Para el discurso de la biología, la sexualidad se entiende en términos de corte (sexo) y funcionalidad. El sexo se constituye a partir de una diferencia anatómica, mientras que la respuesta sexual es la función susceptible de alterarse. Desde un enfoque crítico, podemos objetar que no es necesario que se altere una función corporal para que exista un malestar. A su vez, la concepción organicista de la sexualidad no queda excluida de otras formas de producción de sentido que impactan en nuestros cuerpos. Hoy las prácticas sexuales se encuentran atravesadas y mediadas por la lógica del rendimiento o la performance sexual y los imperativos de goce de discursos contemporáneos que entretejen y funcionan por medio de las llamadas redes "sociales". Parecería ser que todo hay que mostrarlo en su máxima expresión de funcionalidad. El sujeto tiende a ser reducido a un usuario o creador de contenido de su propio exceso de rendimiento. Esas son las reglas del juego: el que no se exhibe queda afuera. En estos términos, el erotismo ya no pertenece al ámbito privado bajo las coordenadas de la era digital. Estamos obligados a publicar o hacer público todo lo que nos pasa para evitar posiciones subalternas al discurso dominante de exhibición y rendimiento. Si algo falla, el problema es del sujeto, nunca del contexto. Ese parece ser el mensaje bastante explícito en la mayoría de los casos.
Cuando falla la respuesta sexual, es el paciente el que debe buscar tratamiento. Lo que no suele debatirse es que la sexualidad no puede reducirse al individualismo porque siempre se desarrolla en un contexto relacional y mediado por prácticas culturales.
Cuando falla la respuesta sexual, es el paciente el que debe buscar tratamiento. Lo que no suele debatirse es que la sexualidad no puede reducirse al individualismo porque siempre se desarrolla en un contexto relacional y mediado por prácticas culturales. Aunque la autonomía es fundamental y el acto sexual implica un componente individual, eso no significa que se ubique en el margen de las mediaciones culturales.
El psicoanálisis nos recuerda que la relación sexual no se reduce al acto sexual, sino que abarca las prácticas sociales que siempre involucran algo del deseo y de nuestra subjetividad, particularmente, del afecto en sus distintas formas. Muchas de las exhibiciones que llamamos contenidos, en el ámbito de las redes, se encuentran mediadas por una construcción de la sexualidad exaltada y pormenorizada, ya que el contenido se presenta cosificado y al servicio de la mirada del otro. El mandato es que hay que mostrar algo más y parece que nos gratifica más esa exhibición compulsiva que conectar con el placer del momento. Como si esto fuera poco, hay un elemento de dependencia en esa práctica. Las tecnologías digitales constantemente invitan al usuario a capturar el momento para no perderlo. Sin embargo, ninguna captura logra retener aquello que estructuralmente se encuentra perdido. En consecuencia, cuando no se alcanza el objetivo, las redes tienden desconectar y a causar frustración. Así es como se presenta el malestar de la cultura digital que toca lo más profundo de nuestra privacidad: la intimidad y el erotismo.
Lacan (2022), en su última enseñanza, dijo que no hay relación sexual. Ese concepto es más profundo de lo que parece. Lo que hay son formas de gozar que son particulares de cada sujeto. No hay simetría en la sexualidad. Ni lo hétero ni lo homo pueden complementarse en forma absoluta. A partir de esta idea es que podemos pensar que un encuentro sexual no deja de ser un encuentro relacional en el que se gana un disfrute incompleto. Un encuentro que siempre involucra algo del desencuentro. En la cultura digital, hace tiempo que parece que ese encuentro pasó a ser una performance, no en los términos de Butler (2018) de una copia sin original, sino como un acto sometido a evaluación que, si no se ejecuta correctamente, hasta podría ser penalizado. La sexualidad pasó a formar parte de un nuevo sistema de control basado en reglas de rendimiento.
No puede haber incertidumbre y el mandato más que producir placer, demanda gozar. El problema es que el goce siempre pide más y no resulta posible encontrar un freno. La sexualidad, como la vivimos hoy, en parámetros de rendimiento, función o disfunción, constituye un síntoma del malestar social.
