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Música de fondo. Música para no ser escuchada

 

I

Un viaje en auto en familia. Luego de encender el motor, automáticamente el padre pone música. Después de unas cuadras el hijo pregunta: “Papá, ¿por qué tenemos que viajar siempre con música?”

Hay muchas formas diferentes de escuchar música hoy en día. Se llama “escuchar música” pero engloba situaciones muy distintas. Hasta hace poco más de un siglo sólo podíamos hacerlo estando cerca de quienes la tocaban. La posibilidad de grabar y reproducirla en diferentes dispositivos ha inundado de música nuestra vida cotidiana. Nuestra subjetividad está atiborrada de músicas desde los inicios de la vida. La música llena muchos momentos de nuestro día. Y la mayor parte de ella es música de fondo.

La música de fondo es aquella en la cual el escuchar no es la actividad principal en la cual está ocupada nuestra conciencia. Mientras escribimos, trabajamos, caminamos, manejamos, estudiamos, transitamos, comemos y tantas otras actividades la música es un acompañante impuesto o supuestamente elegido.

Sin embargo, hay situaciones en las cuales la música acompaña situaciones y nunca puede ser considerada como música de fondo: en el baile, en las óperas, en el teatro y en el cine. Allí la música forma parte de un todo donde música, palabras, movimientos y acciones son indisociables, tal como sucede en los primeros momentos de la vida. Nadie podría considerar que la música para bailar es música de fondo, porque el movimiento forma parte de la música y la música parte del movimiento.

Cualquier música puede funcionar como música de fondo y no es un invento de los últimos tiempos fruto de los avances tecnológicos. Allá lejos y hace tiempo, los reyes y la burguesía contrataban orquestas para amenizar sus banquetes y reuniones. Los músicos tocaban mientras la gente conversaba y comía. La música era un fondo “agradable” que jerarquizaba a los participantes de la situación. Los propios músicos trabajaban sometidos a estas reglas de juego. En el pasado los llevaba a convertirse en sirvientes de las clases altas que los contrataban para estos eventos. Aunque con algunas diferencias esta escena puede darse hoy en día. Se los contrata y se los llama “trabajadores independientes”. La canción es la misma. Pero nunca la música de fondo con músicos presentes termina de ser música de fondo. Los cuerpos presentes nunca pueden convertirse en un mero fondo. Para eso será necesaria la separación de los cuerpos y los sonidos.

Lo que multiplicó las posibilidades de la inundación de música de fondo fue la posibilidad de grabación y reproducción de música en cada rincón del mundo. La grabación separó por primera vez la voz humana del cuerpo vivo.[1] Disoció la música de los cuerpos de músicos y oyentes haciendo comunidad en la experiencia particular. En sentido estricto, sólo debiéramos llamar “escuchar música” a la actividad en la cual participamos de una experiencia intersubjetiva corporal. Escuchar música implica un escuchar con el cuerpo en dicha situación. Y lo central de la música de fondo es que es una música para no ser escuchada. Una música que sólo es percibida como meros sonidos o ruidos.

El vertiginoso cambio que produjo la grabación y reproducción tiene mojones que vale la pena recordar. El descubrimiento del fonógrafo de Thomas Edison, el gramófono de Emile Berliner, que permitió comenzar con la fabricación en serie de los discos y de los aparatos reproductores, la reproducción de música por radio primero y televisión después, la invención del disco de vinilo, el cassette, el compact disc, y cada uno de los dispositivos de hoy que incluyen la posibilidad de almacenar y reproducir música.[2] Pero hay un salto cualitativo desde 1979, con la invención del walkman, que fue sustituido por el discman primero y luego con infinidades de reproductores de mp3 bajo el reinado del Ipod y los teléfonos celulares de hoy. Estos, auriculares mediante, permiten llevar música en todos los lugares como parte del propio cuerpo, constituyéndonos en cyborgs.[3] Estos desarrollos multiplicaron las posibilidades de que la música se convirtiera en un fondo de cualquier actividad humana en todo momento.

