El psicoanálisis no es un sacerdocio | Topía

Top Menu

El psicoanálisis no es un sacerdocio

 
(La herejía de 1926: lego, laico, profano)

“No hay herejía ni filosofía que sea tan repulsiva para la iglesia como un ser humano”
James Joyce

“Herejía es otro término para libertad de pensamiento”
Graham Greene

Ayer

Si hubo un texto que dividiera las aguas y que provocara un cisma (*), ese texto es sin duda “¿Pueden los legos ejercer el análisis?”.
Saber cuales son las vertientes que originaron hace 81 años esa maciza toma de posición, contra viento y marea, que lo dejó a Freud, según sus palabras, “como un general sin ejército”, nos van a permitir comprender que lo que escribió completa “El porvenir de una ilusión” en la formulación de una ética.
La manera coloquial en que nos lleva por los argumentos lo torna único, pues ni antes ni después utilizó Freud un estilo semejante.
Tal como dice De Brasi “... apunta a la “ficción jurídica”, y, en la dirección de nuestro interés, al discurso médico, la singularidad de su transmisión, las formas de su juramentación, los principios de su poder, el abroquelamiento de sus convicciones y las pautas de su formación, emblemáticamente asumidas por el diplomado” (1). Observemos que médicos y sacerdotes cumplen con los mismos requisitos. La sabiduría popular lo adelanta: “la medicina es un sacerdocio”, tal vez porque en los orígenes estaban juntos en la misma persona. Ni médicos ni sacerdotes, o mejor dicho, ni medicina ni religión.
Freud había dejado de escribir sobre técnica en 1914 y recién retomaría el tema en 1937, por lo que el giro del ‘20 con su triple afirmación: “en primer lugar, la insistencia, con la tesis de la compulsión de repetición, en la fuerza demoníaca de la pulsión; después, la duplicidad del yo, cuya estructura revela que es en buena parte inconsciente, puesto que el despliegue de sus defensas está sometido al mismo enceguecimiento que afecta al deseo; por último, el desenmascaramiento de la fuerza principal que hace de obstáculo para el potencial creador de la libido: las pulsiones de destrucción” (2) los colocaba a los psicoanalistas en una posición sumamente incómoda respecto de la práctica.
Esa especulación formidable, nacida de la observación clínica por un lado y de la potencia de su pensamiento por el otro, los embretaba y obligaba a la mayoría a optar por la búsqueda de soluciones de aplicación inmediata: adoptar la segunda tópica es la más conocida y la que tuvo más fieles creyentes.
Veremos entonces que los había dejado (y nos dejó) librados al análisis personal, a la supervisión, a la formación y a la producción.
La preocupación por sostener estos cuatro pilares recorre su obra desde temprano, ya en 1904 (3), ante el Colegio de Médicos de Viena sostiene la diferencia entre psicoterapia y psicoanálisis, cita a Leonardo y a Shakespeare y comienza a separar el terreno propio del ajeno. Toma las palabras de Celso “Esculapio dice que es deber del médico el curar en forma segura, rápida y agradable” y en la misma página se ocupa de mostrar que el psicoanálisis corre por otras vías: lleva tiempo, es trabajoso e implica un gasto. (Sutil aproximación a médico y no-médico).
Ante las primeras desviaciones (Adler y Jung) retoma sus argumentaciones en 1910, fundando la IPA por un lado y con dos textos por el otro: uno fue el discurso inaugural del Congreso de Nuremberg (4), donde aparte de referirse con rigurosidad a la técnica y a la formación de los analistas señala lo que hoy tiene absoluta validez: “La sociedad no se apresurará a concedernos autoridad. No puede menos que ofrecernos resistencia, pues nuestra conducta es crítica hacia ella; le demostramos que contribuye en mucho a la causación de las neurosis… Puesto que destruimos ilusiones, se nos reprocha poner en peligro los ideales”.
La última referencia a la formación de los analistas la realiza en 1918 (5), en el Congreso de Budapest, pero lo que nos interesa es la afirmación de su ética:
“Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se pone en nuestras manos en busca de auxilio un patrimonio personal, a plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y, con la arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra, luego de haberlo formado a nuestra imagen y semejanza” y más adelante:
“He podido brindar tratamiento a personas con las que no me unía comunidad alguna de raza, educación, posición social ni cosmovisión, y sin perturbarlas en su peculiaridad”. No hay concesiones.
No extraña pues que teniendo tanto respeto y estima por el pastor Pfister (lo recibió en su casa durante muchos años y mantuvo con él afables disputas teológicas durante dos décadas), de quien supone E. Rodrigué (6) es “el opositor angelical que aparece en los dos últimos capítulos de “El porvenir de una ilusión”, no vacile en escribirle diciéndole “no sé si Ud. ha adivinado el vínculo secreto entre “¿Pueden los legos ejercer el psicoanálisis?” y “El porvenir de una ilusión”. Con el primero quiero proteger al psicoanálisis de los médicos, con el segundo, de los sacerdotes” (7).