No puede haber incertidumbre y el mandato más que producir placer, demanda gozar. El problema es que el goce siempre pide más y no resulta posible encontrar un freno. La sexualidad, como la vivimos hoy, en parámetros de rendimiento, función o disfunción, constituye un síntoma del malestar social.
Las imágenes que nos presenta la cultura digital nos suelen mostrar cuerpos perfectos. Es evidente que el estándar que la cultura espectacular de las redes busca producir la exaltación de los sentidos en el consumidor. Filtros y voluptuosidad por doquier van conformando una hiperrealidad pornográfica que impacta en el campo visual del usuario. La diferencia entre lo real y lo irreal ya no está del todo clara porque tampoco se logra distinguir lo real de la realidad misma. Aquello que parece perfecto en la imagen es una simulación de lo real (Baudrillard, 2025a). Lo que muestra el contenido de las redes sociales es una edición de la realidad. Se construye una nueva realidad hiperreal, al detalle y perfeccionista. Esa hipersexualidad en abundancia se habita al servicio del Otro digitalizado. Un Otro que parece estar completo y que se presenta como omnipresente y digitalizado para imponer una demanda de goce diseminada en apps y algoritmos -mediante códigos semióticos implícitos- que nos dicen cómo vivir la sexualidad.
En la proliferación de los códigos semióticos digitalizados coexisten múltiples discursos que asientan las bases de las mediaciones en las prácticas sexuales: el discurso del rendimiento, el discurso del consumo y el discurso del goce infinito, entre otros. La digitalización de las prácticas sexuales solo muestra, en forma simulada, aquello implícito que no se quiere mostrar: la sexualidad reducida a un signo u objeto de consumo (Baudrillard, 2025b). Esto no quiere decir que ya no exista la comunicación como tal, las redes sociales producen una forma de comunicación instrumental, aparentemente repleta de contenido, pero efímero y vacío (Lipovetsky, 1996, 2000). Las tecnologías mediáticas producen formas de relaciones humanas. El medio es el fin y el mensaje porque opera como modelo de control y forma de las relaciones humanas (McLuhan, 1996). Lo paradójico es que la exposición en las redes no es sólo una exposición voluntaria, sino la hiperexposición que oculta en un modo muy instrumental la confrontación con la falta. Es muy poco o casi nulo lo que se presenta como transparente en los contenidos.
La censura ya no pasa por censurar las prácticas sexuales como pasaba en tiempos de la confesión (Foucault, 2008), sino que hoy la censura es más bien la no sexualidad (Baudrillard, 2025b). Lo que sugiere pensar la censura como oposición y no como aquello que es objeto de censura. El sistema excluye a quien no responde la demanda del imperativo. Se ofrece aquello que parece cubrir la falta, un objeto contingente o servicio que encarna el propio sujeto. El algoritmo está diseñado y calculado para el consumo cuya operación también lleva al usuario a posicionarse como objeto de consumo en apps como Instagram o TikTok. De este modo -inconscientemente- el usuario trata de armar la escena para intentar apropiarse de una parte de ese excedente de placer. (1)
La censura ya no pasa por censurar las prácticas sexuales como pasaba en tiempos de la confesión (Foucault, 2008), sino que hoy la censura es más bien la no sexualidad (Baudrillard, 2025b). Lo que sugiere pensar la censura como oposición y no como aquello que es objeto de censura.
Ya no basta con vivir. Se exige constantemente que las personas produzcan una verdad sobre sí mismas: un imperativo de identidad. Esas etiquetas funcionan dentro del mismo dispositivo de producción de sentido (Foucault, 1990), nunca por fuera. El problema es que la subjetividad no es estática. Tampoco es completa y no se puede condensar en una etiqueta. A veces, en la clínica, los pacientes le demandan al analista una respuesta acerca de su identidad. ¿Qué o quién soy? Suele ser esa pregunta que no deja de evocar el che vuoi (¿qué quieres?) del grafo del deseo de Lacan. Justamente el deseo del analista sería analizar esa etiqueta, no cristalizarla. Para el discurso de la medicina que patologiza y tiende producir inflación diagnóstica, el problema de la identidad no es menor. El sujeto está obligado a elegir una posición en una serie de posibilidades que lo alienan cada vez más. Si algo sale mal, el problema es del sujeto. Se produce así una marginalidad a través del propio discurso de la salud mental. Parecería que el problema siempre lo tiene el sujeto. No es el entorno. No es el sistema que se manifiesta totalmente hostil y violento. Las marquesinas de ansiedad y TDAH, entre otras, que se observan en los medios de transporte, también transmiten un slogan mediado por las lógicas del consumo: "el problema es tuyo, pedí ayuda". Lo que queda fuera de la interrogación y la implicancia en el relato es el contexto que produce el problema. Si no se interrogan las mediaciones implícitas en el sistema de consumo no hay emancipación posible ni confrontación con el deseo.
