Adolescencia: Tristeza o Depresión | Topía

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Adolescencia: Tristeza o Depresión

 
Los Ateneos Psicoanalíticos de Topía
Cada Ateneo nos permite profundizar en aquello que denominamos El giro del psicoanálisis. Esto implica una serie de cuestiones a revisar para estar
a la altura de los desafíos que se nos presentan cotidianamente. El psicoanálisis no puede seguir anquilosado con formas de trabajo que no contemplen
las transformaciones en la subjetividad y los nuevos paradigmas de nuestra cultura. Un caso paradigmático de ello es el trabajo con adolescentes en la
actualidad. Por ello presentamos un relato de un trabajo clínico con un adolescente con una sintomatología frecuente. Para el debate convocamos a tres
psicoanalistas para que nos aporten desde distintas perspectivas y permitan enriquecer el trabajo y a cada lector.
 

Recibí el llamado telefónico de Mabel, madre de un adolescente, pidiendo  tratamiento psicoanalítico para su hijo, que tiene muchos problemas. Después de aclarar que el hijo estaba de acuerdo con la consulta decidí citarlo sólo, a una primera entrevista, anunciando que en otro momento entrevistaría a los padres. 

Así llegó Gabriel de 17 años a la primera entrevista. Se presentó con aspecto prolijo y formal. Alto, delgado, algo caído de hombros y tenso al saludar.  Me dio la mano, que percibí sudorosa. Se sentó en actitud cautelosa, reconociendo el ambiente. Sin embargo cuando le pregunté acerca del motivo de consulta, habló fluida y monótonamente:

G-Mi papá dice que a veces me ve triste y sin amigos. Yo le digo que mamá tuvo un problema, y quedé callado y no puedo cambiar desde entonces. Fue un desequilibrio mental hace cinco años. Yo creía que era normal lo que a mi me pasaba.

Fui creciendo con estado de ánimo triste. Cuando estoy triste estoy callado.

T-¿Y en qué pensás cuando estás callado?

G-Me parece que me pregunto por qué estoy triste en ese momento.

En la división me cargaban, me parece. Y este año estoy de nuevo con el mismo grupo.

T -¿Qué es lo que pasó hace cinco años?

G-Lo que tuvo mamá.  Actitudes increíbles,  ponía muchas velas en su pieza, lloraba, gritaba cosas no lógicas, que nos podían herir. Se compró veinte pares de zapatos; papá le tuvo que sacar la tarjeta de crédito.  Estuvo mal durante tres años.  Fue a un psicólogo. Tomó muchas pastillas. Ahora está mejor, estudia primer año de Psicología, pero a veces se queda durante varios días en la cama.

T-¿Y actualmente qué te preocupa a vos?

G-No poder hablar en la escuela, y cuando hay que hacer trabajos en grupo o de a dos, es terrible.  Y al tratar de hablar los latidos del corazón se me ponen fuertes - mientras lo relata lagrimea y se ruboriza-. Prefiero quedarme en mi habitación jugando al ajedrez con la computadora

 

Datos: Gabriel, para el papá es “Lolo”, cursa 5°año de escuela con orientación en Informática. Convive con la madre, Mabel de 40 años, el padre, Roberto de 45años, gerente de empresa y su hermana Mariana de 13 años. Incluye la empleada doméstica de unos 60 años de edad, quien está desde que él era chico. Describe que tiene mejor relación con la madre, y sobre todo con la empleada, que con su papá, hablan poco y con su hermana están peleados. Aclara que con ella compartió la habitación hasta hace dos años.

Otros datos familiares: Mabel tiene un hermano soltero que emigró a Israel a los 17 años, y no volvieron a verse, con esporádica comunicación telefónica.  Sus padres ancianos, son poco afectivos, la madre hipocondríaca, Roberto tiene su padre vivo, la madre falleció hace diez años: y un hermano con familia radicado en Miami hace siete años, con alguna comunicación telefónica.

Comparten un almuerzo semanal padres, hijos y abuelos, descripto como situación triste. Sin embargo para Gabriel su relación con el abuelo paterno es muy cariñosa.

Despertó en mí deseos de ayudarlo,  percibiendo mucha tristeza en Gabriel.

 

Entrevista con los padres (al mes):

Ambos se mostraron atentos y colaboradores con el terapeuta. Sin embargo cuando los invité a hablar de sus preocupaciones, ella se manifestó angustiada y agitada, y él se mantuvo callado e indiferente, apoyándose en un paraguas en posición vertical durante toda la entrevista.

