Adolescencia en riesgo | Topía

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Adolescencia en riesgo

 
Los Ateneos Psicoanalíticos de Topía

La complejidad del trabajo clínico psicoanalítico con adolescentes se potencia con las situaciones que plantea nuestra sociedad actual. Esto lleva a nuevas presentaciones y formas sintomáticas que tienen al riesgo como constante, y nos exige afinar nuestras herramientas clínicas. Por ello son necesarios debates y polémicas sobre las intervenciones clínicas donde se ponen en juego y se reinventa nuestra praxis. Es por ello que en este espacio trabajamos un caso clínico de una adolescente actual y solicitamos a tres psicoanalistas especialistas en esta temática. El sentido sigue siendo cómo enriquecer los abordajes psicoanalíticos en las encrucijadas que nos plantea la clínica actual.

 

Relato clínico

Los padres de Gabriela llegan a la consulta por su hija de 13 años. Acaba de comenzar las clases de la secundaria en el mismo colegio privado al que concurría en la primaria. Pasó una semana de clase y dice que no quiere ir al colegio, que no se puede integrar con sus compañeros. Sus amigas del año anterior se cambiaron de escuela, ya no están. En ese año pasado había hecho el ingreso a otra escuela, pero había decidido no cambiarse: “Me quiero quedar en el colegio de antes para poder independizarme, salir, ya que queda en el barrio. Para ir al nuevo tendría que viajar”. A los padres les pareció con sentido lo que ella decía y se quedó en el mismo colegio. El padre sostenía: “Yo soy muy parecido a ella, me cuesta integrarme a un grupo nuevo, hablar en público”. La mamá decía: “Está encerrada con nosotros si vamos al country, no se hace amiga de nadie”

El papá es ejecutivo con cargo muy alto en una multinacional, trabajando a disposición entera de la empresa, incluyendo viajes de varios días muy seguidos. Fue hijo único de una familia humilde, trabajó para poder estudiar en la universidad, y dice: “Hasta comprarle dos departamentos a cada uno de mis hijos para el futuro no paro”. La mamá trabajaba pero dejó de hacerlo a pedido del marido para dedicarse a los chicos, dada la gran cantidad de tiempo que el papá permanecía lejos, y dado que él es muy celoso. Gabriela tiene un hermano menor que había recibido tratamiento psicológico a los 6 años, cuatro años antes, ya que hablaba como un bebote.

Cuando Gabriela tenía 8 años el papá hizo un cuadro clínico que duró varios meses. Se le cerraba el estómago por estrés, y el alimento no le pasaba. No dejaba de bajar de peso, ni la sopa le pasaba. No había diagnóstico, y había tenido que dejar de trabajar, temían que se pudiera morir. Cuando empezó a recuperarse, la mamá cayó en un cuadro depresivo que le duró un año.

Gabriela llega a la primera entrevista diciendo que está muy angustiada. “Me siento mal. No encajo con el grupo. Con las otras chicas podía ser yo. Con estas, si hablo lo que ellas hablan, no soy yo. No me pude dar cuenta cómo iba a ser hasta que lo viví. Estos días la pasé destruida, no podía ni comer”. Los papás no valoraban la escuela, nunca se habían animado a cambiarla, y preferían que ahora ella se cambiara.

Al preguntarle qué quisiera hacer responde que no sabe. Le digo que parece que se quiere ir de ese colegio a otro nuevo, pero no se anima. Me responde que es cierto, pero que no le gustan los cambios. “Siento que cambiándome me voy a sentir más sola que lo que me siento ahora”. Le di la indicación de cambiar de escuela, y le dije que yo la iba a ayudar a transitar sus angustias frente a lo que vendría. Aceptó y se alivió mucho.

En la siguiente entrevista llegó sonriente, contando que ya se había cambiado de colegio. Al pedirle que me contara de su familia dice que se pelea mucho con el hermano, y que ella es la más conflictiva. “Yo me veo que tengo carácter. A mi abuela no le grito, pero a mis papás y mi hermano sí. Ahí se desatan las peleas: me descontrolo, me peleo (se ríe). Digo las cosas de mala manera, escupo lo que tengo adentro. En este colegio hay demasiada libertad, a mí me da miedo tanta libertad. Podés tener el pelo como quieras, la ropa que quieras”. “Con la ropa soy muy exigente. No me gusta ni muy suelta ni muy apretada. Suelta no, porque no afina la silueta. Soy flaca, alta, con lindas piernas. ¡Tampoco parecer una ramera!”

T- ¡Qué palabra rara usaste, palabra que usan los grandes!

