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El cuerpo maltratado y mal tratado

 
(Trastornos psicosomáticos a comienzos del siglo XXI)

El cuerpo maltratado

Nuestro cuerpo no funciona igual en medio de una tempestad de nieve en la Antártida que deslizándose suavemente entre de un cardúmen de coloridos peces por las profundidades del Mar Caribe. Tampoco lo hace igual a nivel del mar que a 4.000 metros de altura. Para poder subsistir debemos adaptarnos, producir cambios importantes y eventualmente tomar recaudos, entrenarnos, adaptarnos gradualmente, aclimatarnos. Nuestra mente y nuestros sentimientos tampoco son los mismos enfrentados a esos distintos acontecimientos. Esto lo sabe cualquier persona medianamente informada.

Lo que no es tan común de tener en cuenta es que el cuerpo y la mente tampoco funcionan igual en medio de un sistema sociocultural y económico que formando parte de otro. Es bueno recordar que las circunstancias históricas son contingentes (son así, pero pueden ser de otra manera), de ese modo evitaremos caer en la gran falacia de creer que patologías absolutamente evitables son “naturales”.
Ya en 1987, el Dr. Giovanni Berlinguer (ex diputado y senador italiano, diputado al Parlamento Europeo, miembro del comité internacional de bioética de la UNESCO), expuso su tesis de la “transición” de las enfermedades: de la prevalencia de las enfermedades de origen natural o fisiógeno hemos pasado a un sistema de enfermedades de origen social o antropógeno.
Pero, ¿cómo enferma el “capitalismo globalizado”? A través de los cambios sociales y culturales que no elegimos y nos son impuestos y que demandan esfuerzos de adaptación y provocan incertidumbre, un estado de alerta que puede ser intenso o leve, pero es constante. Se ha comprobado que una sobrecarga psicoemocional (estrés), de baja intensidad pero sostenida durante largo tiempo es tan deletérea como una muy intensa por poco tiempo.
La sobrecarga psicoemocional a través de los sistemas nervioso autónomo, endócrino e inmunitario, provoca variadas manifestaciones corporales que comienzan siendo funcionales y reversibles pero, si persisten en el tiempo más allá de cierto límite, se transforman en orgánicas e irreversibles.
En la niñez, los trastornos psicosomáticos se generan en un momento temprano del desarrollo de la personalidad, donde ni el sistema nervioso ni el psiquismo ni el lenguaje han madurado lo suficiente para poder procesar en forma eficiente los estímulos ambientales de sobrecarga psicoemocional y son sobrepasados por ellos.
En los adultos, la cantidad, velocidad y negatividad de los cambios de los últimos 15 años, que transformaron a la vida humana en una peligrosa experiencia de desarraigo, tiene tal magnitud o es de tal carácter que aún a través del lenguaje no hay palabras para expresar lo que se siente y se vive: pérdida tras pérdida.
El denominador común de todas estas experiencias es el estado de indefensión y la dificultad de comunicarse y compartir. A veces porque no hay palabras, pero otras porque no hay espacio social para hablar y ser escuchado. Es inútil hablar. La que habla es la televisión y no se le puede responder.
¿Cuáles son esos cambios? Por razones de espacio usaré pocos ejemplos.
Lawrence Summers, actual presidente de la Universidad de Harvard, obtuvo el premio al catedrático más joven. En 1999 fue Secretario del Tesoro de EEUU. Trabajó en la reforma de la arquitectura financiera internacional del FMI.
En 1992, (a los 38 años) Summers era vicepresidente del Banco Mundial (BM) y firmó un memorando en el que sugería: “¿No debería el Banco Mundial alentar una mayor transferencia de industrias sucias al Tercer Mundo? […] Los costos de esta contaminación están ligados al aumento o retroceso de la mortalidad. Desde este enfoque, una cierta cantidad de contaminación perniciosa debería ser realizada en países con costos más bajos, con menores salarios, por lo que las indemnizaciones a pagar por los daños serán también más bajas que en los países desarrollados... [...] Las sustancias cancerígenas tardan muchos años en producir sus efectos, por lo que éstos serán mucho menos llamativos en los países con una expectativa de vida baja, es decir, en los países pobres donde la gente se muere antes de que el cáncer tenga tiempo de aparecer”. ¡Así como lo leen! ¡El capitalismo enferma y mata planificadamente!
Se sabe que algo hace daño, pero no se trata de evitar un daño, sino de que los costos sean menores. Y si la mortalidad es alta, no se trata de disminuirla sino de aprovecharla para no tener que pagar indemnizaciones. El ser humano es una mercancía más de la cual hay que obtener el mayor beneficio posible.
Este tipo preside una de las universidades más prestigiosas de EE. UU. Es el responsable de la educación superior de miles de jóvenes. Toma y ha tomado decisiones que influyeron e influyen sobre la vida y la muerte de millones de personas ¿Qué actitud hacia los seres humanos y la naturaleza puede transmitirles a los jóvenes? ¡Una verdadera fábrica de monstruos! Que nuestro destino esté en manos de tipos así ¿no es “inquietante”, no es una sobrecarga psicoemocional enfermante?
Pero sigamos. Hace más de 20 años el BM otorgó créditos para “forestar” en Uruguay. ¡Qué bueno! ¡Ayuda a los países subdesarrollados! Esta forestación, hecha sólo con eucaliptos, destruyó la biodiversidad de la flora autóctona, desequilibró el nicho ecológico de fauna y flora y alteró el suelo por la avidez de agua de los eucaliptos.
¡Oh casualidad!, el mismo BM, dando más ayuda aún a los países subdesarrollados, otorgó el crédito para que se construyan las plantas de pasta de celulosa frente a Gualeguaychú, que van a contaminar con dioxina el río Uruguay, cumpliendo con la recomendación de Summers cuando era vicepresidente del mismo BM. Eso muestra claramente que hay países subdesarrollados porque hay países subdesarrollantes.
También en el río Paraná tenemos nuestra propia planta de pasta de celulosa contaminante: Papel Prensa pertenece a los diarios Clarín, La Nación y ¡el Estado Argentino! (eso sí, sin intervención del BM).
¿Qué es la dioxina? Es una sustancia incolora e inodora, con una estructura compuesta por oxígeno, carbono y cloro. En la naturaleza se encuentra como producto de la actividad volcánica y los incendios forestales. En la actividad industrial humana como producto del blanqueo de la pulpa de celulosa y papel y en las emanaciones de gases de escape. Se acumula en el tejido graso de los animales. La excreción de la mitad de la dioxina ingerida demanda 7 años. Todos los estudios realizados revelaron que la dioxina es cancerígena.
Los EE. UU. utilizaron dioxina en la guerra de Vietnam, desde 1961 a 1971, como componente del “Agente Naranja”, un defoliante que rociaban desde aviones sobre la selva para evitar que los guerrilleros puedan ocultarse bajo la vegetación.
Lanzaron un promedio de 60 millones de litros. ¡El capitalismo no es ecológico!
Los vuelos se suspendieron por protestas en EE. UU. de los veteranos de guerra, representantes, senadores y científicos. Los soldados norteamericanos fueron indemnizados (por hijos deformes y cáncer) con una cifra de 180 millones de dólares.
Los vietnamitas no tuvieron tanta suerte: a 30 años del fin de la guerra, hay más de 3 millones de personas afectadas, adultos y niños, con cloracné, deformidades, miembros atrofiados, retraso mental, sordera, ceguera y con cáncer de pulmón y de próstata.
La demanda que presentaron ante un tribunal de EE. UU. fue rechazada.
Algo similar ocurrió con las tropas norteamericanas en la “Guerra del Golfo” y luego con las fuerzas de la OTAN en Kosovo, con los proyectiles de uranio empobrecido.
¡Si el capitalismo ni cuida a sus propios soldados que lo defienden y difunden, qué esperar de lo que puedan hacer con los que consideran sus “enemigos”!
Pero la guerra no sólo es destrucción y muerte. Para el capitalismo la guerra es un gran negocio. Recordemos que, antes de la invasión de Irak, EE. UU. intercambiaba con otros países apoyo político a su rechazada invasión por “contratos de reconstrucción”. Vendían por anticipado contratos de arreglo por lo que iban a romper. ¡Previsores!
Pero sin necesidad de tratar con otros países, en los propios EE. UU., el tío del actual presidente, William H. T. Bush, cobró, en enero de 2005, dividendos por medio millón de dólares. Integra el directorio de una empresa que abastece de blindados y otros equipos a las tropas norteamericanas. Cuando lo consultaron por el asunto dijo: “Preferiría que no hubiera negocios que hacer en Irak, pero lamentablemente vivimos en un mundo agitado.” No comentó nada acerca de cómo su sobrino se encarga de agitar al mundo.

