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Arriba en mi barrio comenzó La Fiesta

 

De adicciones, toxicomanías y consumos…

… tales son algunos de los términos que se utilizan para designar un campo de problemáticas sumamente heterogéneo. Distinguirlos, no se trata de una simple exquisitez lingüística, sino que la forma de nominar la temática y a los sujetos que sufren un problema relacionado con el uso de drogas nos habla más de quien emite el enunciado, que del enunciado mismo.

En efecto, se trata de categorías descriptivas provenientes de campos semánticos pertenecientes al habla popular, policial, jurídica y/o psiquiátrica; con lo que se corre el riesgo de estigmatizar1, delincuenciar, judicializar2 y/o psiquiatrizar prácticas que al menos desde el psicoanálisis no conciernen de ningún modo a tales órbitas. El lugar en la subjetividad puede recortarse desde la singularidad del sujeto. Lo cual, por otra parte, el presente artículo aspira, entre otras cosas, a demostrar.
Efectivamente, tales categorías carecen de referencia a estructuras clínicas no menos que resultan insuficientes a fin de recortarse sintomáticamente. Menos aún, establecer un correlato entre las mismas si se toma en consideración que, por ejemplo, quien consume no necesariamente ha de ser un adicto.

 

Vuelvo vencido a la casita de los viejos

“Todo empezó hace cuatro semanas cuando les conté a mis viejos que estaba consumiendo pastillas (éxtasis)”. “Empecé a consumir cuando terminé la secundaria y empecé a ir a los boliches”. De este modo se presenta Leandro ya desde la primera entrevista. El pedido de tratamiento gira en torno al instante en que Leandro les cuenta a sus padres; no por el consumo de drogas. Es un deslizamiento del acting a la palabra. A la consistencia imaginaria del consumo el inconciente impone la declaración ante los padres en el lugar de la causa. Lo confirma un dato aportado al poco tiempo: el inicio de su consumo coincide también con un episodio supuestamente “depresivo” de su madre, Olga. Esta situación provoca que Leandro permanezca viviendo solo en casa de sus padres y que éstos se muden a una casa en un country.
Lejos de situarse en el conflicto desatado en el espectro familiar, la demanda de Leandro es la de legitimar actings y sintomatizaciones: “Me gustaría seguir saliendo, pero sin consumir; pero no pude”. “La única forma que encontré para no consumir es no salir” (...) “Mi expectativa es seguir yendo a los boliches, pero no consumir”.
Sin atender la contradicción, Leandro plantea que cuando va a bailar y no consume siente que tampoco se va a divertir. “Cuando veo a mis amigos me genera la sensación de que se están divirtiendo más que yo”. “La verdad es que si esto no me generara daño no lo dejaría”. Su modalidad de consumo está ligada a los espacios de baile. Los viernes sale a bailar y la fiesta continúa hasta el domingo a la noche sin dormir (boliche, after, after-after, quinta, boliche nuevamente, etc.)
“Toda la semana trabajaba pensando en el fin de semana, odiaba el trabajo”. Leandro trabaja en un negocio con el padre haciendo tareas manuales y administrativas.
Leandro describe a su padre -Antonio- como un tipo “honesto y demasiado bueno” (¿buenudo? Tal vez ese demasiado indica el lugar de un plus de goce). Se queja de su falta de autoridad en el negocio: “Tiene una relación de demasiada confianza con los empleados, cuando hacen algo mal me lo reprocha a mí y me pregunta por qué permití eso.” Según recuerda Leandro, la relación del padre con la madre era similar. Antonio llegaba al hogar y le reprochaba a Olga diversas cuestiones que hacían al comportamiento de Leandro y sus hermanos, “pero la que se ocupaba de ponernos los límites y hablar con nosotros era mi mamá”. “Siempre que tenemos que decirnos algo lo hacemos por intermedio de mi vieja”. Va cobrando figura de que se trata de una familia donde la actuación se encuentra naturalizada y la palabra eventualmente monopolizada por la madre a los fines estrictamente proscriptivos.
Leandro critica la relación de su padre con el trabajo mencionando que trabaja todo el tiempo y que para él, incluso salir a pasear con su esposa es perder el tiempo. El hermano mayor de Leandro dejó de trabajar con él porque “no aguantó su forma de manejar el negocio”.