G- Bueno, prostituta. Mi mamá tiene otro gusto. A ella le gusta que me vista más como ella, o como nena chiquita.

A los pocos días de comenzar las clases el colegio organiza un campamento para que los adolescentes se integren. Gabriela duda, no sabe qué hacer, llega hasta la puerta del colegio pero le pide a la mamá volverse a la casa y no se va al campamento.

“Yo siento que mi mamá no me suelta. No me tiene confianza. Está siempre pegada con plasticola. Se enoja si no le cuento mis cosas. Mi mamá nunca pide perdón y eso me enoja mucho. Siento que mamá está tan metida en todo… Siento que quiero más a mi papá que a mi mamá”.

“Necesito que seamos los tres iguales para que yo no me quede afuera. Siento la necesidad de controlar todo lo que hablan. Si están solos, o comiendo sushi en el living, yo quiero escuchar qué hablan, si están hablando de mí. No puedo irme a dormir a otra casa”

Cuando Gabriela vuelve de la escuela, le pregunta a la mamá qué hizo durante el tiempo en que ella estuvo allí y lee los mensajes de texto de la mamá. “Mi mamá me dice: cosas de adulto, pero después me cuenta todo lo que hizo. Cuando los padres están por irse de viaje por pocos días, si Gabriela dice que se siente mal, la mamá prefiere quedarse, y el papá también prefiere que se quede.  “No me gusta que mi mamá me diga: Si no querés no voy. Me gustaría que me diga que se va igual. Me dicen que se van 4 o 5 días, pero seguro que se van más; después me traen muchos regalos”

De chica, Gabriela se pasaba todas las noches a la cama de los padres y se quedaba allí. Esto sucedió hasta que nació el hermano. Después siguió haciéndolo.

Le propongo comenzar un tratamiento y acordamos hacerlo una vez por semana, además de entrevistas con los padres.

 

Tres meses después de comenzar  el tratamiento, sucede algo que a mí como terapeuta me empieza a inquietar bastante. Gabriela viene muy angustiada diciendo que piensa cosas tristes y llora. A veces no quiere ir al colegio. “Yo me imagino que si yo crezco va a haber un montón de cosas en las que no voy a poder estar con ellos, y no quiero sentir que ellos se van a morir y que hay un montón de cosas en las que no estuve” “Por un lado no me puedo quedar al lado de mis papás porque tengo que hacer mi vida, pero por otro lado no puedo dejarlos. No tengo salida”.

G -Pienso en la muerte… si la vida tiene sentido… Como nos vamos a morir, ¿qué sentido tiene vivir?

T- Tal vez te preguntás acerca de cómo darle sentido a tu propia vida, un sentido que te haga sentir ganas de vivirla; y que sea tu propia vida y no la de tus papás.

Se acuerda que en 6° o 7° se quiso cortar el pezón. “Fue un impulso. Estuve a punto, pero no lo hice. Me sentí muy culpable” Llora mucho. “Yo no me quería lastimar. Ahora, pensando en la muerte, veo que me podría lastimar. También pienso que me podría tirar por el balcón”

Se produce un cambio de clima, me asusto bastante. A la vez me doy cuenta que se anima a confiarme todo esto que evidentemente ya traía bien guardado.

“Cuando le conté esto a mi papá se enojó conmigo. Me dijo: Gabriela, comprate algo así no te sentís mal. Mi papá y mi mamá me compraron mucha ropa en estos días. Cuando yo era chiquita mi papá se peleaba con mi mamá y después me compraba una Barbie; cuando me cambié de colegio también me compraron ropa”

Le digo que seguramente mucho antes, en 4° y 5°, cuando pasó la enfermedad  del papá y la mamá, y aún antes, le pasaban cosas por las que no se sentiría bien. Me dice que sí, y que tiene dolores, como el dolor de panza. Si no se lo cuenta a la mamá se siente culpable. Pero lo del pezón y que se quiere lastimar nunca se lo contó.

“Siempre me ocultaron la muerte. Cuando mi papá estaba enfermo nadie me contó que se podía morir. Cuando mi mamá estaba deprimida nadie me lo mostró. Lo tapaban. Las ganas de lastimarme son para sentir dolor” “Cuando murió mi abuelo no me lo dijeron. Lo vi a papá salir corriendo. Luego lo vi vestido con un chaleco negro que nunca usaba. Yo me di cuenta que pasaba algo y no me lo querían decir. Mi mamá tiene un problema con la muerte. Cuando murieron sus abuelos ella lloró muchísimo. Yo la tenía al lado y le decía: ¡te voy a hacer cartitas con corazones, no llores”!

