasado que detesta? ¿Qué se hace con las marcas que una siente que podrían haber dejado huellas aborrecibles? ¿Cómo se hace si, a la vez, una añora haber tenido lo que siente que no tuvo? ¿Cómo se significa tanto desamparo? ¿Cómo se explora lo nuevo del propio mundo pulsional si el temor a encontrarse con algo monstruoso acecha? ¿Cómo hacer para sentirse real y verdadera?

Como marca de que había vivido algo traumático, el padecimiento la atravesaba corporalmente. Temblaba, tenía palpitaciones, lloraba muy angustiada y tenía pesadillas

Estas y muchas otras vicisitudes complejizan los duros trabajos psíquicos que esperan a las adolescentes que tuvieron que soportar el abuso sexual por parte de su genitor en la infancia, y mucho más cuando fueron desprotegidas por casi todas las instituciones del Estado intervinientes.

Sofía realizó tres períodos de tratamiento, con interrupciones motivadas sobre todo por la distancia a la que se tuvieron que mudar para protegerse del acoso del padre y su familia.

Como marca de que había vivido algo traumático, el padecimiento la atravesaba corporalmente. Temblaba, tenía palpitaciones, lloraba muy angustiada y tenía pesadillas.
 

La primera consulta de Sofía, a los 4 años

Sofía fue traída a la consulta a los 4 años y medio porque bruscamente había empezado a rechazar las visitas a la casa de su papá después de transcurrido un año de la separación de sus padres.

Su madre y su hermana mayor, hija de otra pareja de la madre, le insistían al principio para que fuera, pero Sofía se aferraba al cuerpo de su madre pidiéndole que por favor no la llevara.

Lloraba con mucha angustia y le decía: -Mamá, ¿si un día no estoy en casa y te llamo para que me vengas a buscar, vas a venir? ¿Me vas a atender el teléfono?

A la hermana, que tenía 12 años, le decía: -¿Te podés quedar un ratito conmigo? Al instante de separarse quería probar de llamarlas por teléfono para ver si le respondían.

Al preguntarle por qué no quería ir con el papá, decía: “Porque le tengo miedo, me hace cosas feas” Con palpitaciones y temblores decía: “Mamita por favor quedate al lado mío.”

Como marca de que había vivido algo traumático, el padecimiento la atravesaba corporalmente. Temblaba, tenía palpitaciones, lloraba muy angustiada y tenía pesadillas.

En las primeras entrevistas diagnósticas Sofía desplegó en un breve período de juego un diálogo que tenían los muñecos:

Muñeca mamá: -Contale a mamá todo lo que te pasó.

Muñeca nena: -Mami perdoname porque tengo un secreto. Me puso una serpiente.

S - La mamá le dijo: te voy a retar hija. Era muy mala la hija.

En este pequeño fragmento de juego aparece su implicación en el secreto con su papá, la culpa edípica frente a la mamá, y uno de los modos del abuso, “ponerle una serpiente”.

Sofía venía de la casa de su papá muy excitada. Esto se manifestaba en que varias veces había querido tocarle las tetas a la mamá. Su hermana la había visto frotarse los genitales y al preguntarle qué hacía, había contestado: -Es el “juego del sacacorchos y la pocha.”

Luego Sofía dijo: -Lo que te dije es mentira, mi papá no me pega con el sacacorchos en la pocha.

Esta frase de retractación no hace más que confirmar lo sospechado.

La evaluación diagnóstica, que se informó al juzgado en el que la madre realizó la denuncia, daba cuenta de que había una altísima sospecha de que Sofía estuviera viviendo una situación de abuso sexual por parte de su padre, que incluyera amenazas acerca de no poder comunicarse más con su mamá si ella se quejaba o se lo contaba. Modos del máximo sadismo para atacar a una niña, amenazarla con el desamparo total: se quedaría sin padre (que era lo que la niña ya sentía) y también sin madre. ¿Hay algo más cruel para intentar someter a una niña? Sofía permaneció en tratamiento durante 2 años.1
 

Sofía vuelve a consultar a los 10 años

Sofía y su mamá se fueron a vivir a una localidad lejana, donde residía la familia materna, por lo cual no las vi durante tres años. Luego Sofía pidió verme.

