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Por Beatriz Perosio: con vida la queremos

 

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández – Elegía a Ramón Sijé

 

 

Hace apenas unos días, el 13 de Octubre (día del Psicólogo), en un sencillo acto, se le puso el nombre de Beatriz Perosio al Centro de Salud Nº 9 de la Ciudad de Buenos Aires, situado en el barrio de la Boca.

Ante un auditorio no tan uniformemente entrado en años como cabría suponer, fueron tomando la palabra distintos funcionarios para auto-ensalzar lo bien que se hacen las cosas. Alcanzaba como prueba el nombre impuesto al Centro en cuestión.

Pero, pese a ello, el único aplauso cerrado y sincero de la mañana se lo ganó Graciela Perosio (hermana de Beatriz, invitada a hablar casi por compromiso) cuando en muy pocas palabras sostuvo que el mejor homenaje hacia los desaparecidos es hacer aparecer y dar nueva vida a sus ideas, aquello por lo que luchaban.

A eso apuesta este texto: a una sencilla presentación de quién era, qué pensaba y qué hacía Beatriz Perosio, la presidente de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA) que desapareció y a quien la mayor parte de los psicólogos de hoy no pudo conocer.

Era una mujer joven, que no había alcanzado a cumplir sus 31 años en el momento que se la llevaron.

De cabello castaño claro y ojos celestes; no muy alta; con un cuerpo trabajado por la práctica deportiva; manera de ser abierta, que inspiraba a la gente simpatía y confianza; inteligencia lúcida; capacidad de trabajo inagotable y una notable fortaleza, que le permitía enfrentar cuanta dificultad se le pusiera por delante.

Como psicóloga, se inició en un colegio de Ascensión (un pequeño pueblo de campo ubicado cerca de Junín). Los directivos se proponían trabajar para una educación “liberadora” en lugar de enciclopedista y autoritaria. Beatriz pasaba allá dos días por semana y cumplía la función de analista institucional. Supervisaba con Ricardo Malfe, de cuyo pensamiento estuvo siempre cerca,

Quedó un registro de ese trabajo en un folleto que presentó en uno de los congresos de la Federación Argentina de Psiquiatras (FAP). En ese texto, comienza analizando la estructura de clases y tenencia de la tierra en la zona, datos de relevancia para comprender la conflictiva que después se abordaba. Esos, y no otros, eran los marcos en que desarrollaba sus prácticas.

En clínica, trabajaba en su consultorio, supervisada por Osvaldo Devries, a quien había elegido después de leer un artículo que publicó en la Revista Argentina de Psicología criticando la presunta neutralidad del analista. Alguna vez se plantearon, junto con otros compañeros, escribir algo sólido acerca de las relaciones entre teoría, técnica e ideología, pero las urgencias de la época se llevaron el proyecto por delante.

Aunque acreditaría un record recorriendo servicios hospitalarios para conocer los problemas de sus prácticas (llegó a visitar 43 en 1974, cuando todavía no estaba en la APBA ) y acercar sus ideas a los compañeros que trabajaban allí, nunca fue concurrente en un hospital. Pensaba que el ámbito de trabajo privilegiado para los psicólogos debían ser las instituciones públicas y por eso hacía centro en los hospitales, aunque sintiera que su propio camino pasaba más por lo educacional. No en vano se la llevaron de un jardín de infantes que había creado.

La movilizaba la idea de construir una “nueva cultura”, definida como la transformación de los instrumentos teóricos y técnicos de cada disciplina para ponerlos al servicio de las luchas populares. Un buen ejemplo es el trabajo de campo que realizó con operarias de Standard Electric que soportaban condiciones laborales represivas, presentado en el viejo local de la FAP en la calle Rincón y publicado en la revista Los Libros en 1973, trabajado como artículo por Hugo Vezzetti.