Aquí se me planteaba la cuestión de si sería necesario incluir una consulta con una psiquiatra para ver si podría beneficiarse también con una medicación, porque estaba muy angustiada. No lo hice. Le indiqué a ella y a los papás que pasaríamos a dos sesiones por semana, incluyendo también entrevistas con ellos más seguidas.

Le dije a Gabriela que seguramente cuando ella era chica y el papá estaba muy enfermo ella habría estado muy asustada pensando que el papá se podría morir, pero no podía contarle esto a nadie porque sentía que no había nadie grande, nadie que le pudiera recibir estas angustias. Ahora que ella y yo estábamos juntas, ella sentía que podía empezar a desplegar todo esto. Pero se le mezclaba con que ella estaba creciendo mucho y tenía ganas de separarse de sus papás, y sentía que alejarse sería como matarlos un poco, y se sentía muy mala por eso.

Se alivió y me dijo que cuando pasaba esto ella sentía que se estaba volviendo loca. Le dije que ahora cuando tiene ganas de cortarse teme que esto sea un indicio de que está loca y que se quiere matar, pero lo que ella necesita es volver a tomar contacto con sus impulsos para sentirlos. Algo que ella había dejado apartado, guardado, porque no había con quién compartirlo.

 

Durante el transcurso de todo esto y posteriormente trabajé en entrevistas con ambos padres, y con cada uno de ellos por separado.

El papá le contaba a Gabriela sus problemas con la mamá, sus peleas. A medida que avanzó el análisis ella empezó a tratar de poner distancia con su papá, cosa que él no aceptaba, y ella empezó a enojarse con él y a descubrir la molestia que le producía, y a no aceptar sus regalos.

En reiteradas entrevistas con el papá hablamos de la importancia de que él tuviera un espacio terapéutico, me pidió una derivación, pero nunca fue. Se mostraba muy molesto y no comprendía que su hija “lo maltratara”.

Su mamá, a partir de las entrevistas, fue alejándose de Gabriela, y respetando más sus necesidades. No obstante, siempre continuó algo de ese enojo que le producía que su hija expresara sufrimientos.

 

El relato clínico surgió a partir del trabajo de casos clínicos del Consejo de Redacción

 

Juan Carlos Volnovich

Psicoanalista

jcvolnovich [at] gmail.com

 

 

Estamos frente a la expectativa confiada en el saber del otro; asistimos a ese momento iniciático, casi mágico, cuando se consuma el pacto, cuando se instala la transferencia recíproca.

Todo empieza ahí y comienza bien: el punto de partida es una pregunta trivial, casi ingenua; pregunta imposible: “¿Vos, que querés hacer?” interrogante freudiano que alude al deseo, qué quiere una mujer, qué quiere una púber de 13 años…alusión freudiana al deseo y, también, evocación leninista: qué hacer, pregunta acerca del actuar, del accionar, del acting out, del pasaje al acto…

Y, después…la intervención audaz y temeraria: señalamiento riesgoso. “Me parece que te querés ir de ese colegio a otro nuevo, pero no te animás”.

¿Qué percepción del dolor psíquico autoriza a la analista a compartir su parecer con una niña a quién recién conoce? ¿Cómo se atreve a sugerirle que cambie de colegio a una desconocida? ¿Qué fantasmas se disparan en esa primera intervención donde la experiencia de la terapeuta se convierte en el fundamento privilegiado para animarse a animarla en el pasaje de lo viejo a lo nuevo? ¿Atreverse allí donde los padres habían retrocedido (nunca se habían animado a cambiarla)?

Esa intervención “Me parece que te querés ir…” inaugura el proceso que será sin dudas un doble proceso: por un lado, la alianza terapéutica que basándose en la confidencialidad permite la instalación de una neurosis de transferencia donde todo pasa sin que pase nada; por el otro, la construcción de una superficie que delimite, que separe a Gabriela de sus padres; a la niña de la púber.

Esa intervención “Me parece que te querés ir…” es una carta de intención en la que la analista se hace eco de su sufrimiento y le anticipa que le brindará su ayuda, que la acompañará en el viaje. Para ir al nuevo tendría que viajar, dice. Para ir a lo nuevo, también. Y, cuando llega, se encuentra con que En este colegio hay demasiada libertad, a mí me da miedo tanta libertad. Podés tener el pelo como quieras, la ropa que quieras. Te dejan hacer lo que querés hacer. Al fin una respuesta al “¿Vos, que querés hacer?” Quiero hacer lo que quiero pero…me da miedo.