La ausencia del Estado desprotegiéndola, garantizando la impunidad del padre y no dictaminando quién provocó el daño, le obstaculizan el procesamiento de lo vivido en la infancia

Me dice: -Le tengo terror a las serpientes. Las que te ahorcan, las que te rompen los huesos y te tragan sin morder, y las que te inyectan veneno.

Me impresiona el modo de relatar situaciones en las que ella se imagina pasiva ante los ataques activos de una serpiente. Recuerdo que a los 4 años ella había jugado con muñecos. La nena le decía a la mamá: -Mami, me puso una serpiente.

Le pregunto si relaciona con algo el terror a las serpientes.

S -Empecé a tener miedo y no cierro los ojos aunque tenga champú, porque pienso que va a aparecer. Siento que me persigue, en el baño, en los sueños. Yo le digo a mi mamá que tengo miedo de que sea él. ¿Sabés quién es él? Yo lo llamo “el desconocido.”

Yo antes le tenía miedo a él, mucho miedo a que me hablaran de él o lo nombraran. Ahora, desde que les tengo miedo a las serpientes, ya no pienso más en el miedo a él.

S -Mi nombre no pensé en cambiarlo. Mi apellido sí. El juez dijo que cuando sea grande.

Temo caerme de un avión, ser la única sobreviviente en una selva llena de serpientes. No sé todavía por qué. Quiero descubrirlo. Siempre estoy pensando en eso. No sé por qué.

S -Cuando más miedo tengo es cuando me baño y cuando me voy a dormir. Me pongo pijama, sábana, almohada, dos mantas polar, y me siento protegida. Si me quiere morder para inyectar el veneno, le va a raspar la garganta a la serpiente. También duermo con un celular debajo de la almohada porque me da protección. Si viene la serpiente agarro el celular. Si se apagara todo prendería la tele, para que me alumbrara, y llamaría a alguien. Es que no duermo con la luz prendida porque siento que la serpiente me va a encontrar.

Me impactó mucho verla así, con niveles de angustia que correspondían al desamparo extremo que había vivido, y la desprotección por parte de juez, defensor, y terapeutas familiares que intentaron la revinculación con el padre después del sobreseimiento en lo penal porque la niña no relató los hechos del abuso en la Cámara Gesell. No los recordaba.

Vienen a mi memoria sus expresiones de cuando tenía 4 años: “Basta pá, no quiero más que me pongas serpientes” “Sueño con una planta bebé que tenía gatas peludas que caían, y se parecían a serpientes, largas y gorditas. Tenía muchos pelos en una cosa larga en el cuerpo de él. ¡Es algo muy feo! Si veo un bicho me lo hace recordar.”

Ella, ante mi pedido, había dibujado la serpiente y tenía forma de un pene con testículos.

También me impactó que los lugares en los que ella se sentía más expuesta eran el baño y la cama, los dos lugares en los que seguramente sucedían las escenas del abuso.

Frente a todo esto pensé que yo podría ligar su miedo a las serpientes a aquello que ella había traído a los 4 años en su discurso y dibujos, inmediatos al traumatismo. Pero consideré que de nada serviría ya que era ella quien tenía que hacer el nexo e ir llegando.

No estaba tan lejos, ya que dijo: “Tengo miedo de que sea él”.

Ella había pedido verme y necesitaba hacer ese nexo a través mío, no podía hacerlo sola. Ella comenzó a darle forma de víboras que la atacaban y devoraban a las vivencias de desamparo vividas. Le resultaban inmanejables.

Pero no sólo había contenidos simbólicos: la serpiente como representación de algo muy peligroso vivido. Había también elementos indiciarios,2 no simbólicos: lo visto en la situación traumática, el pene erecto seguramente nombrado como serpiente por el padre surgía como marca presente de un traumatismo aún no procesado. El celular bajo la almohada fue un elemento recortado de las escenas de amenazas.

Había aspectos que correspondían al sentido de goce genital que habría tenido el abuso para el padre que hasta pasada la pubertad no podrían ser comprendidos ni significados.

A partir del pedido de Sofía de vernos, pudimos volver a un nuevo contrato de tratamiento.