Para el mercado del sexo no es un misterio que la captura del deseo es posible. La vida sexual se vuelve información visual lista para el consumo masivo. Se produce un objeto estandarizado en serie que fácilmente se puede clasificar, exhibir y consumir. Es apto para todo público. A su vez, se empaqueta y comunica como objeto aparentemente libre de mediaciones. Así, el deseo del consumidor queda atrapado en una metonimia constante pero nunca llega a atravesar lo que llamamos el velo o el fantasma. El objeto de consumo nunca va a cubrir completamente la falta. La falta es estructural y no está en nosotros tampoco, no es el sujeto quien carece de algo, sino que la falta en el Otro. Al hablar siempre queda un excedente, un resto que es innombrable. Se nos hace creer que podemos absorber ese excedente. Sin embargo, para vivir una sexualidad agradable, placentera y gozosa no basta con eso. Por el contrario, se requiere reescribirla y reinventarla día a día. El encuentro erótico no se agota en el consumo ni en el placer absoluto que propone el imperativo de goce contemporáneo. La lógica de la sexualidad del sujeto en falta requiere la presencia de un otro que se ubique en la misma posición subjetiva, es decir, desde el lugar del ser-en-falta. La promesa de completar al otro o del ser-completo, es un ideal que desmiente la falta y que provoca angustia tarde o temprano.
Lo que promueven los distintos discursos que fluyen a través de las redes es una ilusión de unidad o integridad. Lo que termina ocurriendo es que el usuario realmente cree que puede encontrar su unidad inmerso en la cultura digital. La alienación, que es estructural y efecto del lenguaje, cada vez queda más ignorada mientras que el imperio de la imagen produce una falsa promesa de integridad. Lacan (2022) explicaba en el Seminario 20: el Uno existe, pero no es, mientras que el ser del Otro se encuentra conformado por los semblantes que bordean su vacío.
Hace tiempo que las prácticas sociales se encuentran mediadas por lo espectacular de la imagen (Debord, 2012). La praxis de la vida cotidiana ya se encuentra previamente mediada y comparada con lo espectacular. No conocemos otra cosa que no sea lo espectacular, lo simulado o lo hiperreal. Ya no existe la realidad como tal porque aquello que llamamos lo real obtura la realidad por medio de una construcción imaginaria ya digitalizada. En ese sentido, el cuerpo termina mercantilizado o prostituido a cambio de una promesa de integridad en una cultura digital que nos preexiste.
El usuario opera bajo una lógica de mecanización. Se crea un contenido y se lo "sube" a la app. Desde el momento en que se compartió, ese contenido ya es antiguo porque inmediatamente habrá que subir otro. Lo que persigue el algoritmo es que el usuario siga gozando infinitamente. Es el goce al servicio de una demanda que produce este Otro digital. Si lo que se busca es la gratificación o "la identidad", pues nunca está ahí. La sexualidad tampoco, está en todas partes menos donde nos confronta con el semejante. Hay un efecto de consunción. Entendemos por este concepto la acción y efecto de consumir o consumirse. En ese consumo del sexo, ya sea para adquirirlo u ofrecerlo como servicio, lo que se evade es la confrontación de la no relación sexual. Es que el encuentro sexual nunca es perfecto y conlleva compromiso y dolor. Tener relaciones sexuales con otro es interrogar la falta y posicionarse desde el lugar del sujeto deseante.