 

Acerca de lego, profano y laico

Freud elige para el título de su libro la palabra lego, y en el texto las equipara a profano y laico.
No ignoraba el origen religioso de las palabras que elegía: profano quiere decir “lo que está fuera del templo, lo que no es sagrado, sino secular”, laico (voz culta que da origen a lego) significa “perteneciente al pueblo, que no es religioso”, pero profano también significa ignorante, al igual que lego, sin esquivar que profano nos remite a profanar, que es atacar lo sagrado.
Que la ignorancia tenga que ver con lo secular y que atacar lo sagrado sólo es posible desde afuera del templo no pueden menos que hacernos pensar en lo escrito por L. Carroll:
“Cuando yo uso una palabra -dijo Humpty-Dumpty, en tono despectivo- esa palabra significa exactamente lo que yo decidí que signifique... Ni más, ni menos. La cuestión es -dijo Alicia- si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas. La cuestión es -dijo Humpty-Dumpty- saber quien es el amo aquí. Eso es todo” (8).

 

Hoy

El sufrimiento y la desdicha nos son comunes a todos los seres humanos, en la medida que no existe aquél que no las haya experimentado. Es característico de nuestro tiempo el tratar de evitar reflexionar sobre el origen de ambas. El individuo (y lo individual) devienen lo contrario de sujeto (y lo comunitario).
Esa inexistencia de sujeto determina no sólo las prescripciones farmacológicas actuales, sino también las conductas ligadas al sufrimiento psíquico.
Es entonces que se produce la sacralización de los síntomas.
Sacralizar alude a inmovilizar algo y también a tornarlo sagrado.
En ese sentido el síntoma sólo puede ser competencia de médicos y sacerdotes.
Los síntomas lucen bien en los altares de la estadística médica, son medibles, estandarizables, tranquilizadores.
Tratables por los condicionamientos del conductismo de nuevo ropaje o por la panoplia desbordante de la química.
Sabemos por Foucault y por nuestra experiencia que la medicalización es una de las estrategias del poder, de los que deciden como se considera lo que es patológico o disfuncional, como se lo categoriza, se lo nomina y como se implementan los modos oficiales de tratarlo y controlarlo.
Basta una atenta lectura del DSM IV y del Libro negro del psicoanálisis para saber de qué estamos hablando.
Se trata de lograr una perversa obediencia: la obediencia de los cuerpos, simétrica al intento de lograr la obediencia de las almas.
Asistimos entonces a la desbordante oferta de lo religioso. Oferta que, como el sabio Don Corleone decía “no podrá rechazar”.
Ofrecer una creencia y por lo tanto una ilusión de curación se observa hasta en el frente de los templos, “deje de sufrir” se proclama. ¿No está emparentado con las propagandas de analgésicos y psicofármacos?
En lugar de las pasiones, la calma, en lugar de deseo, su ausencia, pues si es Dios el que desea para mí, ¿para qué necesito yo de mi libre albedrío?
Ya en “Acciones obsesivas y prácticas religiosas” (primera incursión en la psicología de la religión) Freud decía que “una parte de esta represión de lo pulsional es operada por las religiones, que inducen al individuo a sacrificar a la divinidad su placer pulsional (9). De suerte que la cesión a la divinidad fue el camino por el cual el ser humano se liberó del imperio de pulsiones malignas, perjudiciales para la sociedad.
En “El porvenir de una ilusión” (10) Freud añade que “la religión es un poder prodigioso, que gobierna las emociones más fuertes de la humanidad: les da noticia sobre el origen y la génesis del universo, les asegura protección y dicha última en los veleidosos azares de la vida, y guía sus intenciones y acciones mediante unos preceptos que sustenta con toda su autoridad. Asombrosa conjunción de enseñanza, consuelo y demanda”.
Lacan opina que: “la religión fue pensada para curar a los hombres, es decir, para que no se den cuenta de lo que no anda”. Y no duda en hablar del poder de la religión (la verdadera -según él-, la romana), como capaz de darle sentido a cualquier cosa, finalizando con un lapidario “el psicoanálisis no triunfará sobre la religión (...) sobrevivirá o no” (11). (Sugiero leer en Topía Internet la presentación de L. Rozitchner del 6/05/06 en la EOL sobre esta posición, es esclarecedora).
Freud denigró la forma religiosa -cualquier forma religiosa- de entender el mundo, como totalmente incompatible con la forma científica. Pensaba que la incompatibilidad de la ciencia y la religión era absolutamente fundamental y completamente incurable. P. Gay le dedica en sus libros sobre Freud un gran espacio a esta reflexión, pues la considera nodular, matricial, en tanto afirma a lo largo de su obra que la verdad no puede ser tolerante, no admite transacciones ni reservas, llegar a ella es trabajoso y debemos estar abiertos a su refutación, a pesar los argumentos y a comprobar con la experiencia.
Con la Revelación todo es mucho más fácil, dado que no está permitido poner en entredicho la divinidad.
Resulta difícil entonces pensar en un psicoanalista religioso o en un religioso psicoanalista.
Con sólo tomar el tema de la culpa.
Para Freud el sentimiento de culpa constituye el eje de su concepción de la moral y de la religión. La religión dice “obra promoviendo un creciente sentimiento de culpa” (12).
Esta es una de sus tesis favoritas, que los seres humanos tienen una imborrable herencia social de culpa como reacción ante el asesinato del padre primitivo, “con el que comenzó la civilización y que no ha dejado desde entonces de atormentar a la humanidad” (13).
Para la religión el sentimiento de culpa es señal de pureza y elevación moral.
La duda ¿lo interpreta o lo absuelve?
Si es psicoanalista no es religioso, si es religioso no es psicoanalista.
Si intenta ser las dos cosas es un centauro (animal mítico, mitad religioso, mitad psicoanalista o si queremos ser rigurosos, piensa como hombre y caga como caballo).
Ahora bien, no creamos que la religión es externa al psicoanálisis. Ya al aparecer los primeros disidentes, se hablaba de cisma, los aspirantes se denominaban novicios, al disolverse la reunión de los miércoles Freud le regala a cada uno un anillo con una piedra engarzada (¿cardenales y obispos?).
Si aún hoy hasta el más iconoclasta de los psicoanalistas tiene estampitas de algún santo psicoanalista en la pared del consultorio.
Se conforman instituciones que remedan aquellas que Freud describe en “Psicología de las masas y análisis del yo”. Masas artificiales donde los anatemas y excomuniones están a la orden del día y no sólo se sacralizan los síntomas, sino los textos, así que de los libros se hacen biblias (Biblia quiere decir “los libros”) y los maestros devienen profetas (Dios/Freud/Lacan/Klein/etc. hablan por su boca).
Si uno lee y escucha con atención verá que hay muchos más psicoanalistas sacerdotes que escriben y profesan dentro de sus iglesias de lo que nos gusta admitir.

