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La felicidad solo puede ser dicha

 

El mayor riesgo en la vida es haber
vivido sin riesgos

Afiche de la película La prueba

A la felicidad por el estilo

Podemos leer El malestar en la cultura -ya que ahí desarrolla Freud sus reflexiones sobre la felicidad- pero lo que no dice el texto es en qué condiciones se hallaba el hombre detrás del estilo (a contramano de Buffón), pues esa década de 1920 lo encontraba agobiado por las operaciones y el uso de prótesis por el cáncer de paladar. No podía comer ni hablar sin dolor. Obviamente impedido de asistir a los seminarios y congresos que tanto le agradaban. Preocupado por la homosexualidad de su hija Anna y arrastrando el duelo por las muertes de su hija Sophia y su amado nieto Heinele, es abrumado por el suicidio de su sobrina predilecta Cecilia a lo que se le añade en esos días el deceso de W. Fliess.
De la misma manera que la ceguera potenció la visión de Tiresias, la infelicidad y la desdicha lo estimulan a no entregarse al lamento o a la desesperación sino al trabajo y produce una extraordinaria reflexión sobre la condición humana. (No solamente en la falta de fe podían darse la mano Spinoza y Freud).
Habían pasado 35 años desde su primer escarceo sobre la felicidad -está en la última página de Estudios sobre la histeria, donde habla de ayudar al paciente a “mudar su miseria histérica en infortunio ordinario”-, hasta que publica El malestar en la cultura en 1930.
Pensó en un principio en utilizar “Infelicidad” en el título, pero después de idas y venidas se decidió por “Malestar” (en alemán es también pesadez, incomodidad, desazón).
Y “Cultura”, que para él no es sinónimo de civilización, sino el conjunto de normas restrictivas de los impulsos agresivos y/o sexuales, exigidas para mantener el orden social.
Tenemos entonces malestar, pesadez, incomodidad y desazón en el brete de la cultura.
No esta de más recordar que brete es ese pasillo por el que se fuerza a los animales a subir al transporte que los llevará a la muerte.
Cultura y muerte.
Cuando el artista León Ferrari las ha presentado juntas ha causado revuelo y escándalo en las buenas almas.
Es notable que la sublimación despierte semejante violencia en aquellos que predican el amor al prójimo y eso de poner la otra mejilla.
Como señala irónicamente E. Rodrigué: “no es fácil ser sublime”.
Freud también violenta en este texto, no sólo por volver sobre la religión, sino por enfrentarnos con la pulsión de muerte y su trayecto, con la sublimación y la teoría de los valores que conlleva, con la relación individuo-sociedad condicionada por Eros y destrucción, sin dejar de mencionar una y otra vez esa felicidad que se busca y no se encuentra, que casi se agarra, pero sólo se roza y que estamos “obligados” (es un imperativo de vida) a intentar lograr.
Cuando en 1920 introduce el concepto de pulsión de muerte, su biógrafo E. Jones llegó a escribir que la irrupción de esa idea en la teoría psicoanalítica debía entenderse como una distorsión producida por la actitud temerosa de Freud frente a la idea de morir.
Aún siendo cierta la fobia de éste a la muerte, no le impidió pensarla de una manera original, a pesar de que ésta no cesaba de rozarlo.
En Más allá del Principio del Placer queda claro que la muerte no es la simple cesación de vida. Agamben señala: “El animal cesa de vivir, porque sólo vive. El hombre es el que aparece con la peculiaridad de ser mortal y capaz de hablar sobre la muerte, anticipándose al encuentro final”. Pero no solamente habla de ella sino que la lleva consigo, junto con la vida. Esto es lo que sostiene Freud a partir de observar la repetición de conductas autodestructivas en sus pacientes.
La compulsión a la repetición es un mecanismo formidable, que lleva al sujeto a colocarse una y otra vez en experiencias dolorosas, réplica de otras arcaicas.
Se dio cuenta de que la satisfacción libidinal no alcanza a explicarlo (incluso llegó a tratarla de “demoníaca”). Sólo quedaba la posibilidad de una fuerza de destrucción tal que le permitiera seguir sosteniendo el dualismo por oposición y al mismo tiempo expresara la esencia de lo pulsional. La pulsión de muerte es paradigmática, en tanto y en cuanto el objetivo final de la pulsión es el retorno de lo orgánico al estado inanimado por la descarga completa de la excitación y el mantenimiento de la energía síquica en un nivel lo más bajo posible.
La pulsión de muerte, contrariamente a la pulsión de vida, tiene como actividad esencial destruir la relación con el objeto, justamente atacar el vínculo y producir el vacío y el aniquilamiento del yo de una manera sorda y constante.