Una marcada desconfianza a los varones, una preocupación por “ser mala” con sus amigas, eran temas recurrentes al principio del segundo análisis de Sofía.

La madre había comenzado a convivir con su pareja, que era un señor muy contenedor y con capacidad de ternura. Una experiencia muy valiosa para madre e hija.

La madre, su abogado, la abogada de la niña y yo habíamos trabajado para intentar garantizar condiciones ambientales imprescindibles para el procesamiento de su traumatismo: que se respetara el pedido de Sofía de no volver a ver al padre.
 

Sofía vuelve a consultar a los 13 años

Pidió volver a verme.

S -Yo de chica guardaba todo. Ahora no puedo guardarlo más. Lo expresa mi cuerpo al estar enojada o triste. Tengo emociones que me están influyendo en mi vida personal. A mi hermana veo lo unida que es a su papá. Me gusta que su papá me mire, me cuide, pero es algo que no lo tengo y nunca lo voy a tener. Me pregunto: yo, que soy de la sangre de mi papá, ¿por qué tengo que preocuparme y sentirme triste por él, y él no? Nunca me cuidó ni estuvo para mí. Tal vez lo manifestó pidiendo la revinculación. ¿Quién la pidió, él o sus padres? ¿Qué soy para él, un premio?

T -¿Por qué un premio?

S -Algo que quiere tener, pero no es que quiera saber de mí. A mí no me interesa nada de ellos. Me interesa entender qué pasó, pero no vincularme.

T -Vos creciste, disponés de nuevas herramientas para entender, y querés que lo hagamos juntas.

Cuando vos mirás al papá de tu hermana y ves la mirada protectora de él, te preguntás qué tipo de mirada tuvo tu papá hacia vos. No te sentiste cuidada, y esto te pone triste seguramente.

S -Yo siento envidia hacia mi hermana. ¿Por qué yo no tengo eso? A él sólo le importó de él.

S -Yo tal vez tenga que soportar un odio grande hacia él y hacia chicos que me hacen daño.

T -¿Cómo es tu relación con los chicos?

S -A mí no me interesa estar con chicos por ahora. No me gusta cómo son los chicos del pueblo donde vivo. Toman alcohol, se meten en la droga desde chiquitos. La estoy tratando de convencer a mi mamá para que volvamos a Buenos Aires. Nos tuvimos que esconder, pero ni mi mamá ni yo encajamos allí. Yo cuando me voy con el papá de mi hermana y mi hermana a Buenos Aires después vuelvo enojada, deseando tener una vida allí. Me parece injusto. Mi papá tiene efectos en mí y yo no tengo efectos en él.Yo me tengo que aguantar estar en un lugar que yo no quiero. Por su culpa me tengo que aguantar un montón de problemas.

S -Mi cabeza es mi peor enemiga. Pienso y pienso mucho. Me cuesta mucho tomar una decisión. Tengo miedo que no le guste a alguien. Yo me tengo que replantear todo, y él no se replantea nada. ¿Cuándo va a parar esto y voy a poder dejarlo atrás? Lo que es más triste para mí es: ¿cómo puede ser que piense tanto en él que estuvo sólo 4 años? ¿Por qué tiene tanta presencia?

El abuso sexual en la infancia, y sobre todo cuando fue realizado por un progenitor, suele provocar una alteración del experienciar sexual, junto a otros efectos devastadores en la vida emocional, que se hacen muy visibles en la adolescencia

Aquello que a los 10 años tomaba forma de serpientes venenosas que la perseguían y la dejaban inmovilizada para poder defenderse, y que ella relacionaba de algún modo con el padre, hoy ya aparece como genuinas preguntas acerca de cómo ella va a poder construir su ser auténtico si no está dispuesta a integrar aspectos que podrían parecerse a su padre. Necesita enfrentarse con sus propias emociones: su odio que por momentos se le vuelve contra sí misma y se le transforma en dudas obsesivas, sus desconfianzas, sus sensaciones de que lo pulsional adolescente la podría enloquecer, con lo cual lo deja disociado, como si no tuviera nada que ver con ella, sólo depositado en los jóvenes del pueblo.Trabajos de identificaciones y desidentificaciones en la adolescencia en condiciones subjetivas muy dramáticas.

