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24 de marzo – Revisión de los efectos en/de nuestra cultura

 

Planteo del problema

Al intentar reflexionar sobre el “24 de marzo” y en lo que nos había pasado en todos estos años, en cuánto habíamos cambiado me surgió la inquietud de explorar en mayor detalle los modos de operación de aquello que J. Puget y L. Wender denominaron transubjetivo y que se superpone parcialmente con lo que la escuela francesa dio en denominar “atravesamiento por la cultura”.
Lo que nos ha estado pasando parece tener alguna relación con estos temas pero no alcanzo a dilucidar bien el mecanismo.
Usar esta experiencia de los últimos 30 ó 40 años tiene la desventaja de ser demasiado cercano como para levantar pasiones.
Sin embargo tiene la ventaja de que muchos lo hemos vivido y que durante este período se habrían producido, a mi criterio, cambios sociales e “ideológicos” lo suficientemente intensos y rápidos como para no pasar desapercibidos.
Lo primero que se me hizo patente fue cuantas formulaciones, evidentemente falsas, habían estado guiando nuestras conductas, aun cuando conscientemente las refutáramos.
Esto denunciaba un tipo de enunciado inconsciente que no había sido adquirido en la temprana infancia, por lo menos para mí y mis colegas cercanos, pero que operaba como estructural.
Lo siguiente fue preguntarme metapsicológicamente que fuerza sostenía esta estructura.

 

Los datos

Como simples ciudadanos
La primera falsedad evidente surgió cuando dije “hace 30 años”. ¡Pero si esto empezó hace 40 años con el golpe de Onganía y Krieger Vasena1! Todos lo sabemos y sin embargo seguimos repitiendo el error.
A partir de allí comenzaron a surgir una serie de afirmaciones que estaban detrás de las conductas sociales más usuales, aunque si nos lo preguntaban lo rechazábamos:
Que es lo mismo fabricar maquinas que fabricar caramelos.
Que es lo mismo producción que servicios.
Que es lo mismo importar que producir siempre que nos produzca beneficios económicos inmediatos y aumente el PBI.
Que es mejor importar siempre que podamos endeudarnos.
Que no importa si nos estamos endeudando que total lo pagaran nuestros hijos y nietos.
Que si crece el PBI, no importa de que manera, eso es bueno aunque no haya producción real, ni distribución de la supuesta riqueza. Es un problema de nuestra ignorancia de las reglas de la economía. Es que no entendemos la contabilidad creativa ni el efecto de “derrame”.
Que si crece el PBI y eso nosotros no lo vemos en nuestra vida cotidiana es por que tenemos una falla en la percepción, no porque alguien se lo está quedando.
Que son más importantes las finanzas que la producción.
Que es más importante el marketing que el producto.
Que es más importante el packaging que el contenido, tanto en los objetos como en las personas.
Que si no tenemos éxito es por nuestra ineptitud personal y es algo que uno mismo tiene que solucionar. No tiene nada que ver el hecho de que la clase media de la Ciudad de Buenos Aires se ha visto reducida del 78% de la población en 1974 al 34% en el 2004. Es otro tema.
Aprendimos sin darnos cuenta:
A no creer en utopías.
A buscar el beneficio a corto plazo pues el largo plazo es dudoso.
A maximizar el beneficio de cualquier inversión sea en tiempo, dinero, afectos o dedicación.
Que el dinero no se hace trabajando.
Que la competencia es buena y que si es desleal es más fácil ganar.
Que las únicas leyes verdaderas son las del mercado y la del más apto, que las demás son una ilusión.
Que la colaboración y el trabajo en equipos es ideal pero siempre que me pueda apropiar del beneficio de todos.
Aprendimos que la causalidad no existe o es por lo menos dudosa. La causalidad indirecta mucho menos. La multicausalidad y multideterminación es un concepto que no puede ser probado, por lo tanto es metafísico.
En base a esto aprendimos a delimitar las responsabilidades claramente, cuantas menos mejor. Si puedo quedarme con los beneficios y atribuirle a los demás las perdidas y la responsabilidad de reparar los daños no previstos, es aún mejor.
Si no puede ser probada una causalidad única y directa no existe, por lo tanto no soy responsable y es simplemente una catástrofe del destino o un ”castigo divino”
Simplificar los problemas para que sean de fácil solución, aunque queden cabos sueltos, y delimitar incumbencias para que las consecuencias no nos afecten.