No cabe duda, dice Laplanche “que hacía falta audacia para proponer a los analistas, el reconocimiento de ese implacable ejército de las sombras, las potencias de muerte, que socavan sus expectativas terapéuticas.”
Esas potencias de muerte no son patrimonio de los pacientes solamente. Van a formar parte de la contratransferencia y de su manejo y ampliadamente de lo social cotidiano.
La atención flotante y la abstinencia (el ideal de neutralidad benévola) no nos dejan fuera del antagonismo entre exigencias pulsionales y restricciones culturales.
Es imprescindible que lo hayamos experimentado como pacientes, que lo trabajemos en las supervisiones, que lo ratifiquemos en el estudio, a sabiendas que nunca terminaremos de formarnos. (¿Será esa la felicidad de los analistas?).
A pesar de las dificultades seguir intentándolo (otra vez imperativo de vida).
Nos aclara que hay que hacerlo a pesar de la hostilidad de la naturaleza, a pesar de la declinación del cuerpo, a pesar del prójimo.
Todos somos prójimos y por eso Freud nos enseña: “el prójimo es alguien que intenta satisfacer su agresividad, explotar la capacidad de trabajo (de los hombres) sin compensarlo, utilizar al otro sexualmente sin su consentimiento, apoderarse de sus bienes, humillarlo, causarle sufrimiento, torturarlo y matarlo. Homo hominis lupus. ¿Quién, con toda su experiencia de la vida y de la historia, tendrá el coraje de discutir esta aseveración?”.
Sabe que el aforismo de Hobbes no es otra cosa que la certificación política de lo afirmado en Más allá del principio del placer: “Eros y destrucción gobiernan al sujeto y a la sociedad”. (Nunca utilizó la palabra Thanatos, ya que elaboró el concepto de destrucción desde Empédocles).
Esto nos obliga a pensar lo que vivimos como un problema y no como un destino.
Si es el destino no puedo hacer nada por la felicidad, si es un problema puedo intentarlo.
En El Presidente Wilson (conjuntamente con W. Bullit) dice: “El problema de encontrar la felicidad en la vida, que preocupa a todos los hombres, es en gran medida un problema de economía síquica” y añade más adelante: “Es extremadamente difícil encontrar salidas para los deseos fundamentales, a menudo opuestos y aún cuando se las encuentra, las circunstancias cambiantes de la vida no les permiten permanecer inalterables, la muerte, la enfermedad, la pérdida de afecto o de status son inseparables de la vida humana y todas involucran una pérdida de salidas para la libido, de modo que ni siquiera los hombres más prudentes y moderados pueden estar seguros de retener su felicidad.”
Parafraseando al poeta: “si la felicidad no es alopática bueno es que sea homeopática, pues no es pecado la homeopatía.”
En esta dimensión de cuentagotas nos queda por ampliar lo mencionado al principio sobre la sublimación. Cuando en 1915 -en sequía de pacientes por la guerra- Freud escribe doce “Trabajos preliminares sobre Metapsicología”, de los cuales nos llegaron cinco. De los otros siete -uno era “La sublimación”- o fueron destruidos o los que lleguen al 2050 (fecha de apertura de los archivos del Freud Museum) podrán enterarse.
En 1905 conceptualizó el término para dar cuenta de un tipo particular de actividad humana (creación literaria, artística, intelectual) sin relación aparente con la sexualidad, pero que extrae su fuerza de la pulsión sexual desplazada hacia un fin no sexual, invistiendo objetos valorizados socialmente.
“Para él, que había renunciado a las relaciones sexuales a partir de los 40 años, poniendo su energía pulsional al servicio de su obra, la sublimación era un principio de elevación estética común a todos los hombres, pero del que a su juicio sólo estaban dotados los creadores y los artistas.” (Roudinesco). Es probable que su felicidad haya pasado en algún momento por considerarse incluido en ese panteón selecto, tal vez entre Aníbal y Leonardo.
Entre la visión de la conquista y la conquista de la visión: el acto creador.
Sobre ese acto dice E. Loffreda: “Ajena a toda legalidad vigente, la creación al trazar su propio camino generará también su propia legitimación y sus pautas serán las establecidas, motivo por el cual ningún cumplimiento de las normas en vigor podrá lograr una producción auténticamente creativa. Sólo desplegándose en su propio espacio de transgresión, el acto sublimatorio logrará dejar su verdadera marca y permitir la experiencia participativa.”
El “Yo no busco, encuentro” de Picasso es la definición por excelencia de la creación artística. Algo que no estaba ahí es creado.
La felicidad (como la belleza) puede aparecer en ese instante, en el encuentro entre el autor (su obra) y el espectador.