Esa intervención nos invita a lo que viene después: una escena en la que hace su aparición protagónica lo inconfesable; lo que nunca fue hablado, aquello que solo es posible enunciarlo ahí, gracias a que el secreto profesional garantiza discreción: me quise cortar el pezón. Fue un impulso. Estuve a punto… pero no lo hice... Ahora, pensando en la muerte… También pienso que me podría tirar por el balcón. Y esa confidencia, la confesión de lo inconfesable, es la que augura que esa superficie que Gabriela comienza a construir, esa intimidad  que se insinúa, esa privacidad esbozada, empieza a reemplazar por la opacidad la transparencia que la caracterizaba y la definía.

Hasta ese momento cuando era una niña estaba en una pecera, pura transparencia ante una mamá que se metía en todo, que la sabía como si la hubiera parido; un papá que no reparaba en contarle sus desavenencias de pareja o de inundarla de regalos. Y esa intrusión era correspondida: ella también se metía en todo, se metía en la cama de los padres, en el celular de la mamá, en la intimidad de los adultos, lo controlaba todo. De ahí que el análisis cumple su función: va generando zonas de opacidad. Algo del pudor, de la discreción, empieza a darle consistencia a esa superficie, a ese borde. Algo del respeto a la intimidad del otro; algo del cuidado de lo propio, de la discriminación de lo que comparto y lo que no comparto; del momento en que lo muestro o de la postergación; de la elección de a quién sí, y a quién no, se pone a funcionar.

Pero esa superficie, ahora más opaca que transparente, es también la superficie que separa a la niña de la púber. Gabriela no cambió de escuela cuando terminó la primaria; decidió no cambiarse y, lo que es peor aún, decidió no cambiar, guiada por esa trampa que le tiende una lógica convencional: para poder independizarme me quedé en la escuela, me quedé en el barrio, me quedé instalada como una niña inocente entre papá y mamá. Así, no hay independencia que valga. Así, triunfa ese mandato que Gabriela le atribuye a la mamá: Mi mamá tiene otro gusto. A ella le gusta que me vista más como ella, o como nena chiquita. Es decir, mi mamá me prefiere infantilizada o maternizada para siempre; nunca sexualizada. No obstante, un abismo la separa de las nuevas compañeras. Podrá ser la misma escuela, podrá ser el mismo barrio, pero las chicas, son otras; son nuevas, púberes como ella, y con ellas si hablo lo que ellas hablan, no soy yo.

Decía que el análisis cumple, así, con la función de acompañarla en ese viaje de lo viejo (la niña) a lo nuevo (la púber); de construir una superficie con zonas de opacidad para reemplazar con luces y sombras ese magma indiscriminado e impúdico de transparencias. Y más aun, no sólo para aprender a guardar lo suyo -el temor que su crecimiento ocasione la muerte de sus seres queridos- sino también para desplegar su propio estilo de vida.

 

Sobre adolescentes, separaciones y cortes

 

Beatriz Janin

Psicoanalista

beatrizjanin [at] yahoo.com

 

Hay una historia vivencial que se reactualiza y se reorganiza en este “barajar y dar de nuevo”, que se da en esta etapa. Un nuevo armado a partir de lo que estaba, que abre posibilidades nuevas.

A la vez, la reestructuración representacional que se da necesariamente frente a las exigencias de las pulsiones y del contexto lleva a posibilidades de desestructuración.

Pienso que el hecho de que los cambios y transformaciones que impone la adolescencia devengan en una fractura interna tendrá relación con el modo en que la organización psíquica se haya producido y cuán preparada esté para soportar los embates internos-externos, pero también con el medio familiar y social en el que se despliegan. Tanto la historia de inscripciones de ese adolescente como las posibilidades que le brinda el contexto actual para metabolizar lo vivenciado serán cruciales para definir lo que ocurra.

Entonces, si siempre hay riesgos, pero no todo adolescente se pone en situación de peligro extremo, ni sucumbe a las nuevas exigencias, ¿cuáles serán los elementos que podrán estar incidiendo en estas diferencias?

En un momento vital en el que uno se supone inmortal y en el que el peligro cobra otra dimensión, en que el ideal es ser héroe, ¿cómo evaluar los riesgos?

¿Cómo transitar una época de la vida en la que tantas sensaciones nuevas se despiertan y tantas historias pasadas se reorganizan en nuevas configuraciones representacionales sin quedar atrapado en los infiernos de la droga, de la psicosis, de la depresión o la anorexia?

A la vez, sabemos que la realidad socio-cultural es determinante en los avatares de la adolescencia, que quizás sea la época de la vida en la que el contexto social tenga más importancia. En un momento en el que se deben ir abandonando los soportes familiares, es el afuera el que debe brindar caminos alternativos, modelos a investir, posibilidades sublimatorias.

