Cuerpos Capitales | Topía

Top Menu

Cuerpos Capitales

 
Del cuerpo como capital generador de plusvalía, al control de la subjetividad

Inmigración

Muchos de nosotros somos hijos o nietos de inmigrantes, gente trabajadora que llegó al país escapando de persecusiones o guerras a partir de fines del siglo XIX y principios del siglo XX. Quienes se establecieron en el campo, generalmente formaron familias con muchos hijos. La prole numerosa era un activo importante para trabajar, con tareas diferenciadas a partir del sexo y la edad. Un importante potencial de trabajo físico en las tareas rurales, donde los cuerpos eran un capital significativo, que convenía producir (procrear) y mantener (alimentar) para aumentar la producción y las ganancias. La posibilidad de incrementar el patrimonio estaba en relación a la cantidad de hijos, a la cantidad de cuerpos que pudieran realizar y multiplicar las tareas laborales y las necesarias para sostenerlas. Digo las necesarias para sostenerlas porque la vida en función del trabajo implica que mantener los cuerpos, alimentarlos, es una tarea estratégica en función del trabajo. No estamos hablando aquí de gusto, ocio o creatividad, ya que este plus será decodificado en este momento histórico como una anomalía, como sucesos extraños aislados producidos por personas que se resisten a cumplir su destino familiar y social de construcción de ciudadanía a partir del trabajo.

La vocación se expresaba por esas épocas, donde los pueblos y las urbes comenzaban a crecer, con la carrera militar o policial para los hombres, lo que aseguraba el sustento a cuenta del Estado, o el magisterio para las mujeres, adoctrinadas para ser “segundas mamás” de estas proles numerosas y muchas veces guachas (sin padres). También existía una opción para ambos sexos, pero separados, por supuesto. Me refiero a la carrera eclesiástica: monjas y curas en sus respectivos conventos, donde recibían techo, comida y educación a cuenta de la Iglesia. Aún en estas circunstancias más “intelectuales”, en países nuevos como Argentina, con poblaciones reducidas por el genocidio de los Pueblos Originarios, cada cuerpo contaba como un capital capaz de generar plusvalía a partir de su trabajo y, en el caso de quienes pasaban directamente a la órbita del estado o de la Iglesia, este capital también sumaba número para sus tareas específicas, agrandando, además, la institución de pertenencia, como una forma de ocupar territorio propio en un país despoblado.

Quienes se establecieron en el campo, generalmente formaron familias con muchos hijos. La prole numerosa era un activo importante para trabajar

En el caso de las maestras, la cosa se fue complicando porque su propia misión de educar y aprender para educar, y el contacto con las problemáticas de los niños y las familias (tanto rurales como del pueblo), fueron creando una conciencia subjetiva que comenzó a cambiar el destino del cuerpo como capital, para empezar a pensar. Pensar trajo otras posibilidades, entre ellas la multiplicación de la vocación docente. Comenzó a emerger la posibilidad de un capital intelectual, hasta ese momento sólo reservado a los ricos.

Cuerpos votantes

No todos los inmigrantes tuvieron la posibilidad de recibir apoyo de instituciones de beneficencia de su comunidad, o de traer ahorros para arrendar o comprar tierras. Muchos de ellos, junto a una gran cantidad de criollos autóctonos aún despatriados, se transformaron en la mano de obra casi esclava de los grandes latifundistas de la oligarquía nacional, que se habían repartido las tierras arrebatadas a los indios, no solamente en la pampa húmeda con “la Campaña del Desierto”, sino también en el Chaco, la Mesopotamia, la Patagonia y el Norte Argentino. Un enorme capital de cuerpos trabajando en el campo y en la selva para generar ganancias que no llegaban a beneficiarlos, sino que aumentaban el poder de sus explotadores. Cuerpos-capitales que la patronal descuidaba aportando lo mínimo para su manutención, porque de todos modos alentaba su multiplicación por medio del hacinamiento, la ignorancia y la promiscuidad producto de la pobreza, contando siempre con mano de obra disponible. Lo que en el inmigrante cuentapropista era trabajo de toda la familia, con un capital de cuerpos que aportaban a la ganancia familiar, en los latifundios era explotación de hombres, mujeres y niños, quienes eran exprimidos en su humanidad para ser reducidos a mera fuerza de trabajo físico, sin posibilidad de desarrollo humano, ya desde su más temprana edad.

