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Había una vez, un cuerpo

 
ÁREA CORPORAL

Dice Vane, una adolescente con trastornos alimentarios, “no me reconozco, mi cuerpo se engrosa, me cuesta aceptar estos cambios, no me gusta mi piel, no tolero mi olor a transpiración, me aterra pensar en menstruar, creo que no estoy preparada para tantos cambios”. Aparecen sensaciones riesgosas y extrañas. Este malestar por el cuerpo se incrementa, con lo cual se refuerza la angustia y el displacer.

“Soy pura panza, me hincho, mis caderas se duplicaron y ni hablar de mis piernas peludas”. Lilia acota, “Cuando me dicen que estoy más linda y que me ven bien, enseguida pienso… soné, estoy más gorda”.

La corporalidad en la adolescencia con tantos cambios, comienza a ser “un campo de batalla”. La imagen se debate entre el cuerpo-infantil y un cuerpo “en transición” que comienza a delinear otras formas. Debatirse entre lo que pierde del cuerpo-niña, y lo que gana en este nuevo cuerpo del cual cuesta apropiarse, presupone rupturas y el pasaje por experiencias que algunos adolescentes viven con mucho dolor. Estos sentimientos duales, aceptación-rechazo, placer-sufrimiento, alteran su sensibilidad, sus sensaciones y la percepción de sí misma.

La corporalidad hace a la construcción yoica, consolida el reconocimiento de sí mismo y la posibilidad de diferenciarse de los otros, estableciendo un sentimiento de mismidad e identidad. Sabemos que la crisis de imagen más contundente por la que atraviesa un individuo, sucede en este periodo evolutivo, justamente porque se van determinando los cambios biológicos, psicológicos, sociales más significativos y determinantes y no siempre hay una estructura psico-corporal, familiar o social que ayude a sostenerlo. El adolescente pasa, entonces, por períodos de desorganización, con respecto a sí mismo. Esa “ajenidad” del propio cuerpo desestabiliza, desestructurando aun más su frágil YO.

- “Este cuerpo no me pertenece”.

Cada adolescente porta y habita su cuerpo en función de todas sus experiencias previas (cuidado materno y familiar como primeras improntas en la construcción de su imagen). También está influenciado por el medio y por todo lo que este medio demanda y a la vez exige de él para ser incluido y aceptado.

Pertenecer, para un adolescente, es someterse a estas demandas de delgadez, especialmente cuando la labilidad y la fragilidad no permiten cuestionar y oponerse.

 

Clínica corporal

Habitar un cuerpo que no se reconoce como propio genera mucha angustia y malestar. Hay un deseo de querer huir de ese cuerpo cambiante y mucho temor por cada nueva sensación. La sensibilidad se ve alterada, se incrementa la ansiedad. Todo genera tensión y dolor, tanto físico como emocional. El sufrimiento conlleva a una coraza siendo la musculatura la encargada de sostenerla, coraza muscular al decir de W. Reich. Hay fragilidad y labilidad en todo su ser.

El aporte de los recursos de una disciplina basada en la vivencia corporal, permite un acercamiento paulatino al nuevo universo sensorial y perceptivo para dar acceso a un reconocimiento teniendo en cuenta todas las vías posibles para ir re-armando y re-construyendo nuevas y posibles imágenes en las cuales poder identificarse.

Estas vías de acceso son: la propioceptividad, la interoceptividad, la exteroceptividad, trabajadas desde el despertar de una percepción interna (mirada interna) en contacto con el medio circundante y la percepción externa. La atención dirigida hacia una parte y la observación de lo que se registra es una guía que permite “inventariar” los diferentes segmentos del cuerpo, desde lo que se va sintiendo y reconociendo de él.