A la felicidad por el objeto

Desde el capitalismo se nos impone el modelo: éxito+dinero+fama=felicidad.
Somos empujados una y otra vez a ocuparnos de lo nuestro. Lo individual por sobre lo colectivo.
Para que esto sea posible es necesario que el otro sobre, que lo solidario no sea posible, que nadie escuche a nadie y si escucha que no haya diálogo.
Hay “otros” -feos, sucios y malos- que acechan la felicidad que supimos conseguir.
No es casual entonces que se propicie el narcisismo de las pequeñas diferencias: brasucas, perucas, bolitas, paraguas, chilotes, cabecitas, negritos, villeros, cartoneros, rusos, tanos, yoyegas, putos, trabas, etc., etc., con el versátil “de mierda” como añadidura.
Lo que se genera de esa forma es una comunidad que es destructiva, en donde no existo con otros, existo solo, solo con los objetos que pude obtener y que son “míos, míos, míos”.
Insistiendo machaconamente en que el objeto da la felicidad y más aún: es la felicidad.
El único problema es que el objeto se degrada. No importa: compre otro.

La felicidad y la clínica

Quien nos consulta trae su sufrimiento, su infelicidad, pues le suceden cosas sobre las cuales no puede hacer nada. Sus síntomas se le imponen.
Lo invitamos a hablar y en ese acto se produce una ilusión y una espera: la ilusión de ser comprendido y la espera de la felicidad (como desaparición del sufrimiento, de la desdicha).
Descubre maravillado que se le ofrece un lugar como no hay otro: un lugar donde ser escuchado y donde la palabra tiene valor.
Y trabajamos oyendo esa palabra de una manera peculiar, no como el paciente cree que lo hacemos. Esto es así y muchas veces la queja surge: “pero yo no quise decir eso”.
Es cierto, él no quiso, pero escuchamos que quiso y se lo hicimos saber.
Este proceso de encadenamiento entre asociación libre e interpretación generalmente rinde sus frutos y paulatinamente ilusión y espera se van desvaneciendo.
Proceso que va desarrollándose en todo su rigor a contrapelo de un discurso social que sostiene que la felicidad está en otro lado.
Que esto le cabe al analista, Freud lo señala al alertar sobre los peligros de la ambición de “obtener un logro convincente para los demás.” (En 1898 le escribe a Fliess: “La felicidad es el cumplimiento diferido de un deseo prehistórico. He aquí por qué la riqueza nos hace tan poco felices: el dinero nunca fue un deseo de la infancia”).
Reflexionar sobre lo anterior nos lleva a pensar la ética con la cual nos manejamos, pues no podemos ignorar que la irrupción del psicoanálisis provocó un desbarajuste, ya que la conciencia rectora de nuestros actos (que da sentido a la ética tradicionalmente reconocida) quedó descentrada respecto del inconsciente, y lleva a valorar las acciones que se realizan, cometen o perpetran de otra manera, de acuerdo al enigma del deseo inconsciente.
Ya en Moisés y el monoteísmo la define: “Ética es la limitación de lo pulsional”.
Por lo que decirse psicoanalista sin haberse analizado implica sostenerse en una ética hedonista y permisiva que ¡Oh, casualidad! es la que el capitalismo nos exige para ser felices. O para decirlo de otra manera: sea feliz analizando, pero no se analice.
Porque si se analiza tendrá que hacerse responsable de lo que ha elegido, en la intelección de lo que acceda del deseo que lo constituye. Estará obligado a respetar la ética de cada sujeto (mal puedo respetar mi deseo si no respeto el deseo del otro) y saber que en algún momento tendrá que enfrentar prioridades difíciles: esa dimensión ética personal e intransferible.

La felicidad, los animales y la comunidad

Alegremente se repite una y otra vez que el hombre es un “animal político” y un “animal racional”.
La traducción del griego antiguo de lo expresado por Aristóteles es otra bien distinta, pues viviente que dice (ser que habla, dueño de un lenguaje) no es lo mismo que “animal racional” y viviente en la polis (ser en la polis protegido por sus leyes, un ciudadano) no es lo mismo que “animal político”.
Como ciudadanos (nacemos ciudadanos y devenimos psicoanalistas) estamos obligados a articular razón y política, a decir, a pensar, a comprometernos.
Esto es lo que crea una comunidad.
Observemos que todo lo que pueda formar ese espacio las más de las veces resulta sospechoso: una junta barrial, la toma de una fábrica por sus obreros para evitar su vaciamiento, una asamblea piquetera, etc., pueden tener “intereses espurios” o “entorpecer el tránsito y provocar un caos vehicular”, disimulando el hecho de que esos lugares (“espacios soportes de la muerte como pulsión”) son los que nos permiten pelear con lo mortífero.
Son opuestos a ese disfrute perverso de unos pocos a partir de la desdicha y el sufrimiento de muchos.
No es solamente en la frontera del Líbano e Israel o en el discurso del Papa sobre el Islam donde podemos pensar la muerte como pulsión. Acá también. Hoy.
Como se ve, Eros y destrucción, ambos enemigos inmortales, nos habitan, y cada uno de nosotros tomará el riesgo de vivir de acuerdo a la propia economía libidinal, pues al fin y al cabo “cada quién tiene que ensayar por sí mismo la manera en que puede alcanzar la bienaventuranza”.
¿Y la felicidad?
“Buscar la felicidad -dice Tabucchi- es como viajar hacia el horizonte, sabemos donde está, hacia allí nos dirigimos, pero no llegamos nunca”.
Lo que importa es cómo hagamos el viaje.

Alejandro Maritano
Psicoanalista
alejandro.maritano [at] topia.com.ar
 

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Articulo publicado en
Marzo / 2007

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