Tomaré algunos elementos del material como pretexto para plantear algunas cuestiones más generales sobre los adolescentes. Las dos cuestiones que tomaré, haciendo un recorte arbitrario, son: el tema de la separación y la muerte y el tema de los cortes.

“Me quiero quedar en el colegio de antes para poder independizarme, salir, ya que queda en el barrio. Para ir al nuevo tendría que viajar”. Frase claramente contradictoria: ¿qué es independizarse pero quedarse cerca, en el barrio, no viajar? Gabriela teme salir al mundo y de este modo rechaza por temor una de las tareas de la adolescencia y se queda en el encierro endogámico, en lo cercano, para dar los primeros pasos que evidentemente le resultan difíciles. Si bien este encierro es enloquecedor en toda edad, en la adolescencia toma un cariz particular en tanto el afuera se torna imprescindible para encontrar nuevos modelos identificatorios y para armar nuevos vínculos, nuevas investiduras libidinales y nuevos proyectos.

La dificultad para desprenderse, como para irse de campamento, deja a esta adolescente aferrada a sus padres en un “sin salida”. Le atribuye a la madre la necesidad de encerrarla ¿como modo de ubicar afuera sus propios deseos fusionales? ¿O necesita poner afuera esos deseos para poder renunciar a ellos y comenzar un recorrido de diferenciación y crítica?

El tema del encierro insiste. La madre también está encerrada, entre los celos del marido y las demandas de los hijos ¿Qué modelo de femineidad le da esta mujer a Gabriela? Una mamá que no podría tolerar el crecimiento de su hija…

“Yo me imagino que si yo crezco va a haber un montón de cosas en las que no voy a poder estar con ellos, y no quiero sentir que ellos se van a morir y que hay un montón de cosas en las que no estuve” “Por un lado no me puedo quedar al lado de mis papás porque tengo que hacer mi vida, pero por otro lado no puedo dejarlos. No tengo salida”.

G -Pienso en la muerte… si la vida tiene sentido… Como nos vamos a morir, ¿qué sentido tiene vivir?

Ella necesita suponer que los padres y ella misma son eternos… A la vez, supone que crecer es matarlos, dejarlos abandonados… Pero es claro que la idea de muerte aparece como efecto de la separación. Como separarse se le torna tan difícil, todo intento de autonomía la enfrenta con la posibilidad de que los padres no estén más.

En la adolescencia, la idea de la muerte es fundamental. Y todo adolescente tiene que transitar por el duelo de los padres inmortales. Suponer la muerte de los padres implica pensar que algún día ella se va a tener que hacer cargo de sí misma. Muchos adolescentes desmienten esta posibilidad como modo de no tener que hacerse cargo de su propio futuro.

 

El adolescente se encuentra con un cuerpo indominable (desde sus propias sensaciones y desde la mirada que le devuelven los otros) y debe hacer un duelo por su cuerpo de niño, debe resignar identificaciones, separarse de los padres de la infancia y reconstruir su narcisismo puesto en jaque apelando a nuevos logros. Y al mismo tiempo, las urgencias pulsionales y las exigencias sociales presionan desde un interno-externo que vuelve a confundirse. Así, los requerimientos externos no son vividos como tales, se entremezclan con las pasiones, operando como disparadores de éstas. Y todo requerimiento es vivido como algo a rechazar.

A la vez, hay una reestructuración de los contenidos representacionales del Icc. y del Prcc. y se reorganizan los límites entre ambos sistemas. La reedición del Complejo de Edipo reactualiza los deseos incestuosos. Se instalan las categorías de tiempo y de historia, así como las de cero y nada (que remiten a la representación de la muerte). Hay una construcción de categorías abstractas que incluyen el establecimiento de una ética.

Julia Kristeva habla de una “estructura abierta a lo reprimido”. Pero para que la estructura se abra sin romperse, debe haberse constituido sólidamente. Para que lo reprimido no inunde todo el universo representacional, deben haberse diferenciado claramente, con la entrada a la latencia, los dos sistemas, estabilizándose la represión primaria.

Podemos pensar la adolescencia desde la idea de caos, de indeterminación, de un juego de fuerzas que posibilitará nuevas construcciones, nuevas formas. Reorganización representacional que dará lugar a diferentes posibilidades.

Historia y proyectos, pasado y futuro se entrecruzan en el adolescente. Pero el pasado se le viene encima cuando quiere desembarazarse de él y el futuro aparece lejano e inalcanzable. En el presente, hay sufrimiento, pero también nuevos placeres.