Participó de la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental (TSM), ámbito en que los distintos roles profesionales (psicólogo, psiquiatra, etc.) eran abarcados por el concepto común de trabajador, teniendo siempre presente nuestra inscripción como TSM en el campo de la salud.

Buena muestra de que para nada consideraba esa inscripción como secundaria es el trabajo firmado en 1973 y publicado en Los Libros, donde analiza críticamente la política de salud pública del gobierno de Campora, manifestada en las distintas versiones del Plan Liotta para llegar a un Sistema Nacional Integrado de Salud. En aquella época no se hablaba abiertamente de desembarazar al Estado del “gasto“ en salud y educación para convertirlas en un objeto de lucro, pero algunas “recomendaciones“ venidas del norte ya lo mencionaban. En este artículo, Beatriz mostraba etapa por etapa las claudicaciones de un plan originalmente compartible y bien intencionado.

En esa misma dirección puede citarse la relación mantenida desde la secretaría gremial de la APBA , con la Federación de Médicos Residentes, que dio lugar a un acto en defensa de la salud pública realizado por las dos entidades junto con la FAP. En ese acto habló en representación de la FAP Sylvia Bermann, a quien Beatriz sentía muchas veces como modelo.

También estaba preocupada por la inscripción del psicólogo en el campo de la cultura. Trabajó activamente en la Coordinadora en defensa de la cultura formada luego del atentado que terminó llevando al exilio a Nacha Guevara. Junto con la APBA participaban la Asociación Argentina de Actores, la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA), la Sociedad Central de Arquitectos, el Sindicato Argentino de Músicos y otras entidades.

La permanente actitud de búsqueda de marcos más abarcativos para el accionar de los psicólogos, tanto en sus prácticas como en las instituciones que los agrupaban, se puso a prueba en 1977 cuando, ya presidiendo la APBA , debió optar por la adherir o no a la Confederación General de Profesionales (CGP). Beatriz veía en esa entidad sectores afines a la intención masserista de construirse una apoyatura política pero, después de discutir el tema con personas en cuyo criterio confiaba, decidió que (pese a sus limitaciones y peligros) era el único marco viable para la APBA en ese momento y, para no dejar aislados a los psicólogos, prefirió pelear desde adentro contra el proyecto de Massera en la organización.

Es importante aclarar que sus esfuerzos por participar en organizaciones más inclusivas no se manifestaron sólo hacia afuera. Fue la primera presidente de la FEPRA , pese a la tradicional reticencia contra el centralismo porteño. Y –aunque puede parecer un hecho anecdótico, no lo es– Beatriz participó en las reuniones donde se constituyeron las dos entidades federativas que tuvimos los psicólogos en el país (FEPRA y la COPRA , su antecesora).

Llegó a la Comisión Directiva de APBA en diciembre de 1974, como secretaria gremial, en una elección realizada a la semana del estallido de una bomba que destrozó una madrugada la puerta y parte de las escaleras del edificio donde funcionaba la Asociación , como “aviso” de que a algunos sectores del poder los TSM no les caíamos del todo simpáticos.

Ya había pasado el período en que los TSM pudimos pensar y trabajar más creativamente. Empezaba el retroceso, el momento en que pasamos, de imaginar y hacer, a tratar de resistir como se pudiera la pérdida de cada palmo del territorio que soñábamos haber conquistado tan poco tiempo antes. Beatriz no desempeñó la secretaría gremial que quería, sino solamente la que pudo, en medio de una retirada general más o menos organizada según los casos.

Accedió a la presidencia en épocas peores (mediados de abril de 1977) con la dictadura militar ya instalada y habiendo realizado fuertes manifestaciones de represión contra la institución. Es decir, llegó dispuesta a resistir, aunque sin conocer la profundidad y alcances del plan criminal que el Proceso estaba desarrollando. Honestos pero ingenuos, creíamos que las bestias podían reconocer algún límite.

De ese período, en el que resistió y argumentó hasta que se la llevaron, son los documentos a partir de los cuales se construye su imagen. Pero siempre se puede encontrar algo nuevo.