Estos avances crearon nuevos nichos donde el capitalismo fue desarrollando negocios a lo largo del último siglo. Esto incluye la venta de discos y aparatos reproductores (que convenientemente deben volverse obsoletos para volver a vender la misma música grabada), la posibilidad de pasar música por radio y televisión a todo momento. Y llega hasta los nuevos negocios de hoy: música por internet, reproductores de mp3, tabletas, teléfonos celulares (cada cual con sus propios auriculares), etc. La música misma se convirtió no sólo en mercancía, sino en un buen soporte para vender otras mercancías y hasta como instrumento para poder soportar el trabajo, el cansancio y demás sufrimientos generados por el propio capitalismo.

Un buen ejemplo de esto último es la historia de la empresa Musak. Creada en 1922 para proporcionar música por teléfono, a partir de 1940 desarrolló la venta de música ambiental para nuevos clientes: estadios, parques, salones, cementerios, fábricas, centros de salud, bancos, piscinas, restaurantes y hasta depósitos de basuras. Las músicas utilizadas intentaban difuminar y suavizar tonalidades y volumen según el lugar utilizando temas conocidos. David O’Neill, uno de sus primeros responsables decía: “no vendemos música, vendemos programaciones”. Por ejemplo, para una fábrica o una oficina, “la corriente debe ir contra la curva de fatiga profesional. Cuando el empleado llega por la mañana, está generalmente de buen humor y la música será tranquila. Hacia las diez y media de la mañana empieza a sentirse un poco fatigado, tenso, así que le damos un golpe de fusta con una música apropiada. Hacia la mitad de la tarde es probable que la fatiga se haga sentir de nuevo: nosotros los despertamos una vez más con un aire ritmado, generalmente más rápido que el de la mañana”[4]

Este empleo de la música de fondo, impuesta en la mayoría de los espacios en la actualidad, intenta sonorizarlos para crear un ambiente propicio para soportar el trabajo, largas esperas en transportes o en oficinas, propiciar el consumo en los centros comerciales, supermercados, restaurantes, cafés o cualquier sitio donde pueda venderse algo. Las publicidades mismas intentan tener música de fondo para aumentar sus efectos. Y este empleo de la música se ha multiplicado tanto que es prácticamente es imposible pasar un día de la vida urbana sin música de fondo que inunde parte de nuestra jornada.

Pero, ¿por qué tanta música de fondo?

 

II

La multiplicación de música de fondo lleva a considerar cuál es su funcionalidad en el capitalismo mundializado. Este tiene la virtud de tomar dimensiones de la subjetividad para poder expandirse.

La música de fondo no es nueva en nuestra existencia. Una música que nos acompañe y tranquilice es algo por lo que todos hemos transitado. La inadaptación del cachorro humano entre su organismo y el medio produce un desvalimiento originario que hace necesaria la presencia de un Primer otro, generalmente la madre, para poder soportar la angustia de muerte que esta situación genera. Este es el fundamento de la construcción del espacio-soporte. Este período fusional del bebé con el Primer otro implica la creación de este espacio que permita soportar las fantasías de destrucción y de muerte y permitir el desarrollo de las pulsiones de vida. El espacio-soporte es afectivo, libidinal, imaginario y simbólico y permite la construcción de una subjetividad corporal.[5]

Una de las dimensiones de esta construcción es la dimensión sonora. Si uno observa a una madre con un bebé puede registrar como se produce un encuentro corporal que incluye miradas, gestos, olores, caricias, palabras y cantos. Las palabras y los canturreos están generalmente indiferenciados, basta escuchar como cualquiera le habla a un bebé para percatarse de ello. Y muchas veces estos cantos funcionan como sostén de las diversas situaciones donde el bebé necesita cobijo.

Pero la construcción subjetiva necesita de un tercero que pueda poner los límites. El Primer otro debe aceptar la propia castración para no quedar en una relación fusional con el bebé. Y para poner límites debe poder aceptarlo. Esto conlleva un tercero que posibilite la construcción del espacio-soporte, que es intrasubjetivo, y permite la posibilidad de subjetivación, o sea de la construcción de espacios intersubjetivos. Un buen ejemplo de esto lo encontramos en una escena de la serie Lost. Al encontrarse perdidos en una isla luego de un accidente aéreo, una mujer embarazada sola da a luz a su bebé. Ella intenta sostenerlo como puede con ayuda de otros sobrevivientes. En un momento el bebé llora, llora y llora y ella no puede hacer nada para calmarlo ni calmarse. Lo acuna, le habla y lo lleva de un lado a otro. Pero detecta que cuando escucha la voz grave de un varón el bebé deja de llorar. Cuando él deja de hablar el bebé llora nuevamente. Y ahí detecta que la melodiosa voz grave lo calma. Le pide que siga hablando y se les ocurre que él lea en voz alta una novela que habían encontrado perdida en una valija luego del accidente. La pausada lectura de ese texto calma al bebé y a su madre. Este episodio refleja como el intercambio sonoro es una de las dimensiones de la construcción del espacio-soporte en la cual son necesarios el Primer otro y el tercero.