El presunto episodio depresivo de su madre parece estar vinculado al manejo de Antonio a nivel laboral. El negocio está ubicado en forma contigua a la casa y hasta hace dos años Olga trabajaba en la parte administrativa y contable del negocio, tarea en la que fue relevada por Leandro, señala la versión de la madre, piedra de toque del mito familiar al que Leandro se encuentra afiliado edípicamente. Este rasgo traza un puente que le habilita el acceso a la construcción de la novela familiar.
Llegó un momento, aduce Leandro, acaso repitiendo la versión oficial establecida por su madre, que no había separación entre el negocio y la casa, no sólo espacialmente, sino además, temporalmente. Se recibían llamadas de clientes en el teléfono particular hasta avanzada la noche. Hace dos años, luego de las vacaciones, Olga decidió quedarse a vivir en la casa del country.
Leandro relata varias situaciones de discusión con su padre que lo compelen a la acción.
En general comienzan con un pedido de su padre al que Leandro no puede cuestionar. Leandro lo obedece, pero su nivel de angustia se eleva hasta que “estalla” a través de un golpe, que en una oportunidad le produjo una fractura en una mano y otra en que salió con un auto, que no estaba en buenas condiciones mecánicas, a más de 150 km/h por una autopista con riesgo de accidentarse. La interdicción del padre lo paraliza a Leandro de tal modo que lo extrae del campo de la palabra, lo deja mudo, lo expele a la actuación, acaso a la manía.
Leandro relata que tiene dificultades para generar vínculos con personas diferentes a él. “Con personas diferentes a mí me aburro, siento que son inferiores, aburridos”. “La otra vez me puse a pensar que con mis amigos siempre hablamos de lo mismo, me replanteé que quiero estar con gente diferente”. Contradicción, paradoja; ¿acaso una solución de compromiso?
Recuerda que comenzó a consumir para sentirse importante: entra al boliche y lo conocen todos, logra pertenecer al grupo VIP y con estos amigos sólo hablan de la diversidad de las pastillas que toman.
Se le pregunta sobre el efecto buscado: “Cuando las tomé por primera vez dije: ‘¡uy!, esto es lo que necesito para poder divertirme, saltar, bailar y durar toda la noche”. El grupo “más” VIP es el que más tiempo aguanta, “los más limados”, algunos comienzan la gira el miércoles y terminan el domingo. De todos los que están en el boliche llegan a la fiesta del domingo nada más unas cien personas. Negación de la situación familiar: a la vez que la suprime, la conserva3. En lugar del negocio, las fiestas; en vez de hablar todo el tiempo de cómo trabaja su padre, de cómo se bajonea su madre, o de cómo papá y mamá se fueron al country y lo dejaron solo, bailar, saltar, tomar y hablar todo el tiempo de las pastillas.
La fiesta es el campo fértil donde desarrollar los síntomas, sumado a una suerte de identificación-masa y/o una identificación al síntoma (pastillas, manía: lo que sea para -literalmente- encandilarse y aturdirse). Lo que en última instancia se deniega es que los padres están separados por más que digan otra cosa.
A esta altura podría traducirse su presentación en la primera sesión: todo empezó cuando en Leandro parece vacilar el mito familiar y comienza a hablar.
“Antes también pensaba que los que estaban en el otro bando eran estúpidos. Cuando no me drogaba pensaba que los que se drogaban no entendían nada, y cuando empecé a drogarme pensaba que los que no se drogaban eran unos boludos. Siempre desvaloricé a los que no son como yo”.
Cuenta que consumió “de todo” y que su mejor amigo asevera que ambos son “relimados”. “Probamos éxtasis, ketamina, marihuana, el que conseguía alguna pastilla nueva la compartía con el otro”.
¿Se puede afirmar que Leandro es un adicto o un toxicómano?
El lazo del toxicómano o el adicto con la droga aparece sobre el doble signo de la necesidad y la exclusividad, es decir, la droga se ha convertido en el objeto exclusivo de un placer necesario (Auglanier, P.: 1979: 203). No es la situación de Leandro, para quien introducirse en la cultura del dance y del éxtasis le permite la salida o la transición a la exogamia y el apuntalamiento en un grupo, una “madre-tribu” en un momento en que su grupo familiar primario lo deja literalmente solo. En efecto, Leandro pierde el objeto soporte de su angustia, su madre, y lo encuentra en la tribu. La madre-tribu le permite soportar la angustia. Paradójicamente, el grupo, al mismo tiempo que le permite salir, repite una estructura idéntica.