Mabel relató haber tenido depresión grave a los treinta años, cuando los hijos iniciaron la primaria; y recaídas con brotes psicóticos en la época de la iniciación religiosa de ambos hijos, a sus trece años., con los correspondientes festejos “bat” y “bar” del judaísmo. Lo relacionó, con que ella no tuvo dicho festejo en su adolescencia y fue una hija sobreexigida.

Y actualmente está muy preocupada por las dificultades en la socialización de Gabriel, que no evidencie haber tenido relaciones sexuales y al mismo tiempo teme que si llegara a irse en un viaje grupal a Israel, se alejara definitivamente, como lo hizo su hermano.

Percibí intensa angustia en el pedido de tratamiento para su hijo (“y para ella”).

Por el contrario el padre reconoció cambios en Gabriel, de ser un niño alegre pasó a ser un adolescente tristón, pero minimizó su gravedad, y lo vinculó al problema de su esposa. Transmitían una diferencia de opinión cargada de hostilidad.

Roberto acompañó  la indicación de tratamiento, acotando sus dudas acerca de que fuera necesario.

 

Ya planteado un encuadre de dos sesiones por semana, Gabriel pregunta “¿cómo voy a solucionar el no poder hablar en el colegio?”

T- Vamos a tratar de comprender por qué necesitas aislarte de los otros, colegio,  a veces de la familia y de estar con otros jóvenes. Y el camino es estar  acá en tus horarios y decir lo que se te ocurra, así recorreremos un camino entre los dos.

G-¿Y voy a necesitar el chaleco de fuerza?

T-¿De dónde lo conocés?

G-De una película “Atrapados sin salida”, la alquilé por equivocación; buscaba una de espionaje, “Sin salida”, que me habían recomendado. No sabía de qué se trataba.

T-Me estás preguntando si tenés riesgo de volverte loco.

G-Pero no, lo dije en chiste.

Convenimos horarios en un clima de amplia colaboración e interés por parte de Gabriel.

 

Seis meses después, la madre es operada de un tumor de mama, el padre le informa a Gabriel y también a mí telefónicamente. Me aclara que se presume que es un estadío canceroso avanzado.

 

Una vez operada, Gabriel quedó solo con la madre, el padre se ausentó por un rato. Le impresionó ver a la madre con vendajes y sueros. Cuando ella despertó de la anestesia y ante su pregunta, le respondió abruptamente (sin anestesia) que tenía cáncer...

La madre tuvo una evolución muy penosa, quimioterapia mediante, la enfermedad avanzó.

Al mes ella me pidió tener una entrevista de padres conmigo, que fue fundamentalmente un pedido desesperado que yo cuide de su hijo, considerando que el padre (presente) no lo comprende. Fue una verdadera despedida, con mucha angustia.  A los dos meses muere.

Gabriel siempre se sintió muy expuesto a ser el único que acompañaba y cuidaba a su madre, con mucho enojo con su padre.

Gabriel continuó en tratamiento. Periódicamente intentaba entrevistar al padre, quien no encontraba mejores maneras de acercarse al hijo. Siempre cumplía con formalidad con las responsabilidades pero sin cambios en la manera de vincularse con  Gabriel.

 

Dos años después, Gabriel está cursando la carrera de Ciencias de la Comunicación. En esta etapa transcurre la siguiente sesión coincidente con mudanza de consultorio:

 

G- Cambio de consultorio, es por la primavera, está bueno.

Al final le hablé a mi papá, no fue tan difícil. Le dije que no tenía muchas ganas del viaje familiar a Israel, porque supe que es todo con guía; además mi hermana me contó que ella iba a estar allá con mis tíos, mi papá no estaba enterado.  Al final cada uno queremos algo diferente.

Papá se puso un poco triste, pero bueno, yo quiero hacer otra cosa. ¿Viajar en familia?, pero si mi hermana se queda con mis tíos, ¡¡yo tener que recorrer solo con mi papá no quiero!!

Mi papá va a ir pronto a un viaje de solos y solas, está bien.

T-Parece que se trata de qué va a hacer cada uno con su soledad

G-No, yo no me siento solo, me gusta estar libre, hacer lo que quiero.  Mi papá tiene cincuenta años,  es lógico que busque pareja.  Pero yo no….ya hice la experiencia y no.  Casi todos los chicos dicen lo mismo, perdés la libertad……algún día.

