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Las rejas de la exclusión

 
Contratapa de la revista Topía Nº 67, abril, 2013

Las plazas de la ciudad de Buenos Aires se van enrejando. Las rejas comienzan a formar parte de su geografía. Conviene recordar que el enrejado de los paseos y plazas de la Ciudad no es nuevo. Comenzó, en plena época menemista, con el cerco al Rosedal de Palermo. Durante la gestión del Intendente Carlos Grosso los espacios verdes fueron adjudicados a empresas privadas. Con los años estas empresas, que tenían asignada una plaza bajo su responsabilidad, dejaron de aportar para su mantenimiento. La situación de abandono fue aprovechada por la administración macrista para hacer arreglos y poner rejas. Recientemente el gobierno de la ciudad llevo a delante el enrejado del Parque Centenario con la oposición de vecinos y feriantes. Sin embargo, es necesario reconocer que esta política encuentra un consenso en sectores de la población ya que se la entiende como una solución “ante los robos, la prostitución y la presencia de drogadictos e indigentes que duermen en las plazas”. Las rejas representan simbólicamente un límite a un espacio que es vivido como peligroso. Obviamente ninguno de estos problemas se solucionan: quienes se drogan lo hacen en otro lado, aquellos que duermen en la plaza se trasladan, los que comenten delitos se irán a otro lugar. Esta medida desplaza los problemas.

Existe una relación entre la configuración del espacio público y el desarrollo de la vida colectiva. Las relaciones sociales se asientan en el espacio público y, por lo tanto dependen de cómo se configure ya que este alude a que es de uso de todos los ciudadanos. Pero no todos los ciudadanos son iguales. Cada sector social usa el espacio público de diferentes maneras. Los sectores de altos ingresos usan sus jardines y sus casas en el country. Habitan los mejores parques urbanos pues su mundo social esta fuera del barrio. En ellos hay una fuerte oposición a la idea de espacio público para actividades colectivas. Los sectores medios usan el barrio. Los niños, adolescente, adultos y ancianos utilizan las plazas y paseos para actividades recreativas; sus relaciones sociales encuentran en estos espacios un lugar para su desarrollo. Para los sectores de bajos recursos el espacio público es una prolongación de la vida familiar. Sus viviendas avanzan sobre este espacio colectivo debido a las limitaciones del espacio interior. La mayoría de los vínculos sociales se organizan en el barrio y en la plaza pues la comunidad es una estrategia de supervivencia y de protesta.

En este sentido solo los sectores medios y de bajos recursos utilizan el espacio público, aunque de manera diferente. Sin embargo esta cultura urbana compartida por la mayoría de la población esta atravesada por la ruptura del lazo social. De allí que este espacio colectivo, donde las relaciones sociales están atravesadas por la incertidumbre y la angustia social, se encuentra con un objeto privilegiado: el miedo. En la actualidad el miedo invade todas las actividades de la vida cotidiana. El miedo es uno de los mecanismos que el poder usa como control social para imponer una política de los sectores altos que operan económicamente sobre la ciudad: un espacio público para los negocios inmobiliarios, el tránsito y el paseo, ordenado y sin manifestaciones colectivas.

De esta manera las rejas en las plazas representan la respuesta de la derecha liberal hacia los sectores marginados de la sociedad: como no están incluidos en políticas sociales y de salud se los excluye. Esto se corresponde con las políticas sociales del gobierno de la CABA que a veces bordea con lo ridículo. Como el cartel que pregunta “¿Estas en situación de calle? Podemos ayudarte. Escaneá el código de este afiche con tu Smartphone e infórmate donde podes alojarte”.     

Las plazas deben recuperarse como espacios integrados de la comunidad. Desde un enfoque participativo tienen que formar parte de los equipamientos colectivos de la ciudad. Para ello es necesario crear las condiciones para garantizar un escenario de la vida colectiva. Esto implica que el Estado facilite con un presupuesto adecuado a aquellas organizaciones vecinales capaces de contener los diferentes acontecimientos que se producen durante el día y la noche.

En este sentido cada plaza barrial requiere un Centro de Servicios y Atención Psico-Social para apoyar las actividades que se realizan: paseos, tareas recreativas, reuniones grupales y eventos de mucho público. Tiene que contar con servicios sanitarios, iluminación, bebedores, carteles, etc. Cada Centro lo conforman personal para las actividades socio-culturales y un equipo interdisciplinario (psicólogos, psicólogos sociales, asistentes sociales, psicopedagogos, etc.) de atención comunitaria que puedan dar cuenta de la problemática psico-social que aparecen en las plazas.

Si las rejas implican la exclusión, los Centros de Servicios y Atención Psico-Social conllevan a generar espacios participativos de prevención y atención que permitan dar cuenta de las situaciones emergentes de la crisis social.

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Articulo publicado en
Abril / 2013

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