 

El cuerpo mal tratado

En todas las épocas, los médicos hicieron lo que sabían y podían, pero también lo que la sociedad esperaba de ellos y lo que esa misma sociedad les permitía hacer.
En la formación de grado y postgrado de los profesionales de la salud jamás se medita o reflexiona sobre el sistema sociocultural capitalista: el sistema es algo inamovible, dado para siempre, es “parte de la naturaleza” y nada tiene que ver con las enfermedades. Se los entrena para actuar sobre las consecuencias sin pensar jamás en las causas. Cuando, inevitablemente, se evidencia que la causa es socioeconómica (como en la desnutrición, por ejemplo), se menciona que ése ya no es un asunto que esté en manos de los médicos solucionar. Así que, lo mejor es dedicarse con entusiasmo a buscar soluciones dentro del propio sistema y a la manera de éste, es decir: investigar en laboratorios privados, patentar los fármacos para cobrar regalías y obtener pingues ganancias vendiéndoselos a “los giles”.
Se entiende perfectamente porqué el concepto y la palabra prevención desaparecieron del vocabulario cotidiano, las planificaciones en salud y los “trabajos de investigación”. Si se evita que las personas se enfermen o se promueven condiciones de vida para que permanezcan sanas, ¿cuántos millones de dólares dejarían de percibir los mercaderes de la enfermedad? Es evidente que “el negocio” es la enfermedad, no la salud. Y la enfermedad de los seres humanos es una mercancía más con la cual se tiene el derecho de lucrar legítimamente.
¡No se preocupen! Si se envenenan con dioxina y desarrollan cáncer, los internarán y facturarán por “hombre-día-cama”, estudios clínicos, medicamentos, intervenciones quirúrgicas y se quedarán con la diferencia entre lo que le cobran al Estado o las Obras Sociales y lo que les pagan a los profesionales que los atienden a Uds. y ellos emplean.
En el capitalismo todo se compra y todo se vende. ¡Todo!

Carlos Caruso
Psiquiatra y Psicoanalista
carlos [at] tangosbycaruso.com
 

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Articulo publicado en
Octubre / 2008

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