Sin embargo, con los conocimientos de que disponíamos en los ’60, las consecuencias de estas falacias deberíamos haberlas previsto, por lo menos los psicoanalistas. ¿Que ocurrió?
En principio podría haber sido el miedo:
Miedo a ser detenido.
Miedo la tortura.
Miedo a la muerte.

Esto podría calificarse de traumático, pero habría que limitarlo a aquellos que estuvieron mas cerca de los arrestados, torturados, muertos o desaparecidos. ¿Y todos los demás, que incluso “ni se enteraron”?
Miedo a hablar.
Miedo a pensar.

Aquí ya opera algo entre la amenaza real y/o una sanción social mas o menos encubierta.
Después ya no hubo riesgo real de vida sin embargo siguió operando a través de otros miedos. En ese sentido, este último grupo de miedos ya operaria como un superyo social, incluso por su carácter impersonal. No habría un agente ejecutor de la amenaza de castración o de muerte.
Miedo a ser tildado de idealista, ingenuo.
Miedo a ser obsoleto y quedar excluido de esta sociedad posmoderna.
Miedo a no tener éxito.
Miedo a perder el trabajo.
Miedo a la emigración propia o de nuestros hijos y amigos.
Miedo a dejar de ser “clase media”.
Miedo a tener que dejar de consumir y quedar afuera del sistema.
Miedo a quedar arrumbado entre los desperdicios de esta sociedad.

Hasta aquí lo que probablemente nos estuvo pasando como simples ciudadanos.

Como profesionales de la Salud Mental
Como profesionales de la salud mental específicamente también sufrimos fuertes presiones constantes que produjeron grandes cambios no conscientes.
Tuvimos que hacer cursos acelerados para no quedar como antiguos u obsoletos. En ellos modificamos, frecuentemente sin demasiado sustento conceptual teórico, algunos criterios clínicos:
Primero tuvimos que reconocer que nuestros diagnósticos anteriores estaban equivocados.
Cuando antes diagnosticábamos manía o psicopatía en realidad eran sujetos exitosos, adaptados al mundo actual. ¿Tal vez deberíamos reanalizarnos para reconocer que probablemente los envidiáramos, cuando lo que teníamos que hacer era aprender de ellos?.
Cuando antes evaluábamos a un sujeto que invertía tiempo y esfuerzo en su desarrollo personal, cuidaba el bienestar de los demás como si fuera propio, aceptaba la postergación de sus propios deseos en función de minimizar las consecuencias indeseables para los otros y su medio, no comprendíamos que probablemente dicho sujeto habría sido un melancólico.
Cuando un sujeto deseaba ser querido e incluido y sufría cuando no era tenido en cuenta, cuando esperaba alcanzar un vinculo amoroso de complementariedad donde el sexo era una parte importante pero no la única esencial, cuando intentaba su realización personal sincronizada con la de su pareja, no nos habríamos dado cuenta que dicho sujeto habría estado padeciendo de una patología del narcisismo.
Cuando un sujeto había esperado alcanzar realizaciones en el mundo real basado en su capacidad y valores internos sin desarrollar un marketing adecuado y envolverse en un packaging que denote éxito, no nos habíamos dado cuenta que se trataba de un depresivo que requería medicación.
Tampoco habíamos comprendido que las fobias de la infancia, reforzadas por los miedos que habíamos aprendido a tener por estos años de experiencia, eran simplemente un problema colateral llamado trastorno por pánico que se resuelve con una simple medicación que puede administrar cualquier clínico.
Pretendíamos llevar a las personas a largos tratamientos, con mucho tiempo de elaboración de sus conflictos y revisión de sus fijaciones, en lugar de comprender la eficiencia mayor de tratamientos cortos, que logran una firme estructuración de la identidad, con un útil revestimiento nacisístico y objetivos claros, sin distraerse inútilmente en la consideración de daños colaterales. Esto es mucho más eficiente competitivamente en la actualidad.
En ese sentido, quienes nos enseñaron fueron nuestros colegas los técnicos en informática, en inteligencia artificial. Ellos, cuando se encuentran con un problema de software un poco complicado que les es difícil desentrañar o “que no justifica el esfuerzo”, intentan un parche. Si esto no funciona aducen un problema de hardware (psicofármacos) o directamente sugieren cambiar la computadora. Que las fallas del hardware existen, es cierto. ¿Pero no se están haciendo un poco demasiado frecuentes? ¡Estas maquinas y estos seres humanos que vienen últimamente con tantas fallas de fábrica!

