Jóvenes con problemas de adicción: el acto de escribir como herramienta subjetivante | Topía

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Jóvenes con problemas de adicción: el acto de escribir como herramienta subjetivante

 

¿Para qué escribe uno
si no es para juntar sus pedazos?

Eduardo Galeano

Introducción

El objetivo de este artículo es transmitir una experiencia clínica en la que la escritura ha tenido una función específica en el transcurso de la cura. El uso de esta herramienta resulta de suma utilidad en el trabajo con adolescentes y jóvenes que tienen dificultades para expresarse verbalmente. Asimismo, como puente entre sesión y sesión, pensando al proceso de escritura como un fenómeno transicional. Aquí me referiré específicamente al trabajo con pacientes con problemas de adicción en el último tramo del tratamiento, que es ambulatorio.1

Cuando un sujeto escribe sobre una experiencia vivida, encara el armado del rompecabezas de sí mismo y de su propia historia, se enfrenta con los propios dolores y padecimientos, y con la expectativa de superarlos

Los pacientes asisten con una frecuencia de tres sesiones semanales; dos de psicoterapia grupal con otros pacientes en la misma fase del tratamiento y la tercera, un grupo conformado por pacientes de distintas etapas donde, por lo general, los sujetos con más proceso terapéutico intervienen ayudando a los que recién comienzan o están teniendo dificultades en algún aspecto del tratamiento, como puede ser el vínculo con sus referentes, el consumo, etc. La heterogeneidad en cuanto a la etapa en la que se encuentran los integrantes, posibilita que las intervenciones se horizontalicen. Un par, que ya pasó por una situación equivalente, puede intervenir desde un lugar diferente que la coordinación, el de la propia experiencia. Por otro lado, dicho en palabras de los pacientes, da esperanzas de que -trabajándola- se puede salir de la situación crítica en la que están: “verlo a él que es parecido a mí, que está por terminar el tratamiento, me da esperanzas que puedo estar mejor.”

Por otro lado, sus padres o referentes concurren a un grupo paralelo de la misma etapa de frecuencia semanal y otro de ayuda mutua con padres recién llegados y otros en etapas más avanzadas (el mismo día y en paralelo al grupo heterogéneo de los jóvenes).

El dispositivo

El proceso consta de cuatro fases: admisión, 1º, 2º y 3º. Si bien no desarrollaré en profundidad las características y objetivos de cada etapa, los mencionaré brevemente.

Etapa A o de admisión: se realiza el diagnóstico del sujeto y su familia para evaluar la continencia familiar, el grado de compromiso, si son agrupables y a partir de allí: el tipo de abordaje. Antes del comienzo de la primera etapa es importante que quede claro el encuadre y el compromiso de los actores que formarán parte del dispositivo y su presencia en todos los espacios terapéuticos. Se comienza a trabajar la detección y evitación de situaciones de riesgo, incorporación de ciertos límites y el conocimiento de las “normas” de tratamiento.

Etapa 1: En esta etapa se trabaja sobre el cumplimiento de normas. Son reglas de cuidado y de orden en la vida cotidiana destinadas a que puedan organizar el tiempo libre evitando situaciones de riesgo.2 Su objetivo es internalizar los instrumentos internos de control y cuidado, lo que supone la renuncia al reinado de lo pulsional. Asimismo se focaliza en el trabajo para dejar de consumir. En este período cobra relevancia el espacio grupal que funciona a la manera de un grupo operativo cuya tarea consiste en lograr y/o sostener el compromiso de no consumir alcohol y drogas y el cumplimiento de las pautas mencionadas. Cada integrante realiza el compromiso con los otros integrantes más allá de la figura del coordinador. La idea es que el grupo y la institución funcionen como terceridad. Esta etapa culmina cuando la sustancia y el cumplir o no las “normas” deja de ocupar el centro de las conversaciones y empieza a esbozarse una demanda propia.

Etapa 2: La práctica de consumo comienza a sintomatizarse y el sujeto empieza a plantear algunos interrogantes como, por ejemplo, el porqué de su adicción. Lo central es que los integrantes del grupo puedan socializar sus dificultades, que puedan encontrarse con otro débil y desvalido y, a la vez, puedan experimentar vínculos que no sean ni destructivos ni autodestructivos. Allí se producirán identificaciones y también diferencias. El sujeto inicia un replanteo de sus vínculos con los otros y con los objetos. Y se comienzan a pedir permisos para extender horarios para acostarse y levantarse y para exponerse, de a poco, a situaciones de mayor riesgo y autonomía. Sin este trabajo, la abstinencia lograda sigue siendo frágil.