Gabriela se ubica en un “sin salida”. Se supone teniendo que hacer una elección imposible, entre la anulación de su propia vida y la de sus padres. “Salir” es difícil y doloroso, porque implica abandonar a los padres de la infancia y por consiguiente a su propia representación de niña.

Esta adolescente fluctúa: por momentos inviste el mundo del afuera y en otros momentos, hace una retirada en la que arrasa consigo misma. Esta resolución de la crisis tiene sus raíces en una estructuración psíquica incapaz de soportar el caos de pasiones e ideales y en la dificultad para tolerar los deseos de muerte de los padres.

 

Sabemos que algunos adolescentes no pueden vivir las situaciones de pasaje, de transformación y cambio sin que esto implique terremotos insoportables. Terremotos que pueden dejar fracturas que lleva mucho tiempo reconstruir.

Los cortes son marcas que tienen un destinatario, pero ya no hablan de erotismo sino de tranquilidad. ¿Prima el principio de constancia y no hay búsqueda de placer?... ¿Se trata de sentir sensaciones, sentimientos no sentidos? Son signos, señales ¿de qué? ¿De una angustia a la que no puede ponerle palabras? ¿Es como un grito con el que se intenta un llamado a otro, otro que en Gabriela es un presente-ausente, en tanto la madre no tolera la expresión de su sufrimiento y el padre intenta cubrirlo con objetos (“comprate algo”) y la involucra en sus propios conflictos. Como es bastante habitual en estos tiempos, se supone que las separaciones no son dolorosas y las peleas tampoco si se compensan inmediatamente con regalos. Pero en Gabriela insiste una búsqueda y a pesar de los cortes y de sus deseos de huir del conflicto, habla…

Va quedando claro que ella se corta para sentir el dolor. Y parece ser más soportable el dolor físico que el psíquico. Los cortes suelen tener diferentes sentidos, pero algo que es común a todos es que, a diferencia de los tatuajes en que denotan un modo de decir, un simbolismo, en los cortes es un tipo de marca en el cuerpo que puede tener que ver con una especie de sangría o con el intento de registrar un dolor que tapone otros dolores…También es un modo de concretizar un corte que no puede realizar de otro modo: es en el cuerpo mismo como lugar de expresión de sus dolores que algo se separa…

Gabriela está en pleno proceso de transformaciones y me parece importante la decisión de la analista de no medicarla y acompañarla con mayor número de sesiones. Considero que esta apuesta a que el trabajo analítico en transferencia posibilitara modificaciones psíquicas importantes, posibilitó la ampliación de sus posibilidades de simbolizar y de crear, abriendo nuevos recorridos y una separación de los padres que no fuera mortífera.

 

El miedo a lo nuevo

 

Mario Waserman

Psicoanalista

m-waserman [at] fibertel.com.ar

 

 

Sobre la finalidad del análisis de un adolescente

 

Antes de arrancar, o como modo de arrancar este comentario clínico, quiero expresar mi acuerdo con la línea interpretativa que guía el tratamiento de esta adolescente. Su función está inmejorablemente expresada cuando la analista interpreta:”:“Le di la indicación de cambiar de escuela, y le dije que yo la iba a ayudar a transitar sus angustias frente a lo que vendría…” La analista enuncia su función: está allí para ayudar a su paciente a dar un salto a la adolescencia y le dice que va a ser su acompañante, su copiloto, en esta acción arriesgada. Estará presente cuando ella transite ese pasaje estrecho que no se anima a cruzar sola. Al igual que cuando un niño se larga a caminar, es importante que él cuente con unos brazos que lo esperan, con una presencia que lo levante si se derrumba. Si la angustia es excesiva y sobreviene un pánico muy intenso, la retirada se impone temporariamente, y se tendrá que pensar en otro acceso que no excluye el ataque al síntoma a partir de una medicación. Pero esta hipotética medicación solo será efectiva si se asienta sobre un profundo trabajo sobre las angustias subyacentes que sólo lo puede hacer el tratamiento psicoanalítico.