 

Propuesta

Cuando introducimos tantos cambios y tan radicales en nuestros criterios, sin hacer una revisión global debemos suponer que algo está siendo reprimido, transformándose en inconsciente. Si somos coherentes metapsicológicamente hablando, debemos suponer que algo está operando para incrementar nuestro superyo con ciertas reglas no conscientes.
Como psicoanalista me interesa especialmente aquello que es inconsciente o se hace inconsciente. Como metapsicólogo me interesa el mecanismo por el cual algo se hace inconsciente, “se olvida”.
Desde la primera tópica freudiana, para que algo se haga inconsciente, debe operar la represión. Dicha represión puede ser primaria, o secundaria al enlace asociativo con algo primariamente reprimido.
En la segunda tópica la represión depende funcionalmente del Superyo, secundario al sepultamiento del Edipo.
Los psicoanalistas estamos acostumbrados a asociar este tipo de represión que transforma algo “consciente” en “inconsciente” con experiencias infantiles. Esto es cierto probablemente por la intensidad emocional que dichas experiencias tienen para el pequeño psiquismo infantil.
Reservamos habitualmente el término traumático para aquellas experiencias tan intensas que son capaces de producir un efecto similar en cualquier tiempo.
Sin embargo ¿hay algún tipo de fenómenos que, sin ser tan intensos puntualmente, sean capaces de producir inscripciones en el superyo del sujeto adulto? ¿Puede ser tan eficaz como para sostener una represión permanente que incluso modifique y constituya identidad?
Creo que los mensajes repetitivos, sistemáticos a lo largo del tiempo, hechos por múltiples canales son capaces de producir este efecto.
Creo que la configuración de los mensajes para que esto ocurra tienen algo de la descripción del “doble vínculo” que, en su descripción clásica, tiene por características:
1) Un mensaje explícito
2) Un mensaje latente que esta en contradicción con el explícito.
3) Una amenaza latente de riesgo de vida que se realizaría si se denuncia la discordancia entre ambos mensajes.
El hecho de la no-correspondencia entre el mensaje explícito y el latente podría ser reemplazado por la discordancia entre los mensajes explícitos sistemáticos y la percepción de la realidad material.
La amenaza latente puede no estar dirigida al hecho de denunciar la discordancia, pues puede simplemente ser ignorado en medio de la masa abrumadora de mensajes en sentido contrario. Dicha amenaza latente puede estar dirigida a la conducta ajustada a la percepción de la realidad, si esta es diferente del discurso social.
El problema que esto plantearía sería no sólo el costo que para el aparato psíquico tiene la represión, sino también al daño que produciría a una función importante como es el juicio de realidad.

Todos sabemos que para resolver esto lo que se necesita hacer es “hacer consciente lo inconsciente”. Esto, según algunos criterios, solo es posible en la medida en que no se haya hecho estructural, no se haya transformado en identidad.
Para ello tenemos que transformar repetición en recuerdo, siguiendo a Freud.
Sin embargo debemos diferenciar recuerdo, como fase inicial de la elaboración, de lo que es simplemente catarsis.
No es suficiente recordar lo que nos pasó pues ello puede servir como reforzamiento de la amenaza represora.
Es necesario identificar los efectos en el presente, el pasado presentificado, y desmontarlos a partir de cuestionar el sustento de las afirmaciones y aforismos que han quedado instalados como repeticiones, como órdenes poshipnóticas, operando con eficacia en nuestro presente.
Estoy proponiendo que el proceso de elaboración requiere no sólo el recuerdo sino también la revisión los mecanismos inconscientes individuales y sociales por los cuales las amenazas siguen operando en el presente.

 

Pablo Slemenson
Médico Psicoanalista
slemen [at] fibertel.com.ar
Analista didacta de APDEBA
Profesor de Posgrado en psicoanálisis UNLM

 

Notas
1 ¿Tendrá algo que ver con el frigorífico Vasena de la “Semana Trágica”?

 
Articulo publicado en
Julio / 2007

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