Etapa 3:3 Es la etapa del “desprendimiento”, es decir, separarse del grupo y la institución, levantamiento de “normas” del tratamiento para continuar con las “propias”. Elaboración de un proyecto de vida factible y que le permita el logro de cierta autonomía. Esto requiere de un trabajo sobre el superyó: que no esté ligado a la omnipotencia infantil, sino al ideal del yo.4 Asimismo la historización: dónde estoy parado, qué vicisitudes y vericuetos atravesé para llegar a este momento y lugar y, a partir de allí, proyectar hacia dónde quiero ir y de qué forma.

Al finalizar cada etapa el sujeto realiza una autoevaluación en la que a través del recorrido por diferentes aspectos de su vida, reflexiona sobre los cambios que fue produciendo y los que va bosquejando como objetivo para la etapa siguiente. Este trabajo le permite ir registrando y valorando diferencias en determinados lapsos de tiempo que no son inmediatos, pero tampoco eternos. Una travesía que discurre del reinado del principio de displacer-placer hacia el principio de realidad. De una lógica a predominio de proceso primario a una de proceso secundario. 5

La tercera etapa y el mapa del tratamiento propio6

Cuando el/la joven pasa a esta última etapa, se inicia un proceso de levantamiento de normas que dura entre 4 y 6 meses y, progresivamente, va exponiéndose a situaciones de mayor riesgo y autonomía. Paralelamente comienza la elaboración de una ruta, un mapa de su tratamiento. Su objetivo es la historización, un escrito donde el/la paciente empieza a construir el rompecabezas de su tratamiento y de su historia con el consumo. Marcando los jalones y los puntos de inflexión en esa “autobiografía”, donde consideran que hubo cambios, “un antes y un después”. Incluyendo coordenadas de tiempo y lugar y, además, las emociones y afectos involucrados. Recorriendo áreas que van desde su relación con la familia, las amistades, la sexualidad, los vínculos amorosos, el estudio, el trabajo, el consumo. A medida que los van escribiendo lo socializan, a través de su lectura, con el grupo de pares.

En cada uno de los escritos fue reconstruyendo un mapa de su vínculo con el consumo, pero también consigo misma, con los otros y con sus proyectos

Tomaré una viñeta, a modo de ejemplo, de quien llamaré Gabriela, pero que podría también representar el trabajo de otros/as jóvenes con algunas diferencias. Inició el tratamiento por policonsumo (alcohol, marihuana, cocaína, pastillas). Comenzó su tercera etapa luego de dos años de tratamiento, donde lo central del trabajo terapéutico había consistido en construir un vínculo con su familia y la posibilidad de sostener un trabajo estable, además de mantener la abstinencia en el consumo de drogas y alcohol. Durante esos dos años había abrigado la “esperanza” de volver a vincularse con sus amistades de consumo y a fumar marihuana “de vez en cuando”. Durante esta etapa organizó una salida con una amiga con la que solía consumir y percibió que no tenían otros temas para hablar que no fueran las situaciones de consumo vividas. Por otro lado, cuando comenzó el trabajo de reflexión sobre su historia de consumo, lo rehízo unas siete veces a lo largo de esta última etapa. En un primer momento no fue sincera consigo misma, ni con el grupo. La historia parecía la de una joven sin contradicciones y des-implicada, con una “moraleja” del porqué no se debía consumir y escrita casi en su totalidad con oraciones impersonales o en tercera persona. Ante el cuestionamiento del grupo, reconoció que supuso que eso querrían escuchar sus padres, o tal vez los coordinadores. Y que eso que había escrito no la representaba a ella, ni a su historia, ni tampoco sus contradicciones. Luego escribió otra en la que la implicación fue máxima y excesivamente detallista, lo que la hacía sentir vulnerable, incluso, le costaba leerla. Pero al mismo tiempo empezó a rememorar (no solo en palabras, sino también a nivel de los afectos y emociones) cosas que no tenía presente cuando algunos de sus conocidos le proponían que ella podría volver a “consumir de vez en cuando”. “Cuando me dicen que soy una exagerada si no vuelvo a consumir más, me olvido que ‘consumir de vez en cuando’ me llevó a consumir todos los días y, después, a necesitar consumir para hacer cualquier cosa; otros pueden consumir de vez en cuando, yo no.” Si bien no era necesario contar “todo en detalle” para involucrarse, el acto de escribir y compartir ese producto con su grupo de pares le sirvieron de soporte para que ella misma -con bastante dificultad- empezara a reconocerse y tomar decisiones en cuanto a su presente y a su futuro próximo. También la llevó a entrar en crisis con historias previas y su lugar como “objeto” de uso y de maltrato de y hacia otros, donde ella no elegía sus relaciones y podía estar con un hombre como con cualquier otro; estaba con gente para no estar sola. “Me sentía poca cosa, necesitaba de los otros para ser alguien.”