 

Hasta aquí, la Beatriz psicóloga. Quiero mostrar también a la Beatriz política, que permanece más desconocida aunque ella nunca ocultó qué pensaba y a qué organización pertenecía.

Venía del cristianismo (al cual en su interior nunca abandonó del todo) y llegó al marxismo. Militaba desde 1972 en un partido de la entonces llamada izquierda revolucionaria, al que pertenecía en el momento de su secuestro. A ambas pertenencias llegó desde su necesidad de hacer con los demás y trabajar para los sectores populares.

No es un dato menor, porque su concepción política no consistía en pasar el mismo “cassette” en todos lados sino en buscar el modo de construir líneas de acción específica en cada sector y cada situación, revisando a la luz de su ideología las teorías y prácticas vigentes, procurando transformarlas y ponerlas al servicio de las necesidades de todos.

Muchos buscábamos lo mismo en esas épocas del freudo-marxismo, cuyo desarrollo cortaron las tres A y la dictadura, dejando un lugar vacante que aún hoy no está ocupado. Pero era visible que el compromiso de Beatriz no pasaba sólo por lo intelectual o profesional, sino que partía de una elección vital profunda. Seguramente, eso hacía que fuera tan creíble para todos.

Beatriz psicóloga, Beatriz política: Beatriz. Una y la misma, que abordaba nuestro campo desde su ideología de vida, pensando desde allí las opciones y posiciones que sostenía.

Trabajaba por los psicólogos, sí. Y tenía claro qué clase de psicólogo quería.

Quería un psicólogo comprometido con las realidades de su tiempo; que trabajara, y en especial en instituciones públicas, buscando salud, educación y cultura para todos; que tuviera una práctica concreta y no sólo teórica en esa búsqueda; que pudiera ser parte de colectivos más incluyentes y que tuviera, sobre todo, la autocrítica y valentía necesarias para revisar permanentemente todas sus verdades.

 

Parece, por lo tanto, inverosímil pensar que una mujer como ella, con su historia y lealtades, estuviera dispuesta a arriesgar la vida por un proyecto de carácter profesionalista, aunque algún escrito de la etapa de resistencia pudiera servir para sugerirlo. ¿Puede suponerse que Beatriz en esa época hablaba libremente y planteaba en público todo lo que pensaba?

En aquellos momentos, en medio del desbande, el exilio de muchos compañeros, la muerte o secuestro de otros y las bandas militares que actuaban impunemente, parecía muy importante sostener las pocas instituciones que habían quedado en pie y volver a reunir, a partir de ellas y desde lo más primario, los compañeros que se habían dispersado. La APBA era una de esas instituciones.

También desde allí era posible ligarse con la gente. Para eso se comenzó a participar en las Ferias del Libro, a partir de la segunda. Beatriz estuvo presente tanto en la concepción de la idea como en su realización.

En el ámbito de la cultura, desde distintos lugares iban apareciendo expresiones e iniciativas que se postulaban como puntos de encuentro. Tal vez pensando que lo peor ya había pasado, algunas personas empezaban a asomar la cabeza para mostrar que se podía tratar de nuclearse y trabajar nuevamente. Beatriz tuvo que ver con el nacimiento de algo de eso.

No estaba despistada. Sabía que se jugaba la vida.

Lo hacía por una concepción del mundo. De la cultura, la salud, la educación. De lo popular.

Y lo hacía desde un lugar que había elegido: la psicología.

¿No habrá llegado el momento de reconocerla en su real forma de vida y su valor para no renunciar, a pesar de todo, a las ideas y prácticas compartidas por tantas personas? Sería bueno desempolvar entre todos el conjunto de sus trabajos, y los de muchos otros TSM, dejar atrás los resabios de la dictadura y poder retomar los proyectos de vida que encerraban.

 

 

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

Miguel Hernández – Elegía a Ramón Sijé

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2005

Boletín Topía