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Poéticas del mal olor

 

Vicente Zito Lema publica un poema y cinco obras de teatro que comienza a escribir, rumbo al exilio, en 1976 y concluye en este milenario año 2000. Como no tiene una textura ensayística, que utilizó Cioran, podría ser denominado un Breviario escénico de la Podredumbre. Si fuera un vocabulario idiomático, correspondería en plenitud a aquello que Horacio González ha atribuido a este texto: un Diccionario, el vocabulario de la hediondez.
Casi todas las escenas están plagadas de desparpajo y tramadas de despojo verbal aunque pronto de cierta risa sobreviene el desacomodo y de allí hasta las puertas del malestar; y luego sólo resta un paso hasta lo abominable.
Es curioso que en esos escenarios viscerales o, para ser precisos: intestinales, el autor pida música al lector, sugiere leer alguna de estas obras con la compañía de Bach (en particular las obras para cello que lo acompañaron y sostuvieron mientras las escribía; incluso sugiere una versión de las mismas) porque, en medio del situado clima clásico de lectura aparece el mazazo sincopado puesto en boca de sus personajes, la lengua imprecadora e insultadora que escupe palabras como mandobles léxicos. Propone sin otra escenografía, una atmósfera plagada de contrastes y el contraste mismo se ofrece como plaga, lo humano establecido como una suerte de infección social, esto es, política.
Los textos, los diálogos ofrecen casi siempre un contrapunto entre la elevada música forjada en inspiración mística junto al chirrido abdominal que se profiere desde las aberturas del cuerpo. Son personajes que antaño fueron soñados en vuelos trascendentes pero que de pronto quedan emponzoñados, aureolados, en modos crísticos de institución mundana. Angelitos delirados que descienden a las bajezas de la tierra, criaturas que ostentan descarnadamente, la encarnizada portación de olores celestiales devenidos nauseabundos y que el autor los baja de un cañazo desde sus órbitas sin mácula puestos en palabras no inferidas sino de inmediato proferidas por madres y padres desbocados, sacerdotes y fieles blasfemos, y numerosos personajes femeninos: muchachitas, jefas, loquitas...
Estas obras de crispación piden ser escuchadas y esos trayectos inmundos piden ser oídos pero no nos sugieren solamente una deducción intelectual de lo repulsivo sino que antes se nos arroja sin mediaciones ante ellos. Es decir, estos diálogos investidos de sonoridad exigen también un régimen olfativo porque desde la apariencia de la limpieza es todo lo que huele mal.
Son textos que se disponen, sin vueltas, a tomar al lector por los pelos para hundirlo –ojos, oídos, nariz– o sumergirlo sin otra dilación que la que marca cada uno de los emplazamientos escénicos, en el fétido cubo de realidad excrementicia viviente. Se propone mantenernos con la boca abierta pero no con el asombro del la construcción ficcional sino antes con su lengua sucia, viperina, para que nos traguemos las zonas cloacales de la propia vida. Y, en efecto, no es un teatro que reproduce el realismo de las bofetadas de la vida, se trata de embadurnar el rostro en la fetidez.
Se trata de reencontrar las formas mutiladas de la identidad ya no con los deformados espejos de la realidad sino rompiendo a martillazos ese espejo y haciéndonos comer el vidrio de nuestra racionalidad, de nuestra moralidad doblegada. Y todo aquel lector avisado que nunca lo ingiere se revelará como el mayor y voraz manducador.
De estas cinco obras, tomemos por caso la segunda, Pasados por agua. Las acciones se desarrollan en un pueblo pequeño de no se sabe dónde. Lo que sí se sabe, porque se lo vive a diario, es que llueve. Todo comienza con un viejo y una niña. Acaso los hombros de un abuelo sean el asiento de la ilusión para que, desde allí, la niña –su nieta– pueda ver descender la estrella portadora de luz esperanzada de los sin esperanza. Acaso de esos hombros se pueda llegar a sus manos de trabajo, feas para el abuelo, hermosas para la niña. Pero ese mensaje generacional, que también es el del autor hacia su hija pequeña, no puede ser escuchado en un pueblo donde hace muchos meses lo único que se escucha es el agua que cae, porque llueve continuamente. Un pueblo cuyos moradores –como todo pueblo descarriado y sin rumbo– encuentran como único refugio la iglesia, cuyo sacerdote se dispone a la maniquea interpretación del mensaje de esas aguas. Es Dios quien habla por la lluvia impenitente; su oreja de confesionario permite el voyeurismo, comprueba la fogosidad de los cuerpos y se yergue como buen soldado del altísimo. Porque no puede haber duda humana y pecadora: es él quien envía estas lluvias; está enfurecido ante la carne del pecado, descripta con minucia en el cuchicheo parroquial. Aún más, la diabólica teología del mal no es lo otro de su mensaje sagrado sino un capítulo del mismo. Una glorificación de lo diabólico, como dice González, y con ello el mal adquiere el carácter y la estatura misma de lo sacramental.
Llueve, hace mucho tiempo que no para de llover. El pueblo ya no recuerda el sol, el agua –cuenta uno– ha llegado hasta su cama y debe andar en bote que lo lleva por acaso hasta el lecho de su deseada vecina, “la prójima” que, como muchas otras mujeres arden en el deseo. El monaguillo, denominado Clara, por indicación superior arroja incienso a troche y moche para tornar diestro lo siniestro. Todo queda fundido, confundido entre el fuego de la pasión y el agua del cielo. Por momentos, las palabras se confunden, ya no se sabe de qué se está hablando porque la lluvia puede ser un mensaje ante tanto ardor de fuego. Se troca el calendario y se confunden los tiempos: un joven vendedor de paraguas quiere hacer su agosto pero la niña que reclama ayuda para su abuelo vive, dice el autor, “tiempos de octubre”. Pero los fieles infieles parecen optar por la sumisión y la mansedumbre denominada obscenamente recogimiento, mientras el despótico sacerdote reclama, exige, uno, dos, tres... mil padrenuestros y los obtiene hasta la victoria siempre. La novia vestida de blanco exclama que la única verdad es... su vestido, el mismo que la portará hasta el altar y los ojos escrutadores de Dios. Mientras que Clara, el monaguillo, sigue exclamando “mierda, mierda, pura mierda, arre, arre”. La carne humana constituida en animalidad fecal, la niña se encuentra sola y le parece difícil subirse a su imaginario tren a las estrellas porque, le dicen, “hay lluvia para rato”.
Están pasados por agua y el líquido elemento oscila entre lo bendito y lo maldito, oscilación que pivotea también en otras dos obras: Servidumbres y La Ley del Gallinero, como el péndulo entre la razón y la locura que circula por La historia del Palangana y Locas por Gardel. Hay Bach y también hay tango, hay burdeles y hospicios, olor a incienso aunque con estas obras Zito Lema parece edificar, componer la textura de lo descompuesto: el mal olor.

 

Gregorio Kaminsky
Filósofo
jujak [at] arnet.com.ar
 

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Articulo publicado en
Mayo / 2001

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