Si ya para cualquier adolescente son trabajos costosos, para una chica que tiene que sentir que si tiene envidia u odio puede estar marcada por algo monstruoso que la podría transformar en un ser despreciable y no querible por ella misma ni por nadie, es mucho más costoso.

Sin embargo, el modo en que ella reingresa al vínculo transferencial cada vez que pide verme, y los recursos intelectuales y afectivos que despliega me resultan muy esperanzadores. No se siente sola como en la metáfora del avión que se cae en una selva de serpientes. Ella apuesta a un vínculo. No está tan dañada. También es muy importante la capacidad de su mamá que la trae desde muy lejos para cada sesión en una frecuencia quincenal. Otros intentos de establecer vínculos terapéuticos no prosperaron.

S -A veces creo que tengo una locura, pero también me doy cuenta que no soy como él.

T -¿En qué cosas te parece que podrías parecerte a él?

S -El lastima y no se preocupa de haberle hecho daño a otro. Yo con una compañera sé lo que le molesta, pero a veces tengo miedo de hacerle lo que sé que le molesta. También me pasa con el novio de mi mamá. Lo excluyo. Cuando estoy con los dos le hablo a mamá, le digo: -¿Viste mamá? No debe de ser lindo para él.

T -Vos también te debés sentir excluida cuando ellos dos están juntos. (Se sonríe)

S - ¿Cómo puede ser que alguien alejado, ajeno, maneje mi mente? Me molesta que mi papá haya seguido su vida y yo no pueda estar tranquila. Me molesta no tener una mirada paterna.

T -Tal vez también te gustaría tenerlo, que hubiera reflexionado y se hubiera arrepentido y sentido culpable por lo que hizo. Porque vos cuando lastimás a tu mamá o a tu amiga después te sentís mal por eso y buscás cómo repararlo.

S -Mi mamá dice: “Mejor que él no sepa dónde estás. Que no sepa dónde está el colegio. Puede merodear.” ¿Por qué él puede estar libre y tranquilo y yo no? Me molesta que él no tenga su límite, su castigo. Como es adinerado no está preso. Si él no fuera adinerado sería distinto. Si él piensa que él se va a morir y tener a alguien al lado se equivoca, está equivocado. Se va a morir solo.

S -Yo digo, ¿cómo puede ser que me esté buscando si no le intereso? Me pidió solicitud en Instagram, hace un año. Me asusté mucho. Lo bloqueé. Yo por suerte sólo acepto a personas conocidas. Yo no subo fotos mías a ningún lado.

T -Me contás cuánto trabajo tenés que hacer para cuidarte habiendo tenido un papá y un Estado que no te cuidaron, y necesitás tener una desconfianza que te sirva para protegerte. Pero hace falta diferenciar cuándo los peligros vienen de afuera y cuándo vienen de adentro tuyo.

T -Qué lío esto de explorar el mundo de relacionarse con los otros y con las otras, sobre todo con los varones. Por ahí pensar que todos los del pueblo no son valorables te ahorra el trabajo de ir distinguiendo, qué responde a un miedo tuyo y qué a algo del otro u otra que no te respeta.

S -Es cierto que a los varones siempre les temo. Soy muy recta. A veces soy la madre del grupo más que una chica. Mis amigas están pensando en novio o novia. ¿Por qué le dan tanta importancia? Pienso que no es importante, que no necesito de otro para ser feliz. No me gustaría estar de novia a esta edad. Me cuesta mucho adaptarme en los grupos. Como no tomo alcohol me dejan de lado. Llamo a una amiga y dice que no puede encontrarse. Después me entero que estuvo con otras. Me pone triste. A mi mamá también. ¿Tan mal estoy para que nadie me acepte?

T -Me contás que a veces te sentís muy en paridad con mamá en vez de en paridad con chicas.