T-Te planteás que la relación de pareja es sinónimo de quedar atrapado, y te da miedo.

G-Por lo menos por ahora.

 

Mario Waserman

Psicoanalista

m-waserman [at] fibertel.com.ar

 

Quisiera destacar algunos puntos sobresalientes de esta viñeta clínica, que pueden tener  aplicación en  la clínica psicoanalítica en términos más generales:

 

1) Lo conmovedor y su lugar en la clínica: Quién avance en la lectura de la viñeta clínica se encontrará, si su sensibilidad se lo posibilita, con un momento de conmoción. La conmoción es aquí: conmovedora.  No hay forma en la cual el lector pueda evitar ese accidente emocional que lo conmueve en un pasaje de la lectura. Me refiero, ya lo adivinan, al momento en que el analista, fino por demás en todas sus observaciones, nos relata la última entrevista de la madre de Gabriel, entrevista en la cual el analista percibe, que la madre, que se está despidiendo le deja un mensaje, una tarea, un anhelo; de que él cuide por el futuro de este muchacho. ¿Qué lugar ocupa este episodio en la cura? No lo sabemos. Pero nos trae a primer plano discusiones muy importantes para nuestra tarea clínica. Una se refiere a la pregunta clásica: ¿hasta dónde se tiene que involucrar el analista en el trabajo con su paciente? Durante décadas se insistió en que hay un riesgo en el vínculo. El paciente puede hacer que nos involucremos con el caso de modo tal que nos compromete en un exceso de conflictividad que perturba nuestra vida. Por otro lado, durante esas mismas décadas el cientificismo se pregonó en el medio analítico bajo la forma de que la práctica analítica no tiene nada que ver con la curación. En esos tiempos se lo enseñaba así, y aun hoy es una postura sostenida por muchos analistas, que no ven en la  clínica más que una investigación analítica pura donde el objetivo de la cura no debe jugar ningún rol. Esta segunda postura es la que este caso nos insta a revisar. Conocemos el peligro del “furor curandis” que ya Freud había detectado como un obstáculo en el trabajo analítico… “yo lo analizo él se cura”… Es aceptable como defensa ante el furor curandis que sin duda, puede entorpecer la escucha y el trabajo. Surgió un antídoto: “el furor no curandis” para  tomar ese lugar vacío que dejó el interés por curar. Este aspecto de la viñeta me ha hecho atreverme a espiar una posibilidad. Y es que detrás de cada demanda analítica hay alguien que nos delega una preocupación por el futuro de ese sujeto que nos consulta. No me estoy refiriendo al propio sujeto sino a otro que está detrás (sujeto supuesto detrás-SSD) y que alguna vez lo amó. Me parece que este momento conmovedor de este análisis no debe caer en un vacío. Nos insta a preguntarnos: ¿quién es o quiénes son el o los SSD? o ¿quién lo amó? ¿Quién pensó en su vida? Gabriel, llamativamente brutal con la madre cuando le revela el cáncer abruptamente, como si se enojara con ella por haberse enfermado, encuentra en su analista, quiéralo él o no, un espacio de resguardo, una continuidad con lo que había encontrado en ella, a pesar de sus momentos psicóticos, y quizás lo encontraba por ese amor que ella manifiesta en la última entrevista donde es capaz de pensar en la vida de su hijo más allá de su vida misma.

 

2) El setting que cojea: De entrada este análisis presenta una cojera clásica que es muy frecuente en el análisis de niños y de adolescentes. La madre está fervientemente a favor de su inserción y desarrollo y ella misma estudia para analista. El padre en cambio se muestra opaco y reticente. Deja hacer, pero con una crítica reservada. Esto implica que el análisis no se establece como una mesa estable, padres, paciente y analista, sino como una mesa inestable donde se junta el analista con uno de los progenitores mientras que el otro saca el apoyo que estabilizaría el sistema. El padre se apoya él mismo en su paraguas y lo retira como plataforma para su hijo. Sería como decir: ese bastón yo no lo entrego. Estos análisis se mueven, pero se mueven cojeando y el analista así como su paciente y el padre sostén llevan una carga adicional que irrita a todos. No es que el analista pueda ser un espectador de esta realidad donde la ambivalencia se representa, sino que su deseo de llevar el tratamiento adelante hace que lo sufra en exceso. Gajes del oficio. Técnicamente se realizan maniobras para traer el elemento que falta a la estabilidad, ya que  su exclusión lo pone en un ataque constante desde afuera al tratamiento para que el que finalmente se quede afuera sea el analista. Esa construcción que el analista persigue se suele mostrar endeble frente al que soporta la resistencia. En la resolución del tratamiento Gabriel prefiere andar solo que mal acompañado, como si retratara en espejo esa falta de acompañamiento que mostró su marcha.