 

Los síntomas

Defender a ultranza lo único e irrepetible de cada ser humano que hace que el síntoma no sea sujeto es imprescindible. No olvidemos que los síntomas expresan las condiciones sociales de vida, dentro de los parámetros de la cultura.
Es por eso que sostenemos un psicoanálisis plural, donde no existan torres de marfil y donde lo pluridisciplinario nos permite invocar y sostener nuevos dispositivos psicoanalíticos, desde donde tratar de dar respuestas a los desafíos de nuestro tiempo, “sin apelar a los cielos prometidos por las religiones y del bienestar dispensado en píldoras por la industria farmacéutica” (14).
Hacer frente al hecho de que en la mayoría de los pacientes el espacio ocupado por la sexualidad en los tratamientos pasa a ser ocupado por la muerte como pulsión.
Y que no es extraño a esto el pasaje del “time is money” al que se refería Freud con el “life is money” de nuestra actualidad.
Actualidad que nos demanda repuestas.
Tenemos que estar preparados a darlas, sin olvidar en ningún momento que Freud “no sólo incluye al hombre dentro de la complejidad del mundo actual, sino que recurre necesariamente a la historia de su advenimiento para dar cuenta de su conducta individual” (15).
No es pensable el psicoanálisis sin sociedad y sin cultura.

 

(*)Uso cisma, pese a que esta palabra no le gusta a la IPA, quienes consideran pertenece a lo religioso. Según ellos corresponde decir escisión, palabra-pantalla que tiene la ventaja de no dejar ver ni guardapolvos ni sotanas.

 

Alejandro Maritano
Psicoanalista
alejandro.maritano [at] topia.com.ar

 

Bibliografía

(1) J. C. De Brasi, “A propósito de psicoanalisis y medicina”, EPBCN, 2005.
(2) A. Green, “La nueva clínica psicoanalítica y la teoría de Freud”, Ed. Amorrortu, 2001.
(3) S. Freud, “Sobre psicoterapia”, VII, Ed. Amorrortu, 1978.
(4) S. Freud, “Una dificultad del psicoanálisis”, XVII, Ed. Amorrortu, 1979.
(5) S. Freud, “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, XVII, Ed. Amorrortu, 1979.
(6) E. Rodrigué, “Sigmund Freud” tomo II, Ed. Sudamericana, 1996.
(7) S. Freud, carta a Pfister de 25 de noviembre de 1928.
(8) P. Gay, “Freud, una vida de nuestro tiempo”, Ed. Paidós, 1990 ; “Un judío sin Dios”, Ed. Ada Korn, 1994.
(9) S. Freud, “Acciones obsesivas y prácticas religiosas”, IX, Ed. Amorrortu, 1979.
(10) S. Freud, “El porvenir de una ilusión”, XXI, Ed. Amorrortu, 1979.
(11) J. Lacan, Conferencia de octubre 1974.
(12) S. Freud, “El malestar en la cultura”, XXI, Ed. Amorrortu, 1979.
(13) S. Freud, “Tótem y tabú”, XIII, Ed. Amorrortu, 1978.
(14) N. Carbonell, “Defender la laicidad del psicoanálisis”, Presentación de Febrero de 2004.
(15) L. Rozitchner, “Freud y el problema del poder”, Ed. Losada, 2003.
 

Temas: 
 
Articulo publicado en
Marzo / 2008

Boletín Topía

Artículos recientes

Ultimas Revistas