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La pareja: esa despareja

 
Editorial

 

 

El amor debe ser gobernado por el arte
Ovidio

 

El derecho natural se entiende como una realidad abstracta que, en el plano ontológico, le antecede a todo derecho positivo y que es válido independientemente del derecho ejercido por la costumbre y la voluntad humana. Es sobre la base de este derecho que el poder sostiene la familia “natural” como una representación eidética de la sociedad. Es decir, la familia compuesta por una mujer y un hombre cuyo objetivo es servir a la procreación y el mantenimiento de la especie humana.

Sin embargo esta familia que deviene de un supuesto “orden natural, absoluto e inmutable” tiene muy pocos años en la historia de la humanidad. Como ejemplo podemos recordar que los cristianos durante muchos siglos repudiaron a la familia ya que ésta les impedía dedicarse completamente a Dios.

Las características de esta familia “natural” comienza a ser cuestionada en el inicio de la modernidad, especialmente durante las décadas de los sesenta y setenta. Pero en la actualidad del capitalismo mundializado, las crisis sociales y económicas (pobreza, desocupación, emigración económica) y las transformaciones culturales han afectado profundamente los estilos de vida y las relaciones de familia. Su resultado ha sido la necesidad de dar cuenta de una complejidad en la que no se puede seguir sosteniendo una definición de “familia normal” como si esta fuera un dato obvio y no el resultado de una idealización.

La familia es consecuencia de cambios históricos que hoy se manifiestan en las múltiples formas en que se van conformando (monoparentales, de parejas homosexuales, ensambladas), donde lo importante es la libertad y la realización personal de mujeres y hombres. Esta situación, propia de un período de transición, refiere a las transformaciones en la subjetividad de un sujeto que necesita establecer nuevas formas de relaciones con el otro humano en el interior de una cultura. Dicho de otra manera, una cultura sostenida en la fragmentación de las relaciones sociales ha desbordado el espacio de la familia “natural” como soporte de la pulsión de muerte: la violencia destructiva y autodestructiva, la sensación de vacío, la nada. De allí que los sujetos crean nuevos espacios de relación.

 

La despareja-pareja

 

A partir de los cambios que han producido los nuevos paradigmas culturales

analizaremos los problemas que atraviesa la pareja. Estos deben entenderse como consecuencia de la crisis de nuestra cultura que ha llevado a modificaciones importantes en la relación de pareja, las cuales tienen repercusiones diferentes según la inserción social de sus integrantes.

Comenzaremos con una pregunta que puede parecer obvia ¿Por qué a esa relación afectiva, esa relación de amor que aparece entre dos personas, se la denomina pareja? Es decir, ¿Qué tiene de pareja una pareja? O, para plantearlo de otra manera ¿Una pareja es pareja? La respuesta es no. Una pareja es despareja. Está conformada por dos personas diferentes con sus propias historias y características personales. El problema de toda pareja no es lo que se coincide sino como se convive con lo que no se coincide. Cual es la capacidad de la despareja-pareja para convivir con gustos, estilos y formas de ser que al otro no le gusta o no tolera. Aún más, las características desparejas de toda pareja son las que dan su sello particular. Diríamos que es lo que define a una pareja. Pero, si lo desparejo es lo que define a la pareja ¿Por qué se la sigue llamando pareja?

Si nos remitimos al diccionario de María Moliner podemos leer:

“Pareja: Par de personas o animales. Particularmente, conjunto de un macho y una hembra de una especie animal: una pareja de canarios. La pareja humana. Como nombre calificativo, se puede aplicar a un par de cualquier clase de cosas: Este calcetín (este gemelo) no forma pareja con este otro”.

“Despareja: Sin su pareja: un calcetín desparejado. Mal emparejados o con la pareja que no le corresponde: estos guantes están desparejados”.

Evidentemente la palabra “pareja” se define por estar compuesta por dos personas o cosas iguales y complementarias.

Distintos factores determinan la pareja moderna en Occidente (nos estamos refiriendo a la pareja heterosexual). Decimos moderna pues ésta, tal como la conocemos, es relativamente reciente en la historia de la humanidad. Sus cambios fueron acelerados y van a tono con el proceso de desarrollo histórico y social de cada época. Actualmente existe una manifestación de la libertad que pone en cuestionamiento los valores fundamentales de la convivencia existentes hasta este momento. Ahora hay distintos tipos de libertades que no habían sido previstos en la convivencia familiar, grupal y social. Esto nos lleva a preguntarnos ¿Cómo se concilian la estructura de pareja y familiar con las nuevas reivindicaciones de libertad y realización personal de mujeres y hombres?