 

3) Estar de acuerdo o la fortaleza del yo: En la investigación inicial el analista se entera de que el paciente está de acuerdo en venir. Estar de acuerdo significa mucho y motiva la apuesta del analista de verlo a él solo. Llama la atención la lucha que el yo establece con la fobia. Gabriel que padece justamente de una poderosa fobia a hablar se anima a venir a habla a la sesión. Lo hace como puede, sudorosa y monótonamente, pero lo hace. Nos resulta importante situar a la fuerza del yo en el análisis y en la vida del sujeto. Nos está mostrando que podrá enfrentar los embates del superyó inconciente que lucha tortuosamente con su deseo inconciente. Gabriel interviene frente a esas instancias Así como pudo también, de alguna manera, intervenir frente a su tristeza. Es importante en esas apreciaciones medir la fuerza del yo, su terquedad en resolver sus batallas. En la vida de un adolescente eso decidirá la fuerza de su empeño en la cura.

 

4) El chaleco de fuerza: Es de una belleza clínica toda la secuencia del chaleco de fuerza que me parece central en esta patología. Gabriel, como le interpreta su analista y como es frecuente en la adolescencia, teme volverse loco. En la neurosis normal de la adolescencia ni la identidad sexual, ni la cordura están seguras. Se pasa por incertidumbres, por locuras que se pueden quedar o se pueden ir como llegaron. La “locura” de Gabriel tomó la forma de quedarse “demasiado callado”. Tomó la forma de no poder emitir ninguna palabra. El chaleco que se puso a sí mismo le clausuró hasta la boca como el vendaje con el cual se cubre una momia. Al verse en espejo en la película pensó que podía pasar  que el analista le pusiera un chaleco de fuerza, lo que, como hubiese dicho Winnicott, ya había pasado en su vida, producto de todo aquello que en su medio familiar no se podía decir: no se podía abrir la boca. El análisis encuentra su tarea justamente en sacarle el chaleco de fuerza que traía puesto.

 

6) La fecha de comienzo: Gabriel anuda su encierro con la internación de su madre, es su madre la que hubo que poner bajo un chaleco de fuerza impidiéndole usar su tarjeta de crédito con la cual podía hacer locuras. El se la puso a sí mismo también. ¿En qué momento? Aquél en la cual su madre enloquece. Pero también, en el momento del inicio de su adolescencia. Laufer señaló con acierto la posibilidad de un break-down en el comienzo de la pubertad cuando el sujeto no puede enfrentar el incremento de la pulsión y el destierro de la niñez. Su tristeza no es solo tristeza es silencio de la pulsión que no puede decirse.

 

7) De la tristeza: No es posible imaginar un niño alegre en esa familia. Todo su comportamiento es una muestra de una familia que no sabe ser alegre. Tampoco es posible imaginar un niño no aislado en una familia que se destaca por el aislamiento de sus miembros. Las reuniones son un bodrio, tan aburridas que Gabriel no imagina un viaje con ellos. Cada vez que un miembro se aleja en el espacio, migra, desaparece todo contacto. Gabriel se hizo a sí mismo desaparecer por un tiempo. Se trató de una retirada estratégica  esperando el momento en el pudiera volver a salir. Un break-down reversible, porque el yo se mantuvo suficientemente fuerte para aparecer en la superficie en el momento oportuno. Gabriel, como la cigarra se ocultó en la tierra, se enterró, pero no estaba muerto.

 

8) De la condena de explorar al deseo de explorar: Gabriel no pudo recoger el reto al que todo adolescente se ve llamado: “Debes explorar el mundo”. Se trata de un destierro evolutivo que no pudo enfrentar a sus doce años. La apatía recubría una fuerte fobia. En su silencio y su tristeza el miedo se notaba menos. Pero hay que leer este relato de análisis para ver como esa condena se transforma finalmente en un deseo de explorar, de tomar el mundo para sí, de no someterse al paseo dirigido por la familia sino a encontrar su propia aventura en un mundo que se ofrece para gozar de él.