 

Se me olvidó que te olvidé

Luego de seis meses de escuchar a Leandro, falta por primera vez a la sesión. La semana siguiente refiere que no concurrió por haberse olvidado. “Me olvidé que era jueves”. Dice no entender la razón4 del olvido y tampoco se le ocurre nada al respecto. Se le sugiere que cuente lo que pasó en esos quince días. Relata que el fin de semana posterior a la sesión se sintió desganado, bajoneado y que estuvo esperando ansiosamente el momento de la sesión. Compara el efecto que le produce la sesión con el de las pastillas. “Me gusta venir, porque siento que salgo “re-bien”, que me dediqué a pensar en mí. El efecto me dura hasta el lunes o martes”. Lleva el síntoma al espacio analítico: repite sin repetir, hace otra cosa con la repetición, pasa del acto a la palabra, utiliza la jerga de la tribu a fin de referenciarse en otro universo discursivo y se lo apropia.
En cuanto al motivo del olvido parece estar en la sesión previa: ese día contó que en una fiesta sintió que no se estaba divirtiendo y que no se iba a divertir; cuando compró la pastilla y la tuvo en su bolsillo se empezó a divertir y a bailar como si la hubiese tomado. Se ubica que, entonces, no se trataba sólo del efecto químico lo que lo hacía “divertirse”. Se pone al descubierto algo de la contigencia del objeto, entonces, no era la pastilla…
Asimismo el día posterior a la “sesión olvidada” Leandro va a una fiesta y vuelve a consumir éxtasis. Asocia que tal vez, de haber concurrido a la sesión, no habría consumido. Si bien en estos primeros meses Leandro había manifestado querer dejar de consumir, a partir de este momento se manifiesta en su discurso una actitud ambivalente respecto del consumo. Algo se agita en la transferencia: en lugar de dejar de consumir, deja de asistir a la sesión; luego, retorna al éxtasis y también al análisis.
Por una lado dice: “En realidad, quiero dejar de consumir por mis viejos, me di cuenta que a mí me encanta el efecto de las pastillas”. Al rato agrega: “Quiero dejarlas porque sé que me están trayendo problemas de salud y empecé a preocuparme”. Escición del yo: ambas proposiciones son compatibles en el proceso defensivo.
La sesión siguiente dice que se quedó pensando en si estaba haciendo el tratamiento por él o por su familia y que llegó a la conclusión de que venía por él mismo. Recuerda, además, que fue él quien decidió contarle a su madre sobre el consumo de pastillas porque sintió que se le estaba yendo de las manos. Así, en forma invertida plantea algo del orden de la verdad: “si dejo de consumir por mis viejos es porque comencé a consumir por ellos”.
Como se mencionó anteriormente podría ubicarse la demanda de tratamiento en la frase “cuando le conté a mis viejos…”, que ahora resulta que es a la madre y en el episodio del olvido la instalación de la transferencia.
“Es posible modificar la economía pulsional de un sujeto feliz en el momento en que el analista toma el lugar de la sustancia. Todo comienza en el momento en que el paciente siente la falta del analista” (Zuccardi Merli, L., 1993: 64). Que el analista tome el lugar de la sustancia permite que éste se convierta en el objeto a través del cual llega la desilusión.
El juego de presencias y ausencias de Leandro, fiel a su presentación subjetiva, es ambivalente. Cuanto más siente Leandro la necesidad del objeto analista, se ausenta, falta. Al mismo tiempo demanda una sesión más a la semana (“el efecto de la sesión me dura hasta el lunes o martes”).
Lévi-Strauss explica la eficacia de las curas chamanísticas por la confluencia de la creencia del enfermo y la del curandero; pero lo relevante es que ambas están fundadas y sustentadas por la comunidad que rodea al hechicero y que comparte una serie de creencias y de representaciones comunes; estos tres elementos indisociables -enfermo/chamán/grupo- constituyen el "complejo chamanístico" (Lévi-Strauss 1949a: 162). Si se canjea chamán por éxtasis y/o sustituto, donde el espacio tribu/éxtasis/Leandro y luego, colectivo social/analista/analizante, mutatis mutandis, al mismo tiempo que opera como idóneo albergue de la novela parental a través de las identificaciones y la instalación de la transferencia, aporta una vía sustitutiva donde el discurso puede derivar. Asimismo el espacio analítico se transforma en un espacio que le permite elaborar la angustia a través de la palabra.

 

Pertenecer ¿tiene sus privilegios?