El contacto y la conciencia de la piel, la estructura ósea, la noción de volumen que conlleva a vivenciar el “espacio interno”, permiten ir teniendo experiencias fenoménicas y únicas. Decodificar las nuevas sensaciones y organizarlas en nuevas percepciones, genera cierta confianza en lo que se va registrando y en el propio cuerpo. Ampliar el repertorio de datos y constatarlos, conlleva al armado corporal. “Siento que la piel está más cálida en el rostro que en las manos”, “me doy cuenta cómo me pongo tensa cuando me miro al espejo y veo partes que no me gustan.”

Acompañar en un espacio terapéutico seguro y confiable esta experiencia resulta tranquilizador para los jóvenes.

Dice Vane, “me aquieta y me relaja esto, puedo sentirme más en paz conmigo misma.” “Estar acá es olvidarme de mis problemas, es alejarme del mundo.”

Dar tregua a tanta lucha es parte del trabajo. Aquietar y tranquilizar lleva a un cambio tónico-emocional importante. Cuando el cuerpo baja su nivel de tensión muscular, cambian los estados psico-emocionales pudiendo ligar sensación con palabra. Es así como se acceden a nuevas configuraciones menos cargadas de enojo y desprecio.

“Estoy re-tensa porque no soporto que mis papás me digan cuanto crecí, es que me asusta.” “En mi cuerpo pongo lo que no me gusta de mí, por eso lo maltrato, vomito, no como, a veces cortarme me alivia. Siento que en este espacio de terapia corporal intento amigarme conmigo, me calma.”

La clínica corporal, basada en disciplinas que toman los procesos auto-perceptivos y la conciencia vivencial del propio cuerpo (Eutonia. Gerda Alexander) y el aporte de la mirada reichiana, permite un acercamiento a la experiencia concreta de la propia corporalidad. En estas instancias se procura que las adolescentes comiencen a re-conocer y re-estructurar una imagen confusa impregnada de sensaciones fuertes. Mirada interna y mirada externa se entraman, “lo que siento y lo que veo” no siempre se corresponden. Cotejar estos datos resulta útil. Un mismo cuerpo, dos imágenes diferentes.

Dado que el malestar y la angustia crean tensión, comenzar de cúbito sobre colchonetas confortables permite utilizar el suelo como sostén. Estar acostadas con ojos cerrados da inicio a una travesía por la interioridad. Las consignas verbales se traducen en el hacer o en el no hacer según el deseo o la necesidad de cada paciente. Mis palabras implican una guía que invita a abrir la “mirada interna”.

El espacio de terapia corporal busca que el paciente acceda a un encuentro consigo mismo, descubriéndose en sus sensibilidades y en la experiencia concreta de su corporalidad. Reconocer consistencias, texturas, tacto y piel, volúmenes, estados tónicos, dolor y sobrecarga en una zona, modo de respirar -que tanto se altera por la angustia y la ansiedad- da cabida a uno de nuestros objetivos: “tomar conciencia del propio cuerpo”. Aceptarlo, aliviar tanto malestar. Claro que hay que atravesar las resistencias hasta tanto se comprenda y se aproveche el efecto de la propuesta.

En este espacio terapéutico no hablamos del cuerpo, sino que experimentamos a través de él, con lo cual la palabra no es punto de partida, sino punto de llegada. Muchas veces se comparte el asombro y la sorpresa que depara un descubrimiento o una vivencia diferente. De esta manera, terminar hablando de lo que se experimentó es romper con un discurso armado que funciona como cliché, repetitivo. Hay una nueva constelación de palabras que dan cuenta y a la vez modifican el discurso.

“Cuando estoy ansiosa, siento que se me corta la respiración y no puedo suspirar profundo, parece que me ahogo”. Hay una pulsación energética pobre que desvitaliza y quita fuerzas.

“Sé que todo me fastidia y lloro por cualquier cosa.”

LA PIEL, ENVOLTURA, LÍMITE CONTINENTE Y CONTENIDO. La piel, va dando forma al cuerpo.Es límite y frontera, da contorno delimitando el territorio corporal-personal dentro del contexto universal.