 

Roxana González Salaberry

Psicóloga

rgonzalezsalaberry [at] yahoo.com.ar

 

 

“…un niño que ya haya salido de la infancia: hombre todavía inacabado que desea tímidamente y aisladamente dar lo antes posible su primer paso en la vida”.

Fedor Dostoievski

 

Al leer el título “Adolescencia: tristeza o depresión” me llamó la atención la oposición entre ambos  términos: me preguntaba si se pueden oponer tristeza y depresión, siendo la primera una de las manifestaciones de la segunda...

Según el diccionario de la Real Academia Española, tristeza es un término derivado de triste, que significa “afligido, apesadumbrado. De carácter o genio melancólico. Que denota pesadumbre o melancolía”.

Para el psicoanálisis la tristeza es un afecto, de los más primarios, que surge ante situaciones dolorosas, enojosas, o penosas. Es el dolor psíquico que desencadenan situaciones que tienen determinada significación para el sujeto. Y por sobre todo, la tristeza es la manifestación más frecuente del duelo, siendo éste el difícil proceso que realiza el yo de una manera conciente e inconciente ante la pérdida de objetos libidinales.

Según dice Freud en “Duelo y Melancolía” (1915), “El duelo es, por regla general, la reacción frente a la perdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.”, y  distingue allí el duelo de lo que podríamos llamar una depresión.

El duelo es un proceso normal que será  superado con el tiempo, y es inoportuno y hasta dañino perturbarlo. En su presentación clínica se parece a la depresión/melancolía, pero falta en él la disminución del sentimiento de estima de sí mismo y el autorreproche que caracterizan a la depresión. Estas características  se deben a que ante la pérdida del objeto libidinal, el yo reacciona identificándose con él, interiorizándolo como si fuera él mismo, y es esta parte del yo la depositaria de  toda la hostilidad y la humillación que otrora se dirigía al objeto amado.

 

El pasaje de la niñez a la adolescencia se caracteriza, entre otras cosas,  por los distintos duelos que el sujeto debe realizar: por el cuerpo infantil, la omnipotencia, la bisexualidad, por los padres idealizados de la infancia, los vínculos de dependencia, sus identificaciones primitivas.

Al romperse la estructura infantil, el yo del adolescente pierde el control y se le hace difícil acomodarse ante la crisis con sus procesos defensivos normales, con los que se venía manejando hasta entonces (Fernández Moujan, 1986).

Surge así la tendencia al aislamiento, a encerrarse, a la inhibición, la morosidad, el aburrimiento y monotonía. En este periodo el yo está muy propenso a hacer depresiones transitorias ante cualquier circunstancia, debido a frustraciones que podrían parecernos triviales, irrelevantes a los ojos de los adultos, dado que se encuentra en una etapa de extremo narcisismo y gran deterioro de la autoestima; es que la diferencia entre lo que es y lo que quiere ser le trae perjuicio en la estima de sí. Aunque esto no siempre es vivido con grandes montos de angustia, empobrecimiento y desvalorización de sí mismo, que serian indicadores de una patología depresiva.

Arieti y Bemporad (1981) refieren a esta labilidad emocional como el rasgo que refleja la “remodelación” de la estructura psíquica del individuo, que debe romper lazos con el pasado para forjar una nueva imagen de sí mismo.

El gran trabajo psíquico que se le impone al adolescente se diferencia del duelo común en que las pérdidas a afrontar son múltiples, variadas y simultáneas, frecuentemente con alteración de la estima de sí mismo. Pero a diferencia de la depresión en el adulto o de la depresión patológica, el adolescente normal dispone y moviliza grandes cantidades de energía para la realización de un proceso que tarde o temprano llegara a su fin (Braconnier, 1986).

¿Cómo pensar el caso de Gabriel? ¿Es que se encuentra transitando sus duelos o es un caso de depresión?

El ha sido un niño feliz, alegre, según su padre, hasta la llegada de la pubertad, que coincide con serios problemas sufridos por su madre, y que implicaron una ruptura en la organización familiar que existía hasta ese entonces.

Uno de los mayores desafíos que se le plantean al adolescente, es el de abandonar su dependencia respecto del ambiente familiar, que funciona como el continente que le sostiene y ayuda a elaborar el caos interno. Gabriel debía romper sus lazos de dependencia en un contexto caótico, de enfermedad, vulnerabilidad, y poca solidez para ayudarlo a tolerar esos cambios. Los padres no están ajenos a estos procesos: ellos también deben aceptar el crecimiento, y la independencia de los hijos, y generalmente lo hacen con angustia, atemorizados y reviviendo sus propias situaciones de separación.