Hablábamos de varios factores. Uno de ellos es el social y refiere al sentido del amor en Occidente. Mientras en las culturas orientales el amor se lo concibe como un arte, como una práctica que se perfecciona y se aprende, en Occidente el amor se lo relaciona con el sufrimiento, donde el dolor es una prueba de la intensidad del sentimiento amoroso hacia la otra persona. La idea del amor en Occidente es el amor-pasión y éste es un amor trágico. El amor feliz no tiene historia en la literatura Occidental. El amor es un amor trágico. Un amor que nunca se realiza. Cuando el amor es feliz acaba la pasión y comienza el aburrimiento de la pareja. En la literatura Occidental, en el mito construido en Occidente del amor pasión, éste no puede ser realizado. Es que en el amor pasión los amantes aman cada uno a partir de sí, no del otro. Su desdicha es que no existe reciprocidad o ésta es una falsa máscara del narcisismo. El mito se estructuró en Occidente a través de una extensa literatura y está construido a través del amor por el otro en la reciprocidad. De los mitos griegos aparece la idea del flechazo involuntario donde no se ama a quien se elije sino a quien nos ha asignado el destino, el Eros o Cupido -para los latinos-, quien nos lanza flechas.

En este sentido se ama por la igualdad con el otro, no por la diferencia. Esta idea remite al mito de las “almas gemelas” escindidas por la ira de Zeus. La imagen de las dos mitades que desean volver a unirse -el mito del andrógino relatado por Platón en El Banquete- plantea la incompletud del ser humano que buscaría la otra mitad. De allí viene el considerarse incompleto si no se tiene pareja y la suposición de que solamente una persona estaría destinada a hacernos felices, es decir completos.

Es muy común escuchar: “es una pareja bárbara, nunca se pelean”, “son los dos iguales, el uno es para el otro”. Estos lugares idealizados de la pareja presuponen la felicidad, cuando en realidad lo que demuestran es lo contrario: algún miembro de la pareja se está sometiendo al ideal del otro o ambos se someten a un ideal social que ambos comparten.

Este ideal es de armonía, semejanza y reciprocidad. En definitiva: el uno para el otro. Para decirlo de otra manera, en la idealización el amor no debe ser acompañado con el odio, la ternura con la pasión y la sensualidad amorosa con el sexo fogoso e impetuoso. Para eso están los amantes. Los cuales aparecen como objetos idealizados de un lugar de completud que la pareja, en tanto pareja no puede dar cuenta. Es que la pareja, como su nombre lo indica, es para otra cosa: formar una familia y permitir la continuidad de la especie. Pero si este es un ideal social que se encuentra en la actualidad severamente cuestionado -como afirmamos anteriormente-, el mismo también está arraigado en nuestra subjetividad. Este ideal se relaciona con el concepto de narcisismo.

Este es un concepto difícil de explicar brevemente por todas las implicaciones que tiene en la constitución de la subjetividad del sujeto. Así que, para simplificar, dejaremos cierta rigurosidad en los términos. El narcisismo deviene de una característica de nuestra conducta en la que se evidencia un exagerado amor por sí mismo o por la propia imagen de sí mismo que recuerda el mito de Narciso. Aquel Narciso que se deja morir fascinado con su propia imagen en el espejo. En este sentido el mito encierra una profética advertencia: enamorarse de sí mismo, buscar en la propia imagen el objeto de amor es una cita con la muerte. Pero lo mismo ocurre en las idealizaciones, donde el otro desaparece como un otro diferente de mí para ser objeto de mi propia idealización. Esto es lo que ocurre en la fascinación amorosa, en la que el objeto de la idealización se erige omnipotente sobre las ruinas del amante.

Si lo vemos en el desarrollo de nuestra subjetividad vamos a encontrar un narcisismo primario que es un momento de la etapa autoerótica que da cuenta de esa relación fusional, simbiótica del bebé con la madre. Este momento en que la madre constituye un espacio-soporte de la pulsión de muerte en el niño va a dar origen a una instancia psíquica que se conoce como yo-ideal de la omnipotencia narcisista infantil. Ya adulto este yo-ideal intentará actualizar ese momento maravilloso de simbiosis y completud imaginaria, este es un narcisismo de muerte. Evolutivamente luego del autoerotismo continúa un momento de reconocimiento imaginario en el otro para luego poder establecer relaciones de objeto, es decir reconocer al otro como un otro diferente. Es aquí donde aparece otra instancia psíquica que es el ideal del yo. Este implica la búsqueda de un ideal como objetivo a alcanzar. Este sería un narcisismo secundario, un narcisismo de vida.