La piel del adolescente comienza a dar cuenta del funcionamiento de sus estrógenos y aparece el acné, entonces, cambia su porosidad, su grosor.

En ella está involucrado el sentido del tacto que da la posibilidad de aguzar la sensibilidad, vivenciar los límites del cuerpo, bordes y contornos. Diferenciándonos de lo que nos rodea.

Es fundamental para relacionarse con el “afuera” y es mediadora con el adentro. CONTACTO Y LÍMITE.

Refuerza la imagen de la totalidad del cuerpo y su relación con el espacio, es fundamental para trabajar imagen corporal y la noción de volumen: Diferenciación y discriminación del YO, NO –YO.

Al estimularla activamos los capilares con el consiguiente mejoramiento en la circulación y cambios de temperatura y textura, pueden darse cambios de coloración y humedad.

Refuerza la noción de tridimensionalidad y espacio interno.

En patologías psiquiátricas, el trabajo sobre la piel colabora en estructurar los límites favoreciendo la constitución y el reforzamiento yoico.

Evita des-bordes, ya que la piel da contención y une con sus partes la totalidad corporo-psíquica de la persona, especialmente en instancias de des-integración.

Hay pacientes que están fuera de borde “des contorneados”, marcarles sus contornos desde la piel, ayuda.

En trastornos de imagen por anorexia, la piel y su relación con lo óseo marcan un despertar fuerte de la imagen interna, que a los ojos devuelve otro cuerpo.

El contacto y la piel están íntimamente relacionados y es interesante que repensemos en todo lo que despierta.

¿A qué remite el tocar la piel?, ¿y el contacto? ¿Cómo dispara cada uno en su mundo interno los recorridos pretéritos que dejaron marca? ¿O las “no huellas”, los vacíos, las no inscripciones?

En un comienzo el cuerpo aparece anestesiado, acorazado, nada se siente, nada se percibe, nada sirve. Hace falta un tiempo de trabajo hasta que el espacio pueda ser aprovechado para relajar, aquietar, distender y el cuerpo comience a visualizarse y sentirse de un modo más cuidado y menos castigado. También debo encontrar el momento en donde el auto-contacto permita captar al tacto formas y consistencia.

“Aprendí a conocerme, a no asustarme tanto por lo que voy sintiendo, entendiendo que es normal esto que me pasa. Ahora me banco más.”

 

El esqueleto: de sostén y soporte

El esqueleto es anatómicamente “estructura de sostén” así que “lo óseo” lo tomo como un trabajo estructural que favorece la consolidación de identidad desde el cuerpo. Organizarse en torno al esqueleto como estructura, brinda sensación de seguridad y sostén interno. “Cuando siento mis huesos puedo, por un lado, disfrutar de mi flacura, pero por el otro, me dan sensación de consistencia, no soy un flan.”

Al proponer el contacto con los huesos pienso tanto en construir y acercar a una imagen de cuerpo/esqueleto, como a permitir que ese cuerpo esqueleto sea sostén, con lo cual la “coraza muscular” que funciona como un falso sostén, pueda ir aflojando. La “vivencia eutónica” tiene como uno de sus objetivos, descubrir, reconocer, consolidar (dar solidez) al propio esqueleto y resignificarlo en su vitalidad. De hecho, el contacto con los propios huesos muchas veces moviliza, despierta interrogantes. “SOY PURO HUESO, AHORA SOLO ME FALTA LIMARLOS.” También permite junto con la envoltura de la piel, los tejidos blandos y los órganos entrar en “el espacio interno”. Dando noción de volumen y tridimensionalidad.

Cuidar sin invadir, legitimar lo que cada paciente trae, respetar sus tiempos y su negativismo en algunos casos, acercarlo a su universo sensible dando el tiempo, el espacio y el lugar para que cada uno pueda ir encontrándose a sí mismo desde un cuerpo creador de las propias experiencias. Son parte de las estrategias que me acompañan en la práctica.

 

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Articulo publicado en
Abril / 2015

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