 

El trauma puberal

 

Al igual que Gutton hacemos nuestra la idea de Ferenczi que lo puberal se presenta ante el yo con las características de lo traumático. Sobrepasa al yo y genera a nuestro entender una neurosis evolutiva que es la neurosis normal de la adolescencia con picos de ansiedad, agresión y confusión intensas. En púberes donde la ansiedad es demasiado excesiva y sobreviene una paralización de los procesos de cambio, como en este caso, es necesaria la intervención analítica para llevar la neurosis como disturbio patológico a la neurosis normal. ¿Qué dispara la neurosis normal de la adolescencia?: la dispara el trauma. El yo no puede imaginar las transformaciones corporales que sobrevendrán en la pubertad y asiste a su propia metamorfosis temiendo resultados catastróficos que lo sitúen como un objeto de desecho. Se unen en la pubertad una condena corporal: “debes abandonar el cuerpo de tu infancia” más una condena social: un destierro. “Debes abandonar la escuela de la infancia” como prolegómeno de abandonar, transcurrida la adolescencia, la casa de sus padres. Gabriela duda en iniciar este proceso desde dos puntos de partida: el crecimiento de los pezones, el abandono de la escuela primaria.

 

El lugar imposible

 

Este mandato puberal, biológico y social conduce a un lugar imposible. El mandato se expresa: “debes dejar los lugares de infancia que tanto te ha costado conseguir” y “debes lanzarte a conquistar lugares nuevos” que no son los lugares adultos, sino el de aquellos que no pueden seguir siendo niños… Porque tampoco pueden ubicarse en los lugares de poder que ocupan los adultos. Un lugar delicado que no tiene las ventajas del niño ni las ventajas del adulto. En la adolescencia se debe ocupar un lugar imposible lo mejor que se pueda. Un lugar en el cual los reproches externos “aun te comportas como un niño” son sumamente frecuentes al igual que frecuentes son los reproches que se le hace de querer tomar apresuradamente el poder reservado a los adultos. Se le exige no ser un niño, pero también paradójicamente pedir siempre permiso. Hacer las cosas “sin permiso” es un clásico adolescente.

 

Gabriela y su posición neurótica

 

Gabriela da muestras inequívocas de una posición obsesiva dominada por la ambivalencia. Hace todo el proceso para cambiar de escuela con sus amigas que emprenden el viaje adolescente pero a último momento se retracta. Tiempo después, ya en el colegio nuevo, la escena se repite: a las puertas de un viaje de campamento, huye a punto de subir al ómnibus. “Quiere y no puede”, este es el rasgo que a nuestro entender define como neurosis a la psicopatología de Gabriela. Ansiedades de orden fóbico y dudas obsesivas. Detrás se esconde una honda marca depresiva en relación a una identificación con la madre.

 

Es ella no soy yo

 

Al igual que todo adolescente el flujo proyectivo es de enorme intensidad. Como ella dice, escupe lejos de sí todo lo malo, se lo escupe a la madre; Es la madre la que le impide viajar, la que le impide cambiar de colegio, la que le impide vivir. Si ella se mata, será por culpa de su madre. El análisis la lleva a percibir que es en verdad el padre, con sus confesiones, el que para crecer, debe ser escupido. Es al padre al que debe sacárselo de encima, justo al revés de sus deseos infantiles que eran los de tenerlo para sí. El padre, por su parte, parece querer mantenerla en una estructura simbiótica que él necesita. Recordemos que mientras él dice: “se parece a mí” la madre señala que en el country G. se mantiene encerrada. Ese encierro es en parte producto de un mensaje del padre para su mujer y sus hijas, y para su propio estomago. Es él, y allí tiene su modelo, el que tiene que tener un lugar para volver, donde los suyos lo estén esperando sin moverse.

 

El hermano menor: el bebote

 

Es el hermano menor el portavoz de, o el que denuncia, la estructura familiar. El designado como bebote confirma esa estructura que imagina tener a sus miembros protegidos si los ubica en un lugar de bebé. No se dan cuenta, como muchos padres y adultos, que el lugar del bebé es el más indefenso que existe. Es en los primeros momentos de vida que el sujeto se siente más inerme. Cualquier situación de necesidad lo sobresalta y lo angustia en extremo. Si la madre no acude a su asistencia él no puede valerse por sí mismo y siente  que colapsa. A mi entender, la prolongación del estadio de bebe deja al sujeto inerme, sintiendo que no puede valerse por sí mismo y que no puede diferir ninguna necesidad porque aún no tiene los recursos para enfrentarla. El esclarecimiento de esta concepción universal -de la infancia como paraíso- debe ser trabajada intensamente con los padres porque opera como un obstáculo epistemológico en sus propias mentes y deciden un tipo de crianza que “bebotiza” y por lo tanto deja inerme al yo. Esa inermidad lo paraliza en el momento en que debe salir al mundo y explorarlo. Allí se hace dramática.