Mientras en el yo-ideal omnipotente no hay distancia entre el yo y el ideal. En el ideal del yo hay una distancia entre el yo y el ideal que se debe alcanzar. Este es un objeto que como ideal se quiere conseguir. En el primero es un objeto idealizado que se debe tener ya, cueste lo que cueste y sino lo tiene se siente frustrado. En realidad, como nunca lo puede conseguir vive frustrado. Un ejemplo de una actividad narcisista de este tipo y, hasta que punto puede dejar de lado al otro, se ve en la película Casanova de Federico Fellini. En un escena Casanova es obligado por los presentes de una fiesta a competir con un criado para determinar quién es capaz de tener más relaciones sexuales. Toda la gimnasia sexual de Casanova la realiza sin ningún goce. Este es un acto mecánico. Cuando finaliza su triunfo es patético al observar el contraste entre su júbilo narcisista y el dolor de su compañera que se reconoce como medio para probar la superioridad de Casanova, es decir como un objeto de la actividad narcisista de éste.

En este sentido mientras en el yo-ideal el otro en su totalidad debe ser a su gusto y semejanza, en el ideal del yo una parte del otro es lo que le gusta. Esta lucha entre el yo-ideal que tiende a las idealizaciones y el ideal del yo que busca ideales compartidos, para aceptar que otros ideales no se pueden compartir, es lo que se juega en la relación de pareja.

 

La pareja: una relación entre dos personas

 

Sucintamente podemos decir que toda pareja, más o menos, atraviesa por las siguientes etapas: 1°) encuentro, 2°) elección, 3°) idealización, 4°) simbiosis (estas dos etapas corresponden al momento del enamoramiento), 5°) desidealización y 6°) ruptura de la simbiosis que es cuando aparece el conflicto que lleva a un permanente reacomodamiento dinámico donde se encuentran las características de los integrantes de la pareja.

En esta perspectiva casi siempre se olvida que una pareja esta compuesta por dos personas. Es este olvido el que lleva a la idealización en la que se espera que la pareja proporcione todo: placer, confort, amistad, diversión, aventura, sexo, ternura, bienestar, etc. Por lo que cuando no brinda todo lo deseado aparece la desilusión que se manifiesta en desencuentros, ataques y rechazos. En este sentido hay una mistificación peligrosa que exalta las virtudes de la vida en común como si fuera la panacea universal y social. Esto es compartido, incluso, por muchos terapeutas de pareja los cuales realizan, la más de las veces, extensos tratamientos innecesarios al ubicarse en depositario del yo-ideal.

La pareja es el encuentro con un otro no solo diferente de mí sino, fundamentalmente, de lo que quiero del otro. Pero es precisamente en esa diferencia donde va a aparecer la pasión que, como tal, está compuesta por amores y odios, por dichas y desdichas, por encuentros y desencuentros, por peleas y reconciliaciones. Cuando sólo uno de estos términos predomina, es el aburrimiento de la pareja-pareja, ya sea en la ilusión de la felicidad supuestamente conseguida o en las peleas constantes para que el otro sea a su imagen y semejanza. En la despareja-pareja los conflictos que aparecen pueden ser desatados por la pasión. Pasión por la vida en lucha contra el tedio, el aburrimiento y la desesperanza.

Aceptar una despareja-pareja implica luchar no sólo con nuestros propios padres idealizados sino también con la proyección que de ellos hacen el conjunto social. Aceptar la despareja-pareja es buscar el placer íntimo, propio y particular de cada relación que va en contra de las normas sociales cuyo concepto de felicidad depende de un universal característico impuesto por el poder en cada época histórica.

Es decir, aceptar la despareja-pareja implica -como plantea Spinoza- asociar el amor con la alegría y la potencia de vida.

En este sentido, también nuestra propuesta de reivindicar la despareja como una relación necesaria de la pareja es debido a los grados de libertad que han logrado los hombres y, especialmente, las mujeres. Los condicionamientos sociales sobre la familia, el embarazo, la maternidad, la crianza de los hijos, etc., están desapareciendo gracias a una cultura de mayor respeto por el individuo y los desarrollos científicos y técnicos. Si estos últimos traen problemas éticos, no cabe duda que también plantean, en este período de transición, nuevas formas de relación y tolerancia entre los seres humanos donde el amor y el romanticismo también deben ser posibles. Es evidente que los tenemos que volver a crear sobre nuevas bases.

 
Articulo publicado en
Abril / 2005

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