Según Arminda Aberastury “el adolescente es muy vulnerable y es un receptáculo propicio para hacerse cargo de los conflictos de los demás y asumir los aspectos más enfermos del medio en que actúa”.

Algo de esto podemos ver en Gabriel, que aparece en la escena familiar de ese momento identificado como “el que tiene problemas”. Su madre tenía especial dificultad para aceptar el crecimiento- separación de sus hijos; pareciera que ante cada hito, cada nuevo escalón hacia su posible independencia, Mabel se desestabiliza y no logra elaborarlo. Por ejemplo, cuando Gabriel ingresa a la escuela primaria, ella entra en depresión; nuevamente a  los trece, con el Bar-Bat Mitzvá (ritual del judaísmo mediante el cual se celebra el ingreso del joven en el mundo adulto), brote psicótico seguido de depresión; o como al momento de la consulta, cuando está por finalizar la secundaria, y hace este pedido desesperado de ayuda para el hijo (y también para ella). A los diecisiete años existe el peligro de que un viaje de estudios a Israel lo aleje para siempre de ella, como pasó con su hermano que a esa misma edad  se fue para no volver junto a sus padres.

 

Gabriel quedo callado. No puede hablar frente a sus pares. Prefiere encerrarse.

Hace un síntoma de características fóbicas, dada  la ansiedad, su actitud huidiza, taquicardia, sudor, encierro, que lo deja aislado de sus pares, sin posibilidad de lograr a través del encuentro con ellos, la salida a la exogamia, quizás la tarea más importante que debe realizar un sujeto en esta etapa de la vida. 

Fernández Moujan dice que “Las fallas en el pensamiento y en la vida grupal con otros adolescentes, son motivos frecuentes del fracaso en la elaboración del duelo, que hace posible la emergencia de depresiones, histerias, tendencia a la actuación y otras conductas regresivas durante este período.”

La identificación, según Freud, “es la forma más originaria de ligazón afectiva con un objeto, la identificación remplaza a la elección de objeto; la elección de objeto ha regresado hasta la identificación”, y esto es mediante introyección del objeto en el yo. El yo se rehúsa a abandonar sus objetos, y resuelve mediante la identificación con ellos, tomando al objeto amado como modelo, constituyéndose a su semejanza.

Podemos analizar el síntoma de Gabriel a partir de su nexo con una serie de identificaciones:

-  al padre, que suele permanecer callado e indiferente en relación al problema del hijo, a quien no se acerca, con quien no se comunica.

- y por sobre todo a la madre, ya que Gabriel hace propios los deseos y los temores de ella: se pregunta si se va a volver loco, siendo ella la que enloquece cada vez que se recrea la situación de separación-individuación.

- a su vez, identificado al deseo de una madre que quisiera mantenerlo pequeño y a su lado, se dificulta su salida de la endogamia. 

Tal es así que ante la preocupación de su padre por lo que le pasa, él contesta “lo que le pasó a mama hace cinco años…”.

La tristeza de Gabriel no solo parte de los duelos propios de la adolescencia y su dificultad para hacer lazo con sus pares; también podemos ligarla a la identificación con una madre depresiva, y al dolor que emerge ante un cuadro desolador: ya que si él crece, su madre padece. Situación difícil, paradojal, trampa, que él actúa encerrándose en su pieza a  jugar ajedrez,  tal vez buscando la estrategia que lo ayude a encontrar la solución  a esta situación, en la que por momentos se siente “atrapado sin salida”.

H. Bleichmar considera la depresión como una reacción frente a la estructura del deseo, que es vivido como irrealizable: ya nada motoriza a seguir adelante, hay un estancamiento del deseo. Teniendo en cuenta esta consideración, podríamos decir que Gabriel está triste -no deprimido- y se muestra dispuesto a intentar, con la ayuda de un proceso terapéutico, la salida de la encrucijada.

Lamentablemente, cuando empieza el trabajo que lo conduzca a separarse de esta madre idealizada de la infancia, se produce una pérdida del objeto real.