A lo largo de la vida, las voces y las entonaciones serán más importantes que las palabras mismas en las posibilidades rearmar el espacio-soporte, lo cual es un hecho clínico al trabajar con pacientes graves. En dichas situaciones es central que el terapeuta pueda oficiar de tercero para poder sacar al paciente de su estado fusional, re-creando el espacio-soporte. Más que los contenidos de las intervenciones suele ser más importantes los actos de hablar y de corte para sostener el espacio terapéutico.[6]

Pero la importancia de lo sonoro no sólo atraviesa las patologías. Se ha generalizado la música de fondo en la actualidad. ¿Cuáles  son los fundamentos subjetivos para que consumamos horas y horas de música de fondo? ¿La música de fondo cumple siempre la misma función en todas las situaciones?

 

III

La actualidad de la cultura en el capitalismo tardío es que no genera un espacio-soporte. Esto lleva a la disolución de los lazos sociales. Esto promueve permanentemente el desvalimiento primario al cual se lo intenta suturar fallidamente con un incesante consumo para poder aliviar el vacío y la muerte que esto conlleva.[7] La promoción de la inestabilidad subjetiva debido a la promoción del desvalimiento se ha vuelto crónica más allá de las patologías individuales.[8] Los miedos y la angustia social llevan al proceso de la subjetivación en el consumo, que calma momentáneamente esta situación. Particularmente, la música de fondo puede ejercer diferentes funciones frente a este desvalimiento en que nos sume la actualidad de la cultura.

Desde este punto de vista podemos pensar en tres situaciones distintas de música de fondo:

1- Al servicio de la alienación y la cosificación. De este modo se refuerza un tercero (un shopping, un supermercado, un trabajo, etc.) al servicio de la cultura dominante. La música de fondo es una música “funcional” al sistema, que hace que podamos estar durante un breve lapso consumiendo o trabajando. Al terminar la angustia y el vacío retornan. Pero para ello hay otros terceros, como la televisión o la radio. En muchos casos, prendidas casi permanentemente, funcionan como esta clase de música de fondo.

2- Al servicio del encierro narcisista fusional. En estos casos el tercero es desestimado. La amplia difusión de oír música con auriculares, que hasta se entregan con cualquier celular nuevo, lleva a que se difunda esta modalidad mientras se está realizando cualquier actividad. El camino es elegir el encierro del canturreo que acompaña para soportar el desvalimiento y a la vez aísla de un exterior vivido como agresor. Es como llevar un “Primer otro portátil”, con sólo conectarnos un par de auriculares. Esta sería una de las formas de entender los encierros en casas, computadoras y auriculares: la cada vez más difundida claustrofilia que atraviesa nuestros tiempos.[9] Esta modalidad implica soportar el desvalimiento mediante el encierro especular narcisista. El paradigma de los reproductores es el Ipod. Y tal como lo sugiere Simon Reynolds: “El Ipod es Radio Yo… es fundamentalmente asocial… La I del Ipod se puso por una razón: porque es mi música, no nuestra música.”[10]

3- Sin embargo, la música de fondo puede estar al servicio de procesos de subjetivación de la singularidad en la intersubjetividad. En estos casos es posible re-crear el espacio-soporte dando cuenta de la alteridad del otro, o sea, aceptando un tercero. Ese es el punto en el cual, la música de fondo, los sonidos o el silencio permiten alimentar la creatividad, la subjetivación y los procesos intersubjetivos.