El recorte que presenté aquí procura ilustrar que no se trata de un sujeto que ha quedado esclavizado del objeto de goce: la droga no aparece como único objeto posible frente a una angustia inconcebible que se hace presente ante la imposibilidad de construir una trama significante. En efecto, para la economía libidinal de Leandro el éxtasis no constituye el objeto exclusivo de un placer necesario.
En el plano sociohistórico Leandro encuentra en la fiesta un ámbito propicio donde vehiculizar su fantasmática; halla una institución que lo cobija en el seno de un ritual de situación5 con sus propios ceremoniales y códigos. El éxtasis tiene cualidades de objeto idolatrado por su grupo de pertenencia, objeto que iguala, que desdibuja las diferencias, que anula el vacío. Pero no sólo eso. Para Leandro también constituye un objeto al que teme y que rivaliza con otro ideal, su salud y el cuidado de su cuerpo. Una hipótesis auxiliar sería que este ideal de cuerpo sano impidió que el objeto éxtasis se erigiera en objeto de consumo único y exclusivo.
Contrariamente a la investigación realizada por Mac Nally et. al. (1993) donde ubicaron la temática de la trasgresión en un lugar destacado para jóvenes consumidores de clase media, Leandro no sostiene un discurso revindicativo, de lucha, ni se ve atacado por la sociedad, ni tampoco otorga un valor particular a la figura de la trasgresión; en este sentido lo que tiene un valor para Leandro en tanto sujeto joven es divertirse y “pertenecer”.
En el plano subjetivo, el consumo de pastillas se perfila como un síntoma más que resulta de una solución de compromiso con la que escapa de la fantasmática familiar, sumamente angustiante, por el lado de la manía a la que lo impulsa la identificación al padre, tal vez sumada a la de la madre por su antítesis complementaria, la depresión. En ese trayecto, podría decirse que se halla sumido en una paradoja: por un lado, la sumatoria fiesta más droga le habilita una opción exogámica en una situación de endogamia expulsiva; por el otro, esa misma sumatoria pasa a constituirse en una situación identificatoria múltiple (comenzando) por el lado del padre, para quien el negocio constituye su propia droga o su propio “baile” (el padre trabaja todo el tiempo y le reprochan que se mueve mucho, demasiado, pero no es efectivo). Podría armarse la siguiente formulación canónica: el éxtasis es a Leandro lo que el trabajo es al padre. Acaso, también, lo que el personaje (el semblante) depresivo es a la madre; que, sea tal o no, resulta funcional ya que cada uno es compulsivo con su objeto: éxtasis/fiesta - negocio - "depresión". Como se sabe, manías -la de Leandro, la del padre- son correlatos de la depresión, al fin y al cabo salidas de la angustia junto con la fantasía. Precisamente esto es lo que el éxtasis oferta: fantasía, compulsión, manía.
Leandro tampoco se hace representar con un solo significante, “soy adicto”, o “soy raver”, sino que se presenta con un problema: “todo empezó cuando dije que estaba consumiendo pastillas”: un problema para los padres, el problema de los padres.

 

Carlos Alberto Barzani
Lic. en Psicología

Psicoanalista.
carlos.barzani [at] topia.com.ar

 

Notas
1.  El “estigma” es un atributo que no forma parte de los considerados en una sociedad dada, como esperables y naturales en determinada categoría de sujeto, haciendo que el que lo posee, adquiera el status de “diferente” y se genere un profundo efecto desacreditador sobre su persona. Dicho rasgo se impone a la atención por sobre el resto de sus atributos convirtiéndose en definitorio del sujeto.
2.  Cf. Barzani (2004) donde se trabajan algunos efectos de la judicialización y fetichización del objeto droga.
3.  Aufhebung. En alemán este término significa a la vez negar, suprimir, pero también conservar en la supresión. (Hyppolite J, 1954: 860).
4.  “Hay más razones entre el cielo y la tierra, que las que sueña tu filosofía, Horacio” (Hamlet, acto I, escena XIII).
5.  Cf. Duschatzky, S. y Corea, C., 2002.

 

Bibliografía

Auglanier, P. (1979), Los destinos del placer. Alienación, amor pasión, Paidós, Buenos Aires, 1998.
Barzani, C. A., “El Valor de las Paradojas en el Psicoanálisis y las Toxicomanías” en revista Topía, Buenos Aires, Año XIV, Nº 41, Agosto 2004, págs.13-14, versión en internet: http://www.topia.com.ar/articulos/el-valor-de-las-paradojas-en-el-psicoan%C3%A1lisis-y-las-toxicoman%C3%ADas1.
Donghi, A. y Vázquez, L. (comp.), Adicciones: una clínica de la cultura y su malestar, JVE, Buenos Aires, 2000.
Duschatzky, S. y Corea, C., Chicos en banda. Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones, Paidós, Tramas Sociales, Buenos Aires, 2002.
Lévi-Strauss, C. (1949), “El hechicero y su magia” y “La eficacia simbólica” en Antropología estructural, Eudeba, Buenos Aires, 1968, Caps. IX y X.
Mac Nally, M., Menéndez, M., Rabetzky, N., Viale, C., “Los significados simbólicos del uso de drogas”, en El Otro, año VI, N° 55, Buenos Aires, Mayo 1999.
Zuccardi Merli, L., “Sustancia, sujeto, acto analítico. Las patologías de la sustancia: Bulimia y toxicomanía” en revista Registros, Año 8, Tomo Mental, 1998, págs. 62-64.
 

 
Articulo publicado en
Marzo / 2006

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