 

Parece que transcurrido cierto tiempo de trabajo analítico, él logra relacionarse con sus pares. Puede individualizarse como miembro de la familia y aceptar a cada uno en su modo de sobrellevar la soledad. Pero ¿por qué parece buscar excusas para no viajar a Israel? ¿Será que no puede desprenderse del deseo de una madre que temía perderlo si él lo hacía? Si bien tiene amigos, evita vincularse emocionalmente con otra persona, tal vez ante el temor de repetir esa relación con la madre en la cual se sentía privado de libertad…

Quedará pendiente entonces, la posibilidad de abandonar los vínculos incestuosos para investir un objeto exogámico, el deseo de constituir finalmente una pareja estable, como uno de los logros del final de la adolescencia.

Y quedará pendiente también la posibilidad de realizar ya sea un viaje o cualquier proyecto propio sin sentirse por ello culpable.

 

Bibliografía

 

Aberastury, Arminda y Knobel, Mauricio, La adolescencia normal, Paidós, 1993.

Arieti, S. y Bemporad, J., Psicoterapia de la depresión, Paidós, 1981.

Braconnier, A., Manual de psicopatología del adolescente, Masson, Méjico, 1986.

Bleichmar, Hugo, La depresión: un estudio psicoanalítico, Nueva Vision. 1978.

Fernández Moujan, Octavio, Abordaje teórico y clínico del adolescente, Nueva Visión, 1986.

Freud, Sigmund, “Duelo y Melancolía”, (1915), en Obras Completas, Amorrortu Editores.

Freud, Sigmund, “Psicología de las masas y análisis del yo”, (1921), en Obras Completas, Amorrortu Editores.

 

Adriana Noemí Franco

Psicoanalista de Niños y Adolescentes

adrifranco_2004 yahoo.com.ar

 

Lucas, el amigo de Socorro, la púber de la tira de Rep es un ejemplo “bien gráfico”, de un adolescentes dark o gótico, por la visión oscura, negativa de la vida, del mundo. ¿Deprimido? ¿Triste? ¿Sin ilusiones? ¿Sin deseos de vivir o con terrible miedo a hacerlo? La no comprensión por parte de los adultos de su estar de duelo y el placer por mostrarlo, e insistir con que a esa edad la vida es rosa, intensifican la necesidad de vestirse y pintarse de negro y ver la realidad con lentes también negros.

Si el negro dura un tiempo, si muda de plumajes, como diría O. Mannoni, en su texto aún vigente Crisis de la Adolescencia, a otros colores, si circula por distintos ropajes, identificaciones, experiencias, no estaríamos autorizados a pensar en patologías.

Los niños metamorfoseándose en púberes y luego en adolescentes atraviesan momentos de angustia, tristeza, euforia, irritabilidad, mirada trágica de la vida, referencias al dolor y a la muerte. Incomodidad y extrañeza frente a la transformación que la pubertad imprime a su cuerpo devenido en un cuerpo extraño en el que tienen que reconocerse, aceptarse, hacerse “amigo”, y lo logran a través de identificarse con el par, grupo de pares, amiga/os íntimos.

Duelos ¿por qué? Por dos asesinatos simbólicos, nos aporta Winnicott, por el niño que fueron y por los padres maravillosos de la infancia. Padres que deben estar “bien vivos” para poder confrontar con ellos, para poder asesinarlos simbólicamente y que no desfallezcan en la realidad.

Gabriel ubica como el momento inicial de su tristeza los 12 años, cuando su madre tiene un brote psicótico. Justo en el momento del bar mitzvá.

La religión judía sigue conservando este rito de iniciación religiosa, de pasaje, de la niñez a la adultez, en la actualidad de la niñez a la adolescencia. 

Este pasaje en verdad es simbólico, porque en realidad se trata de un proceso que exige varios trabajos psíquicos. Implica transitar por un espacio, espacio transicional con el grupo, y esto necesita de un tiempo.

Uno de esos trabajos es precisamente realizar el pasaje de lo familiar a lo extrafamiliar. Ello implica abandonar a ese niño maravilloso, el niño que respondía al proyecto identificatorio construido por sus padres, confrontar con los ideales familiares, dejarlos caer e identificarse con los pares y referentes externos no familiares.

Muchas fantasías de muerte en la adolescencia temprana están vinculadas al deseo ambivalente de matar al niño que no pueden dejar de ser, o desembarazarse de lo que les incomoda de su cuerpo púber, de esas sensaciones extrañas que el estallido hormonal genera tanto en el cuerpo como en los estados de ánimo de los púberes.

Además de los mencionados, otros psicoanalistas como: Gutton, Jammet, Waserman, Rodulfo, entre otros, desde posiciones teóricas diversas y utilizando diferentes analogías hacen referencia a la necesidad de bajar a los padres de la posición de ideal. Conceptos como el de asesinatos simbólicos, obsolecencia, desfamiliarización describen estos trabajos psíquicos.