Los mismos músicos tomaron nota de que la música podía ambientar momentos siendo secundaria y creando experiencias particulares y novedosas. Y compusieron específicamente para diversas situaciones. El precursor de componer la denominada musique d’ameublement (música de mobiliario) fue el francés Erik Satie. Su idea era que no debía ser música para escuchar con atención sino fundamentalmente un “fondo sonoro”, decorativo para acompañar situaciones. Estas eran piezas cortas que se debían repetir una y otra vez. Se estrenaron en 1921 en el intermedio de un concierto de cámara. La paradoja fue que el público decidió volver a sus ubicaciones a escuchar las obras mientras Satie les ordenaba que no escuchen y que siguieran hablando y caminando. Con cuerpos presentes de músicos no puede terminar de convertirse en música de fondo como en las dos situaciones descripta anteriormente. Más adelante, John Cage profundizó esta tendencia al intentar componer “una música que formaría parte de los ruidos ambientes, que los tomaría en cuenta. Yo la supongo melodiosa; suavizaría el ruido de los cuchillos y tenedores sin dominarlo, sin imponerse; amoblaría los silencios que pesan a veces entre los comensales.”[11]

También es conocido el caso de escritores, artistas, científicos, etc. que suelen trabajar con una particular y elegida música de fondo, que potencia la propia y singular creatividad. Alessandro Baricco lo ejemplifica de la siguiente manera cuando un escritor contrata a un músico para que cree una sonoridad especial para su lugar de trabajo:

“Jasper Gwyn dijo sencillamente que necesitaba algo para sonorizar su nuevo estudio. Dijo que no era capaz de trabajar en el silencio.

-¿No se te ha ocurrido pensar en unos buenos discos?, preguntó David Barber

-Eso es música. A mí me gustarían sonidos.”[12]

La elección de música, sonidos o silencio de fondo es absolutamente singular. En algunos casos el propio silencio forma parte de las condiciones necesarias para ciertas actividades. La posibilidad de organización del propio espacio de trabajo y el tener ciertos hábitos suelen crear el campo propicio para la actividad de cada cual.[13]

Como vemos, hay mucha música de fondo y también puede tener diferentes funciones. Por un lado, la cultura hegemónica nos elige la música de fondo para producir procesos de subjetivación alienados, tanto en el trabajo como en el consumo. Nosotros podemos elegir bien sea una música de fondo que nos encierre en el propio narcisismo o bien para estimular propios procesos de subjetivación y potencien la intersubjetividad.

Nuestros tiempos tienen mucha música de fondo. El problema sigue siendo poder escuchar.

Unos años después, el hijo comienza a estudiar música. En el auto todos siguen escuchando música. El padre propone juegos con la música que escuchan: adivinar los instrumentos que suenan, sugerir los sentimientos según las tonalidades de las canciones, quien canta. Intercambian impresiones y sensaciones. Simplemente escuchan música juntos.

 

Notas

 

[1] Reynolds, Simon, Retromanía. La adicción del pop al propio pasado, Caja Negra Editora, Bs. As., 2011.

[2] Attali, Jacques, Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música, Siglo Veintiuno Editores, México, 1995

[3] Hazaki, César, “Cine, fast food y celulares”, en Topía Revista Nro. 66, noviembre 2012.

[4] Citado Attali, Jacques, Op. Cit., pág. 166.

[5] Carpintero, Enrique, “El costo de integrarnos. Los procesos actuales de subjetivación”, en Topía Revista Nro. 66, noviembre 2012.

[6] Vainer, Alejandro, “Las intervenciones del analista”, en Topía Nº54, Bs. As., noviembre 2008. También en http://www.topia.com.ar/articulos/las-intervenciones-del-analista

[7] Carpintero, Enrique, Op. Cit. También en “El Grito del silencio”, en esta misma revista.

[8] Sennett, Richard, La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo.  Anagrama, Barcelona, 2000.

[9] Hazaki, César, El cuerpo mediático, Ed. Topía, Bs. As., 2010.

[10] Reynolds, Simon, Op. Cit., págs. 150-1. Aclaración necesaria: La I del Ipod es yo en inglés. Y la reflexión desde también es válida para el Iphone y el Ipad.

[11] Cage, John, Silence, citado por Rey, Anne, Erik Satie, Seuil, París, 1974, pág. 170.

[12] Baricco, Alessandro, Mr. Gwyn, Ed. Anagrama, Bs. As., 2012.

[13] Nachmanovicht, Stephen, Free Play. La improvisación en la vida y en el arte, Ed. Paidós, Bs. As., 2004.

 

 
Articulo publicado en
Abril / 2013

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