En cada uno de los escritos fue reconstruyendo un mapa de su vínculo con el consumo, pero también consigo misma, con los otros y con sus proyectos. Este proceso de escritura y re-escritura la fue ayudando también a tomar una decisión propia en cuanto al vínculo con usuarios de drogas y en cuanto al uso de drogas por parte de ella misma. “Otros pueden consumir socialmente, yo no... Si me junto con gente con la que consumía, hablo de situaciones de consumo y me maquino, me dan ganas de consumir.”

Asimismo, el compartir con el grupo potenciaba la reflexión propia, pero también de los otros integrantes, quienes resonaban fantasmáticamente con esa historia y esas reflexiones. Es así que otra integrante -Natalia- escribió: “Tomaba alcohol para ser yo. Para relacionarme, para buscar trabajo, para olvidarme de mi soledad y para que se me pasara el dolor de sentirme tan sola. No me daba cuenta que esto me dejaba más sola aun y que, por estar borracha, siempre conocía chicos que me querían por una sola noche.”

Marcelo quien defendía a ultranza el uso de la marihuana como un “relajante”, en una de sus autoevaluaciones finales expresó: “Fumaba marihuana para relajarme, pero vivir a las escondidas y en la mentira me generaba mucho estrés, y ahora me pregunto ¿para qué fumaba realmente si fumar me provocaba exactamente lo contrario de lo que buscaba?” En la construcción de su “mapa” de consumo, Marcelo empezó a poner en cuestión todo aquello que se presentaba como certezas respecto de las drogas y el consumo.

Ha sido habitual que mientras leían, cayeran en la cuenta que no se entendía lo que habían escrito y tuvieran que reformularlo

Cuando un sujeto escribe sobre una experiencia vivida, encara el armado del rompecabezas de sí mismo y de su propia historia, se enfrenta con los propios dolores y padecimientos, y con la expectativa de superarlos. Este trabajo consigo mismo conlleva vencer resistencias. Poner en palabras los pensamientos, implica poner un límite y cierto orden al conglomerado de imágenes, pensamientos, representaciones y afectos. La peculiaridad de estas representaciones y pensamientos es que tienen un “formato abreviado, condensado, global, fragmentario, que incluye muchas veces elementos poco diferenciados y poco claros.”7 Para poder transmitir algo a otros, requiere de un límite, ya que presupone la elección de ciertos elementos entre otros y un proceso de traducción a otro formato para que los otros me entiendan. En este sentido, ha sido habitual que mientras leían, cayeran en la cuenta que no se entendía lo que habían escrito y tuvieran que reformularlo. Poder organizar nuestro pensamiento de acuerdo a las leyes del lenguaje, es poder traducirlo en términos comprensibles para los otros.

Por otro lado, la palabra escrita necesita de una elaboración y organización aun mayor y, además, requiere de la capacidad de poner cierta distancia entre el yo y la problemática, para facilitar cierta autoobservación e insight. Si bien el escribir puede fomentar la racionalización, para muchos sujetos se constituye en una experiencia de encuentro consigo mismo, de intimidad y sinceridad (“no chamuyar” expresión usada frecuentemente por los/as jóvenes). Por otro lado, plasmar la idea en el papel supone un límite al rumiar, al “maquinarse” consigo mismo. Le permite tomar distancia de lo que le pasa, ya que escribir implica un proceso secundario de elaboración sobre lo vivido.