La política nacional siguió en sus comienzos estos mismos lineamientos, buscando sumar votos desde la perspectiva del cuerpo como capital, obligando a los peones a votar siguiendo las órdenes del patrón, cambiando votos por comida, ropas u otros beneficios mínimos de supervivencia para los peones explotados en los campos. Para mantener los cuerpos como capital era necesario mantener a las personas excluidas de la educación y del contacto social con las urbes donde comenzaban a alentar el progreso y la política traída por las nuevas camadas de inmigrantes, que venían con una historia de conciencia y luchas sociales. Para aquellos cuyo único capital de trabajo era su cuerpo, se enajenaba su condición de sujetos, de personas, estando impedidos de pensar en el respeto por su condición humana. Todavía no tenían conciencia que su creciente número se tornaba importante para la política local. Mantenerlos aislados era fundamental para su sometimiento.

Para mantener los cuerpos como capital era necesario mantener a las personas excluidas de la educación y del contacto social con las urbes donde comenzaban a alentar el progreso y la política

Con el comienzo de la industrialización, el cuerpo como capital de trabajo cobró importancia en las manufacturas y en las líneas de producción de las fábricas. La cantidad de obreros de una empresa era indicador directo del poder financiero y político. Más capital en cuerpos participando de la producción, más cuerpos controlados por su dependencia del salario para subsistir. En este momento de crecimiento social, la educación y la inmigración politizada despertaron una conciencia de clase, un sentido de humanidad donde se comenzó a pensar y a hablar de derechos, de deberes de los empleadores para con los trabajadores y del Estado para con sus ciudadanos. Empezó a surgir una conciencia, primero grupal, que se fue ampliando en una conciencia de clase y de nación, generando un arraigo que sostuvo la defensa de nuevos derechos. En ese momento el cuerpo comenzó a dejar de ser el único capital humano, y la conciencia, el pensamiento, la formación intelectual y política fue cobrando importancia como capital generador de beneficios. Esto incluyó la posibilidad de soñar y planificar otra vida que la que el destino social obligaba. La posibilidad de tomar otros caminos, generó espacios diferentes a los propuestos por una sociedad de producción agrícola o industrial. Aumentó la emigración a las ciudades en búsqueda de “progreso”. El periodismo, la divulgación científica y el avance de la tecnología (a vapor, mecánica y eléctrica al principio), conmovieron las bases tradicionales que aún intentaban mantener a los cuerpos como capital.

El siglo XXI ha marcado el fin de los Cuerpos-Capitales. El capital ahora es la Subjetividad

Siglo XXI: la construcción deliberada de la subjetividad

En el siglo XXI, luego de la revolución tecnológica generada por la invención de los microprocesadores y de Internet en la segunda mitad del siglo XX, la automatización se desarrolló exponencialmente tanto en las tareas rurales como en las industrias. Ya no son necesarios los cuerpos como capital generador de plusvalía. Con pocas personas se puede hacer funcionar una fábrica o un criadero de pollos o un invernadero, y estas personas no necesitan la fuerza de sus cuerpos. El capital es su conocimiento, su capacidad de resolución de problemas y la información de que disponen y pueden utilizar.

El siglo XXI ha marcado el fin de los Cuerpos-Capitales. El capital ahora es la Subjetividad. Para mantener su poder, los poderes económicos se apoderaron de los Medios de Producción de la Subjetividad.1 Lo importante ahora es el consenso, la manipulación de la Opinión Pública, el control de la interpretación de la realidad. No importa qué esté pasando, sino cómo se decodifica. Los cuerpos no son necesarios, más que como receptores de información. La publicidad fue tergiversando lo que nuestros cuerpos necesitan, generando necesidades básicas innecesarias, tanto en la salud (medicamentos “para estar mejor”) como en la alimentación (alimentos “intervenidos” químicamente o sucedáneos). Lo increíble es que esto funciona y la gente prefiere pagar más caro un yogurt con vitaminas agregadas, a comerse una económica banana que contiene muchas más propiedades nutritivas y en mayor cantidad. El control de la subjetividad controla al cuerpo. Convencer es lo importante.