 

El no poder cortar y el cortarse

 

El síntoma de Gabriela enuncia los dos extremos del problema: por un lado no puede cortar…con la escuela primaria, con las conversaciones de los padres…etc. y por otro lado desea cortar-se. Como se dice: “cortarse sola”, “hacer la suya”, sobre todo una chica que enaltece demasiado su yo. Es importante que el colapso del padre y seguidamente el de la madre se produzcan en el comienzo de su pubertad, cuando ella debe comenzar a dejarlos. El cierre del estómago revela un estado de tensión extrema con el cual el padre enfrenta las demandas que se le imponen y así lo modeliza para G... Nos parece un síntoma conversivo y no psicosomático, distinción que tiene su importancia en la necesidad de ubicar los antecedentes de la problemática psicopatológica de Gabriela. Sus acciones van a ir más hacia la dramatización que a la actuación. En la misma dirección, la depresión de la madre probablemente esté vinculada con una conexión fóbica con la realidad (deja su trabajo y se queda en su casa) que frecuentemente termina en una depresión, porque la fobia impone una restricción de mundo que deprime. Como la analista lo señala, es en esa etapa en la cual los padres colapsan, que Gabriela desea morir. La vemos como una fantasía que la ayuda a aliviarse imaginando abandonar la escena dolorosa. Fantasear con el suicidio es una ensoñación inevitable, una huída radical del dolor psíquico. Por otro lado, la idea de cortarse el pezón es un fantasma de gran complejidad que Gabriela trae a la escena analítica tardíamente, dandondole el valor de fantasma fundamental porque aúna el sufrimiento con un placer secreto automutilante señalando la construcción de un goce secreto y vengativo. Al igual que la madre atravesará ya en análisis un período depresivo. Es en ese contexto que se percibe que el devenir adolescente transita por un camino donde debe atravesar varios duelos por la pérdida de los beneficios de la infancia. De la intensidad de la fobia a lo nuevo dependerá que ese duelo se haga más fuerte y eternice una infancia ya por siempre insatisfecha. La respuesta al análisis hace pensar que G. sorteará los obstáculos de mejor manera que sus padres que se resisten al análisis.

 

Los objetos acompañantes

 

Siempre hemos enfatizado que el viaje al futuro desconocido lo hace el adolescente acompañado de objetos. Uno de capital importancia es el grupo de pares. En la adolescencia se crea un nosotros entre iguales, que es absolutamente necesario. Necesario como el aire, para hacer del mundo un lugar de aventura y alegría. La falta de ese grupo desola al yo. Es un grupo cruel que se basa en la exclusión del diferente y goza de excluir. Ahora bien, ¿por qué un niño no encuentra un grupo de iguales, su grupo? El análisis de estos niños es difícil. Es dolorosa la no correspondencia con el grupo. Las cosas solo pueden ir bien si hay correspondencia. A veces hay que ayudarlo a no buscar si no son buscados y averiguar que actitudes del paciente hacen que no sea buscado. Como dice Gabriela: “a la relación con un grupo no se la puede basar en no ser yo”. Ella no pudo seguir al grupo de amigas que cambiaba de escuela, es decir, al grupo que afronta el cambio. Se queda atrás. Cuando se da cuenta de su error, cree que en la escuela quedarían “niñas pequeñas” como ella, se enoja y se resiente. Las nuevas de su vieja escuela ya están en la adolescencia y ella no encuentra su yo más que en su infancia. Allí es donde la intervención de la analista, como objeto acompañante que ofrece una base narcisista más sólida se hace necesaria. La ayuda a cambiar de escuela. Pero el yo aun no está preparado y vuelve a defeccionar. Este hecho, el segundo intento fallido, es la que la lleva a la depresión. G. como su madre no puede tampoco salir de su casa y en el deseo de cortarse se condensa su enojo con ella misma por no cortar y el enojo con la madre. Un profundo enojo por no ser como las otras, las que sí pueden. La analista le señala la dificultad de estar en la adolescencia por su uso de términos del lenguaje adulto: Ramera - Prostituta. Puta ni siquiera se puede decir. De eso no se habla. La adolescente debe poder desafiar a su superyó para instalarse en la adolescencia y no adultificarse prematuramente como parece querer hacerlo G. En muchos casos se observa que lo que aleja al sujeto del grupo es una crítica excesiva. Una posición superyoica frente a la diferencia. Si son distintas, si no son como yo, son malas. Hay un largo camino en el análisis de una adolescente para ayudarla a tolerar las diferencias. Que así como ella se arregla como puede, las amigas también. Y quizás ese trabajo la lleve a encontrar lo que llamamos un grupo de iguales, un grupo donde las diferencias permanecen eficazmente alejadas.

 
Articulo publicado en
Noviembre / 2013

Boletín Topía