Un trabajo de proceso secundario

Un aspecto central de los sujetos sujetados a una o más drogas es la preponderancia del plano pulsional en el que se manifiesta un predominio del autoerotismo y el deseo permanece “narcotizado”. La compulsión de repetición al servicio de ligar psíquicamente un exceso de excitación que desborda la capacidad de ligar del aparato psíquico. Este desborde genera el desprendimiento de angustia automática que produce una sensación de desvalimiento, aplacada a través del acto compulsivo de consumo de droga. El principio de placer no funciona, ya que hay displacer en todas las instancias.8

Este fenómeno tiene como característica distintiva una necesidad irrefrenable que evidencia la ausencia de una capacidad de demora o de espera, de lo intolerable que puede llegar a ser para el sujeto esa tensión que suele manifestarse en un estado de angustia que requiere de la droga (como objeto único, exclusivo y excluyente) y su consumo para poder suprimir la tensión. El funcionamiento en proceso primario dará origen a fallas en el campo perceptual como también en los procesos intelectuales, debido a que la necesidad de descarga y de satisfacción pulsional es inmediata; el pasaje de una representación a otra se lleva a cabo según los mecanismos de desplazamiento y/o condensación y la ausencia de coherencia, de relaciones lógicas.

El proceso de elaboración de estos “mapas” que apuntan a la historización, promueve que el sujeto resignifique su pasado incluyendo su futuro

El proceso de elaboración de estos “mapas” que apuntan a la historización, promueve que el sujeto resignifique su pasado incluyendo su futuro. Este proceso supone un trabajo de proceso secundario del aparato psíquico que comprende: la elaboración de una sucesión cronológica en las representaciones, el hallazgo de una correlación lógica, el llenado de lagunas existentes entre ideas aisladas y la introducción del factor causal.

Donde Ello era, Yo devendrá.

Notas

1. La institución donde realicé esta experiencia clínica se llama Grupo Pilar Asociación Civil y su dirección está a cargo de Pío Martinez y Nora Scarinci. Aquí me referiré al dispositivo institucional para jóvenes entre 13 y 25 años aproximadamente. En artículos anteriores expuse el dispositivo para adultos. cf. Barzani, Carlos, “Un dispositivo de abordaje de las adicciones”, Revista Topía, Bs. As, Año XX, Nº 58, Abril 2010; Barzani, Carlos, “Sobre el final de tratamiento en un grupo abierto”, Revista Topía, Bs. As, Año XXI, Nº 61, Abril 2011.

2. No consumir drogas. No tomar alcohol. No relacionarse con gente que consume drogas. Tener una actividad diaria de 6 hs. Horarios (para levantarse y acostarse). Manejar dinero con el aval de la familia. No exponerse a situaciones que implique riesgo de consumo. Y dos cuestiones que se plantean ya no como normas, sino como “valores” la honestidad y el respeto por uno mismo y los otros.

3. Esta etapa la diseñé y coordiné por el lapso de casi diez años. La misma ha tenido modificaciones y transformaciones en función de la clínica y el trabajo en las reuniones de equipo del que han formado parte en distintos lapsos: Carmen Voigt, Nahuel Pais Demarco, Javier Pezzelato, Alejandra Sciortino, Gabriel Monsalve, Pablo Oberhofer, Mercedes de Alvear, Máximo Agüero.

4. Para ampliar la conceptualización puede consultarse Barzani, Carlos (2010) op. cit. y Carpintero, Enrique, El erotismo y su sombra. El amor como potencia de ser, Buenos Aires, Topía, 2014, Cap. 11: “El yo soporte”.

5. Este dispositivo se propone constituir un espacio soporte que encuentra en la función del tercero (la institución-el grupo-las normas) un límite -ya que no hay espacio sin un límite-. Como afirma Carpintero “para delimitar un espacio hay que in-corporar una ley que lo funde.” Carpintero, Enrique: op. cit. p. 133-134. En cuanto a los dos principios del aparato psíquico véase Freud, S. “Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico” (1911), en Obras completas, Tomo 12, Bs. As., Amorrortu.

6. Con el paso del tiempo, el acto de escribir los mapas fue cobrando mayor importancia en el dispositivo y transmitido de boca en boca por los mismos pacientes en los diversos espacios de circulación de la institución (sala de espera, etc.) y también en los formales, por ejemplo, en los eventos de finalización de tratamientos, donde los pacientes que concluyen, hablan brevemente de su experiencia.

7. Lanza Castelli, Gustavo, “Autoexploración, escritura y psicoterapia” Trabajo presentado en el 9° Congreso Virtual de Psiquiatría. Interpsiquis, 2007.

8. cf. Carpintero, Enrique, El erotismo y su sombra. El amor como potencia de ser, Buenos Aires, Topía, 2014, p. 334.

 
Articulo publicado en
Agosto / 2017

Boletín Topía