Las redes sociales no son sociales en el sentido literal del término. Por el contrario, alejan y producen contextos alternos que son invisibilizados con propósito. Así como la inteligencia artificial no es inteligencia, pero sí es programación y delegación cognitiva (Entel, 2025). De un modo implícito, el panóptico sigue operando y va adoptando diferentes formas que llegan a ser casi imperceptibles. Se perpetúa la falsa percepción de la elección cuando lo que no está permitido es no elegir. Hoy el control mutó y opera a través de la vida digitalizada, hiperexpuesta y simulada. Las relaciones de sumisión que establecen los dispositivos de poder (Foucault, 2008) siguen oficiando en forma de códigos y demandas de empoderamiento. Se trata de un empoderamiento ciertamente falso también. Algunos logran alcanzar los objetivos de la demanda, pero otros quedan marginados. La ilusión de inclusión que promueven las redes es engañosa. El usuario cree que encuentra algo de su identidad cada vez que alimenta el ecosistema digital. En paralelo, el mundo digital que opera como un imaginario infinito es un gran fantasma al servicio del consumo. En consecuencia, el cuerpo sigue mercantilizado, fetichizado, pero el sujeto digitalizado sigue tratando de capturar lo perdido respondiendo a esa demanda infinita de imagen o de goce. Algunos psicoanalistas sugieren que la época actual es la del Otro que no existe (Greiser, 2017). Sin embargo, el Otro -lugar del lenguaje y alteridad radical de todo ser hablante- nunca deja de existir, sino que se presenta desde lógicas distintas. La falta estructural permanece y subyace como resto cada vez que se intenta capturar la sexualidad. La era digital es un período en el que no se prohíbe el goce, sino que se lo exige.
El cuerpo se sexualiza a través de mediaciones preconfiguradas para construir un objeto apto para el consumo. Así se presenta la fórmula de la sexuación digitalizada en la cual queda atrapado el cuerpo. De este modo, tiende a no hacer lazo con el semejante o bien, el lazo que construye es superfluo e imaginario.
El cuerpo se sexualiza a través de mediaciones preconfiguradas para construir un objeto apto para el consumo. Así se presenta la fórmula de la sexuación digitalizada en la cual queda atrapado el cuerpo. De este modo, tiende a no hacer lazo con el semejante o bien, el lazo que construye es superfluo e imaginario.
El imaginario colectivo es la misma sociedad de consumo y su sistema de signos. Se intenta construir la imagen perfecta que sirve de velo de la falta. En la carrera contra exhibirse como objeto erotizado subyace el deseo, fractura de lo sexual. Un erotismo suturado, desbordado de goce antes que muerto. Si muere, no rinde ¿Será este uno de los tantos ocasos de la sexualidad? Quizás sea posible recuperar algo del valor relacional de la vida sexual que tanto nos hemos ocupado por sofocar al no interrogarla. Las relaciones humanas no se reducen al vínculo social y se habitan en la mediación con el Otro y los discursos circundantes de la cultura. En definitiva, confrontarse con el deseo es cuestionar la ilusión de capturar el resto al servicio de la mercantilización del cuerpo. ◼
Referencias bibliográficas
Baudrillard, J. (2025a). Cultura y simulacro. Barcelona: Kairós.
Baudrillard, J. (2025b). La sociedad de consumo: Sus mitos, sus estructuras. Madrid: Siglo XXI.
Butler, J. (2018). El género en disputa. Barcelona: Paidós.
Debord, G. (2012). La sociedad del espectáculo. Argentina: La Marca Editora.
Entel, A. (2025). Diccionario de comunicación. Información, tecnologías, periodismo. Argentina: Aidos Editores.
Lipovetsky, G. (1996). El imperio de lo efímero. Barcelona: Anagrama.
Lipovetsky, G. (2000). La era del vacío. Barcelona: Anagrama.
Foucault, M. (1990). Tecnologías del Yo. España: Paidós.
Foucault, M. (2008). Historia de la sexualidad. Buenos Aires: Siglo XXI.
Greiser, I. (2017). Sexualidades y legalidades. Psicoanálisis y derecho. Buenos Aires: Paidós.
Lacan, J. (2022). El Seminario Libro 20. Buenos Aires: Paidós.
McLuhan, M. (1996). Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano. España: Paidós.
1. Ver Cordes, P. (2026) La perversión digital: redes sociales, mediaciones y tecno subjetivación: https://www.elsigma.com/subjetividad-y-medios/la-perversion-digital-redes-sociales-mediaciones-y-tecno-subjetivacion/14733
Lic. Pablo Cordes
Psicoanalista y sexólogo