La propuesta es apagar la pantalla y encender la inteligencia

Desde este precepto los poderes económicos se han abocado a transformar la información en publicidad encubierta, mediante la compra de diarios, radios y estaciones de televisión, y mantienen una lucha encarnizada por el control de Internet. El poder de fuego para bombardear información-publicidad sobre las subjetividades del mundo puede derribar gobiernos, generar guerras o imponer malestares que son recibidos con sonrisas de satisfacción por el público. El mayor poder económico sumado al mayor poder de difusión de información, resulta en un mayor poder político a nivel mundial. Trasciende los países, tal como los capitales multinacionales. Ya no podemos hablar de empresas multinacionales, sino de empresas o poderes supra nacionales. Hasta las naciones más desarrolladas son presa de estos poderes hegemónicos. El control de la subjetividad es una batalla que se da en todos los espacios, incluso en los que anteriormente se desarrollaba la “micropolítica” de las relaciones humanas, familiares, de las pequeñas sociedades o los pequeños grupos. Quien ve la televisión, lee los diarios o escucha radio, entra en la batalla por el control de su subjetividad bombardeada con “información” dirigida a formar su opinión. Quien pueda abstraerse de esa información de los medios, se verá acosado de todos modos por el taxista, el portero, los vecinos, parientes y allegados que ya han sido capturados por el discurso que los medios difunden.

Encender la inteligencia

La herramienta del cambio sigue siendo la educación. La educación de la subjetividad. Sembrar la duda, el interrogante que permita desarrollar preguntas, promover la investigación; poner y ponerse en duda para poder aprender. Es más difícil porque formar parte de la masa que acuerda con lo que los medios difunden aporta una identidad más segura, otorgando un sentido de pertenencia que calma la angustia existencial. Nuevamente quienes se resistan a los designios de la información publicitaria formadora de subjetividades serán tomados por raros, lunáticos, extravagantes sin sentido que escapan a la producción social del bien común, siguiendo un camino egoísta sin compromiso. Celebro esta extravagancia y la búsqueda de generar nuevos espacios para la subjetividad. El peligro que debemos conjurar es el aislamiento, que forma parte de la propuesta política que el poder destina para los disidentes. Mantener y generar otras vías de comunicación es imprescindible para salvaguardar el potencial humano en este momento histórico que promueve la enajenación.

Es importante aclarar que la estratificación de esta nota tiene un sentido analítico, ya que todos estos modelos coexisten actualmente en nuestro país y en el mundo. La historia es como una ola cuya cresta es visible, pero el movimiento proviene de su base y de las profundidades del mar. Cada gota es parte de ese mar, así como cada persona somos parte de la historia. Una historia implica coordenadas de tiempo, de espacio, de política, de condiciones concretas de existencia, de subjetividades. Aunque cada gota realiza lo que aparenta ser su propio movimiento, éste sucede dentro de un movimiento de conjunto que es impulsado por la historia, donde cada protagonista está inserto en un espacio diferente, percibido desde su propia subjetividad. Desde esta subjetividad nos explicamos el mundo y lo que sucede en él. Desde este conjunto de saberes, prejuicios y creencias mantenemos un permanente diálogo interno, encadenando un sinnúmero de proposiciones y estímulos para darles un sentido significativo. Algunos llaman a eso pensar, cuando pensar requiere un análisis más profundo que este ordenamiento de las informaciones recibidas. Para ser nosotros mismos las “fuentes confiables”, hay que prestar atención a lo que percibimos, a cómo nos sentimos, tratando de entenderlo y calificarlo antes que los medios nos expliquen de qué se trata. Educar la subjetividad implica una disciplina y una voluntad de hacerlo. Tenemos la responsabilidad social de generar los medios para educar la subjetividad en libertad, protegiéndola de estos bombardeos masivos de informaciones falsas. La creatividad y el arte siguen siendo herramientas privilegiadas para los cambios sociales, para la apertura de nuevos caminos, siempre que sean sostenidos por los cuerpos que se movilizan ocupando espacios, tanto propios como públicos, con contenidos ideológicos de resistencia a esta masiva invasión y control de las subjetividades. Defender la subjetividad es defender el cuerpo, defender la vida. La vida no es un ensayo, es nuestra propia obra en sí misma.

La propuesta es apagar la pantalla y encender la inteligencia. Educarse y educar. Resistir la violencia social que intenta obligarnos a ser capitales generadores de plusvalía para otros. Discernir el bienestar del malestar.

Nota

1. Ver mi artículo escrito en 2003 "El Cuerpo es Ideología" publicado en revista Topía N° 59.

2. Viñeta por Haroldo Meyer

Temas: 
 
Articulo publicado en
Julio / 2016

Boletín Topía

Artículos recientes