Si bien en las entrevistas los padres de Gabriel dicen que la madre tuvo una depresión muy severa los 30 años cuando sus hijos ingresaron a la escuela primaria y un brote psicótico en el momento del Bar o Bat Mitzvá, por los años a que hacen mención, esto solo sucedió cuando Gabriel realizó estos cambios cualitativos de pasaje de infancia a niñez, de niñez a la adolescencia. Por lo que considero que es el crecimiento y desprendimiento de este primer hijo y varón que se liga a las crisis depresivas y psicóticas de la madre.

Es precisamente en ese momento de pasaje que la madre tiene un brote. Evidentemente no se puede confrontar con alguien tan frágil, tan vulnerable narcisísticamente, por lo que pareciera que Gabriel transforma esa agresividad, necesaria y saludable para la confrontación en tristeza. El padre por otro lado parece también borrarse, mantenerse a distancia, no involucrarse con el hijo.

La culpa por crecer y generar esta fractura subjetiva en la madre inhibe el trabajo puberal de inscripción y apropiación de una sexualidad genital de la que no puede hacer “uso”, inaugurar, disfrutar. No se constituye la categoría de “nosotros” referida a su grupo de pares. La enfermedad de la madre, ligada a conflictos no resueltos de su propia historia o quizás transgeneracionales, deviene en obturación de la adolescencia del hijo e inhibición de las pulsiones sexuales y agresivas.

La tristeza no es un dolor físico, sino psíquico. La enfermedad o muerte de un ser querido, una separación o el fracaso en un objetivo son circunstancias que a cualquier persona le suelen causar tristeza. Ante una situación desafortunada cada subjetividad puede reaccionar diferente de acuerdo a una multiplicidad de factores de su historia, personales, constitutivos, convirtiendo la tristeza en otros sentimientos (rabia o ansiedad, por ejemplo) o simplemente tomando al estado de tristeza o angustia como “filosofía de vida”, una visión pesimista y oscura de la vida que convierte a cualquier nueva situación de dolor en algo mucho más tolerable para él.

Sin embargo, la depresión es generalmente desencadenada por una situación de tristeza o angustia, pero este estado de baja autoestima y desesperanza es mucho más prolongado. Pueden manifestarse como sensación permanente o habitual de desamparo, inhibición o agitación psicomotriz; trastorno del ritmo del sueño: insomnio o hipersomnia, autorreproches, autocrítica excesiva y sentimientos de culpa, sentimiento de inferioridad; visión pesimista de la vida, del futuro y de las propias posibilidades de logros o transformación.

Tristezas, inhibiciones, conductas fobígenas, como decíamos pueden formar parte de los procesos y trabajos puberales y de adolescencia. No son patológicas en la medida que son transitorios. Son estados generados por los duelos exigidos; por la vacilación frente a lo nuevo y desconocido de la sexualidad puberal, por la vergüenza que generan las fantasías sexuales y las prácticas masturbatorias. En la medida que son habladas, compartidas con por lo menos un amigo íntimo, escritas en diarios íntimos o letras de poemas o canciones, van superándose y permitiendo tener experiencias adolescentes.

Estas emociones y conductas constituyen síntomas de depresión en Gabriel en la medida que se transforman en la única manifestación afectiva, que lo acompaña durante todos esos años y que sólo con la intervención y acompañamiento de un terapeuta puede superar.

Puede enojarse con el padre por no ocuparse de sostener sus funciones como padre y acompañando a su mujer durante su convalecencia y muerte.

Es en el espacio de su análisis que puede sostener su deseo sin culpabilizarse y proyectarse esperanzadamente en un futuro cuando dice “mi padre tiene 50, es lógico que busque pareja, Yo no… Todos los chicos dicen lo mismo, perdés la libertad… algún día... Por ahora no”.

Se identifica con sus pares. No se siente culpable por asumir su propio deseo de no ir al mismo viaje del padre. Pensar en su propio viaje. Parece que pudo comenzar a transitar los trabajos de adolescencia.

Parafraseando al poeta y haciendo alusión a su comentario respecto al cambio de consultorio, podríamos agregar que el gris y el negro, del desolado y frio invierno se poblaron de colores cálidos: “Nadie se puede matar en primavera”.

 

 
Articulo publicado en
Agosto / 2012

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