S -Sí, es verdad. En tecnología me quedé atrás. Para convivir con otro adolescente soy como más adulta, por haber estado mucho con mi mamá a pesar de tener una hermana. Hace mucho que no vive conmigo.Tengo razonamiento de una adulta y eso me excluye. No sé cómo ponerme en modo adolescente. Nombran cantantes, no los conozco. Yo siento que mi papá me obligó a madurar a una edad que yo todavía no tenía. Me hice adulta, siempre intentando aprender a defenderme. No entiendo. Estoy en una edad que no me pertenece. Me siento muy solitaria.

T -Vos sentiste que te presentaron un mundo de cosas, de sensaciones corporales, que no podías entender y te empujaban a ser muy curiosa, indagar, para tratar de entender. Pero entender también era insoportable. Lograste poder olvidarlo. Sólo aparecían pesadillas y miedos a las serpientes. Tal vez ahora que llegó la adolescencia tenés miedo a explorar tus sensaciones corporales. ¿Se vendrán recuerdos de cosas que no te gustaron y te molestaron mucho?

S -A mí lo que me hizo mi papá me dejó varios efectos: miedo a relacionarme con varones, no tenerle confianza a su género, mi especie de adultez, sentirme a veces un monstruo por lo rara, sentirme mala y tener miedo de parecerme a él, y que constantemente él esté en mi cabeza. Por momentos me parece que me voy a volver loca, y por eso defendí al guasón, lo comprendí. Al loco algo lo convierte en loco.

Aquí se ven en Sofía los efectos del abuso sexual que pudo haber producido un goce a nivel del cuerpo y una sensación disruptiva traumatogénica a nivel del Yo, que se sintió desbordado. Las defensas operaron luego para que Sofía hubiera podido organizar el miedo a las serpientes y escindido los acontecimientos del abuso. “Mi papá me hizo cosas feas pero no me acuerdo qué.”

El empuje de lo pulsional adolescente es vivido como una nueva amenaza. Ver en los ojos del otro una mirada deseante, en lugar de animarla a ella a explorar su propio deseo y sus propias sensaciones corporales puede resultarle aterrorizante, ya que podría reaparecer el recuerdo de la mirada del padre abusándola. En el diagnóstico de los 4 años, en el juego con muñecos, Sofía me decía: “La nena estaba asustada porque el papá tenía una cosa negra en los ojos. La nena decía: -Papá, me da miedo eso que tenés en los ojos.”

Esto la lleva a evitar cualquier contacto con chicos o chicas que pudieran introducirla en un clima de excitación sexual, a tomar distancia de otros adolescentes y sentirse rara.

Pero también la ausencia del Estado desprotegiéndola, garantizando la impunidad del padre y no dictaminando quién provocó el daño, le obstaculizan el procesamiento de lo vivido en la infancia.

Además de que el padre fue sobreseído en lo penal porque Sofía en la Cámara Gesell no pudo relatar el abuso, mis informes fueron muy poco tenidos en cuenta. El padre y su familia insistieron con la revinculación. La mamá de Sofía tuvo que alejarse junto a sus hijas para compensar aquello de lo que el Estado no se encargaba, y oponerse a las citaciones para revincular a la niña.

El abuso sexual en la infancia, y sobre todo cuando fue realizado por un progenitor, suele provocar una alteración del experienciar sexual, junto a otros efectos devastadores en la vida emocional, que se hacen muy visibles en la adolescencia. Esa intromisión salvaje tiene un impacto tal que no permitirá un juego exploratorio libre en la sexualidad ni un ritmo marcado por la propia curiosidad.

Esas y esos adolescentes tendrán que cursar los trabajos psíquicos de la inscripción de la genitalidad en condiciones muy adversas, sobre todo cuando ese progenitor permanece impune.

Notas

1. El caso de S., con sus pormenores respecto de la consulta a los 4 años, está trabajado en el capítulo 3 de mi libro: En carne viva. Abuso sexual Infantojuvenil, Buenos Aires, Topía, 2018.

2.Silvia Bleichmar trabajó este concepto. Se trata de signos de percepción que pueden producirse a lo largo de toda la vida como una materialidad del psiquismo, producto de experiencias traumáticas que no son posibles de metabolizar. Se desprenden de la vivencia traumática misma. Son una marca de que los restos de lo traumático siguen investidos y operando en el psiquismo de ese sujeto.

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Articulo publicado en
Abril / 2020

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